Donde se divaga más que se razona sobre las melancolías derivadas de un salario sin
sorpresas sobrevenidas
Si eres político y careces de
sobresueldo, resulta que sólo tienes un sueldo, que da para lo que da, de
manera que, a pesar de tener un sueldo, por reconfortante que resulte en
nuestros días el disfrute de tal exotismo, acabas sintiéndote un desdichado y
aspiras legítimamente a reparar esa desdicha con la aspiración tangencial a la
consecución de un sobresueldo, ya que la idea de tener que vivir con un simple
sueldo promueve no sólo la melancolía espiritual, que eso al fin y al cabo es
lo de menos en estos casos, sino también la material, que es la modalidad de
melancolía que está relacionada directamente con el concepto de sueldo. No nos
engañemos: el político que disfruta de un sueldo no disfruta en realidad de nada,
pues un sueldo a secas es cosa propia de votantes, aunque impropia de votados,
en tanto que el sobresueldo viene a ser algo así como el manto de armiño que se
le pone al sueldo, y ahí ya la cosa cambia.
A
nuestros políticos, tan ajenos por naturaleza a los hechizos pasionales que
provoca el dinero, los hemos humillado al ponerles un sueldo, a pesar de que el
importe de sus sueldos respectivos lo ponderen ellos mismos, que son a fin de
cuentas quienes pueden saber mejor que nadie cuánto necesitan para ir tirando.
Pero les hemos humillado sin necesidad, ya digo: a un político, a un ser elegido
para llevar a cabo la tarea impagable de construir el paraíso en la Tierra, a un ente filantrópico
que ha asumido el sacrificio personal en aras del bien colectivo, resulta que
le decimos que se conforme con un sueldo, un sueldo apenas alegrado por unas
dietas y complementos de esencia más o menos esotérica y por unas prerrogativas
que pueden incluir en el mejor de los casos el disfrute de un coche oficial de
color invariablemente negro y de un Ipad del color que le toque. ¿A qué tanta
pobretería? Les hemos negado, en fin, la estimulación laboral
Una de las
grandes máximas morales de nuestra historia democrática se la debemos al actual
alcalde de Barcelona -cuyo sueldo, con ser de risa, es superior al del
presidente del Gobierno, que es ya de puro chiste-, que vino a decir, desde esa
montaña envuelta en nubes bíblicas desde la que suelen hablar los profetas
sociológicos, que los políticos deben tener sueldos fulgurantes para evitar así
tentaciones tenebrosas. A pesar de su ligero optimismo ante el tope de la
codicia, no le faltaba razón, ya que a los políticos les suele ocurrir lo
contrario que a los santos, que tanta firmeza demuestran ante la tentación, así
les venga dicha tentación por emperre directo del Maligno, infinitamente más
poderoso y persuasor que un contratista de obras.
La presidenta del parlamento
catalán, por su parte, llegó a hacerse en público una pregunta desgarradora: “Si
algún día los diputados llegamos a cobrar menos de 3.000, ¿adónde iremos a
parar?” Eso mismo me pregunto yo.







