viernes, 25 de septiembre de 2020

TOCAR FONDO EN LOS BAJOS FONDOS

 


En 1956, Lionel Rogosin dirigió esta docuficción sobre la vida de los menesterosos alcoholizados que pululaban por el entorno neoyorquino de la calle Bowery.

Tiene mucho de pesadilla dantesca: el círculo infernal de los borrachos que sólo piensan en cómo poder emborracharse día tras día.

Estremecedor y artísticamente impecable, sin recurrir en ningún momento al tremendismo que le resultaba más que propicio.

(En realidad, la aplicación de una simple cámara objetiva a ese cuadro humano resultaría lo suficientemente tremenda por sí misma.)

En Filmin.

domingo, 20 de septiembre de 2020

BOLAS DE CRISTAL

 (Publicado ayer en prensa)



Dadas las circunstancias, recurrir a la hemeroteca resultaría un ejercicio de crueldad.

Allí nos encontraríamos al presidente del Gobierno, a primeros de julio, dando por vencida a la pandemia, animando a la gente a salir, a reactivar la economía y a disfrutar de la nueva normalidad. (Como dato curioso, ese mismo día 200.000 catalanes se vieron obligados a reconfinarse a causa de los rebrotes.)

Allí nos encontraríamos al ministro de Sanidad, a finales de enero, asegurando que, a pesar de que el riesgo de pandemia era moderado, nuestro sistema sanitario estaba preparado para afrontar cualquier eventualidad. (Al poco, el sistema sanitario se colapsó. En estos días, estamos advertidos del riesgo de un segundo colapso.)

Allí nos encontraríamos, a mediados de febrero, al director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias ofreciendo tranquilidad: “En España no hay coronavirus. No existe riesgo de infectarse”, de lo cual concluía que el miedo estaba “un poco fuera de lo razonable”. (Y no tuvimos miedo, porque tenerlo suponía una irracionalidad.)

Allí nos encontraríamos a la presidenta balear reclamando la habilitación de un “corredor turístico seguro”. (Baleares ronda hoy los 12.000 casos confirmados y casi 300 muertos.)

Allí nos encontraríamos al presidente de la Junta de Andalucía acusando al Gobierno central de castigar, por revanchismo político y no por criterios médicos, a las provincias de Málaga y de Granada, que no pasaron a la fase 3 a la par que las otras. (Málaga sigue siendo la provincia andaluza con mayor incidencia de casos.)

La presidenta de la Comunidad de Madrid tardó poco en levantar un hospital de campaña y poco también en desmantelarlo, aunque tardó mucho en obligar al uso de la mascarilla, como señal tal vez de su decidida política de bandazos pintorescos.

La portavoz del Govern aseguró que, en una Cataluña independiente, no hubiese habido tantos muertos ni tantos contagiados.

Etcétera.

            Allí, en la hemeroteca, en definitiva, nos encontraríamos con muchas curiosidades que nos harían sonreír si no nos hicieran temblar: estamos en manos de los dueños de esas bolas de cristal defectuosas.

            Hemos pasado del estupor al caos, del caos a la gestión caótica, de la gestión caótica al triunfalismo, del triunfalismo a la irresponsabilidad, de la irresponsabilidad al desastre y desde allí hemos vuelto al punto de partida, del que en realidad nunca nos habíamos movido, más allá de ese cronograma infantil de las fases, de las desescaladas y de la nueva normalidad.

            En medio de todo esto, la vida, tal como la conocíamos, sigue, en fin, en paradero desconocido y todo apunta a que tardará en volver. Si es que vuelve.


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domingo, 30 de agosto de 2020

LOS CRITERIOS


(Publicado ayer en prensa)


A lo largo de la Historia conocida, la clase política mundial ha demostrado estar de sobra preparada para conducirnos al paraíso en la Tierra mediante estrategias encaminadas a la consecución de todos los equilibrios socioeconómicos habidos y por haber, al menos en un plano teórico, pero, como contrapartida, no sabe qué hacer ahora frente a un virus inoportuno.

