domingo, 17 de marzo de 2019

CARNAVALADAS



(Publicado ayer en prensa)


Terminaron los carnavales, menos en Cataluña, donde prosigue la mascarada. Una mascarada que tiene su prolongación cuaresmal y resacosa en la Audiencia Nacional, donde se ven menos antifaces que caras largas, donde se oyen menos risotadas que argumentos exculpatorios, aunque sin el componente de la contrición, porque los héroes pueden justificar sus heroicidades, por descabelladas que resulten, pero jamás arrepentirse de ellas. 

               Ve uno a esos políticos en el banquillo y se pregunta: “¿De verdad pensaban que…?”. Y la respuesta no es concluyente: tiene uno la impresión de que se creyeron aquello y de que a la vez no se creyeron nada de aquello, empujados y arropados por una especie de espíritu de Fuenteovejuna, convencidos quizá de que la diluición de la responsabilidad de sus decisiones no iba a implicar consecuencias penales para nadie en concreto, al tratarse de gestos colectivos y legitimados además por una buena parte del pueblo oprimido que fue liberado de su yugo durante unos segundos emocionantes. Pero el problema de las leyes es que son leyes, por poco que te gusten como tales leyes, por poco que te entusiasme su cumplimiento y por mucho que te arriesgues a incumplirlas en función de un mandato más o menos popular y más o menos esotérico.

            Mientras los más desventurados de sus compañeros de aventura penan en presidio, Puigdemont acrecienta su gestualidad napoleónica, aunque cada vez con un talante más cercano al de Tartarín de Tarascón, el protagonista quijotesco de aquella novela de Alphonse Daudet que pasó de burgués apacible a héroe a la fuerza, con su componente de enternecedora comicidad. Pero si bien Puigdemont resulta quijotesco, su robot a distancia, Torra, tira más a sanchopancesco, en concreto a ese Sancho Panza que gozó del gobierno fugaz de la ínsula Barataria. Desde su trono provisional y en gran medida vicario, a Torra debemos una de las aseveraciones más categóricamente desconcertantes de nuestra historia reciente: “La democracia está por encima de la ley”. Imagino que estarán de acuerdo conmigo en que para concebir una frase así hay que tener una visión muy original tanto de la democracia como de la ley, consideradas como elementos disociados y cabe suponer que irreconciliables, que es lo más curioso de todo. 

        Cabe suponer que por “democracia” el señor Torra entiende la voluntad popular en sentido impresionista, a ojo de buen cubero, como quien dice. Un poco a voleo. Y sí, qué duda cabe: si unos ciudadanos deciden que los anillos de diamantes deben ser gratuitos y saquean todas las joyerías de una ciudad, no sólo estaremos ante un acto genuinamente democrático, sino también ante un merecido escarmiento a esa ley estrafalaria que castiga el robo. Para eso sirve fundamentalmente la democracia: para que las leyes no se pasen de listas. 

Larga vida al carnaval.

lunes, 4 de marzo de 2019

LO UNO Y LO OTRO: LO MISMO



(Publicado el sábado en prensa)

La superstición del nacionalismo se compone de muchos elementos, y el del irracionalismo no es secundario en esa fórmula que puede resultar explosiva, según nos ilustra el curso de la historia. 

       Aquí, como andamos ahora en eso, y como somos como somos, la pugna está entre el micronacionalismo y el macronacionalismo, que son dos unidades de medida diferentes y dos medidas ideológicas idénticas, al sustentarse ambas en una misma sugestión: el fervor patriótico como fundamento político, cuando no como sustitutivo de cualquier fundamento político. 

No creo que nadie esté convencido de que la invocación a la unidad de la patria vaya a neutralizar la invocación a la independencia, entre otras razones porque el independentismo no representa una crisis resoluble, sino una meta irrenunciable, de modo que el suyo es un argumento inamovible, como los dogmas. 

