domingo, 20 de diciembre de 2009

VILLANCICOS

Hace varios años escribí estos villancicos levemente humorísticos y vagamente melancólicos para felicitar a algunos amigos.

Como las navidades son algo así como el eterno retorno de lo idéntico, van ahora.





VILLANCICO PEQUINÉS

Ni manjares palestinos
ni comida israelí.

Ni delicias de bovino
ni pato a la bengalí.

Mucho menos calamares.
Mucho menos colibrí.
No medusas de los mares.

Junto a la mula y el buey,
san José come chop-suey.


VILLANCICO ESQUIMAL

A Belén van cuatro focas.

(Para una foca
loca
cualquier distancia es poca.)

Cuatro focas más gordas que una foca
van a Belén.

“Pues muy bien”.

No.

Pues muy mal.

Si a Belén se van las focas,
¿qué comerá el esquimal?



VILLANCICO MEDIO SEFARDÍ DE DALLAS

¿Qué serad de mibi?
Meu habibi do estarad.
Habibi meu, Billy Cow.
Ay, qué solas quedarán
las vacas sin Billy Cow.




VILLANCICO BALCÁNICO


Pasaban tanta hambre
a veces
los pastorcicos
que sólo se sustentaban
de peces,
nueces y estambres.

Del hambre que pasaban
los pastorcicos.




VILLANCICO MARROQUÍ

A Belén llegó un morito.

Nunca lo hiciera.

Que preso lo cogieron,
fuese a galeras.

Bravo morito,
que ahora rema que rema
triste y contrito.

(Paisas que vais a Rabat,
rezadle por él a Alá.)

(Os lo pide Mustafá,
ex alfaquí de Alcalá.)


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jueves, 17 de diciembre de 2009

BLUES CON MIGUEL RÍOS

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Como no todo en la vida puede ser literatura, ahí va este enlace musical.

http://www.youtube.com/watch?v=i7tI_VS40TU


Fue en un programa de televisión. No habíamos ensayado, yo llevaba años sin tocar en un grupo y me encuentro de repente en un escenario inmenso, con una banda magnífica, con un público expectante, con las cámaras... y con Miguel Ríos.

Miguel se empeñó en que yo hiciera el solo de guitarra. Empezamos a tocar. Nervios por mi parte, como es lógico, temiendo equivocarme y tener que repetir la toma por mi culpa. Llega el momento del solo. No sé si me sale bien, pero al menos me queda cuadrado. "Uf, menos mal", me digo. Casi al final de la canción, Miguel interrumpe: tiene problemas con los monitores. De modo que a repetir. Me quedaba poca adrenalina, y en esa segunda ocasión el solo me salió regular, tirando a mal.

Luego, como fin de fiesta -whisky mediante, y con pitos carnavalescos- tocamos con Joaquín Sabina la gamberrada que podéis ver en este otro enlance.

http://www.youtube.com/watch?v=uoi9qeFfEeU

Se trata, en fin, de echar el rato.
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martes, 15 de diciembre de 2009

EL FRÍO


Llega el frío y nos impone hábitos.
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Llega el frío y, venciendo la pereza, desenrollamos las alfombras, que se han pasado varios meses de letargo cilíndrico, y la casa se vuelve más silenciosa y mullida, y los dueños de alfombras orientales entornan los ojos y se imaginan que están subidos a una alfombra mágica que sobrevuela el mundo, el mundo calentito del salón. Las alfombras absorben el ruido de los pasos y andamos sigilosos, como si fuésemos los fantasmas errabundos de una mansión encantada.
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Este frío se ha hecho de rogar, pero aquí lo tenemos. Y cómo: stalinista y siberiano.

Llega el frío -el de verdad- y la ropa que abriga invade el espacio que ocupaba la ropa ligera de los veranos (y la ropa casi inútil de la primavera), esa ropa que apenas es ropa, una ropa reducida a su mínima expresión, porque el verano nos hace sentirnos como Adán y Eva, casi desnudos en el paraíso convencional de los pueblos turísticos. Llega el frío -el de verdad- y tocamos de nuevo la lana de los jerséis, porque a ver quién tiene el valor de siquiera tocar un jersey de lana en pleno verano.
Llega el frío -el verdadero: este- y sacamos por fin el edredón de pluma bajo el que dormiremos sepultados, en sustitución del edredón más ligero de entretiempo -¿aunque qué era eso?-, y alguna que otra noche nos despertará, digo yo, la lluvia, que golpeará con sus nudillos cristalinos las ventanas, como si quisiera meterse también debajo del edredón, porque la lluvia debe de pasar muchísimo frío. (La lluvia: ya casi un exotismo.)

