viernes, 22 de junio de 2018

Esta serie la he recomendado ya por aquí -no es de primera clase, pero es buena- para entender -dentro de lo que cabe- cómo un botarate como Salvini puede llegar a ser ministro en Italia. 

 

lunes, 18 de junio de 2018

MAR DE TRÁNSITO

(Poema del nuevo libro, Ya la sombra. De asunto acorde con la actualidad.)




MAR DE TRÁNSITO

El mar de los naufragios silenciosos,
de los navegantes furtivos.
El silencioso mar de los naufragios.

El mar que no conoce a quien lo surca.
La noche del sigilo y la esperanza.
La quilla de una barca zozobrante.
El mar que nunca sabe quién lo surca.

Ese miedo hacinado
de quienes ven la noche y ven la nada.
El oleaje negro de la noche.
Navegantes insomnes y hacinados.
Y el horizonte en sombra que es la nada.

El oleaje sin forma de la noche.
El horizonte ciego de la nada.

Camino a un paraíso, los que tiemblan.
Camino a un paraíso tras la noche.
Los cuerpos con el frío de la noche.
Camino a un paraíso en que es de noche.

Y el ruido del mar que es un idioma.
Las tinieblas acuáticas.
La oscuridad que habla en un idioma
que no tiene palabras ni sentido.

Fantasmas bajo el mar. La noche muerta.
El mar de los naufragios silenciosos.
El mar que no conoce a quien lo surca.

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domingo, 17 de junio de 2018

LA DIETA DE LA DIETA



(Publicado ayer en prensa)


Hay personas de naturaleza recelosa que se preguntan que para qué sirve el Senado, de igual modo que hay otras que se preguntan por la utilidad de, no sé, la pintura abstracta rumana. La respuesta es sencilla: el Senado sirve para ser Senado y la pintura abstracta rumana sirve para ser pintura abstracta rumana, al margen de la utilidad que ambas cosas puedan tener para los españoles o para los rumanos, lo que sería un asunto digno de un análisis un poco más complejo.


            Pero, aparte de para ser Senado como cosa en sí, el Senado sirve para que las personas que dan sentido institucional a esa abstracción cobren dietas acordes con la importancia de su labor en dicha abstracción, a lo que hay que sumar la importancia que tiene el Senado por sí mismo, según ya hemos apuntado. Creo que estaremos de acuerdo en que una persona que, aparte de su sueldo, cobra dietas no tiene más remedio que ser feliz, pues muy sombrío hay que tener el ánimo para cobrar dietas y andar por el mundo quejándote de tu suerte, dado que esa queja sería más propia de alguien que está haciendo dieta, ya sea forzosa o voluntaria.


            Pero siempre hay enemigos de la felicidad: los senadores de Unidos Podemos pidieron la supresión de esas dietas (120 euros diarios para viajes nacionales y 150 para viajes internacionales) y que a sus señorías se les abonasen aquellos gastos de los que presentaran justificantes, dado que los senadores viajan con todos los gastos pagados, que se estiman entre los 1000 y los 2000 euros por jornada, según anden los precios en la autonomía –ya sea histórica o ahistórica- o en el país de destino al que acudan para resolver los asuntos propios de una cámara de representación al fin y al cabo territorial. Afortunadamente, los senadores del PP, del PSOE y del PNV se apresuraron a desestimar mediante votación democrática esa medida descabellada y antidietética. 


            Y es que ¿cómo vamos a exigir a nuestros representantes que lleven el bolsillo repleto de facturas y que, además, tengan que contabilizarlas? Para eso necesitarían un asesor, lo que los equipararía en plebeyez a los empresarios y a los autónomos, esos seres mezquinos que tienen que administrar una factura incluso si lo que compran es un paquete de folios. ¿Cómo va a compararse, en fin, la barra libre del sistema de dietas con el fatigoso trabajo de presentar facturas? ¿Y si a un senador se le antoja comprar en Lisboa un gallo de cerámica? ¿Y si otro se encapricha de una caja de bombones en el aeropuerto de Bruselas? ¿Y si mandamos a un senador a Argentina y se empeña en comprar la cabeza disecada de un novillo? ¿Y si alguno, para aliviarse la tensión, acude a una sauna tailandesa? Porque son humanos también. Porque también tienen sentimientos.


            No les compliquemos, en fin, las cosas, que demasiado tienen con lo suyo. Sea lo suyo lo que sea.