Por eso, cuando el gobierno ahora en funciones se propuso dialogar con los independentistas catalanes estaba cumpliendo con su deber de gestionar un conflicto de alcance estatal, pero sabía de sobra que el diálogo estaba viciado desde su raíz, pues poco puede dialogarse con quien se sitúa de entrada no sólo en el soliloquio ensimismado, sino también en el monólogo inobjetable. 

Hasta tal punto es inobjetable ese monólogo que los partidos independentistas decidieron votar en contra de unos presupuestos generales no porque les parecieran deficientes, sino por el derecho parlamentario a la pataleta pueril, pues si de algo andan sobrados nuestros políticos es de infantilismo, que hasta vértigo da en ocasiones el que la gestión del país esté en manos de unas mentes tan simples y a la vez tan resabiadas.

     La estrategia de combatir el micronacionalismo con el macronacionalismo no sólo resulta fallida de antemano, sino que acaba fortaleciendo lo que pretende debilitar. Solapar una bandera con otra tiene como resultado la potenciación de la bandera agraviada. Si absurdo resulta rebatir unos argumentos con otros argumentos que varían en la forma pero no en el fondo, desmontar las fantasías independentistas con fantasías unionistas es empeño inútil: una guerra entre entelequias. 

          Entre tantas banderas y tantas patrias, entre afrentas y retos, estamos diluyendo el concepto que nos articula: el de Estado, no como entidad abstracta, ni siquiera como realidad derivada de un devenir histórico, sino como estructura garantista de la aspiración a un funcionamiento social equilibrado. Las banderas y las patrias no sólo son nociones extremadamente manipulables, sino que además tienden a promover jerarquías excluyentes, en tanto que el de Estado es un concepto inclusivo, el que nos acoge a todos al margen de nuestras quimeras telúricas e identitarias. Al margen, en fin, de ese cupo de irracionalidad que tendemos a aplicar a nuestra convivencia, que de por sí es conflictiva, de acuerdo, pero que lo que menos necesita son conflictos artificiales.

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miércoles, 20 de febrero de 2019

martes, 19 de febrero de 2019

ROMA o MRAO


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Hubo polémica por la decisión de subtitular la película Roma. Como consecuencia de aquel escándalo artificial, se suprimieron los subtítulos. Bien.

Anoche intenté verla, pero desistí a los 15 minutos. No me enteraba de casi nada. (Y tengo un televisor que suena bien, y tengo bien el oído -al menos para mi edad-, y cuando he ido a México me he entendido a la perfección con los nativos.)

Algunos se echaron las manos a la cabeza: "¿Cómo va a subtitularse algo que está en nuestro mismo idioma?". 

Pues muy sencillo: por tres razones, a saber: por motivos de sonorización defectuosa -de la que tanto sabe, dicho sea de paso, el cine español-, por carencia de vocalización de los actores y, sobre todo, porque la modulación oral de una misma lengua puede dar pie a un habla ligeramente incomprensible para quien no tenga el oído hecho a ella, y muy en especial si quien la habla tiende a hacerlo en susurros.

(Y son desencuentros de ida y vuelta: pónganle una película española a un mexicano... o la actuación de una chirigota gaditana.)

Volveré a intentarlo... aunque sin demasiada esperanza de que mi oído panhispánico se universalice por sí solo.

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lunes, 18 de febrero de 2019

ESTADO DEL MOMENTO



(Publicado el sábado en prensa)


Si alguien levanta el puño, no tardará en aparecer quien salude a la romana. Vamos de eso. Estamos en eso.

            Durante los años en que PSOE y PP se repartieron el gobierno central, así fuese con el apoyo de doble filo de los nacionalistas, compartían un espacio confortable tanto en el mando como en la oposición. Una cuestión básica de antagonismo dual, según soplase el viento del electorado: o vosotros o nosotros, sin sobresaltos. La irrupción de Podemos les supuso un elemento de distorsión en aquel panorama, y algunos intuíamos que era cuestión de tiempo el que surgiera el discurso opuesto, aunque de raíz idéntica: el de la purificación social a partir de un proceso de purificación política. Y ahí tenemos ya a VOX, que ha ascendido de anécdota pintoresca a comodín potencial de los futuros gobiernos en todas sus escalas. Ciudadanos, por su parte, aporta a esta biodiversidad el desconcierto: el que parecen padecer ellos y el que transmiten a la gente gracias a sus incoherencias de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión.
   
