domingo, 9 de septiembre de 2018

EL HORARIO



(Publicado ayer en prensa)

Si tuviésemos que sintetizar el espíritu que rige los debates que se originan en las redes sociales, bastaría con imaginar a alguien que escribe “Hoy me he levantado con dolor de cabeza” y a otro alguien que le replica “No estoy de acuerdo”. Hay quien supone que las redes sociales han promovido la idiotez, pero me temo que el asunto es más simple: antes la idiotez era privada y ahora aspira a ser pública. Hemos pasado, en fin, de la idiotez casi secreta a la idiotez exhibida.

            Como norma general, el idiota suele ser el que no piensa como nosotros, por idiotas que seamos, y ahí se origina una guerra de idioteces antagónicas de la que sólo sale victoriosa la idiotez como concepto genérico. En buena medida, esta expansión de la idiotez se debe a una superstición intelectual: la de estar convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión, ya sea cualificada o intuitiva.

            Históricamente, el ser humano tiene vocación discrepante con respecto al resto de los seres humanos, de modo que resulta imposible llegar a una conclusión unánime sobre, qué sé yo, la manera de anudarse la corbata o de freír un huevo adecuadamente: hay teorías variadas al respecto, y controversia. 

            El último debate que ha enfrentado a parte de la población es el del mantenimiento o no del horario veraniego durante todo el año. No puede decirse con propiedad que se trate de un severo debate filosófico, pero no por ello deja de ser un debate, que es de lo que se trata: disponer de algo sobre lo que no estar de acuerdo con el mayor número posible de congéneres. 

            Entre las muchas opiniones oídas y leídas al respecto, me ha conmovido una en especial. Un reportero le puso el micrófono por delante a un joven que ofreció a los televidentes una apreciación no sólo inesperada, sino antropológicamente desgarradora: “Los canarios no podemos perder nuestra identidad”. No habíamos caído en eso: en la pérdida irreparable de la tradicional coletilla “una hora menos en Canarias”. Esa hora menos que, según el dictamen del joven canario, sustenta la identidad de los isleños, que nacen y mueren una hora antes que los peninsulares. El asunto presenta, como es natural, sus contradicciones, como casi todo en esta vida: también los portugueses tienen una hora menos en sus relojes, lo que equipararía la identidad canaria con la identidad portuguesa, extremo que tal vez enredaría un poco más la ya de por sí enredada cuestión identitaria ibérica.

            Por su parte, los gallegos, más cercanos que los canarios a la cultura lusa, alegan que les amanecería muy tarde.

            La clave esencial del asunto la ha planteado la escritora y periodista vasca Txani Rodríguez: “Entonces, los de izquierdas, ¿qué posición tenemos con respecto al cambio horario?”. La broma es muy buena como tal broma, pero también muy seria, porque el caso es que, a fuerza de opiniones, y hora más y hora menos, ya no sabe uno demasiado bien ni qué opinar de sí mismo. 

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domingo, 2 de septiembre de 2018

Juan Bonilla escribe sobre Ya la sombra en la revista Mercurio:

http://revistamercurio.es/ediciones/2018/mercurio-203/sombra-hecha-de-luz/

lunes, 27 de agosto de 2018

LAZOS

(Publicado el sábado en prensa)




El ser humano tiende al simbolismo. Es decir, a ver en algo no sólo ese algo, sino otro algo que está por encima de ese algo: el algo trascendido. Por si fuese poco, esa tendencia puede aliarse con la inclinación al pensamiento embrujado, y ahí empieza ya la verdadera eficacia espiritual: una persona perteneciente a una civilización avanzada puede estar convencida de que arrojar a una hoguera un papel con algo escrito -a ser posible durante el solsticio de verano- hace que ese algo deje de actuar maléficamente sobre su vida. Y no sólo eso: incluso es posible que sus chakras vuelvan al sitio del que jamás debieron moverse.

            La política no es ajena a los símbolos, sino más bien todo lo contrario, hasta el punto de que hay pesimistas que se malician que la política viene a ser el símbolo ineficiente de lo que debería ser una gestión de lo público, pero esa sería otra historia.

            Los símbolos están muy bien para servir como símbolos, pero para poco más, a menos que ascendamos un símbolo a la condición de sagrado, ya sea por vía laica o por vía religiosa, pues entonces el símbolo en cuestión adquiere una utilidad innegable: perturbar la realidad común en beneficio de una realidad privada.