Llega el frío y te pones a releer el manual de funcionamiento de los radiadores, porque ya no te acuerdas de cómo se fijaba el termostato y todo ese tipo de habilidades que tienen los radiadores. ¿Para qué va a perder el tiempo la memoria recordando durante los meses cálidos cómo funciona un radiador? Hay que dar vacaciones de vez en cuando a las neuronas, y las neuronas encargadas de custodiar el secreto del funcionamiento de los radiadores se han tomado sus vacaciones estivales tan a pecho, que se han olvidado incluso de que existen artefactos llamados radiadores, de modo que hay que refrescarles la memoria.

Llega el frío y en nuestra vida se instala el concepto de calcetín de lana. Qué artilugio tan raro es un calcetín. Los calcetines negros hacen que nuestros pies parezcan verdugos encapuchados. Los calcetines de cuadros hacen que nuestros pies parezcan gaiteros escoceses. Los calcetines blancos hacen que parezcan espectros. Si mueves los dedos dentro del calcetín, tu pie parece una marioneta.

Llega el frío y las mujeres sacan su colección de medias, esas medias que fingen una piel tersa de escultura, de carnalidad velada. Medias negras de luto y deseo. Medias de color carne para simular la desnudez de la carne. Medias de calados fantasiosos para hacer de las piernas una especie de tótem ambulante.

Llega el frío y sacamos los guantes, esos guantes de lana que dan un aire dickensiano a los niños y esos guantes de cuero que dan a los adultos un aire criminal. Llega el frío y sacamos las bufandas, esas bufandas que acabamos mordiendo cuando el viento sopla gélido y feroz, silbante y loco, y nos salta las lágrimas. Llega el frío y llegan los castañeros, con sus factorías de humo. Llega el frío y la luna se pone borrosa. Llega el frío, en fin, y nos encogemos un poco, camino adentro de nosotros mismos, para buscar allí el valor con que afrontar la helada, la metáfora evidente de la nieve.


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domingo, 13 de diciembre de 2009

EL BELÉN





Los dioses se nos pueden morir entre las manos, porque son entelequias muy frágiles, pero persiste en nosotros el recuerdo del trato que mantuvimos con ellos allá en la edad de oro, en aquel tiempo poblado de deidades portentosas, de hadas y de duendes, de seres luminosos y pequeños, entrevistos en la oscuridad con los ojos aterrados de la fantasía.

De niños, cuando llegaban estas fechas, desembalábamos las figuras de barro: pastores, hilanderas hacendosas, herreros ante el yunque, ángeles anunciadores… Año tras año, aquellas figuras, al desenvolverlas, nos parecían nunca vistas y a la vez muy familiares, como si fuesen parientes venidos sólo por Navidad, tras su letargo en el interior de una caja sellada, embalsamados en hojas de periódico.

Y allí estaba el temeroso rey Herodes, a quien esclavos barbudos, reverentes y terribles, mostraban unas bandejas repletas de cabezas sangrantes de recién nacidos. Y el batallón de soldados de capa escarlata, rígidos y muy serios, con sus lanzas de alambre. De los envoltorios iba saliendo el durmiente bajo la palmera, la vieja que azuzaba unos cerdos, la buñolera ante su perol con aceite, y un gato atigrado a sus pies; el muchacho del torso desnudo que cargaba en sus hombros un carnero. Y luego el zoológico: las ovejas con lana fingida, las bandadas de gallinas policromas, los patos que flotaban, las cabras ventrudas, los polluelos y lechones, las palomas colgadas con tanza….