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sábado, 16 de junio de 2018

martes, 5 de junio de 2018

MORAL APLICADA



El ser humano tiende a exigir ejemplaridad al prójimo, al margen del grado de ejemplaridad que cada cual se exija a sí mismo, que es un grado que suele coincidir con el de la absolución plenaria: no hay monstruo que no cuente con argumentos razonados que justifiquen su monstruosidad.

            Comoquiera que estamos en una época marcada por la revisión de algunos patrones tradicionales, lo que no deja de ser una necesidad evolutiva para una convivencia más armoniosa entre actitudes divergentes, hay quienes someten a algunos artistas, tanto del presente como del pasado, a un escrutinio moral severo, cabe suponer que al dar por hecho que la valía de una obra artística debe corresponderse con la valía humana de su creador. Bien, el punto de partida puede ser más o menos razonable –aunque no mucho-, pero el de llegada puede resultar disparatado.

            Se supone que lo importante de una obra artística no es quien la crea, sino la obra en sí, a pesar de que, desde los tiempos en que los artistas dejan de ser anónimos y se convierten en una marca, creador y creación resultan indisociables. Si leemos, qué sé yo, el Quijote, sería un criterio un tanto exótico el de hacerlo con el malestar ético que pudiera provocarnos el hecho de que su autor fuese encarcelado por distraer dinero público o de que ensalzara las gestas militares. El pintor Caravaggio fue un asesino. Beethoven era racista. Inflexiblemente clasista fue Virginia Woolf. A Hemingway le fascinaban las corridas de toros y la caza y tenía 20 armas de fuego. Picasso fue un misógino egolátrico. Hay quien se anima a invalidar la obra poética de Neruda por haberse portado mal con su primera mujer y con la hija enferma que tuvieron. Etcétera. ¿Y bien? Las valoraciones morales retrospectivas no sólo suelen incurrir en el anacronismo, al actuar sobre las convenciones específicas de una época con la mentalidad de otra época, sino que también dislocan un misterio de orden más o menos ontológico: los creadores no tienen por qué estar a la altura de sus obras, sino, en cualquier caso, estar por encima de sí mismos cuando las crean. Las buenas creaciones nos sitúan, ya seamos creadores o consumidores de ellas, por encima de lo que somos, y raro es el lector de una novela, por mezquino o mindundi que sea en su vida privada, que no esté a favor del héroe y no del villano.

            Este propósito de equiparación moral entre el autor y su obra puede propiciar temeridades: suponer que la novela Lolita, por ejemplo, es una exaltación de la pederastia, lo que sería tan razonable como concluir que el Frankenstein de Mary Shelley es un ensalzamiento de la cirugía plástica o que Moby Dick es una apología del maltrato animal.

            Con estas nostalgias inquisitoriales conviene andarse con cuidado, ya que todo tiene su contrapartida: si condenamos obras artísticas y literarias en función de nuestros parámetros morales, estamos abriendo la puerta a la legitimidad de la condena de otras cosas por parte de los defensores de una moral opuesta. Y entonces a ver. Porque el mundo del arte, el de la ficción, ocurre en sí mismo, y en última instancia resulta inofensivo, pero no me atrevería a decir lo mismo de la realidad. 

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domingo, 13 de mayo de 2018

A LO QUE VAMOS



Los razonamientos tienen muy buena fama, a pesar de la tendencia natural de los razonamientos a convertirse en irracionales. Valoramos la capacidad de reflexión sin pararnos a reflexionar que no reflexiona quien quiere, por mucho que quiera, sino quien puede, y aun eso si tiene un buen día. Defendemos nuestras creencias incluso cuando, más que creencias, sean meras ocurrencias, ascendidas a dogmas por el privilegio de ser nuestras y no de nuestros antagonistas. Andamos en eso: en el imperio de la Razón Individual, que viene a ser una forma como cualquier otra de volvernos todos un poco locos.


            Por exceso de información, se impone la paradoja de que cada vez estamos más desinformados. Por exceso de opinión, ninguna opinión vale nada. Curiosamente, la conjunción de esas dos circunstancias no nos refrena el afán de opinar incluso sobre lo que desconocemos, ya que al fin y al cabo la opinión puede preceder a la información: donde se ponga una conjetura que se quite un dato. Parece como si le hubiésemos dado la vuelta a la máxima célebre de Sócrates, y nos decimos: “Sólo sé que sé de todo”, sabiduría general que afecta al conjunto de los órdenes tanto abstractos como tangibles de nuestro mundo. Vivimos, como quien dice, en el núcleo del Logos. 


