domingo, 24 de enero de 2021

ERROR CERO

 (Publicado ayer en prensa)


Cuando un político reconoce un error suele estar reconociendo, en realidad, un acierto, sobre todo porque casi nunca se trata del reconocimiento de un error concreto, sino inespecífico: “Si he podido equivocarme en algo…”, lo que admite esta traducción aproximada: “Si por casualidad he cometido algún error, habrá sido por acertar en todo lo demás, incluido el posible error”. El ejercicio de la política parece ser que inmuniza contra la equivocación, lo que lo distingue significativamente de cualquier otra tarea humana. Si comete el error de cometer un error, en fin, lo normal es que el político no cometa el error de reconocer su error, y es posible que haga bien, pues lo que menos necesita una sociedad es la evidencia angustiosa de que sus gestores públicos pueden ser falibles.

            A estas alturas de pandemia, los contagios y la tasa de mortalidad andan disparados en casi todo el planeta, pero se da por hecho que nadie es responsable de esta situación caótica, salvo quizá la situación en sí. En cualquier caso, los únicos responsables seríamos nosotros y, por supuesto, el virus, pero no los encargados de gobernarnos y de tomar medidas eficaces para minimizar la incidencia de la catástrofe.

            Los científicos recomiendan un reconfinamiento estricto, por ejemplo, pero el gobierno central desestima esa opción –que le sale muy cara- en beneficio del mantenimiento de la actividad económica, así sea a ralentí, a pesar de que, mediante esa estrategia de conciliación de la normalidad y el desorden, muchos sectores se ven abocados a una ruina intermitente a corto plazo y a una ruina total a medio plazo.

Los gobernantes nos tranquilizan con el mensaje de que están tomando decisiones con arreglo a las directrices que les marcan unos comités de expertos entre anónimos y fantasmagóricos, aunque nos queda la duda de si sólo escuchan a esos expertos para escucharse finalmente a sí mismos, pues, al fin y al cabo, un experto sanitario carece de esa visión global de la realidad de la que suelen disfrutar los políticos gracias a su omnisciencia infusa, o a lo que sea.

            Ante una situación descontrolada, parece ser que todo el mundo está eximido de ejercer un control sobre ella, lo que no quita que se escenifiquen todos los simulacros de control que a cada gobernante se le ocurran, ya sea mediante la retórica –por lo común triunfalista- o mediante la implantación de medidas que a veces rayan en el absurdo.

            Aquí nadie se ha equivocado. Y si se ha equivocado, será porque el error es un trámite ineludible para acertar. Lo malo es cuando empezamos a sospechar que el error puede ser no pandémico, pero sí endémico. Aunque nadie se haya equivocado en nada, ya digo. Nadie. En nada.


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sábado, 23 de enero de 2021

CRÓNICA DEL HORROR




Como ustedes recordarán, el 22 de julio de 2011 se produjo un atentado con coche bomba en el distrito presidencial de Oslo. Hubo 8 muertos.

Al poco rato, 69 personas, en su mayoría adolescentes que disfrutaban de un campamento de verano en la isla de Utoya, fueron asesinadas a sangre fría por un joven de 32 años cuyo nombre me niego a escribir, por estar ya escrito en la historia universal del horror: a él se debieron tanto el atentado como la masacre.

En 6 capítulos, esta serie (disponible en Filmin) muestra, sin recurrir a efectismos emocionales, las consecuencias de aquel trauma colectivo, ramificando sabiamente la acción en varios frentes, y con el acierto narrativo de dejar al criminal en un segundo plano: apenas una desdibujada presencia diabólica y a la vez ridícula.

Desde una sabia frialdad expositiva, y también desde una espinosa complejidad moral, la serie resulta tan conmovedora como dura. Un trago amargo y fuerte. Se ve con un nudo en el estómago.

Promueve además un consejo velado: tolerancia cero con esos chalados que se dedican a difundir por las redes teorías conspiranoicas, supremacistas y ultraderechistas.

Son risibles, pero peligrosos: ellos deliran y luego vienen otros a seguirles en el delirio, aunque a veces con armas de fuego. Con ese fuego que ellos consideran redentor.

Cuidado, en fin, con esos imbéciles, con esos charlatanes visionarios.
La estupidez organizada, en mezcla con la psicopatía y con un ideario trastornado, puede ser una de las grandes amenazas para lo que hasta ahora entendemos -con sus más y sus menos- como civilización.

