sábado, 30 de diciembre de 2023

CONSPIRANOIAS

 (Publicado en prensa)



Adelantándome a los propósitos para el año nuevo, hace cosa de un mes decidí convertirme en conspiranoico. “¿Por qué?”, se preguntarán ustedes. Pues no lo sé, la verdad. Tal vez porque el conspiranoico tiene la facultad de darse respuestas que están negadas a las personas que se hacen pasar por sensatas. Por ejemplo, si vemos una estela de vapor en el cielo, los conspiranoicos tenemos la fortuna de no ver una vulgar estela de vapor, sino una estela química que contiene elementos adulteradores del clima o bien componentes que benefician la manipulación psicológica de la población en general, en el caso venturoso de que no se trate de una fumigación para provocar infertilidad e impotencia, para de ese modo acabar con la especie humana, excepción hecha de los multimillonarios que se han comprado una isla para instaurar allí una civilización de oligarcas y de esclavos. (Y pasemos de puntillas por el espectáculo escandaloso al que hemos asistido hace unos días: el trucaje de las bolas de la lotería nacional).

         La semana pasada se convocó en mi pueblo una jornada de vacunación sin cita previa. De la gripe y del covid. A lo grande: dos chutes de una vez. A pesar de mi flamante condición de conspiranoico, acudí a la inmolación, aunque con un propósito secreto, que de inmediato les desvelaré.

         Nada más recibir los dos pinchazos, con mis brazos al desnudo para no perder tiempo, salí escopeteado del ambulatorio, a cuya puerta me esperaba un cómplice, cuyo nombre ocultaré para que no lo fichen los controladores oficiales de personas, aunque no tengo inconveniente en revelar que ha sido mi maestro y mentor en la sufrida ciencia de la conspiranoia. (A él debo grandes revelaciones: que Morgan Freeman es en realidad Jimi Hendrix y que el actual Paul McCartney es un suplantador, ya que el verdadero murió en 1966, aparte de otras curiosidades, como por ejemplo que la Tierra es hueca y está habitada por alienígenas, aunque, a estas alturas, pueden ser considerados terrícolas, aunque sin papeles).

         Bien. Nada más salir de allí, según decía, le tendí a mi cómplice el brazo en que me habían puesto la presunta vacuna del covid  y logró sacarme con unas pinzas el microchip, que aún no había tenido tiempo de adentrarse en las zonas inaccesibles de mi organismo, pues se estima que el GPS del microchip necesita orientarse durante unos 30 segundos antes de instalarse en esa zona en que resulta efectiva su interacción con la tecnología 5G.

         Guardamos el microchip en una probeta y ahora me dedico a colgársela del collar al gato del vecino, a enterrarla en una maceta o a sumergirla en una copa de vino, para de ese modo despistar al iluso que cree estar controlando mis pensamientos y movimientos.

         Una modesta forma de resistencia, en fin, frente a la vigilancia global.

         Que tengan ustedes un feliz 2024.


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sábado, 16 de diciembre de 2023

LA METÁFORA

 (Publicado en prensa)



Los poetas recurren a la metáfora para procurar dar empaque estético a sus creaciones. Algunas salen mejor que otras, como todo en este mundo, y lo mismo realzan un texto que lo arruinan.

         Bien…

         Hace unos días, en Buenos Aires, un político español de cuyo nombre no quiero acordarme arriesgó una suposición: que el pueblo español acabaría queriendo colgar por los pies al presidente de nuestro Gobierno central.  No por otra parte del cuerpo, sino en concreto por los pies, precisión anatómica que sin duda le inspiró la imagen histórica del cadáver de Mussolini colgado en una plaza de Milán, lo que no deja de resultar extraño, dada la sintonía ideológica entre el caudillo italiano de entonces y el aspirante a caudillo español de ahora. Es posible, no sé, que al aspirante a caudillo se le calentase la boca, ya de por sí caliente, por contagio del político argentino –de cuyo nombre tampoco quiero acordarme- que en ese día tomaba posesión como presidente electo, a pesar de tener pinta de haberse fugado por la ventana de un frenopático tras librarse, como el mago Houdini, de su camisa de fuerza. La inflamación retórica tiene eso: si eres un mesías incendiario y te juntas con otro, te vienes arriba, como en una competición.