Para arreglar las cosas, y tal vez como método de supervivencia comercial, un sector de la prensa ha decidido instalarse en el amarillismo bajo el disfraz del rigor moralizante, de modo que mucha información deriva en espectáculo, en atracción de feria para el público ansioso de emociones exaltadas: la realidad como materia narrativa acogida al patrón del tremendismo, hasta el punto de que un mismo periodista puede poner un día el grito en el cielo por la implantación de la prisión permanente revisable, al entender que el paso por un presidio debe tener consecuencias correctoras y no motivaciones vengativas; al día siguiente puede rasgarse las vestiduras porque le parece poca la pena impuesta a un reo o a una manada de ellos y al otro día puede estar promoviendo la alarma por la puesta en libertad, tras cumplir 20 años de condena, de un violador múltiple. 


            Por lo demás, ve uno un debate televisivo y se admira del aplomo sapiencial de los tertulianos, hasta el punto de preguntarse si no sería conveniente encumbrarlos a gobernantes por aclamación popular, al estar ellos en posesión no sólo de la fórmula instantánea para transformar la distopía presente en una utopía cumplida, sino en posesión también de los poderes proféticos de la Virgen de Fátima. Tenerlos ahí, desaprovechados, limitados al ejercicio del blablablá en vez de darles las riendas de este país de naciones –o lo que quiera que sea-, no puede interpretarse sino como una prueba más, en fin, de nuestra desorientación.

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viernes, 4 de mayo de 2018

UN RELATO

Hoy publico en INFOLIBRE la última entrega de este relato, que ya puede leerse entero en el enlace:

 ETERNAMENTE, LA CIUDAD ETERNA

https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/05/04/eternamente_ciudad_eterna_82446_1821.html

martes, 1 de mayo de 2018

LOS EXIGENTES



            Hay gente muy puntillosa. Gente que parece pasar por el mundo con un libro de reclamaciones en el bolsillo, con un memorial de agravios bajo el brazo, con dedo acusador. Gente que se queja de todo, que protesta por todo, que se indigna a la mínima, así sea porque le sirven un café demasiado caliente o unos churros demasiado fríos. Gente a la que todo le parece mal aunque esté simplemente regular y que merodea por la vida con talante penitencial y a la vez fiscalizador, con desánimo y a la vez con brío para procurar expandir el desánimo, con talante de misionero de la desmoralización.

            Gente que sale del cine de ver una película excelente y que, sin embargo, pone gesto de repugnancia si alguien le comenta que la película es excelente. Gente que lee un libro estupendo y que pone gesto de asco si alguien le comenta que le ha parecido un libro estupendo. Gente que se come unas gambas magníficas y que critica que están saladas, o que les falta sal, o que son de hace tres días. Gente que se queja de los insectos cuando va al campo y que se queja de la polución cuando va a la ciudad. Gente que se lamenta de la sequía cuando hay sequía y que maldice la lluvia cuando llueve. 

            Esta curiosa forma de pesimismo debe de estar provocada por una forma insensata de optimismo: imaginar que el mundo podría ser perfecto si no fuera imperfecto. Si uno exige perfección a todas películas que ve, perfección a todos los libros que lee y perfección a todas las raciones de gambas que consume, lo más probable es que vaya de cabeza al desengaño, porque no siempre las películas pueden ser perfectas, ni los libros, ni siquiera las gambas, que son las que lo tienen más fácil. Tal vez, ni siquiera la perfección sea del todo perfecta: necesita de la imperfección como elemento de contraste para definirse.

            El desencantado sistemático siempre estará dispuesto a decirte que no sabes nada de cine si le comentas favorablemente una determinada película, a reprocharte que no entiendes nada de literatura si le comentas que te ha gustado determinado libro y a dictaminar que tienes un paladar de cemento si elogias unas determinadas gambas a la plancha. El desengañado siempre estará por encima de ti en cuestión de gusto, precisamente porque no le gusta nada, y ese disgusto universal le otorga la condición de juez implacable, intransigente con cualquier atisbo de entusiasmo ajeno.