No es lo mismo diseñar un plan hidrográfico, por ejemplo, que fiscalizar el comportamiento de un agente infeccioso microscópico acelular. Son cosas diferentes.

            La experiencia nos indica que gran parte de la gestión política tiene menos que ver con una gestión propiamente dicha que con la exposición retórica de unos futuribles, hasta el punto de que los políticos no sólo alardean de lo conseguido, sino también de lo que prometen conseguir, aunque luego el curso de la realidad frustre sus expectativas, lo que tampoco tiene demasiada importancia: en el sistema de valores de la política vale tanto lo llevado a cabo como lo llevado a ninguna parte. La intención es lo que cuenta: si prometes, qué sé yo, el desdoble de una carretera y el proyecto se queda en un desbroce de las cunetas, la responsabilidad no es de nadie, o en cualquier caso lo sería de la carretera en sí, que se resiste a ser desdoblada por sus malentendidos con los presupuestos, o por lo que sea, que eso suele ser imprevisible.

            Con estos trastornos que nos ha traído el virus, estamos asistiendo a decisiones políticas que resultarían cómicas si de fondo no hubiese una realidad trágica. En un principio, por ejemplo, los gobiernos autonómicos reclamaban una mayor autoridad para la gestión de la pandemia, convencidos tal vez de que el virus requería un tratamiento distinto en según qué territorios más o menos diferenciales y más o menos históricos. Y así hasta que el gobierno central decidió transferirles la patata caliente de esa autoridad, con un resultado inmejorable: ahora los gobernantes autonómicos no saben qué hacer con esa autoridad transferida, en parte porque la única autoridad indiscutible que existe en estos momentos no es otra que la del virus.

            Aquí se confino a un país entero con criterios capitalinos: comoquiera que en algunas grandes ciudades la gente moría en tropel, la solución era enclaustrar a los 400 habitantes de la localidad gaditana de Benamahoma, por ejemplo, y cerrar a cal y canto la taberna de la aldea extremeña de Trevejo, lugar de reunión de sus 16 vecinos. El centralismo pandémico, como quien dice.

            Luego vino la llamada al turismo seguro, aunque no se especificase para quién era seguro. El resultado está en los gráficos estadísticos.

            Ahora vamos por la fase eufemística: segunda ola no, sino rebrotes controlados. 

            Pues muy bien.

jueves, 27 de agosto de 2020

LA MORALIDAD A MEDIAS Y LA HIPOCRESÍA AL MÁXIMO



El British Museum ha retirado el busto de sir Hans Sloane, cuya colección de arte sirvió de base para la fundación de dicho museo.¿El motivo? Que el tal Sloane se enriqueció gracias a una mano de obra esclavizada en una plantación de azúcar que poseía en Jamaica.
Eso está muy bien, por supuesto, y al sótano lóbrego con Sloane, pero no pasa de ser un gesto de hipocresía retrohistórica si no se ve acompañado de gestos menos simbólicos -y de paso menos... "demagógicos".
Por ejemplo, devolver a Grecia y a Egipto las obras de arte que se exhiben allí gracias al saqueo, al robo y al expolio, empezando por las piezas del Partenón vendidas al gobierno británico en el siglo XIX por el espabilado embajador lord Elgin.
Y, ya puestos, mandar a Jamaica, como compensación póstuma, todas las obras de arte que el tal Sloane compró gracias a los esclavos de allá.
Pero eso ya no.
Se retira el busto y la conciencia nacional queda limpia y redimida ante el mundo civilizado.
La moral también tiene, en fin, aparte de sus consabidas hipocresías, sus cursilerías.

domingo, 23 de agosto de 2020

LO QUE HAY


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, raro es quien no tiene una solución expeditiva para acabar con esta pandemia. Todos sabemos lo que habría que hacer, que suele ser justo lo contrario de lo que hacen los responsables de tomar decisiones al respecto. Todos padecemos, en fin, el síndrome de Casandra, esa maldición mitológica según la cual nuestras advertencias alarmistas están condenadas a no ser tomadas en consideración por nuestros semejantes.

