lunes, 15 de junio de 2009

CÁLCULOS OCIOSOS


Había vivido siempre en ese pueblo. “Hermoso pueblo costero de unos 25.000 habitantes”, según el folleto turístico editado por el Ayuntamiento. “¿Cómo que unos 25.000?” De repente cayó en la cuenta de que ese número era resultado de un cálculo frívolo, un guarismo abstracto. Algo fallaba en esa cifra, porque cualquier cifra imprecisa es siempre un error: una cantidad irreal. Unos 25.000, sí. Pero ¿cuántos? ¿25.623 el lunes y 25.620 el martes, y el miércoles 25.621?

“Vivimos juntos y no sabemos ni cuántos somos en total”, pensó. “Somos una cofradía de fantasmas sin control numérico”, y ganas le entraron de salir a la calle para gritar una consigna desesperada: “¡Tenemos que contarnos! ¡No podemos seguir así, con esta incertidumbre aritmética!”, pero no salió a la calle, porque no quería que lo tomasen por un profeta pasado de visiones, sino que cerró los ojos y se dispuso a recorrer con la mente las calles del pueblo.

“El punto de partida será el muelle”, se dijo, y en el muelle inició su paseo ilusorio, y fue cruzando calles con desenvoltura de transeúnte etéreo, ligero como un ectoplasma, y en ese ocio andarín empleó un buen rato, hasta que sintió pánico al comprobar que conocía el pueblo de memoria, que podría recorrerlo a ciegas si la siempre vigilante desventura le dejase ciego, que conocía cada esquina, que era capaz de evocar los olores de la frutería de la calle tal y, enseguida, evocar el olor confuso que salía del bazar de tal otra calle. “A esa altura de acera hay una baldosa suelta. En ese portal dormita siempre un perro. En esa casa abandonada hay seis ventanas que sólo conservan entero un cristal de los cuatro que tuvieron cada hoja”, y así sucesivamente.

“Conozco todo el laberinto”, pensó, y sintió un miedo insignificante y a la vez indefinible, pero miedo al fin y al cabo: una astilla de hielo clavada en la conciencia, una astilla de conciencia dentro del corazón, un corazón astillado latiendo en la memoria. “¿Seré el Minotauro?”

De pronto, cayó en la cuenta de que no sólo conocía el trazado del pueblo de memoria, sino que también recordaba con exactitud lo inexistente: aquella tienda en que vendían santos de escayola que hoy es una agencia de seguros, aquel bar de bebedores sombríos que es hoy una academia de peluquería, el casino que ahora es un banco… Podía recorrer con pasos seguros, en fin, un pueblo espectral.

“¿Soy ya tan viejo?” Entonces pensó en otra cosa: conocía de vista a miles de los miles de vecinos del pueblo, y eso le llenó de angustia: “He visto envejecer a muchos, he visto nacer a muchos, he visto crecer a centenares de ellos. Y es como verlos caminar hacia la muerte”. Y pensó también en esos desconocidos que uno ve habitualmente por ahí, atentos a sus afanes y trajines, figurantes anónimos de la realidad rutinaria, hasta que un día deja de verlos para siempre, esfumados como por arte de ilusionista, y no se pregunta uno jamás por su suerte porque en realidad no existían. “Y es que somos unos 25.000, más o menos, y unos van y otros vienen, y unos vienen y otros van, quién sabe bien adónde.” Sí, desde luego, quién sabe.

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1 comentario:

Mara dijo...

Como extras necesarios en nuestra escena, para cerciorarnos de que todo está en su sitio. Me recuerda al Show de Truman.