lunes, 19 de noviembre de 2018

EMPLEOS A LA SOMBRA



El de asesor de un político es sin duda un buen empleo: te contrata un prohombre necesitado de asesoramiento y tú, que en vez de necesitar asesoramiento estás en condiciones de asesorar, te dedicas a asesorarlo, para que de ese modo el político en cuestión no ande por el mundo sin asesoramiento y a su libre ocurrencia, lo que convertiría la suya en una profesión de alto riesgo, pues si peligro tiene un político bien asesorado, más vale no imaginar siquiera el que tendría un político sin asesorar. 

Lo idóneo sería, no sé, que el asesor necesitase a su vez de asesoramiento para asesorar a su asesorado, ya que entonces la cadena laboral sería muy larga, hasta el punto de que las tareas de asesoramiento no sólo podrían acabar con el paro, al convertirnos todos en asesores de plantilla, sino que incluso harían que el PIB se disparase. Un país, en fin, con una economía basada en el asesoramiento, que incluso podría cotizar en bolsa. “¿A quién asesoras?”, preguntaríamos a nuestro vecino. Y nos respondería: “Al subasesor del viceasesor del asesor general del presidente de la mancomunidad de asesores del vicepresidente de la diputación”, pongamos por caso. 

            Pero si bien el de asesor es un empleo codiciable, no debemos olvidarnos de ese otro empleo a la sombra que es el de redactor de discursos para los políticos. Otro buen trabajo. Y además estable, por esa cosa inherente a la condición del jefe: el tener que hablar sin tregua, pues lo importante para un político no suele ser lo que diga, sino el tiempo que consiga hablar, a ser posible delante de un micrófono. 

            Envidia uno mucho –a qué negarlo- a esos redactores de discursos. Te levantas un día con el encargo de escribirle uno, qué sé yo, al consejero de turismo de una comunidad autónoma, te sientas ante el ordenador y allá va: “En nuestra coyuntura presente, en base a los proyectos acometidos, estamos en condiciones de asegurar que la precariedad de las infraestructuras actuales será enmendada por una actuación eficiente y decidida por parte de nuestra administración en los plazos marcados por la disponibilidad presupuestaria”. Por ejemplo. O bien, si te mueves ya por las cumbres profesionales, te encargan uno para el presidente del Gobierno, lo que es ya la mismísima gloria en vida: “En atención a las expectativas creadas, estoy en condiciones de asegurar a todos los ciudadanos y a todas las ciudadanas de este país que no cejaremos en el empeño de establecer un marco adecuado para la consecución de los objetivos de déficit, aunque sin por ello renunciar a nuestro propósito de establecer un vínculo solidario entre administraciones, para así consolidar nuestro sistema durante al menos los cinco próximos lustros”.

            Buenos empleos ambos, ya digo. Y creativos. Y sin tener que opositar. Y a riesgo cero.

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sábado, 17 de noviembre de 2018

OTRA... (y lamento la insistencia)

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El libro se publicó en mayo, pero ahora es cuando están saliendo cosas sobre él. En diferido, y un poco en modo cascada.)
En el diario CÓRDOBA, esta reseña de Alejandro López Andrada: https://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/esquinas-sombra_1264563.html?fbclid=IwAR0rp1RHy_Uh9kTlTXVxYWgddhXXTp0_82lSbL4Uukcx_70QseBE_MGsRqo

jueves, 15 de noviembre de 2018

Diego Doncel escribe en ABC CULTURAL sobre Ya la sombra.

 https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-sombra-tiempo-deja-paso-201811150249_noticia.html


En marcha la reedición de Lo que viene después de lo peor, una novela corta que publiqué en 1998.