            Dan grima, ¿verdad?, los pesimistas, los que están de vuelta de todo por no haber llegado a nada, los entusiastas de la falta de entusiasmo, los amigos del vacío por el vacío, los partidarios de la nada por la nada, los que entienden que la admiración por el prójimo constituye una ofensa a la propia inteligencia, al considerar que hay que ser muy bobo para admirar a alguien. 

           Y ahí están ellos, cada vez más solitarios, porque cada vez están más consigo mismos, sin hacer nada de provecho, y el tiempo se les va en procurar destruir con dinamita verbal lo que hacen otros. Ahí están, a la salida de un cine, echando espumarajos por la boca. Ahí están, pululando por las librerías con gesto de náusea, pues nada de aquello le parece que valga un duro. Ahí están, tapándose los oídos si oyen música, cerrando los ojos si ven un cuadro, vomitando si se comen una gamba que a su paladar no le parezca sublime, sin pararse a pensar siquiera la opinión que les merecería a las gambas el hecho de ser devoradas por individuos de esa ralea.

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lunes, 23 de abril de 2018

EN CÁDIZ (las cosas del hacerse viejo)



25 DE ABRIL
 

10:30 horas. Salón de Grados
(Facultad de Filosofía y Letras.) 

Encuentro del escritor Felipe Benítez Reyes con la comunidad universitaria.
Introducción a su trayectoria literaria a cargo de José Jurado Morales, catedrático de Literatura de la UCA.
 

12:30 horas. Sala de los Libros (Edificio Andrés Segovia). Biblioteca Central Campus de Cádiz. Rueda de prensa con la presencia de Felipe Benítez Reyes.
 

-Inauguración de la exposición “Felipe Benítez Reyes, el azar y viceversa de su obra literaria”.
 

19 horas. Sala de los Libros. Biblioteca Central Campus de Cádiz. Charla-coloquio con el escritor presentada y coordinada por Daniel Heredia.
Actuación musical de Javier Ruibal.


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domingo, 22 de abril de 2018

BARROCO ELÉCTRICO GADITANO


EL COMISIONADO



(Publicado ayer en prensa)











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Ustedes no se lo van a creer, pero existe un Comisionado para el Mercado de Tabacos, que es un organismo dependiente del Ministerio de Hacienda, el más amado por los españoles. Se dice pronto: un Comisionado. Cabe suponer que con sus jefes, con sus asesores y contables, con su sede y tal vez con su logotipo. Es posible que incluso con su patrono, que, en un país históricamente laico como lo es el nuestro, lo mismo podría ser Santiago Carrillo, aquel político que a sus 97 años seguía sosteniendo la industria tabaquera con el consumo diario de al menos un par de cajetillas, menos ya por vicio que por no propiciar reducciones de plantilla en el sector del humo aromatizado con sustancias misteriosas y peligrosas. 


            Un gerifalte se levantó un día con una idea luminosa, como buen gerifalte: “Creemos un Comisionado para los asuntos del fumar”, y se hizo el Comisionado, como si fuera cosa del Génesis. Una vez creado de la nada el Comisionado en cuestión, hubo que dotarlo de leyes específicas para que no se quedase en un Comisionado ornamental y orgánicamente pasivo, y ahí tuvieron que entrar en juego las más altas instancias: “Hoy toca lo del fumeque”, anunció el presidente de la nación en el consejo de ministros, y todos se pusieron a elucubrar, que es para lo que los políticos están dotados por naturaleza, hasta el punto de que se hacen más fuertes en la teoría que en la práctica, al igual que los filósofos presocráticos. Con el refuerzo de sabiduría de los expertos jurídicos, se apresuraron, en fin, a idear leyes que regulasen la cosa maligna del fumar y que dotasen de sentido y contenido al Comisionado. No debió de ser tarea sencilla, ya que el tabaco es un factor de repercusiones contradictorias: por una parte mata a la gente y por otra hace que el Estado ingrese casi 10.000 millones de euros al año, y eso sin que ningún funcionario tenga que trabajar de sol a sol y a ritmo de blues en una plantación tabaquera.


            Entre esas leyes se cuenta la de la prohibición de regalar mecheros a los clientes de los estancos, bajo multa de hasta 12.000 euros. (Una universidad puede regalarte un máster, pero un estanquero no puede regalarte un mechero: los equilibrios enigmáticos de la realidad.) Una ley severa, sin duda. Pero también sin duda ineludible, porque no va a sospechar uno que las leyes se conciben a capricho. ¿Que necesitas un mechero? Pues te lo compras, porque el Comisionado para el Mercado de Tabacos vigilará celosamente a tu estanquero para que no te meta de matute un mechero de propaganda en la bolsa en que te da el cartón que acabas de comprar. Cuidado con eso: al Comisionado no se le escapan los trapicheos indecorosos.