En ese mercado de espejismos en que nos han convertido la política, el discurso ha sido sustituido por el pregón, sin miedo a los argumentos gruesos, desenmascarando de ese modo el gran engaño de la politología, a saber: que todos los ciudadanos se rigen por criterios politológicos a la hora de votar. De ahí que los políticos cuenten con el factor de irracionalidad y de visceralidad en que se fundamentan por lo común las decisiones de voto, y de ahí –al menos en buena parte- su estrategia de sobreactuación.

Los dirigentes de los principales partidos parecen estar en fase de metamorfosis: Sánchez asumiendo el desengaño de no haber podido gobernar con el apoyo incondicional y leal de sus adversarios, incluida la derecha catalana; Iglesias desinflándose como el mesías de la izquierda que quiso ser y Casado inflándose como el caudillo de la derecha dura que alguien le ha recomendado que sea, en tanto que Rivera ha pasado de la pretendida moderación a la desacomplejada indefinición, hasta el punto de convertirse no tanto en un representante del pensamiento líquido como en un malabarista del pensamiento gaseoso. 

Frente a las teatralizaciones del independentismo, PP, Ciudadanos y VOX no han tenido otra ocurrencia que promover una teatralización unionista, como si los fuegos se apagasen con fuego y como si una plaza representase a todo un país, cuando ya sabemos que un mismo espacio puede llenarse por la mañana con los partidarios de una cosa y por la tarde con los partidarios de la inversa. Las dos caras, en suma, de una misma moneda: la independencia y la reconquista. 

Mientras tanto, Sánchez, tras su tentativa aventurada de convertir en fortaleza su debilidad, ha estado deshojando hasta ayer mismo la margarita de las elecciones, aunque por cada pétalo que le arrancaba le añadía dos, sin duda porque intuye lo mismo que intuimos algunos.

Y todo está por ver. Y ya veremos.

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miércoles, 6 de febrero de 2019

INVOLUCIONES



(Publicado en prensa)

En esa pesadilla que viene a ser la novela 1984, de George Orwell, hay un filólogo que trabaja en la creación de una nueva lengua y en la simplificación y modificación del diccionario tradicional mediante la eliminación de palabras consideradas inútiles, con especial saña hacia los sinónimos y antónimos, que en esa nueva lengua van siendo sustituidos por prefijos y sufijos que indican la negación o el aumento de una cualidad. Mediante ese sistema, se eliminaban los sinónimos y los antónimos, pero, como efecto secundario, se multiplicaban los neologismos. A ese filólogo debemos la siguiente apreciación: “La destrucción de palabras es algo muy hermoso”. 

            En nuestros días, no necesitamos funcionarios dedicados a esas tareas, ya que el lenguaje no sólo admite la transformación, al ser fruto de ella, sino también la degeneración y la manipulación, y por supuesto la simplificación, hasta el punto de que, según quienes se dedican a ese tipo de análisis, los adolescentes de hoy manejan habitualmente unas 200 palabras, que desde luego son muchas para soltarlas de golpe, pero quizá pocas como acervo.

            Mucho se ha elogiado la capacidad visionaria contenida en esa distopía de Orwell, que, más que un visionario, se limitó a ser un hombre lúcido. Un experto, digamos, en el arte de verlas venir. 