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viernes, 22 de enero de 2021

 Ya en los comercios no esenciales -según para quién...





jueves, 14 de enero de 2021

LA EXPLICACIÓN



La nieve de plástico que han soltado sobre España es la sobrante de la que han utilizado para mantener congelada la vacuna de Pfizer.

La operación es sencilla: los aviones llegan aquí con la vacuna del chip y, en el viaje de vuelta, sueltan la nieve de plástico.

¿Con qué fin? Muy sencillo: al bajar la temperatura ambiente, el 5G activa sus electrodos AX-75 y envía una señal al nanorrobot contenido en la vacuna, de modo que se produce en el diencéfalo de los vacunados una reacción electrotermicodinámica que a su vez envía una señal de luz ultrapulsada al teléfono móvil de Bill Gates, que de ese modo se entera de si estás en el bar de la esquina o en casa de tu cuñado hablando mal de él, y ya él se toma la venganza que considere oportuna.

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miércoles, 13 de enero de 2021

 


Sigo con los fantásticos y fantasiosos artículos de Álvaro Cunqueiro y leo esta apreciación de aplicación polivalente, digamos, y un tanto profética, tal vez por tratarse de una percepción intemporal: "Parece que en nuestro tiempo las gentes, a fuerza de no creer en nada, están dispuestas a creerlo todo, las mayores pamplinas, con tal de que caigan del lado de lo misterioso y sobrenatural".


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domingo, 10 de enero de 2021

LA BRAVURA

 (Publicado ayer en prensa)



Como ustedes saben, en octubre de 1922 Benito Mussolini promovió una marcha sobre Roma para hacerse por las bravas con el poder. Tuvo éxito. El miércoles pasado, otro fanfarrón narcisista, Donald Trump, alentó, desde su acumulación de histriónicas pataletas de perdedor agraviado, el asalto al Capitolio. A su manera, también tuvo éxito: ofreció al mundo la imagen de la barbarie disfrazada de legitimidad democrática. Al fin y al cabo, ese fomento de la barbarie ha sido el ruido de fondo de su mandato: una superpotencia en manos de un demente. Demasiado poco ha pasado, aun habiendo pasado mucho: la polarización fanatizada de un país de por sí especialmente polarizado y crecientemente fanatizado.

Tanto Mussolini como Trump contaron con el cerrilismo violento de sus seguidores, representantes de ese cupo de bestialidad ideológica del que no consigue librarse ninguna civilización, por avanzada que sea. Para desarrollar su megalomanía, el megalómano necesita, en fin, el apoyo irracional de los serviles, que jamás dudan de sus razones: es la ventaja del pensamiento que no necesita pensarse a sí mismo.

         Comoquiera que EEUU viene a ser el laboratorio de los fenómenos sociológicos que, tarde o temprano, tendrán su réplica en el resto del mundo capitalista, el sentido común nos avisa de que podemos echarnos a temblar, ya que los personajes como Trump no son una anomalía anecdótica, sino un patrón clonable: la sinrazón necesita líderes para redimirse de su caos consustancial e individualista y convertirse en un proyecto sistematizado y colectivo, en el simulacro de un movimiento político superador de todas las ideologías políticas, con el ultrapatriotismo como elemento armonizador de unas manías privadas: el supremacismo, la paranoia conspirativa, la amenaza del comunismo y la conjura de los oligarcas para aniquilar al género humano, pues el repertorio es tan pintoresco como surtido.

         En Europa tenemos ya indicios sobrados del auge del populismo de tendencias cesaristas. Y nuestro país no podía ser una excepción, claro está, con la previsión de un crecimiento electoral de la derecha enfática, cuyo discurso básico consiste en la necesidad de la destrucción de un presente considerado funesto para emprender la reconstrucción de una difusa edad de oro, sin renunciar a la nostalgia de nuestras glorias imperiales.

         El curso de la Historia nos advierte de los peligros de la denigración del presente en beneficio de la añoranza de un pasado que no tiene sitio en el futuro, pero se ve que a muchos les gusta vivir al borde del abismo de la irrealidad: si la realidad les lleva la contraria, siempre habrá capitolios; si la política no les vale como solución, la convierten en problema.


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viernes, 8 de enero de 2021

POEMILLA URGENTE


Después de encerrarnos nos dijeron:
“Salvad el verano, camaradas”.
Y, a costa de muchos de nosotros,
lo salvamos.
Nos dijeron más tarde:
“Salvad la Navidad”.
Y también nos esforzamos en salvarla.
Y ahora estamos aquí,
entre la nieve y el frío,
intentando salvarnos a nosotros.