            Lo siguiente puede ser que el Ministerio de Agricultura prohíba que los fruteros regalen el perejil.

Pero no adelantemos acontecimientos.

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viernes, 20 de abril de 2018

miércoles, 11 de abril de 2018

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 INFORMACIÓN:
https://www.iglesiasanlorenzoubeda.com/libro/amistad-a-lo-largo/

(Los beneficios irán destinados a las obras de restauración de la iglesia de San Lorenzo, en Úbeda, recuperada por la Fundación Huerta de San Antonio para uso laico y cultural.)

 

domingo, 8 de abril de 2018

LA GUERRA SANTA

(Publicado ayer en prensa)



Comoquiera que la realidad es una entelequia que cada cual interpreta a su modo y compone a su medida, estamos obligados a buscar una armonización entre realidades si queremos que esas realidades pierdan el plural y obtengamos un espacio de convivencia más o menos razonable y llevadero. No es tarea sencilla, claro está. Hay quienes dicen tener trato con extraterrestres, hay quienes consideran que las vacunas propician enfermedades, hay quienes hablan con los seres del trasmundo, hay quienes aseguran que, tras la muerte, serán recompensados con una pandilla de vírgenes o bien con una vida eterna y virginal, hay quienes sostienen científicamente que la Tierra no es redonda, hay quienes sienten devoción por san Pancracio o por Vishnu, hay quienes están convencidos de que nuestros gobiernos nos fumigan con agentes químicos… Hay, en fin, de todo, y casi todo de calidad.


            Según las épocas, el pensamiento irracional goza de una implantación variable, aunque hay que reconocer que las creencias religiosas, con sus más y sus menos, tienen una capacidad de adaptación a las circunstancias y una resistencia al progreso que las convierten en consustanciales a la condición humana: mientras haya mortales habrá dioses.


            En nuestros días, asistimos al debate sobre otra creencia de índole sagrada: el nacionalismo –y derivados-, que, forzando apenas un poco las cosas, puede interpretarse como la renovación del culto a la Madre Tierra, aunque con argumentos aparentemente laicos. Y digo “aparentemente” porque se trata en esencia de un sentir religioso, y como tal basado en la fe, y, como tal fe, situado por encima de los argumentos políticos, de las convenciones jurídicas, de la demoscopia, de la realidad y de la razón: una suprarrealidad. 


Dado que una fe no admite contraargumentos, los argumentos contrarios al nacionalismo corren el riesgo de verse acusados de fascismo, de traición o de agresión a una causa legitimada por sí misma: quien cree en un dios no está capacitado para dudar de la existencia de ese dios, del mismo modo que quien cree en un concepto supremo no puede rebajarse al acatamiento de unos conceptos subalternos, como por ejemplo las leyes.


            No podemos saber qué proyecta cada cual en su sentir patriótico, al no ser un sentimiento unánime, sino una sugestión personalizada, lo que no supone un obstáculo para que se presente como un afán colectivo que puede englobar tanto al neoliberal como al retrorradical. La magia, en fin, de las quimeras abstractas.

           Quienes exigen una solución política para este conflicto es posible que estén confundiendo la diana, ya que no se trata en esencia de una cuestión política, sino de una cuestión de fe: la imposición de un dogma, así seas creyente o agnóstico, y las controversias teológicas tienen una solución difícil. Al menos en este valle de lágrimas. Pero suerte.

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jueves, 5 de abril de 2018

INSTALACIÓN

Mi amigo Antonio Doblas me manda esta foto suya del escaparate de una mercería de aquí del pueblo. 

Aparte de su mensaje pluriestacional -cosa siempre de agradecer en un estado plurinacional-, he visto instalaciones menos meritorias -y menos útiles- en muchos museos de arte contemporáneo.


AGENDA

-Mañana viernes, a las 20 h., estaré en la feria del libro de Mairena del Aljarafe para hablar de EL NOVIO DEL MUNDO con Mercedes de Pablos. (Para hablar en coloquio abierto al público, se entiende.)

-El sábado, a las 12.30 h., estaré en la feria del libro de Bormujos para hablar de lo mismo con Antonio Molina Flores.