            En Cataluña, sin ir mas lejos, hay personas que ponen lazos amarillos en sitios públicos y personas que arrancan esos lazos. La lógica nos susurra que tanto los que los ponen como quienes los arrancan son catalanes, a no ser que existan evidencias de que los arrancadores de lazos son cuadrillas de españoles unionistas que operan en aquellas tierras tras viajar varias horas en un autobús subvencionado por el Estado para dislocar la convivencia armónica de las gentes de allí: el turismo antilazo, por así decirlo. 

Como no podía ser menos, los mossos han tomado cartas en el conflicto simbólico mediante el procedimiento de identificar, para posible sanción, a los arrancadores de lazos, bajo el amparo nada menos que de la Ley de Seguridad Ciudadana, alias Ley Mordaza. 

¿Presos políticos frente a políticos presos? Según el adjetivo se anteponga o se posponga en tus mecanismos mentales, te dedicas a colgar lazos o a arrancarlos. La fiscal general del Estado ha dicho que poner lazos es un acto de libertad de expresión, pero que arrancarlos también lo es. Tiene toda la razón en su apreciación salomónica, aunque ha pasado por alto un detalle: el devoto de un símbolo no puede admitir la profanación de su símbolo. Un símbolo no se cuestiona: simplemente es. Y se acata. Y ya.

            Los malos catalanes que arrancan el símbolo de los buenos catalanes lo tienen difícil: un símbolo se combate con otro símbolo, no con la destrucción de un símbolo ajeno. Para equilibrar el sistema de agravios y el sentir victimista, que prueben, no sé, a colgar butifarras, a ver si los del otro bando no las arrancan de cuajo.

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lunes, 13 de agosto de 2018

CUESTIÓN DE FE



(Publicado el sábado en prensa)

Uno de los mecanismos más misteriosos de nuestra mente es el que determina que tengamos fe en algo. No sé: tener la convicción de que, tras la muerte, conviviremos con nuestro dios, rodeado de un coro de ángeles o de una corte de huríes, según la doctrina que nos ilumine. Tener la convicción de que los extraterrestres están entre nosotros, disfrazados de terrícolas, para estudiar nuestras costumbres o para lo que quiera que un extraterrestre decida infiltrarse en nuestras respectivas civilizaciones. Tener la convicción de que en la baraja del tarot está escrito nuestro futuro. Tener la convicción de que una plegaria dirigida a un ser sobrenatural hará que sanemos de una enfermedad incurable o que gane nuestro equipo. Etcétera.

            Somos seres extraños, divididos entre la racionalidad y la superstición, entre realidades contundentes y fantasmagorías difusas, propensos a mudar nuestro pensamiento al territorio de lo sobrenatural en cuanto lo natural nos sobrepasa o nos resulta insuficiente.

            Todo eso estaría muy bien –o al menos no demasiado mal- si esas creencias se nos quedasen dentro de la mente como pintoresquismos inevitables de quienes tienen que convivir las 24 horas del día con una actividad cerebral bastante compleja, obligados a formulaciones, a reacciones y a conclusiones arriesgadas: desde dar por buena la teoría de la reencarnación, pongamos por caso, hasta elegir qué modelo de coche te compras, con la peculiaridad de que el ser el humano tiende a ser titubeante no sólo antes las grandes cuestiones metafísicas, sino incluso a la hora de elegir una pieza en la panadería, sobre todo si se trata de una de esas panaderías vanguardistas en que los productos están barroquizados con un surtido de simientes que ni siquiera sospechábamos que existían. Pero si una creencia, una fe, decide ser no solo expansiva sino también imperativa, el asunto se complica un poco, pues demasiado suele tener una persona con su propio jaleo ideológico y emocional como para adoptar el ajeno, lo que no quita que haya quien se alinee fervorosamente con credos estrafalarios, rendidos ante el carisma y la elocuencia de unos líderes que lo mismo montan una secta en un rancho de Texas que un partido político que enaltece la supremacía regional. Qué extrapola cada cual en esas adhesiones me temo que es algo que ni siquiera sabe el interesado: los misterios del ser, como quien dice.

            Tener fe en algo resulta estupendo, siempre y cuando no tengamos demasiada fe en nosotros mismos: la fe –ya sea en la misericordia de una deidad o en la eficacia gestora del presidente de una diputación- como paliativo personal ante el vacío o ante lo que sea, pero no como remedio ecuménico. El problema suele ser, en fin, que la fe bien entendida empieza por uno mismo, y en esas andamos desde los tiempos del Génesis, sin escarmiento posible: cada loco con su tema. Cada creyente con su fe. Y mucha gente en la playa.