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jueves, 7 de enero de 2021

ENTREVISTA



Antonio Lucas me entrevista en El Mundo.

https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2021/01/06/5ff44a3721efa0644d8b463a.html 


(No digo nada nuevo, pero las aportaciones de los comentaristas espontáneos merecen la pena: son la constatación de lo que intento reflejar en la novela.)

martes, 5 de enero de 2021

sábado, 2 de enero de 2021

ENTREVISTA

 



 

CULTURA

"Las teorías conspirativas tienen detrás una ideología peligrosa, por lo general cercana a la ultraderecha"

El autor roteño Felipe Benítez Reyes estrena La conspiración de los conspiranoicos, una novela en la que aborda con humor e ironía las múltiples teorías negacionistas surgidas durante la pandemia

 

FRANCISCO ROMERO

1 de enero de 2021

 Foto: MANU GARCÍA

Reírse de la idiotez 

Hablar de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) es hacerlo de un autor total. Novelista, poeta, ensayista, columnista, en definitiva, escritor de todo tipo de géneros, todos ellos con una brillantez y lucidez poco comunes. Desde su atalaya, situada en el despacho de su vivienda habitual en su localidad natal, rodeado de libros y de recuerdos, dio forma durante el confinamiento a su última creación, la novela La conspiración de los conspiranoicos (editorial Renacimiento, 2020), que gira en torno a teorías conspiranoicas y negacionistas de la pandemia, con tramas que se desarrollan por las calles de Cádiz.

El multipremiado escritor —Premio de la Crítica, Premio Nacional de Literatura, Premio Nadal de novela, Premio Julio Camba de Periodismo o Premio Nacional de Poesía, entre otros reconocimientos— retrata en su última obra a varios perfiles de conspiranoicos cuyas conversaciones giran en torno a discursos negacionistas, con Bill Gates, George Soros o Elon Musk como “fuerzas del mal”, aunque también aparecen artistas como Miguel Bosé o Bunbury, así como youtubers e influencers de todo pelaje, en una sátira en la que el humor y la ironía que le caracterizan también están muy presentes. "Ante un disparate tienes dos opciones básicas: reírte o irritarte", dice el autor. Él opta por la primera opción.

 No es habitual que emplee tan poco tiempo en dar forma a una obra, ¿por qué publicarla ahora y no más adelante con la perspectiva que da el tiempo?

El presente también es una perspectiva. Mis novelas suelen tener un proceso de escritura muy lento, pero está iba dictándomela el día a día, de modo que eso funcionó como un acelerante.

¿Hay vacuna para la conspiranoia?

Podría suponerse que la sensatez, o el conocimiento, o el control de la imaginación, pero mucho me temo que el conspiranoico no admite filtros racionales. Va por libre y tiene una seguridad absoluta en sus deducciones y una suficiencia intelectual que excluye cualquier duda en su proceso deductivo. Y en eso, al fin y al cabo, tampoco se distingue mucho del resto. Todos somos conspiranoicos con respecto a según qué. Debe de tratarse de una configuración de fábrica de nuestra mente. Todo depende del grado, supongo.

¿Las teorías de la conspiración más vale tomárselas a risa?

Bueno, sí y no. Depende de su ámbito de influencia. Detrás de esas teorías conspirativas suele haber una ideología peligrosa, por lo general cercana a la ultraderecha. Si se trata de charlatanes de barra de bar, no pasa gran cosa, pero ya hemos visto que algunos de esos botarates pueden llegar incluso a la presidencia de un país.

¿Es el humor la herramienta que deberíamos utilizar para contrarrestar estas teorías?

El humor es un arma que suele servir para desarmar. Es posible, no sé. Ante un disparate tienes dos opciones básicas: reírte o irritarte.

¿No es paradójico que, cuanto más acceso a la información tenemos, peor la utilizamos?

Sí, es un fenómeno curioso. Disponemos de un acceso casi absoluto y casi gratuito a la información, lo que tiene como consecuencia unos niveles altísimos de desinformación. Aparte de eso, la información más o menos objetiva tiene que competir con la información fantasiosa, que suele ser más seductora.

¿Cuánta culpa tienen las redes sociales de la “democratización” de la idiotez?

Hoy cualquiera puede tener su simulacro de programa televisivo y su hojilla parroquial, y casi todo el mundo tiene sus días tontos.

¿Por qué ambientada en Cádiz?

Porque es una de mis ciudades predilectas y también porque es un buen escenario novelístico.