         Si me permiten el descenso a lo personal, a mediados de mayo conjeturé, en un medio público, que en la primera quincena de agosto asistiríamos a una expansión masiva y descontrolada de los contagios.

No es que sea uno adivino ni nada similar: para ese pronóstico bastaba con sumar 2 y 2, como quien dice. Por desgracia, el curso de los acontecimientos me ha dado la razón, lo que no quiere decir que haya acertado: simplemente aventuré lo obvio, que es algo diferente del acierto.

         A pesar del empeño de nuestras autoridades por fomentar una ficción de calma, así se trate de una calma en vilo, las cosas van muy mal y es posible que vayan a peor, dado que el concepto de “nueva normalidad” se ha revelado como una absoluta falta de normalidad, tanto de la antigua como de la nueva, por no decir que se nos presenta como una anormalidad sucesiva, sujeta no al patrón que marquemos artificiosamente al curso de la pandemia, sino al patrón que la pandemia nos marque.

         Estamos a expensas, en definitiva, de lo que el virus decida hacer con nosotros, no a lo que decidamos hacer con respecto al virus. Esa es la cadena de mando, por más que nos hagamos la ilusión de ejercer un control tanto político como sanitario sobre algo que, al menos de momento, no admite control alguno.

         Estamos en la carrera acelerada por la vacuna, convertida en una especie de competición de los orgullos patrióticos más que en una experimentación estrictamente científica. Con todo, habrá que pararse a pensar en que, una vez aprobada para su uso, quedará por delante otra cuestión: el acceso a esa vacuna, que por fuerza habrá de ser menos universal que selectivo.

         En este complicado pandemonio, ni siquiera los negacionistas de la pandemia parecen estar felices. En una reciente concentración celebrada en Madrid, muchos de ellos coreaban: “Queremos ser normales, no subnormales”, lo que no deja de ser una reivindicación muy justa: sólo pedían ser normales, no lo que demostraban ser.

         El horizonte otoñal se nos presenta menos incierto que inquietante, porque la incertidumbre no está lejos de la certidumbre: todo apunta a que la pandemia volverá a la casilla de salida.

         En cuanto a la vuelta a las aulas, por ejemplo, milagro será que no acabe siendo una vuelta inmediata a casa, a menos que el optimismo nos haga suponer que el virus se someterá obedientemente a la disciplina escolar durante diez meses.

         Pero ojalá Casandra se equivoque.

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domingo, 16 de agosto de 2020

LAS DOS CORONAS

(Publicado ayer en prensa)



En este siglo XXI, cualquier institución monárquica tiene un problema primario: mantener su credibilidad -desde su anacronismo intrínseco- como tal institución. Es decir, procurar que una sociedad que se ha habituado a regirse por mecanismos democráticos -ya sea para constituir el Congreso o para llegar a un acuerdo en una reunión de vecinos- admita la legitimidad de la sucesión dinástica como el sustento constitucional de la jefatura del Estado.

Hasta ahora, ese pacto ficcional se ha mantenido en España tanto por el apoyo activo de los monárquicos como por la renuncia pasiva de los republicanos. En los tiempos de la Transición, se convino aceptar la fórmula de la monarquía parlamentaria como una especie de elemento de permanencia frente a la volubilidad gubernamental, desde la convicción de que un país que salía de una larga dictadura necesitaba un referente de estabilidad frente a los vaivenes electorales.

         La fórmula tuvo éxito, hasta el punto de que el cuestionamiento de la monarquía se ha convertido en tabú incluso para partidos de base republicana como el PSOE. Hoy por hoy, algunos han roto ese tabú, y lo han hecho en un momento que es el más adecuado y a la vez el más inadecuado de todos los posibles. Es el momento adecuado porque las sospechas de enriquecimiento anómalo que recaen sobre el rey emérito traspasan la suposición para invadir el terreno de la evidencia, lo que fragiliza la institución monárquica hasta extremos potencialmente destructivos e irredimibles, y es el más inadecuado porque el  país se enfrenta a una crisis socioeconómica severa a la que no parece conveniente sumar una crisis de simbología, ya que los símbolos, por raro que parezca, tienen efectos políticos más poderosos que los que cabría atribuir a una sugestión colectiva como lo es, a fin de cuentas, el acatamiento de que la figura del jefe del Estado no esté sujeta a la decisión popular, sino a los azares hereditarios.