(Después de cada palique, firma de ejemplares.)
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HOY LLEGA A LIBRERÍAS LA EDICIÓN DE BOLSILLO


lunes, 26 de marzo de 2018

UN EXPERIMENTO



(Este artículo se publicó el sábado en prensa... Los detalles han cambiado. La realidad no tanto.)


El conflicto catalán ha tenido la virtud de ofrecernos un espectáculo basado en el contraste, con sus aspectos dramáticos y sus consecuencias cómicas, con sus sinsentidos de forma en nombre del sentido de fondo, con sus continuas reducciones al absurdo en beneficio de una lógica emocional que tiene más de emocional que de lógica, la sacralización de la ley de Ohm frente al descrédito de los porcentajes reales de voto. Etcétera. 


Sin menospreciar a ninguno de los muchos actores de esa desconcertante tragicomedia, todos esos componentes contradictorios entre sí se han quintaesenciado en la figura de Carles Puigdemont, cuya deriva espontáneamente cómica nunca podrá igualar tal vez ni siquiera su mayor antagonista cómico, el cómico profesional Boadella. Incluso la situación de Puigdemont consiente la dualidad: unos lo ven como un exiliado, en tanto que otros lo consideran un fugado. La apreciación heroica, en fin, frente a la consideración jurídica. Sea como sea, nadie podrá quitarle el mérito de ser un pionero: un político elegido democráticamente que, por su exceso de espíritu democrático, se ve obligado a salir por pies de un extravagante país democrático en el que algunos ensueños se consideran antidemocráticos y en el que el incumplimiento de la ley se considera ilegal y punible. 


            En su novela El barón rampante, Italo Calvino da vida a un personaje que un día, tras una discusión familiar, se subió a un árbol y juró no volver a pisar el suelo, de modo que se pasó el resto de su vida de árbol en árbol. No sabemos si Puigdemont se pasará el resto de su vida de país extraño en país exótico, y ojalá que no sea así de no ser ese su deseo, pues un patriota necesita patria tangible, pero se me ocurre que tampoco es una mala idea el hecho de que un país –y más si se trata de un país que sólo existe en la esfera de los arquetipos platónicos- tenga a un presidente fugado, lo que presenta al menos dos ventajas, a saber: que el país se libra de tener un presidente y que el presidente se libra de tener un país.


            Y es que la tarea de un presidente tiene algo de condena: simular que se gestiona eficazmente desde el conocimiento íntimo de estar llevando a cabo una gestión desastrosa, ya sea por imperativo de la realidad o por impericia suya y de los suyos; prometer la realización inducida de milagros, de por sí tan improbables como fortuitos; fingir optimismo ante los desastres y recomendar pesimismo ante las ilusiones colectivas, y así sucesivamente. Evitarle a un congénere esa cruz puede entenderse, en suma, como un gesto de buena humanidad. 


De modo que tal vez sería conveniente que Rajoy se fugase también a Bruselas y que desde allí jugase, vía plasma -tan de su agrado-, a ser presidente de nuestra nación de naciones, a ver qué pasa. No creo que esa fuga tuviese mucha repercusión en la vida de todos, ya que, aparte de otras consideraciones más matizadas, el hecho de que un país alimente la esperanza de que los políticos pueden arreglar el país suele ser el síntoma más claro de que ese país no tiene arreglo.

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domingo, 25 de marzo de 2018

LA HORA ELÍPTICA




 


 Hemos tenido que adelantar una hora los relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado ovino o vacuno o bien seamos abstracciones. 

            No puedo presumir de ser lo que se dice un especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas: las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos den la contraorden de atrasar los relojes, allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las estaciones frías.

            Vive uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, borrada por decreto y de un plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos con las horas. También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj cimarrón con sus colegas vanguardistas.

            Los relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”, dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y, al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas clandestina de un turcumano. 

Y es que con el tiempo, en fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por jugar a correr más aprisa.

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jueves, 22 de marzo de 2018

miércoles, 21 de marzo de 2018

¿DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA?..

(Bueno, pues un poema del próximo libro.)