          En su novela, ideó la existencia de un Ministerio de la Verdad, cuya labor consistía en destruir o modificar la documentación de los anteriores regímenes para que se ajustase a la versión oficial de la historia impuesta por el nuevo Estado omnividente. Algo que puede sonarnos familiar en estos tiempos en que algunos pueblos se afanan en reescribir su pasado, como una especie de lavado de la conciencia colectiva, de igual modo que hace el cínico con su conciencia particular, y en reinterpretarlo en beneficio de las estrategias políticas del presente, sobre todo si lo que se busca en las brumas pretéritas es una identidad diferencial; se proponen relecturas condenatorias de obras literarias conforme a criterios morales o se censuran obras artísticas no por su valía, sino por la adivinación de su presunta carga ideológica, hasta el punto de que hay quienes reclaman el descuelgue de imágenes de desnudos femeninos en los museos, con el argumento de la cosificación de la mujer, por no hablar de la política de puritanismo que aplica el tan orwelliano Facebook, donde pueden decirse atrocidades escalofriantes, pero donde está prohibido exhibir un cuerpo no ya sin ropa, sino incluso con poca ropa. 

            Tiempos raros, en fin. Tiempos confusos.

            La paradoja de las civilizaciones avanzadas es que potencian la involución, como si el pensamiento se nos pasara de rosca y buscase pretextos para destruir lo construido. Y en eso casi nunca fallamos. Casi nunca.

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lunes, 4 de febrero de 2019

DOS SERIES

En el suplemento LA ESFERA DE PAPEL, del diario EL MUNDO, escribo sobre dos series: Fuga en Dannemora y El método Kominsky.

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/02/04/5c52e5cf21efa088638b4670.html

martes, 22 de enero de 2019

EN TORNO A VARIAS SERIES TELEVISIVAS




En el diario El Mundo escribo sobre varias series televisivas.

(El título que le puse no es ese, sino "Heroísmos y macarrismos". La entradilla tampoco es mía. Algunos aspectos tipográficos -cursivas que faltan o que sobran, por ejemplo, y ese guión absurdo en Beowulf-, así como algunos detalles de puntuación, se los debo al listillo o a la listilla de la redacción del periódico -generalmente un becario- que vive de perfeccionar textos ajenos.)

(La acidez de algunos de los comentarios se debe a que el listillo o la listilla en cuestión me cambió -no me pregunten por qué: misterio- la 4ª temporada de Peaky Blinders por una imaginaria 5ª que aún no existe, y ahí formó el lío. Ya está corregido, no obstante.)

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/01/21/5c44b53121efa0ac2c8b4582.html

lunes, 21 de enero de 2019

LO VENIDERO



(Publicado el sábado en prensa)


Acabamos de dejar atrás un año de rumbo incierto y entramos en un año que promete incertidumbres, de modo que lo más probable es que sigamos por el estilo, salvo que todo decida ir a peor, pues con las cosas de la realidad nunca se sabe… y casi mejor no saberlo hasta que no quede más remedio que darse por enterado. 

El gobierno central sigue en precario y en vilo, con un presidente convertido no ya sólo en un habilidoso funambulista, sino también en un crupier bondadoso que procura repartir las cartas equitativamente entre quienes lo auparon a la presidencia para que no le dinamiten en cualquier momento el podio y lo sometan de nuevo a la incertidumbre no tanto de las urnas de la nación como a la incertidumbre maquiavélica de las urnas de Ferraz. Como no podía ser de otra manera, la política-ficción catalana seguirá vertebrando la realidad común, y no dejan de resultar enternecedores los intentos del gobierno de Sánchez de contentar a quienes no tienen contento posible más allá de sus pretensiones innegociables, pues difícil resulta que quien aspira al disfrute del paraíso terrenal se conforme con que le den dinero para mejorar unas cuantas carreteras o con que le regalen un estatuto inaceptable para una nación oprimida. Por ahí el Waterloo está más que cantado… para ambas partes, por mucho que la música de piano la ponga el señor Puigdemont, ya sea en su calidad de fugado o de exiliado, que eso depende del cristal con que se mire: el de las gafas de Borrell, pongamos por caso, o el de las de Torra, por no meter en esto el cristal de las bolas de los videntes, a los que por cierto es muy aficionado –según dicen quienes saben- el exmuy exhonorable exseñor Pujol, padre de su patria e hijo adoptivo de la banca andorrana.