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miércoles, 8 de agosto de 2018

VIERNES 10 DE AGOSTO
20.30 h.

Coloquio y lectura de poemas 
a cargo de
Eloy Sánchez Rosillo, Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero
 

(Modera: Ignacio Elguero). 

Hospital Real de la Misericordia. MARBELLA

lunes, 6 de agosto de 2018

FOTOGRAFÍAS







Hasta hace no mucho, la gente se fotografiaba en ocasiones más o menos señaladas, y aun eso si alguien había tenido la ocurrencia de echarse una cámara encima, cosa que ocurría muy raramente, ya que las buenas cámaras fotográficas presentaban el inconveniente de ser un ingenio pesado y molesto, y sólo los muy aficionados a la perpetuación de las estampas familiares o amistosas se prestaban a ese martirio, que a veces requería la búsqueda de encuadres imposibles: retratar, por ejemplo, a un grupo de 30 o 40 personas, perro incluido. “Lástima que no tengamos una cámara”, solía ser la queja más frecuente en los momentos álgidos de las reuniones celebratorias. 

             Cuando se trataba de ocasiones señaladamente señaladas, se contrataba a un profesional para que eternizara lo fugitivo, incluida en ese concepto la inocencia acartonada de la primera comunión o la ilusión contenida en los pliegues más o menos etéreos de un vestido nupcial. Una persona corriente llegaba a la vejez, en fin, con más o menos un centenar de fotos de su persona, y el hecho de retratarse tenía algo de episodio solemne, y de ahí quizá el que, en las viejas fotografías en sepia, todo el mundo parezca un muñeco de cartón, con la expresión rígida, la pose envarada, la mirada difusa, con aspecto de estar orinándose o de reírse sin ganas ni motivo.


            Fotografiarse venía a ser un juego de azar en el que lo acostumbrado era que saliese uno perdiendo: los ojos cerrados o rojos, las arrugas marcadas, el gesto irreconocible, los dientes amarillentos… Cuando en la cámara sonaba el clic, era lo mismo que cuando la ruleta del casino empieza a girar. No había posibilidad de rectificación mediante la magia del Photoshop moderno -capaz de convertir a la bruja Piti en Miss Tarragona, o viceversa-, y si el experimento salía mal, así te quedabas para los restos, fijado en una imagen deformada, para vergüenza propia y quién sabe si no también ajena, porque no existe persona más fea que un feo fotografiado, detenido en su fealdad, que en movimiento puede más o menos disimularse. “Es que no soy fotogénico”, solíamos disculparnos cuando recogíamos el paquete de fotos en la tienda de revelado.


            En nuestros días, la gente fotografía casi todo: el plato de aceitunas que le ponen en el bar, el gato que cruza la calle, los zapatos que acaba de comprar, la paella del domingo… Cualquier adolescente puede guardar millares de fotografías en su teléfono móvil, de lo que cabe deducir que, al final de su vida, esos millares serán centenares de millares, o millones, en todas las poses y circunstancias. “Presentes sucesiones de difunto”, escribió Quevedo. Álbumes inmateriales de imágenes inmateriales de quienes vamos siendo, imágenes virtuales almacenadas en un artilugio prodigioso, para dar testimonio -¿a quién, sino a nosotros mismos?- de nuestro fluir. 

         Y generalmente disponibles, para disfrute universal, en Facebook.

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lunes, 30 de julio de 2018

VIOLINES Y TAMBORES



(Publicado el sábado en prensa)


De las pocas cosas que uno aprende después de muchos años de escribir artículos en prensa es que no deben arriesgarse profecías, en parte por lo que la deriva de la realidad tiene de imprevisible, aunque sobre todo por lo que tiene de absurda. Pero, comoquiera que estamos en verano, que es una estación que propicia las irresponsabilidades, me atrevo a suponer que tanto Pedro Sánchez como Pablo Casado tienen las horas muy contadas en sus flamantes ocupaciones.


            Como presidente del gobierno, Sánchez afronta un problema de solución difícil: presidir una empresa que a sus accionistas mayoritarios les interesa que entre en bancarrota, a no ser que demos por supuesto que a los partidos que le apoyaron en la moción de censura les conviene que una buena gestión gubernamental les arrebate votos en las próximas elecciones: la ingenuidad sólo acierta de vez en cuando. Y el caso es que a Sánchez le va bien, sobre todo porque, más que gobernar, está haciendo una campaña electoral anticipada desde el gobierno: una política de música de violines.