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miércoles, 7 de noviembre de 2018

lunes, 5 de noviembre de 2018

CASTLE ROCK

En el suplemento LA ESFERA DE PAPEL del diario EL MUNDO escribo sobre la serie CASTLE ROCK: 

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/11/05/5be06165ca4741177d8b45e7.html

jueves, 1 de noviembre de 2018

UN POPURRÍ FÚNEBRE

En el suplemento La esfera de papel, del diario EL MUNDO, escribo sobre tumbas y ultratumbas:

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/10/30/5bd3411222601d5d6c8b45d7.html

sábado, 27 de octubre de 2018

Esta imprentilla de Cádiz.
(Y la sugestión repentina de que si encargas allí unas facturas o unas tarjetas de visita, pongamos por caso, te las versifican con rima consonante.)


domingo, 21 de octubre de 2018

BOCA DE PEZ



(Publicado el sábado en prensa. El asunto era facilón, pero...)


La exministra Tejerina estudió de niña en un colegio vallisoletano de la orden religiosa de María Nuestra Señora. Tuvo suerte, pues no hay parangón posible entre estudiar al amparo exclusivo de unos maestros y hacerlo bajo la protección de una deidad: la cosa cambia. Mucho. Por ejemplo, no es lo mismo aprobar de milagro que aprobar gracias a un milagro. En un colegio público, el mayor milagro que suele producirse es que no tenga goteras, pero en un colegio religioso incluso las goteras, si las hubiese, pueden interpretarse pedagógicamente como la manifestación sobrenatural de los santos y santas que lloran en el Cielo por nuestros pecados infantiles.


            En un rapto de generosidad informativa, la exministra ha declarado que lo que sabe un niño andaluz de 10 años es lo que sabe un castellanoleonés de 8. Ella lo tiene muy medido con una vara estadística solvente, pues de mucho tiempo libre habría que disponer para evaluar sobre el terreno los saberes de tantísimas criaturas y luego sentarse a comparar lo que saben unos y otros. La noticia, en fin, no puede ser más desoladora no solo para los niños andaluces, sino también para los castellanoleoneses, a los que ese exceso de sabiduría puede arruinarles la infancia, más propicia a la expansión mediante el juego que a la adquisición de conocimientos mediante la aplicación y el estudio. (De momento, la exministra no ha planteado las diferencias de cavidad craneal ni de volumen cerebral que podrían darse en nuestras respectivas autonomías, ya sean históricas o de historieta.)


            Desde la revelación de la exministra, les confieso que voy por la calle con pesadumbre, mirando con compasión solidaria a esos niños andaluces de 10 años que llevan dos de retraso en su formación, hasta el punto de que algunos juegan a la pelota en vez de estar leyendo a Schopenhauer. No sé, resulta triste saber que las niñas andaluzas de hoy nunca llegarán a ser ministras de nada, porque, en el caso de que llegaran a serlo, se pasarían la mitad exacta de la legislatura sin enterarse ni de la cuarta parte de los asuntos de Estado de los que se enterarían sus adelantados compañeros castellanoleoneses de gabinete, y la vida es corta, y una legislatura aún más corta que la vida.


            En 2011, la exministra Mato –afectada por una rara discapacidad visual que le impide ver jaguares en el garaje de su casa- nos informó de que los niños andaluces son “prácticamente analfabetos”. Así las cosas, la declaración de la exministra Tejerina puede interpretarse como un dato esperanzador: es posible que, de aquí a un par de décadas, los niños andaluces se pongan a la par de los de Castilla, en el caso de que los niños castellanos no se embalen intelectualmente y se pongan otros dos años por delante de los andaluces. 

             Seguiremos informando.


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lunes, 8 de octubre de 2018

CREER O NO



(Publicado el sábado en prensa)

Cuando una ideología política se convierte en una fe –lo que de entrada no es bueno ni malo-, el pensamiento se escora al lado de la irracionalidad: del pensar al sentir, del análisis crítico de la realidad a la percepción emocional de la realidad. Según estudios neuropolíticos –tan reveladores como, en el fondo, aterradores-, cuando el exceso de información sobrepasa los límites de nuestra capacidad racional para organizar e interpretar esa información, la razón se echa a un lado y tendemos a buscar soluciones y conclusiones emocionales, que siempre tienen algo de azarosas.