De aquí a poco, el gobierno tendrá que hacer frente a promesas difíciles, y, sin ir más lejos, ya tiene ahí a los sindicatos desenterrando el hacha de guerra, porque los sindicatos no se inventaron para formar orquestas especializadas en valses vieneses. En cuanto a la política en su vertiente gore, parece ser que la exhumación de Franco va a llegar un poco más tarde que el entierro de la sardina. La realidad, en suma, y el deseo.

En Andalucía, por su parte, andamos muy entretenidos. Gracias a la expansión de la escuela filosófica del cuñadismo y del debate socrático de barra de bar, los cruzados de VOX van a tener un papel decisivo en el arbitraje parlamentario, de modo que dispondremos de unos árbitros que están más necesitados que nadie de arbitraje, en el caso optimista de que tal cosa sea posible, sobre todo si deciden acudir al parlamento a caballo y no en coche oficial.

No sé, se supone que la incertidumbre agudiza el pensamiento. Pero eso –como todo- depende, ¿verdad? También está el cansancio. El ya vale. El venga ya.

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lunes, 14 de enero de 2019

En el suplemento LA ESFERA DE PAPEL, del diario EL MUNDO, escribo sobre la miniserie -en todos los sentidos- La verdad sobre el caso Harry Quebert.

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/01/11/5c2e311ffdddff5e778b45e7.html


miércoles, 2 de enero de 2019

OTRO MÁS



(Publicado el sábado en prensa)

Sí, por supuesto: esto de los años es una mera convención, y lo mismo un año podría abarcar 500 días, o 157, o 18, o los que nuestros antepasados hubiesen decidido establecer como medida de tiempo, pero el caso es que otro año se nos acaba, y nosotros un poco con él. Será sugestión, sin duda, aunque lo cierto es que llegamos a diciembre con un fardo acumulativo de tareas y de obligaciones asumidas a lo largo de 12 meses, 12 meses que por una parte se nos han hecho interminables y que, por otra, se nos han ido volando, gracias a esas sensaciones contradictorias que nos suscita el paso del tiempo: algo que a veces se nos hace eterno y algo que a veces nos resulta un visto y no visto, como si, según el día, se calzara unas botas de plomo o tuviera los tobillos alados, como el dios Mercurio.

            Llegamos cansados al final de cada año, ya digo, lo que no impide que alimentemos propósitos para el nuevo, que es algo que supone un cansancio añadido a este cansancio menos de cuerpo que de mente. Estrenamos agenda y almanaque y, por extensión, nos hacemos a la idea de que estrenamos una forma de vida, aunque luego la vida sigue su curso, que suele ser el de siempre, y casi mejor así. Lo más probable es que sigamos fumando, que sigamos sin hacer un poco de ejercicio, que mantengamos nuestra dieta tóxica, por mucho que el médico nos pinte un futuro espeluznante. Porque a ver quién lucha no ya contra la vida como concepto genérico, sino contra sí mismo como concepto específico.

            Llegamos, sí, cansados. Para llegar aún más cansados, hemos tenido la ocurrencia de inventar la comida de empresa y la cena familiar de nochebuena, el almuerzo de navidad con los restos de la cena de nochebuena y la cena de orgía romana de nochevieja, seguida no sólo de esos licores y confites que hay que gastar como sea para que no dormiten en la despensa durante meses antes de tirarlos, sino también de una atragantada de uvas, a razón de una por segundo. (Y, allá en el horizonte, la amenaza pringosa del roscón de Reyes, y la compra de regalos, para que no olvidemos que el mundo es un lugar difícil.)

            Como conclusión medianamente científica, podemos decir que, puesto que, por inercia, llegamos muy cansados a las postrimerías de cada diciembre, hemos decidido llegar a enero no ya cansados, sino exhaustos. A lo grande. De ahí que hayamos establecido esta maratón de celebraciones sagradas tras convertirlas en todo lo pagano que puede dar de sí lo sagrado: desde celebrar el nacimiento del Niño en una discoteca hasta entrar en el año nuevo con una resaca de bucanero. Porque ¿a quién no le gusta salirse durante unos días de sí mismo antes de reingresar en la rutina en cuanto desmonte el arbolito y el belén?