            Sobre el papel, se supone que los políticos están en su cargo para asegurar el bien común y no para asegurar el bien partidista, pero la suspicacia nos susurra que la alianza que puso en la calle al gobierno moralmente insostenible de Rajoy no se debió tanto al hartazgo moral –a fin de cuentas, el historial de corrupción del PP venía de muy largo- como a la impaciencia electoral: promover un gobierno transitorio y probar suerte en las urnas… en cuanto Ciudadanos cayese en las encuestas. De paso, se satisfacía el anhelo de Sánchez de dormir en la Moncloa, así fuese durante un par de meses, a pesar de su intención, hasta entonces no revelada, de convertirse en huésped fijo durante al menos el resto de la legislatura. Tras el cumplimiento de ese anhelo perentorio, el cuento de hadas empieza a desfigurarse, y la primera pesadilla le viene de Cataluña, con el grueso de sus dirigentes dispuestos a dialogar con el gobierno central en unos términos inmejorables: “O nuestra independencia o tu gobierno”.


            Por su parte, la elección de Casado como presidente del PP no deja de resultar coherente con la pintoresca trayectoria de ese partido: sentar en la poltrona suprema a alguien que muy posiblemente tendrá que sentarse en un banquillo judicial para dar explicaciones sobre su fulgurante expediente académico. Ni siquiera el precedente Cifuentes parece haberles servido no ya de escarmiento, sino ni siquiera de advertencia. Lo que se dice un espíritu aventurero, cuando no temerario.


            Y en esas andamos: en la política de la fragilidad. En unas expectativas sociales sostenidas por unos discursos estratégicos. En una coyuntura en que todo suena, como decía, a música de violines, pero en que ya se oyen, no muy lejanos, los tambores de guerra.

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miércoles, 25 de julio de 2018

lunes, 16 de julio de 2018

INCLUSIÓN



(Publicado el sábado en prensa)

Hay un factor ridículo en el uso de “todos y todas”, de “compañeros y compañeras”; hay algo risible en el uso del femenino para ambos géneros, pero también lo hay en el hecho de que se reúnan cinco mujeres y un hombre y la corrección gramatical exija que digamos “Ya están todos”. ¿Cómo se soluciona este conflicto lingüístico que excede los límites de lo lingüístico? Si se tratase de un mero problema lingüístico, la solución sería meramente lingüística, pero las soluciones lingüísticas basadas en la duplicidad (el “todos y todas”, etc.) ya hemos visto que resultan no sólo un tanto chirriantes, sino también inoperantes, pues se limitan a solucionar de manera retórica un problema –irresuelto- de índole sociológica, de modo que nos quedamos en las mismas, aunque con más palabras por medio. 


Comoquiera que todos estos debates tienden al pintoresquismo (como por ejemplo la propuesta de un grupo anarquista de sustituir la terminación de género por una arroba o por una equis, lo que tal vez propiciaría algún que otro problema fonético), incluso podríamos seguir un criterio similar al que los concejales de tráfico aplican a esas calles en que se aparca en una acera o en otra en quincenas alternas, de modo que durante un par de semanas todos fuésemos todas y durante la quincena siguiente todas fuésemos todos, pero lo que menos interesa es llevar el asunto al terreno de la broma, ya que su fondo tiene muy poco de broma: la relegación histórica de la mujer en muchos aspectos decisivos del entramado social.


El gobierno de nuestra nación de naciones ha puesto en un brete a la Real Academia de la Lengua al encargarle un informe sobre la posibilidad de aplicar un lenguaje inclusivo al texto de la Constitución. De entrada, no sé, esas modificaciones resultarían sencillas, empezando por el texto de su preámbulo, en el que se proclama la intención de “proteger a todos los españoles”. Con que protegiese a toda la ciudadanía sería más que suficiente, aunque es posible que, en coherencia con su trayectoria, el presidente Sánchez prefiriese la opción de que protegiese a todos los españoles y a todas las españolas, pero si tenemos la suerte de contar con una palabra genérica que abarque a ambos géneros, tal vez mejor para todos y para todas.