Llegaba el momento estelar con la aparición de los Magos de Oriente, suntuosos y exóticos, a lomos de caballos y camellos cuajados de atalajes, portadores de cofres que guardaban el oro, el incienso y la mirra. Aquellas majestades errantes por desiertos y por valles frondosos en pos de una alta estrella, brújula hipnótica de la Divinidad…

Hacíamos una excursión a los pinares para cortar lentisco -y para arrancar algo de musgo también si era húmedo el año- y otra excursión a la carpintería para pedir un poco de serrín. Y, luego, tras las labores paternas de electricidad y de carpintería, allí nos congregábamos todos, los niños enredando y los mayores pidiendo disciplina, y el belén, poco a poco, iba adquiriendo el aspecto de un bosque mágico, con sus grutas de corcho, con su nieve incoherente, con el fondo de papel que simulaba constelaciones del color de la plata recién limpia, con su río fluyente y rumoroso, movido por un motorcillo siempre dispuesto a averiarse. El serrín expandía su perfume a madera viva, y el calor de las luces hacía que el corcho evaporase sus humedades, y el lentisco de suave aroma y el musgo de blando olor parecían teñir de fragancia verde el aire, y la habitación en que estaba el belén olía de repente a campo abierto, y mirábamos el tornasol de las bombillas, su juego espectral de sombras, el crepitar de la hoguera simulada, todo color de luces de verbena y todo a la vez sombrío, envuelto en densa noche, pues suelen ser nocturnos los misterios.

Los dioses pueden morir, y de hecho mueren. Pero viaja uno en el tiempo, hacia atrás, hacia lo que ya no existe, y le conmueve la memoria de aquellos momentos en que montaba esos teatrillos con la inocencia de quien levanta un altar a un dios nacido para morir.


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martes, 8 de diciembre de 2009

NOMBRES COMERCIALES



Igual que existe en los ayuntamientos un negociado que revisa los proyectos de los comercios que tramitan su apertura, creo que debería existir también un negociado que inspeccionara el nomenclátor de tales comercios, para evitar en lo posible los bautismos anodinos, ya que, a fin de cuentas, todos los comercios inciden en lo que ahora se llama el paisaje urbano: a lo mejor no entramos en nuestra vida en la Mercería Merchi, pero igual tenemos que pasar veinte veces al día por delante del letrero que la anuncia. Pues bien, y a eso iba: si existiera ese negociado, Merchi, titular de la Mercería Merchi, recibiría un escrito municipal en estos términos: “Señora Merchi, una vez revisado su expediente, le proponemos que su comercio pase a llamarse El Botón Diligente o, en su defecto, La Hebilla Versallesca. Contra esta resolución cabe recurso en el plazo de quince días hábiles”.

La abundancia de franquicias ha uniformado una buena proporción del comercio, de modo que no hay cosa que se parezca más a una calle comercial de Cádiz que una calle comercial de Londres. Y, dado que cualquier síntoma de globalización resulta alarmante para los partidarios de los hechos diferenciales, deberíamos extremar el celo, ya digo, en la singularización nominal del pequeño comercio.

Podríamos empezar por las funerarias, que tienden por rutina al simbolismo lúgubre en su denominación. Se le ocurren a uno marcas diversas para estos negocios que tienen la particularidad exclusiva de que sus clientes sean difuntos: Funeraria la Sorpresa Póstuma, o incluso, si se es partidario de las acuñaciones humorísticas, Funeraria el Hasta Luego, Lucas. Podríamos seguir por las panaderías, ya que no es lo mismo una Panadería Martínez que una Panadería la Levadura Hechizada, no es lo mismo una Panadería Santa Catalina que una Panadería la Blancura Etérea. Y con las confiterías lo mismo: algo que sugiera lujuria y dulzura, capricho y pecado venial… No sé: Confitería el Cuello de Azúcar, o bien Pastelería la Perla Secreta.

Las pescaderías son de los negocios que menos se preocupan por la búsqueda de una marca, y casi todos los pescaderos recurren a su apellido, como si los peces fuesen parte de la familia. No sé por qué, ya que hay bastante campo: Pescadería el Escualo Sigiloso, Pescadería la Caracola Meditabunda, Pescadería la Gamba en Fuga… Las fruterías tampoco van mucho más allá, y es una lástima, porque toda fruta tiene algo de producto venido directamente del Jardín del Edén antes de que las cosas se torcieran allí por una simple manzana.