¿Cómo le ha cambiado la pandemia? ¿Para qué le ha servido?

Cambiarme no sé hasta qué punto. La verdad es que soy de salir muy poco. Mi lugar favorito es mi casa, de modo que por ahí no tengo problema. Quizá me ha vuelto un poco más neurótico, como a casi todo el mundo. ¿Servirme? Pues para escribir esta novela, por ejemplo. Para poco más.

¿Cree que ahora se valora más la cultura, refugio durante estos meses, o fue un espejismo?

No lo sé, pero me extrañaría que la cultura se hubiera revalorizado a partir de esto. Es posible que esa revalorización afecte más a la industria del entretenimiento, que incluye por supuesto a lo que llamamos cultura, pero no con total exactitud.

 ¿Tuvo algún momento de bloqueo creativo durante el confinamiento?

Sí, durante un par de meses, los primeros. La muerte se había convertido en una presencia casi visible. De repente, se impuso una especie de pesadumbre colectiva. Pasamos de la despreocupación a la fragilidad.

Saldremos mejores, se decía durante la primera ola… ¿lo comparte?

Me gustaría pensar que sí, pero me temo que saldremos igual que entramos, en el caso optimista de que no salgamos un poco peor. Los traumas globales no se arreglan de la noche a la mañana.

Hace poco anunció la donación de su archivo al Ayuntamiento de Rota, ¿qué espera que hagan con él?

Pues catalogarlo para que pueda servir como un centro de investigación, no sobre mí, sino sobre esta época literaria. He aportado mucho material ajeno, en forma de libros, de cartas, de revistas… Lo mío es el vehículo, no el objetivo.

 

martes, 29 de diciembre de 2020

lunes, 28 de diciembre de 2020

domingo, 27 de diciembre de 2020

EXPECTATIVAS

 (Publicado ayer en prensa)


Vamos acostumbrándonos a que todo sea anómalo y moderadamente absurdo, lo que no quiere decir que lo aceptemos, sino más bien lo contrario: hay una parte de nosotros que se niega a conformarse con esta nueva realidad, que más que nueva es mala y que, más que realidad, tiene mucho de pesadilla.

Las autoridades, tanto políticas como sanitarias, nos piden responsabilidad, y hacemos el propósito de ser responsables, aunque se da el caso de que lo que más nos pide el cuerpo, tras estos meses de rigideces normativas, es un poco de irresponsabilidad, y en eso tenemos más tradición que en lo otro, de modo que a la petición de responsabilidad respondemos con la alegría de quienes en el fondo se sienten invulnerables a la desgracia, hasta que nos toca de cerca, y ahí ya no es que optemos por la responsabilidad, sino por el miedo.

         A estas alturas, raro es quien no conoce a alguien que haya sido afectado por el virus, lo que hace que la pandemia deje de ser una abstracción estadística en nuestra mente para convertirse en nuestro ánimo en una amenaza concreta. Aparte de un historial médico, muchos de esos enfermos disponen también de una pequeña novela de terror: quien se ha pasado meses sedado e intubado en un hospital, quien se ha sentido morir de repente por falta de aire, quien no puede con su cuerpo… Y es que parece ser que estamos ante un virus imaginativo que ofrece un catálogo surtido de síntomas y de consecuencias y que reparte la desgracia con una aparente aleatoriedad, al igual que los Reyes Magos, que a menudo regalan más a su antojo que con arreglo a los deseos de los pequeños.

         No sé. La convención quiere que estas sean fechas de ilusión y de esperanza, pero en este año difícil nada resulta fácil. Nos anuncian, como una gran noticia, que en marzo estará vacunado un 5% de la población, pero resulta que ese 5% es apenas un poco más que nada, de modo que la previsión es que en 2021 sigamos como ahora, aunque sin duda más cansados, más abatidos y con nuestro famoso sentido de la responsabilidad transformado en desesperación, ya que nadie está del todo capacitado para vivir durante demasiado tiempo en la irrealidad, o en una realidad fracturada, o en un mal sueño del que nunca se despierta.

         Se supone, sí, que estamos obligados a ser optimistas, pero resulta que ese optimismo tendrá que verse constatado de manera incierta en el futuro, y lo que ahora echamos de menos es el presente. La esperanza se resigna –qué remedio- al medio y largo plazo, pero, cuando el plazo es indefinido, puede imponerse la desesperanza.

         Aunque aquí seguimos, en fin, a la espera de que el ángel exterminador no derrote al ángel de la guarda. Buena suerte.


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