         A falta de las conclusiones a que llegue la administración de justicia –sin duda más por vía suiza que española-, la figura del rey emérito se nos presenta de momento bipolarizada: una especie de Jekyll y Hyde. Hay quien ensalza sus méritos tanto políticos como diplomáticos durante su reinado, aunque queda la duda de que una figura de esencia simbólica pueda permitirse la dualidad: un símbolo puede ser ambivalente, pero no debe ser contradictorio. Aparte de eso, la moral no es fraccionable.

         Felipe VI no sólo ha heredado una corona de oro, sino también una corona de espinas. Si no logra deshacerse de la segunda, es posible que, tarde o temprano, se vea obligado a renunciar a la otra.

Pero ninguna de las dos opciones depende de él: un símbolo soporta cualquier cosa, salvo la realidad.


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domingo, 9 de agosto de 2020

LO PERDIDO


(Publicado ayer en prensa)


Muchas de las cosas que considerábamos insignificantes las añoramos ahora como muy significativas. Por ejemplo, entrar en un bar sin que nos espantase que encima del mostrador hubiese alimentos expuestos a todos los aerosoles víricos o bacterianos que nos diese por soltar cuando estornudábamos o cuando discutíamos con el vecino de barra -cada cual desde su enfoque ideológico- sobre las medidas más eficaces para el arreglo instantáneo de los problemas del país, por esa cualidad mágica que tienen los bares de transformarse en una versión alcoholizada del Congreso de los Diputados.

            Echamos de menos salir a la calle no para respirar aire puro, porque eso no es patrimonio universal, pero sí al menos para respirar algo que no fuesen nuestras propias toxinas. Recordamos con nostalgia los encuentros distendidos con  esos familiares y amigos a los que ahora vemos como amenazas potenciales para nuestra salud. Rememoramos aquellos paseos por la playa sin mascarilla, porque una persona en bañador o en bikini se convierte en una estampa surreal si va enmascarada, e incluso sugiere algún tipo de fetichismo, aunque agradecemos a nuestras autoridades que no hayan impuesto el uso de escafandra.

            Echamos de menos muchas cosas, en fin, pero en especial nos echamos de menos a nosotros mismos, convertidos ahora en personas hurañas y asustadizas, en seres emocionalmente fragilizados por un ente invisible, cuando no en sociópatas.

            Al principio de esto, optamos por la versión dulcificada del ser humano: la solidaridad, la empatía, la conmiseración por los enfermos, los aplausos. A estas alturas, vamos ya por el individualismo, por la desconfianza y por el sálvese quien pueda, hasta el punto de que vemos a alguien sin mascarilla y se nos despierta un odio irracional, en tanto que los negacionistas de la mascarilla nos ven como borregos amaestrados que asumen el ponerse un bozal como gesto de sumisión. Tampoco podía esperarse mucho más de nosotros.

            Nos preguntábamos qué aprenderíamos de esta lección severa, y los más optimistas preconizaban un cambio de mentalidad, por supuesto para bien. Sí, cómo no: siempre perfeccionándonos.

            Estamos a principios de agosto y Aranda de Duero (32.000 habitantes) ha tenido que volver al confinamiento. Y ya se sabe: a factores idénticos, consecuencias extrapolables.

            Tiene uno la impresión de que, a pesar de los malos datos sanitarios, estamos dándonos una tregua artificial, a la espera de septiembre, en que nos aguardan experimentos inquietantes: por ejemplo, la vuelta masiva al trabajo y a las aulas, al transporte público y a los grandes focos de contagio de los que muchos han podido huir gracias a las vacaciones.