El lenguaje es en buena parte espontáneamente evolutivo, y de ahí tal vez el que las propuestas de cambio con afanes impositivos nos resulten artificiosas, lo que no quiere decir que lo sean, o no del todo. El patriarcado tiene muchos siglos de experiencia. La corrección de ese desequilibrio no va a solucionarse mediante fórmulas de lenguaje no sexista, ya que las injusticias y sinrazones de fondo afectan a ámbitos más concretos, como por ejemplo el laboral. Pero no es un mal comienzo el que las mujeres se rebelen contra el hecho de ser todos sin que todos seamos a la vez todas. 

Y algo habrá que inventar.

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sábado, 14 de julio de 2018

(Según la ministra Celaá, las revelaciones de la exprincesa Corinna "afortunadamente no afectan a Felipe VI".
    Por supuesto que no: la presunta fortuna oculta de Juan Carlos I seguro que la hereda el primogénito de Mohamed VI.)

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domingo, 8 de julio de 2018

(Una sugerencia)

Cuando encuentre los restos de Lorca, Ian Gibson podría dedicarse a buscar los brazos de la Venus de Milo.

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miércoles, 4 de julio de 2018

Anoche, esta película de Albert Serra. 
Fascinante ese tratamiento de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. Magistral Jean-Pierre Léaud en su papel de Rey Sol moribundo: ni un gesto de más ni uno de menos. Magnífica la fotografía -que en algunos aspectos recuerda la de "Barry Lyndon", de Kubrick.
¿La historia? Muy sencilla: alguien que se creyó un dios y que se muere. Ese proceso anodino. (Tan callando.)
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lunes, 2 de julio de 2018

ORÍGENES DEL PULPO

(Publicado el sábado en la prensa)





Una treintena larga de científicos ha avalado un estudio en el que se concluye que los pulpos son animales de origen extraterrestre. Como es natural, otro buen montón de científicos se ha apresurado a desmentir esa suposición. Es lo que tiene la ciencia: que sólo es científica hasta donde los científicos permiten que lo sea, ya que a veces sus controversias toman la deriva aleatoria de los debates teológicos. Con arreglo a la navaja de Ockham, lo más probable es que los pulpos sean pulpos y no alienígenas, pero con estas cosas nunca se sabe: ¿quién no ha tenido alguna vez la impresión de que ese vecino que escucha rumbas de madrugada procede de otro planeta, en concreto del planeta Rumba?


            Yo, que de científico tengo lo mismo que de trapecista del circo de Budapest, me situaría en una conciliadora posición intermedia: vale que el pulpo no tenga un ilustre abolengo extraterrestre, pero merecería tenerlo, y con esto creo que queda zanjada la polémica... al menos hasta que llegue el temido día en que los pulpos se confabulen contra los humanos y nos ataquen, pues entonces tendremos que rectificar nuestros criterios sobre los orígenes de ese misterioso cefalópodo. “¿Por qué motivo van a querer atacarnos los pulpos?”, se preguntarán ustedes. Bien. El filósofo australiano Godfrey-Smith opina que “los pulpos tienen lo más parecido a una inteligencia extraterrestre que podemos encontrar en la Tierra”, lo que no es obstáculo para que nosotros los espolvoreemos con pimentón antes de comérnoslos. Por menos de eso se han originado guerras mundiales. 


Por si fuese poco, incluso hemos tenido esclavizado durante años a un pulpo para que pronosticase el resultado de los partidos de fútbol de trascendencia mundial. Demasiado han aguantado, en fin, los pulpos.

Hay animales genuinamente terrícolas. Cuesta imaginar que el pollo, pongamos por caso, proceda de una galaxia remota, porque un pollo no deja de ser un mero pollo, por muchas que sean las recetas que admite. Rozaría la extravagancia el suponer que el cerdo ibérico es originario de otro sitio que no sea la península ibérica. Resultaría injusto poner en duda el origen cien por cien autóctono del cordero de raza chamarita. Y así sucesivamente. Con otros animales, en cambio, nos entra la duda: las gambas, las iguanas crestadas de Fiyi, los caracoles, los murciélagos de nariz tubular, Quim Torra…


Pero volvamos a los argumentos estrictamente científicos: como al final resulte que los pulpos son alienígenas, me temo que las primeras víctimas del ataque masivo de los pulpos asesinos van a ser los gallegos, por lo cual se impone allí la creación inmediata de una unidad del ejército especializada en guerras intergalácticas. 


Mientras sí y mientras no, que tengan ustedes un buen verano.


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