CICLOS





Entre el momento en que Dante Alighieri

concibe el artificio

de que Virgilio sea su acompañante

en los tres estratos del trasmundo,

la hora exacta en que Virgilio

pone música acentual al primer hexámetro

para cantar al varón esclarecido de Troya,

el minuto preciso en que Ovidio

decide recrear la metamorfosis de Dafne,

el instante en que Kafka

define la fantasía de una transformación

y este ahora en que me acuerdo

más o menos aleatoriamente de ellos cuatro,

median varios siglos, varios miles de kilómetros,

varias lenguas, pero en realidad

todo sucede

dentro de esa cápsula de anacronía

en que la literatura se protege del tiempo

desde su inmortalidad desvalida y estática,

pero más poderosa que la vida,

ese concepto oscilante

en cuyo fluir sucumben los imperios,

pero no las ficciones;

nosotros, por supuesto, pero nunca jamás

la herencia de los embaucadores prodigiosos

que nos llevan de la mano

a ese dominio ilusorio y sin confines

que al cabo existe más

que el mundo mismo, en paralelo

a este ser del no ser de ser nosotros,

aproximadamente.


F.B.R., del libro Ya la sombra, que se publicará en abril

LA ARAUCARIA ACOGEDORA


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Esta araucaria es mi vecina desde que nací. Le calculo una altura de unos 40 metros. Crece en el patinillo de una casa del barrio.

Es una especie de hotel bullicioso de la pajarería: un día se llena de gorriones, otro de vencejos, otro de mirlos melómanos, otro de tórtolas, otro de urracas... Por turnos. Conforme a un método de rotación que no sé interpretar, porque no se rige por el ciclo de las estaciones ni nada de eso, sino -ya digo- por el día a día, e incluso por horas. Sin un patrón estable: llegan las urracas, por ejemplo, y los gorriones pegan el voletío. Y así van.

De vez en cuando aparece un halcón, que se posa, altivo y amenazante, en las ramas de la copa, y todos las demás especies pegan la espantada.

Convertida mi terraza en un observatorio ornitológico, a esta araucaria tan visitada me distraigo en atribuirle, por derivación del ocio, algunas dimensiones simbólicas, todas ellas más o menos difusas y más o menos caprichosas: desde la inestabilidad del vivir -en la frontera imprecisa entre la libertad y la condena de ser libre para nada- hasta la representación -un tanto estrambótica- de la lucha de clases en versión pajarera. 

Pero esa sería ya otra historia.

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lunes, 19 de marzo de 2018

UNA FABULILLA DE LUNES LLUVIOSO

En el salón de actos abarrotado, el gran poeta, en un momento de debilidad, confesó: “Si algún poema mío flaquease un poco, no sería culpa mía, sino del poema, que no estaría a mi altura”, y en ese instante descendió del techo una lluvia de polvo de diamante que fue batido por los aplausos del público.

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jueves, 15 de marzo de 2018

(...Aquellos días interminables en que no paraba de llover, y no ibas al colegio, y no sabías si sentirte bien o mal por quedarte en casa, porque por aquel entonces nada estaba en el fondo ni bien ni mal: simplemente era, y mis hermanos y yo mirando llover por la ventana: el espectáculo monótono de un dragón líquido...)

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miércoles, 14 de marzo de 2018

UN PROYECTO

Comoquiera que parece haber una corriente prestigiosa de libros encaminados a fomentar la espiritualidad, y dado que uno es vulnerable a las modas, incluida la de no seguir las modas, acabo de empezar a escribir uno: "Busca dentro de tu alma la Verdad. Lo más probable es que pierdas el tiempo tontamente, pero al menos no lo pierdes tontamente en otra cosa. Por consiguiente, observa al humilde pajarillo que en su rama...". 

(Más o menos.) (Es sólo un borrador.)

lunes, 12 de marzo de 2018

OBSOLESCENCIAS



 (Publicado el sábado en prensa)


El de “obsolescencia programada” es un concepto que nos educa el sentido de la fatalidad, al proporcionarnos la certeza de que nuestros electrodomésticos, por muy flamantes que luzcan, morirán de improviso el día menos pensado. 

            Solemos atribuir a intenciones malignas de los fabricantes el que programen la defunción súbita de nuestros utensilios, aunque ellos se defienden con el argumento de que la obsolescencia, toda vez que obliga al consumo periódico, propicia los avances tecnológicos en sus productos. A uno, la verdad, le daría lo mismo pasarse toda la vida con las mismas bombillas, con la misma batidora o con la misma impresora, pero se ve que eso actúa en contra del progreso, que al parecer exige mártires: la mártir exprimidora, la mártir aspiradora o el calefactor mártir, que tienen que dar su vida a cambio de que en el futuro exista una exprimidora más sofisticada que ella, una aspiradora más aspirante que ella o un calefactor más ecológico que sus antepasados. 