Y a ver por dónde rompe la sorpresa.


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viernes, 7 de agosto de 2020

EL COLAPSO


Si alguien piensa que estamos en un mal escenario global, puede consolarse viendo esta serie francesa: todo puede ser mucho peor de lo que es.


¿De qué va?

A consecuencia de una catástrofe que no se explicita, nuestro sistema social se descalabra y se impone, por encima de todo lo demás, el instinto individual de supervivencia.

¿Ciencia ficción? Potencialmente premonitoria, más bien. 

¿Terror distópico? Puede ser, pero el factor terrorífico no es un monstruo, un asesino en serie ni un virus, sino el ser humano normal y corriente.

8 episodios de trama independiente y de poco más de 20 minutos.
Tan buena como angustiosa.

Muy recomendable, aunque no me atrevo a recomendarla: con lo que tenemos encima vamos sobrados.

No obstante...

jueves, 30 de julio de 2020

La Junta de Andalucía ha tomado medidas drásticas para impedir rebrotes: las discotecas, en vez de cerrar a las 7 de la mañana, tendrán que hacerlo a las 5, ya que se supone que está científicamente demostrado que el virus suele levantarse a eso de las 5 y cuarto.

domingo, 26 de julio de 2020

LO UNO Y LO OTRO


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, tenemos la sensación de habernos convertido en actores del teatro del absurdo, tras pasar por situaciones que han puesto a prueba no solo nuestra responsabilidad colectiva, sino también nuestra credulidad individual.

Nos hemos visto encerrados, por decreto, en nuestra casa, de la que podíamos salir para comprar tabaco, pero no para comprar utensilios para repintar el salón y así distraer el ocio y la angustia. Podíamos ir al supermercado a comprar garbanzos o ginebra, pero no a la zapatería a comprar unas babuchas que nos hicieran más confortable el confinamiento. Podíamos ir al hospital pero más cuenta nos traía el no ir. Podíamos hacer cola en la frutería o en la panadería, pero no podíamos pisar la playa.  

Se trataba de aceptar, en definitiva, la gestión caótica del caos. La alternativa consistía en no gestionarlo ni bien ni mal, como decidieron en un principio mentes de lucidez tan acreditada como las de Trump, Johnson o Bolsonaro.

Todo era un poco incoherente, sin duda, pero decidimos darlo por necesario, y eso me parece modélico y plausible. ¿Obedecimos por responsabilidad? ¿Por miedo? Lo mismo da una cosa que otra: hubo que asumir la evidencia de una catástrofe para evitar una catástrofe mayor. Al fin y al cabo, lo que hasta hace nada considerábamos un patrón de vida normal tampoco es que fuese demasiado normal, y esta nueva normalidad es tan anormal, en esencia, como la antigua. Simplemente hemos cambiado de parámetros sociales mediante el cambio forzoso de nuestros parámetros mentales: antes de esto, el peligro estaba en que nos picase el mosquito del dengue o en que nos mordiera una víbora si andábamos de turismo por la Amazonia; ahora, el peligro puede estar en que un familiar te bese o en que un amigo te estreche la mano.

De repente, todos hemos ido a parar, en fin, a la categoría de los hipocondríacos.

Bueno, todos no… En los mundos alternativos de la conspiranoia, donde la realidad se convierte en una fantasía oscura, se ha optado por negar la existencia del virus, lo que en principio debería ser una fuente de tranquilidad para ellos, pero el caso es que los conspiranoicos han entrado en pánico: están convencidos de que la presunta pandemia no es más que una maniobra camuflada para exterminar a buena parte de la población mundial, al dictado de Gates y de Soros, que serían en realidad unos genocidas disfrazados de filántropos.

