martes, 13 de septiembre de 2011

CHRISTINA STEAD


La editorial Pre-Textos acaba de publicar la novela El hombre que amaba a los niños, de la australiana Christina Stead (1902-1983), en traducción de Silvia Barbero. Una novela magnífica y de sabor raro: tierna y terrible, divertida y escalofriante.


http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1320&osCsid=91a6q21iucsat9unusbuus7455

El prólogo es -con perdón- mío. Reproduzo aquí algunos fragmentos:

Muchas novelas sumergen al lector en una espiral de desdichas para aliviarle luego con un desenlace venturoso, con un final en que los azares favorables se armonizan para imponerse al caos que implica el infortunio. Es el esquema asimétrico -y a veces demasiado optimista- de buena parte de la novelística decimonónica, de casi todas las novelas románticas de kiosco y de la mayoría de los cuentos de hadas.

Me temo que esta novela es cualquier cosa menos un cuento de hadas.

Sam Pollit, nacido en una desenfadada familia de menesterosos, funcionario de medio pelo con grandes proyectos irrealizables, es un hombre de ideas vanidosas, un pensador megalómano, seguro de poseer la clave secreta -y tan sencilla- para redimir a la humanidad: exterminar al 90% de sus componentes.

Su mujer, de soltera Henrietta Collyer, nacida en una familia adinerada, posee toda la fuerza oscura de quien experimenta una angustia que le sobrepasa: es mezquina porque su destino es mezquino, es cruel porque es víctima de la crueldad, es insoportable porque, para empezar, no se soporta.

(...)

Sam Pollit es un hombre hecho a sí mismo y el ídolo ejemplar de sí mismo, una especie de duendecillo pequeñoburgués al que le gusta cantar, ensayar trabalenguas, imitar a su cómico favorito, jugar con los pequeños, someter la vida familiar a una disciplina entre castrense y puramente lunática y dar discursos elevados -y descabellados- a sus hijos y a cualquiera que le preste oídos. Es enemigo de las religiones y del consumo de alcohol, de la usura y del mal en todas sus manifestaciones posibles; es partidario ferviente, en cambio, de la conservación de la naturaleza, de la igualdad racial, de Roosevelt y del holocausto eugenésico.

Si Samuel Pollit es un hombre hecho a sí mismo, Henrietta es una mujer destruida a sí misma. Su matrimonio con el joven viudo Pollit arruina sus ilusiones románticas de muchachita bien de Baltimore: su príncipe azul acaba transformado en su bestia negra. Derrochadora y adversativa, confundida y maquinadora, negligente con los hijos y con las tareas domésticas, obsesionada por el dinero, asqueada de la pobreza y cansada de tener que asistir a su prole numerosa, Henny se muestra como un carácter enfático, con la vehemencia de la desesperación: dondequiera que ella esté, soplan vendavales de sombra.

Si dejamos al margen a los niños, que son las víctimas contiguas de este drama entre dos, esta novela promueve pocas simpatías hacia sus personajes. Tampoco odios, por odiosos que puedan resultar. Christina Stead tiene la habilidad de hacernos difícil el posicionamiento moral ante el matrimonio Pollit: tanto Sam como Henny son víctimas y verdugos, ambos son inocentes y culpables, los dos son crueles y dignos de compasión.

(...)

Christina Stead nació en Sydney en 1902 y murió en su ciudad natal en 1983, después de haber vivido en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y muy fugazmente en España, que abandonó nada más estallar la guerra del 36. Se casó con el escritor y economista William J. Blake, que compartió con ella ideas marxistas. Su padre fue un biólogo marino y un pionero de las ideas conservacionistas de la naturaleza; la autora misma reconoció que Samuel Pollit es, en lo esencial, un trasunto de la figura paterna, pero ese detalle se deslinda del ámbito de la ficción, y El hombre que amaba a los niños es al fin y al cabo una novela, de modo que no creo que los lectores tengamos derecho a ir más allá de sus fronteras ilusorias, ni creo que tampoco nos interese de manera especial: al margen de sus modelo, Samuel Pollit es una afortunadísima creación literaria, porque no siempre un buen modelo hace un buen personaje.

(...)

Dispóngase el lector, en fin, a saborear un trago fuerte. Y amargo.


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12 comentarios:

Juanjo dijo...

Tu reseña me ha llamado la atencion sobre un libro que desconocia.Intentare leerlo aunque creo que puede ser una experiencia muy intensa

José Luis Martínez Clares dijo...

Se me va abriendo el apetito. Lo buscaré. Saludos.

Ferrán Blasco dijo...

Hola Felipe,
Me has hecho sentir unas ansias terribles por leer esta novela, este mediodía me la voy a regalar para mi cumpleaños.
Muchas gracias por tu magnífico blog.
Saludos

Microalgo dijo...

Tomo nota.

Yo siempre tomo nota.

ANDREA dijo...

Tiene muy buena pinta. Gracias por la recomendación.

Bichito dijo...

Yo también me la apunto.

Estoy Leyendo dijo...

Gracias, tiene muy buena pinta ;-)

Malasia dijo...

No había oído hablar nunca de esta autora. Pinta muy bien.
Si alguien la lee antes que yo que por favor deje un comentario aquí.

vicente dijo...

Apetece apurar ese trago por acerbo que sea. Buena reseña.

FBR dijo...

Gracias por el interés y por los comentarios. De verdad que la novela merece la pena.

Me sumo a la propuesta de Malasia: si alguien la lee, que deje aquí sus impresiones.

Malasia dijo...

Estoy leyendo la novela (voy por la mitad, porque es larga) y me está gustando mucho. Es, como decía usted, divertida y amarga.
Una buena lectura. Gracias por la pista.

Ferrán Blasco dijo...

Felipe,
Leída y comentada, te duplicaré el comentario en tu última entrada porque no sé si aquí la leerás
http://ferranblasco.blogspot.com/2011/12/la-palabra-es-de-ellas.html
Un abrazo y muchas, muchas gracias por la recomendación