viernes, 2 de septiembre de 2011

HUEVO


Hay muy pocas razones para que alguno de nosotros desee haber nacido gallina, pero creo que el aliciente principal para no desear ser gallina tiene que ver con la circunstancia pintoresca y atroz de que la gallina esté obligada por las leyes de la naturaleza a poner un huevo casi a diario. A nadie le gusta poner huevos, al menos que yo sepa. Ni siquiera a los loquitos que creen ser gallina, que los hay.

Se mire como se mire, hay un factor milagroso en el hecho de poner un huevo, pero lo más milagroso de todo es que el huevo no se rompa mientras la gallina aprieta para poner o deponer el huevo. Vas a la tienda, compras una docena de huevos, te los meten en una bolsa y, cuando llegas a casa, se han roto cuatro o cinco. Sin embargo, la gallina pone el huevo intacto y entero, por ese grado de malabarismo virtuosista que ha alcanzado con los músculos del ano.

Como las gallinas han perdido el don del vuelo, tienen que satisfacer su vanidad poniendo huevos a cualquier hora, habilidad que les ha valido la ruina. En efecto, gracias a su capacidad ponedora, las gallinas viven cautivas en jaulas individuales, dedicadas a poner huevos sin ton ni son, entre otras cosas para satisfacer la afición humana por la tortilla. Presas y explotadas, las gallinas suelen estar condenadas al insomnio, ya que viven en naves industriales iluminadas de forma ininterrumpida. Algunas gallinas optimistas piensan que viven en un afterhour, en una especie de macrodiscoteca en la que hay miles de gogós emplumadas metidas en jaulas, lo que no pasa de ser un espejismo psicológico con poco fundamento.

La imaginación humana ha llegado a soñar con una gallina que pone huevos de oro, pues está visto y comprobado que nuestra capacidad quimérica no tiene fondo ni límite, hasta el punto de mezclar factores de difícil armonización: la gallina en sí, el culo de la gallina, el huevo y el rey de los metales.

Si nos fijamos, las gallinas tienen ojos aterrados, y es posible que no les falten motivos, pues muy mala suele ser su vida desde el origen: vivir retorcidas dentro de un huevo y, con apenas conocimiento de los misterios del mundo, verse obligadas a romper el cascarón y lanzarse a la realidad con el único abrigo de una pelusa amarilla y de una madre que no para de poner huevos. A pesar de que el hecho de poner huevos es una actividad molesta y a su manera aterradora, podemos asegurar, no obstante, que la decadencia de la gallina como tal gallina comienza cuando deja de poner huevos. En cuanto el propietario de la gallina en cuestión se apercibe de tal circunstancia, la gallina tiene los días contados, y lo más frecuente es que acabe convirtiéndose en el ingrediente de un proceso casi alquímico: un pucherito de gallina.

En cuanto al huevo como categoría exenta, sólo puede merecer nuestro aplauso, pues son muchas las formas en que admite ser preparado para su consumo: desde el esplendor del huevo frito hasta la suprema golosina que constituye el llamado tocino de cielo. También se utilizaba antaño como elemento arrojadizo en funciones teatrales, pero esa es ya otra historia.


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2 comentarios:

Microalgo dijo...

¿Sabía Usted que en Portugal los huevos no tienen el doble sentido psicalíptico que poseen en España?

Allí, ese papel lo ejercen los tomates. Sí, los lusitanos son exagerados por propia idiosincrasia.

Al-Juarismi dijo...

Esperaba por fin la respuesta, tan manida, a la eterna y capciosa pregunta sobre la primogenitura entre el huevo y su gallina. Los órficos decían que el huevo fue primero, pero es evidente que la primera gallina les quitó la razón. Es paradójico que sean las gallinas, las que más huevos le echan a la vida, a veces. No olvidemos a Colón, que supo darle al huevo, de nuevo, un protagonismo metafísico. Saludos y un placer leerle, siempre.