Se ve, en definitiva, que nadie puede ser del todo feliz en tiempos de desventura global.
Tampoco puede ser feliz el PP con el fondo europeo de ayudas, pues lo que puede ser beneficioso para los españoles puede no serlo para su España, según parece. De ahí el que opte por convertir una buena noticia en una noticia pésima, gracias al mismo procedimiento psicológico por el que otros deciden que lo peor que puede ocurrirnos es que se encuentre una vacuna para una enfermedad.

Ante situaciones absurdas, tendemos a volvernos absurdos. 

Ahora la mascarilla es obligatoria y la discoteca opcional, por ejemplo. 

Y ahí vamos.


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domingo, 12 de julio de 2020

EL VICEPRESIDENTE


(Publicado ayer en prensa)

Quienes no miran con simpatía al Gobierno central tienen un consuelo: es posible que a quien menos le guste el Gobierno actual sea al actual presidente del Gobierno.

Es posible que tampoco le guste al vicepresidente segundo, pero también es posible que le entusiasme. Incluso ambas cosas a la vez, dada la comodidad estratégica de su cargo: para él, el mérito de las medidas sociales implantadas a raíz de la pandemia; para el presidente, la ruina social que ha traído la pandemia, por ejemplo. Esa armonía disfuncional. Si el vicepresidente no ha guardado lealtad a los suyos cuando no le han brindado mansedumbre, resultaría demasiado optimista suponer que vaya a guardársela a quien es menos su socio de coalición que el enemigo que le impide sacudirse el prefijo “vice”.

Para un yo muy pronunciado, la necesidad de un “nosotros” viene a ser al fin y al cabo una humillación jerárquica, y eso vale tanto para el presidente como para el vicepresidente, que se han coligado por la misma razón por la que lo hicieron la rana y el escorpión de la fábula, aunque esperemos que con un desenlace menos dramático.

         El vicepresidente sabe tensarle la cuerda al presidente, a quien da trato de rehén, cuando no de subalterno: un día se arroga la autoría ideológica del salario mínimo vital y otro día propone un pacto entre UP, EH Bildu y PSE para la formación de un gobierno vasco. Es la ventaja de estar donde se está y a la vez la ventaja de no estar del todo donde se está.

         El vicepresidente es uno de los políticos del momento que peor soportan un viaje a la hemeroteca, lo que no es decir poco. En el pasado, confesó que su ilusión consistía en ser un presentador televisivo, y lo fue, y sigue siéndolo, aunque con otro formato: ya no actúa para entretener a los espectadores, sino para hechizar a los electores, y no lo hace desde un plató, sino desde el consejo de ministros. La diferencia es poca y mucha a la vez, aunque el actor sigue inalterable: alguien que disfruta de una especie de teatralidad bipolar, pues lo mismo nos habla en registro de perdonavidas, enseñando el colmillo, que adopta un tono melifluo de misionero franciscano. ¿Cuál de los dos roles le sale mejor? Quién sabe, aunque en el de perdonavidas transmite autenticidad, mientras que en el de misionero franciscano levanta sospechas no sólo de impostura, sino también de sobreactuación.

         Ahora anda en esa extraña intriga de la tarjeta robada, que ha introducido en la política nacional los trepidantes enredos postadolescentes en torno a la telefonía móvil, al parecer con las cloacas del Estado de por medio, aunque con menos aire de Le Carré que de Mortadelo y Filemón.

         Y una aclaración tal vez superflua o quizá no del todo: se puede recelar de un vicepresidente de izquierdas sin ser de derechas. Lo digo por si acaso.


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sábado, 4 de julio de 2020

viernes, 3 de julio de 2020

domingo, 28 de junio de 2020



En situaciones normales, todos parecemos normales.

En situaciones anómalas, todos parecemos lo que somos.


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sábado, 27 de junio de 2020



Se ha producido un cisma doloroso entre facciones conspiranoicas: quienes suponen que los muertos por esto son unas 100 veces más de los que indican las cifras oficiales y quienes dan por hecho que no ha habido ningún muerto por el virus por la sencilla razón de que el virus no existe y es un bulo oficial.

Me alineo, sin dudarlo, con el bando de los segundos.
Igual de majaras, pero más optimistas.

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