            Pero, aunque cansados a priori, que tengamos todos un buen año. Otro.

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miércoles, 26 de diciembre de 2018

PARTITURA HUMANA


...y aquí andamos todos, escribiendo esta partitura colectiva que a veces suena a Mozart y a veces -las más- a Schönberg.
Con nuestras raras armonías y nuestras raras discordancias, con notas estridentes, en clave de mi o en clave de nosotros, componiendo la sinfonía azarosa del mundo.
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martes, 18 de diciembre de 2018

lunes, 17 de diciembre de 2018

INTERPRETANDO



(Publicado en la prensa)


A estas alturas, no hay charlista, ya sea profesional o meramente aficionado, ya sea de plató televisivo o de barra de bar, que no nos haya ofrecido su elucidación científica del éxito electoral de VOX en Andalucía. 

             No puede decirse que sean interpretaciones coincidentes, ni siquiera medianamente convergentes, sino más bien versiones libres de un fenómeno al fin y al cabo insondable: si un reportero le acerca un micrófono a unos cuantos votantes de esa formación, uno dirá que lo hizo por defender la unidad de España, otro que para evitar que los moros nos impongan el ramadán y otro porque le gustan las corridas de toros. Y así. Sea como sea, de ese cóctel emerge un electorado seducido por la irracionalidad de un discurso disfrazado de resolutivo, sencillo y sin matices: “Los problemas del país no se arreglan por la sencilla razón de que los políticos son unos vividores. Pero aquí estamos nosotros”. Aparte de que en toda ideología retrospectiva suele haber un componente retrógrado, la simplificación del mensaje político tiene la virtud de arraigar -al margen de la razón y de la realidad misma- en los bienaventurados que disfrutan de una mente tan simple –o más- que el discurso en cuestión.

            Las interpretaciones en torno al fenómeno VOX podrán ser múltiples, pero su detonante quizá no tanto: una utopía que ofrece soluciones milagrosas, la reparación expeditiva de un descontento social en que se mezcla lo abstracto con lo concreto: la patria y el IPC, la bandera y la tauromaquia, la legión y la inmigración, etc. (Incluso la hípica.) A la carta. El problema es que lo que para unos supone una utopía para otros representa una distopía, y esa es la historia básica de la humanidad: un conflicto entre espejismos ideológicos, una bipolaridad retórica. Al fin y al cabo, los mensajes políticos de brocha gorda suelen basarse más en la indignación ante los problemas que en las claves de gestión para solucionarlos, y de ahí su eficacia: no hay que razonarlos, ya que basta con sentirlos. 

Por lo demás, es posible que, en su candidez, tanto PP como PSOE pensaran que su historial de corrupciones no iba a tener un coste electoral, dando tal vez por hecho que a la gente le entusiasma el que sus gobernantes se enriquezcan a costa de sus impuestos. (Pero el caso es que la gente es como es.) El descenso de la alianza entre fuerzas de Podemos e Izquierda Unida tal vez podría entenderse como un síntoma de desencanto o desconfianza ante unas promesas de máximos, puesto que la esperanza que en un primer momento suscitan las políticas redentoristas suelen tener una fecha de caducidad muy temprana. Por su parte, en el ascenso de Ciudadanos es posible que haya tenido mucho que ver el haber entrado en campaña con su traje de primera comunión política en estado aún casi impoluto, sin tiempo ni ocasión para haberlo manchado en el ejercicio del poder.

            Nada más conocerse el resultado de las elecciones andaluzas, Pablo Iglesias llamó a la movilización ciudadana en las calles para deslegitimar lo que dijeron las urnas. No sabe uno si es un buen método: según nos susurra la experiencia, el problema es que a las calles van a echarse no sólo los contrarios a VOX, sino también sus partidarios. Y nos vamos a entretener.

            Eso sí: al día siguiente, para ir neutralizando este populismo de derecha dura, el Congreso aprobó una subida salarial del 2,5 % para los diputados y para sus cargos de confianza.


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