         La portavoz de un partido de cuyo nombre no quiero acordarme se apresuró a aclarar que el exabrupto de su jefe era una metáfora, aunque sin precisar de qué tipo: aposicional, atributiva, cosificadora, etc., y con ese misterio nos dejó. Por mucho que me duela decirlo, como metáfora no es gran cosa, e incluso algún riguroso preceptista podría poner en duda que respete el principio básico de la metáfora, pero tampoco vamos a ponernos quisquillosos en ese particular, pues bastante tiene ya una portavoz con portar la voz a todas horas como para exigirle también que sepa de lo que habla, de igual modo que el presidente del Gobierno tiene de sobra con firmar unos libros como para encima tomarse la molestia de escribirlos, con metáforas o sin ellas.

         El caso es que la metáfora, al ser un recurso verbal, no es inocente, porque el lenguaje no suele serlo, sobre todo cuando se usa para insultar, para intimidar o para promover disputas. Si nos permitimos la licencia de decir que a alguien van a colgarlo de los pies, así sea como presunta metáfora, se abre la veda de la oratoria incontrolada, de la charlatanería violenta, del énfasis belicoso. De la matonería, en suma. Y es que la metáfora, entendida al modo político, tiene su peligro, sobre todo en este desalentador ambiente ideológico de extremosidad y fullería que están creando desde los bandos en pugna. Porque bastante tenemos ya con los rebuznos en bruto como para tener que asistir al espectáculo de los rebuznos metafóricos.


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domingo, 3 de diciembre de 2023

POLÍTICA Y TEOLOGÍA

 (Publicado en prensa)




Un almirante holandés, tras perder una batalla contra los tercios españoles, allá a finales del siglo XVI, supuso que Dios debía de ser español, pues de otro modo no podía explicarse aquella victoria lograda contra todo pronóstico. Se trataba, claro está, de una ocurrencia irónica. Aquella suposición, despojada de su componente irónico, ha sido adoptada por algunos de los ultrapatriotas que se entretienen en manifestar su horror cívico en la calle Ferraz. Como no hace falta decir, el hecho de que Dios tuviese nacionalidad española sería una buena noticia incluso para los malos españoles, que algún beneficio obtendrían de esa circunstancia, así fuese de rebote, pero confieso no contar con argumentos teológicos de peso para corroborar o para refutar esa hipótesis. Tal vez sí. Tal vez no. Quién sabe.

         De todas formas, no tengo inconveniente en adherirme a los optimistas, aunque tras la adhesión vienen las dudas: ¿cómo permite Dios que su país natal caiga en manos de quienes quieren trocearlo?, ¿admite Dios la plurinacionalidad o es unionista?, ¿ha tenido algo que ver con la amnistía, entendida como una variante del perdón cristiano? Etcétera.

         Con toda la humildad con que deben formularse las conjeturas, y más aún cuando entran en liza factores ultraterrenos, es posible que Dios haya puesto a prueba a algunos de sus paisanos mediante el martirio: hacerles padecer durante cuatro años un Gobierno antiespañol y medio comunista. Un poco como lo del Anticristo, pero en versión parlamentaria. Claro está que al asunto se le puede dar la vuelta y sospechar que a quien Dios ha impuesto el martirio es al propio Gobierno, ante el que es posible que se abra –aunque Dios no lo quiera- un horizonte de pesadilla, no solo por sus discordancias internas, sino sobre todo por su apoyatura en unos aliados coyunturales que pueden acabar manifestándose como enemigos permanentes.

         Aparte de eso, y al margen de cuál sea su nacionalidad, solo Dios sabe lo que se está cociendo en Suiza en esa reunión secreta entre los superagentes especiales del PSOE y de Junts. Algo muy a lo John le Carré. Quiera Dios, presunto español de pura cepa, que esa reunión en un país neutral aplaque la tradicional guerra étnica entre España y Cataluña. Quiera Dios que “el verificador internacional” verifique con imparcialidad todo lo verificable o, al menos, todo lo que sea digno de ser verificado con veracidad.

         Mientras tanto, los manifestantes de Ferraz han dado un giro espiritual digno de aplauso: de corear pareados insultantes y soeces, han pasado a rezar el Santo Rosario.

         Si yo fuese presidente del Gobierno, también rezaría.


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