            A nadie le gusta que se le muera de repente el tostador de pan, pongamos por caso, pero sabemos que se inmola por una buena causa, y ahí encontramos consuelo: cuando vayamos a la tienda a comprar otro tostador, tendremos una oferta mejorada de tostadores, tostadores de tecnología punta, capaces –qué sé yo- de tostar una rebanada de pan con sólo mirarla, o exponiéndola durante unos segundos a un dispositivo láser, o similar, ya que las artes industriales van que vuelan hacia lo prodigioso y nunca visto.


            Aun aceptando la necesidad de que nuestros electrodomésticos pasen a mejor vida en nombre del avance tecnológico, nos queda una inquietud: la de no vernos venir su expiración, que, como en el poema barroco, suele llegarles callada. Miras tu frigorífico, le calculas la edad y te preguntas “¿Cuánto le quedará a este pobre?”. Sales de viaje con la aprensión de que tu frigorífico muera a solas durante tu ausencia, sin una mano amiga que lo vacíe de botellas y fiambreras, y encontrarte a tu regreso con el panorama apocalíptico de todos los alimentos echados a perder. 

             Y, aparte de eso, los sobresaltos que te llevas: le das al interruptor y la bombilla pega un chasquido miserere, como si en vez de morirse se hubiera suicidado, hastiada de su cautiverio en una lámpara que ni siquiera es maravillosa, como aquella que concedía tres deseos en el cuento oriental, sino en una de Ikea. O bien ese temblor que te asalta cuando empiezas a oírle un ruidillo como de bronquitis al ordenador, y te dices: “Este está ya medio listo”, y temes que te deje una página por la mitad, y que pierdas además los archivos que no has tenido la prevención de guardar en otro dispositivo, pues los ordenadores tienen la elegancia de morirse de golpe y no dar la lata con agonías.


            En este mundo, en fin, nada es eterno, salvo quizás el ansia de eternidad. Y ahí vamos todos, humanos y electrodomésticos, distrayendo como podemos, ay, nuestra obsolescencia.

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sábado, 10 de marzo de 2018

MÚSICO CALLEJERO


Me hace mucha gracia una frase de Tom Waits: “Un caballero es una persona que sabe tocar el acordeón y no lo toca”.

Hoy, sin embargo, un caballero, en la calle comercial del pueblo, interpreta a Bach con su acordeón, a lo que quieran darle. 

Y, de repente, si cierra uno los ojos, no está en una calle comercial pueblerina, sino en una catedral húmeda, pensando sin pensar en cosas parecidas a la eternidad y a la muerte o, si hay suerte, en el prodigio -sin porqué, sin más- de la música.


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viernes, 9 de marzo de 2018

PATERSON

En contra de una difusa prevención -absurda como casi todas-, me ha gustado mucho esta película de Jarmusch: una visión irónica y a la vez tierna de la complejidad de las vidas triviales, de la bondad sin recovecos, de esas ilusiones pequeñas que, aun siendo muy pequeñas, acaban resultando desmesuradas, dadas las circunstancias.

     Eso sí: los poemas que escribe el protagonista son tan malos que incluso podrían tener mucho éxito. (Me gustaría pensar que el director y el guionista optan por el hecho de que los poemas sean espantosos para añadir una dimensión dramática a los anhelos vanos de dicho protagonista, pero me temo que no es así.)

(Para quienes ya la hayan visto, la posibilidad de un título alternativo: Lo que arregló el perro lo estropeó el japonés.)


lunes, 5 de marzo de 2018

RESTOS ROMANOS

En Cádiz, el temporal ha dejado al descubierto, en una playa, restos de la calzada y del acueducto romanos.

A veces, se hace verdad aquel apotegma frívolo de O. Wilde según el cual la naturaleza imita al arte: recuerdo una chirigota que cantaba la historia cómica de un gaditano al que, al retirar los azulejos de su cuarto de baño para poner unos nuevos, le apareció un teatro romano en la pared.

(La historia, sí, es cíclica: la playa se llenó al instante de gente que se puso a rebuscar entre los restos por si aparecían monedas de oro. Como lo de los duros antiguos... pero en versión nueva.)

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