            Algunos neurocientíficos dan por hecho que la persona que milita en una formación política desarrolla un mecanismo cerebral que le impide entender las razones de quienes militan en otra. Algunos experimentos concluyen que, incluso cuando se aportan datos objetivamente favorables sobre la gestión de gobierno de un partido contrario al de nuestra militancia, la mente activa dispositivos que  niegan la evidencia de esos datos. 

            Este sectarismo sirve para ser aplicado a la política, a la religión o al deporte, y lo más prudente sería resignarnos a que la historia de la humanidad se reduzca a la historia de una confrontación permanente e inexorable no ya tanto entre maneras distintas de pensar como entre maneras distintas de sentir lo que pensamos, al menos en los casos afortunados en que el sentir se apoya en el pensamiento. La idea de una sociedad armoniosa en cuanto al equilibrio de sus intereses colectivos no pasa de ser, en fin, una tierna utopía que tiene que conformarse con una distopía soportable: la gestión equilibrada de unos desequilibrios irresolubles.

            Las formaciones políticas lo que en esencia nos ofrecen son diferentes opciones de paraíso, lo cual establece un pacto de fantasía entre los gobernantes y los gobernados: ambos sabemos de sobra que los paraísos terrenales se extinguieron en las primeras páginas de la Biblia, pero ambos optamos por dar crédito a una ilusión casi tan antigua como el mundo: redimir a la condición humana de sí misma. Con arreglo a nuestro nivel de credulidad con respecto a esa oferta variada de paraísos, elegiremos a un redentor o a otro, o bien nos abstendremos de votar, aunque en cualquier sociedad democrática los niveles de abstención –así rocen el 50%- no suelen ser considerados síntomas de alarma, sino gajes del sistema.

            En estos momentos, padecemos en España una sensación de provisionalidad, de deriva aventurera y desconcertante: un gobierno en precario metido en una confusa campaña electoral anticipada, unos partidos que lo apoyan desde la equidistancia estratégica y una oposición que profetiza poco menos que el fin de la civilización si no le concedemos el poder cuanto antes. Cuestión de fe, en suma. Y de paciencia.

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domingo, 7 de octubre de 2018

lunes, 24 de septiembre de 2018

EL HEROÍSMO CONFORTABLE



(Publicado el sábado en prensa)

Debo empezar con la confesión de mi aconfesionalidad. Aclarado esto, veamos…

            El actor Willy Toledo ha tenido que comparecer ante un juez por blasfemo. Si bien la exhibición de su blasfemia resulta sobreactuada, no implica menos sobreactuación el hecho de que una asociación de abogados cristianos –promotora de la denuncia- procure convertir los juzgados en un tribunal del Santo Oficio. Al fin y al cabo, lo que dijo Toledo se oye a diario en cualquier taberna, y por lo general sin ánimo sacrílego, sino como una expresión pretendidamente viril que mezcla la teología con la escatología, materias ambas consustanciales a la cultura española. Tan chusco resulta que un ateo blasfeme sobre un concepto en el que no cree como que un creyente se ofenda por un exabrupto inspirado en su creencia, sobre todo si se tiene en cuenta que la comunidad cristiana tiene una larga tradición de martirio, aparte de la prescripción de ofrecer la otra mejilla a sus antagonistas. 

             Cabe un matiz, desde luego: quien blasfema no busca insultar a un ente para él ilusorio, sino a quienes focalizan su fe en ese ente tenido por sagrado, y ahí salimos del ámbito de la espiritualidad para entrar en el de la convivencia. Cabe otro matiz: si los creyentes están convencidos de la existencia de un infierno para los descreídos, no acaba de entenderse que, en vez de por una acción apostólica, opten por una acción judicial. Y otro matiz: de igual modo que un creyente puede sentirse ofendido por una blasfemia, un ateo puede sentirse ofendido por la amenaza inexorable del infierno aunque lleve una vida de santo laico. Cuando se enfrentan el mundo terrenal y el mundo celestial, en fin, el único pacto posible es el que establecen el agua y el aceite: ni la una ni el otro pueden dejar de ser lo que son para ser una tercera cosa.

            Willy Toledo sabe que su caso no va a tener consecuencias, y de ahí –al menos en parte- su valentía. Una valentía que tal vez resultaría más comedida si en Cuba decidiera cagarse –ya fuese metafórica o fisiológicamente- en el mausoleo de Fidel Castro o si en Corea del Norte le diese por hacer chistes sobre el corte de pelo del líder supremo de allí. Se podrá objetar que no es lo mismo insultar a personas que a entelequias. Sí, pero no olvidemos que para un creyente una entelequia es un ser real, no un fantasma contingente y sujeto a la controversia, ya que para algo se inventaron los dogmas.

            Este asunto tiene otro fondo: el héroe de guiñol que saca pecho contra el Estado que, con todos sus defectos y carencias, ampara sus derechos. El flagelador teatral de un sistema que le permite incluso denigrar ese sistema de una manera muy española: escupiendo chulescamente por el colmillito. Y poco más.

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domingo, 9 de septiembre de 2018

EL HORARIO



(Publicado ayer en prensa)

Si tuviésemos que sintetizar el espíritu que rige los debates que se originan en las redes sociales, bastaría con imaginar a alguien que escribe “Hoy me he levantado con dolor de cabeza” y a otro alguien que le replica “No estoy de acuerdo”. Hay quien supone que las redes sociales han promovido la idiotez, pero me temo que el asunto es más simple: antes la idiotez era privada y ahora aspira a ser pública. Hemos pasado, en fin, de la idiotez casi secreta a la idiotez exhibida.

            Como norma general, el idiota suele ser el que no piensa como nosotros, por idiotas que seamos, y ahí se origina una guerra de idioteces antagónicas de la que sólo sale victoriosa la idiotez como concepto genérico. En buena medida, esta expansión de la idiotez se debe a una superstición intelectual: la de estar convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión, ya sea cualificada o intuitiva.

            Históricamente, el ser humano tiene vocación discrepante con respecto al resto de los seres humanos, de modo que resulta imposible llegar a una conclusión unánime sobre, qué sé yo, la manera de anudarse la corbata o de freír un huevo adecuadamente: hay teorías variadas al respecto, y controversia. 

            El último debate que ha enfrentado a parte de la población es el del mantenimiento o no del horario veraniego durante todo el año. No puede decirse con propiedad que se trate de un severo debate filosófico, pero no por ello deja de ser un debate, que es de lo que se trata: disponer de algo sobre lo que no estar de acuerdo con el mayor número posible de congéneres. 

            Entre las muchas opiniones oídas y leídas al respecto, me ha conmovido una en especial. Un reportero le puso el micrófono por delante a un joven que ofreció a los televidentes una apreciación no sólo inesperada, sino antropológicamente desgarradora: “Los canarios no podemos perder nuestra identidad”. No habíamos caído en eso: en la pérdida irreparable de la tradicional coletilla “una hora menos en Canarias”. Esa hora menos que, según el dictamen del joven canario, sustenta la identidad de los isleños, que nacen y mueren una hora antes que los peninsulares. El asunto presenta, como es natural, sus contradicciones, como casi todo en esta vida: también los portugueses tienen una hora menos en sus relojes, lo que equipararía la identidad canaria con la identidad portuguesa, extremo que tal vez enredaría un poco más la ya de por sí enredada cuestión identitaria ibérica.

            Por su parte, los gallegos, más cercanos que los canarios a la cultura lusa, alegan que les amanecería muy tarde.

            La clave esencial del asunto la ha planteado la escritora y periodista vasca Txani Rodríguez: “Entonces, los de izquierdas, ¿qué posición tenemos con respecto al cambio horario?”. La broma es muy buena como tal broma, pero también muy seria, porque el caso es que, a fuerza de opiniones, y hora más y hora menos, ya no sabe uno demasiado bien ni qué opinar de sí mismo. 

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domingo, 2 de septiembre de 2018

Juan Bonilla escribe sobre Ya la sombra en la revista Mercurio:

http://revistamercurio.es/ediciones/2018/mercurio-203/sombra-hecha-de-luz/