Y, aparte de estas tonterías, qué frío.
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jueves, 3 de diciembre de 2009

NUEVO LIBRO VIEJO


No creo que los blogs estén para hacerse uno propaganda, pero supongo que, en el fondo, todo queda en familia.
Va la noticia -y es un decir- por si a alguien le interesa: Visor acaba de sacar una nueva edición de mis Vidas improbables, una antología de poetas apócrifos.
El libro se editó por primera vez en 1995. Esta es una edición muy ampliada, con mucho material nuevo y con nuevos poetas fantasmales: un modernista sanluqueño tentado por la vida disipada, un ultraísta que a la vez fue latinista, un surrealista desventurado, un beat...
En algo, en fin, hay que distraerse.
En esta galería de apócrifos hay un individuo, caligráfo versátil, que se dedica a falsificar poemas de celebridades: Keats, Pessoa, Leopardi, Eliot, Auden, Emily Dickinson...
Doy a continuación su falsificación de Borges.
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P L A T Ó N
Jorge Luis Borges


Desde su sueño en vilo un hombre urde
La leyenda del alma y la caverna,
De los dos que son uno y de esa eterna
Abstracción del amor. Nada le aturde:
Su épica es la busca laboriosa
De un espejo perfecto que deforme
La imperfección de sombra de la informe
Figuración del ser, que a cada cosa
Otorga una apariencia engañadora.
Sabe que el universo es una puerta
Que abre otro laberinto. Está desierta
La noche sin su luna. Ve la aurora
A un griego que divaga y que se asombra
De ser entre las sombras otra sombra.




NOTA. Esta tosca falsificación –una de las pocas en lengua española que conocemos de Rogelio Vega- circuló manuscrita con la caligrafía de doña Leonor Acevedo, madre del poeta ciego. Lleva diversas anotaciones, a saber: en el verso 4, “ritmo rígido”; versos 6 y 7, “rima intolerable”; “corregir asonancias versos 9 y 12 con versos 5 y 8 y con versos 13 y 14”.
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sábado, 28 de noviembre de 2009

VIAJES







Hay muchas formas de viajar, entre ellas la que consiste en no moverse uno de casa y darse cuenta de que está muy lejos, perdido por el mundo, incorpóreo y errante, subido a una esterilla voladora, visitando regiones etéreas, paseando por calles espectrales, escrutando espejismos: monumentos de humo, catedrales que están hechas de lo que están hechas las nubes, mares que no se mueven, bares llenos de fantasmas silenciosos, plazas en que hay pájaros de papel y palmeras pequeñas, porque la memoria reduce cualquier ciudad a la escala de un juguete.

Hay, sí, muchas formas de viajar. Coges el atlas, igual que de niño, y paseas el dedo por los mapas a la búsqueda de un topónimo de resonancia fabulosa, porque el nombre de las ciudades es como el nombre de los perfumes: está obligado a definir el matiz de una esencia.

¿Cómo será Erzurum, allá en Turquía? ¿De qué color serán los taxis de Pekan Muara, al norte del Sultanato de Brunei? ¿Cómo estará el tiempo en Mandalay? ¿Qué tonos morados y ambarinos lucirá hoy el ocaso en Timaru?

Si quieres hacer un viaje a lugares que ya conoces, te vas a la página meteorológica del periódico: en Budapest están hoy a cuatro grados bajo cero, y debe de bajar gris el Danubio. En Sevilla tienen cuatro de mínima, y estará verdoso el Guadalquivir. Esta noche en Valencia hará dos grados, y a cero grados estarán en Tokio, lo que significa que habrá poca animación en el barrio festivo de Rapongi. Llueve en Roma, que es una ciudad a la que no le pega la lluvia, porque transforma su grandiosidad en un decorado marchito, como si aquello fuese un almacén de los estudios Cinecittà, y parece que todo va a desplomarse, que todo es de cartón piedra. Los habaneros están bien, a 24 grados, y se ve uno ya en la barra del Floridita, ese bar en el que da la impresión de que va a aparecer en cualquier momento Rita Hayworth en traje de noche a pleno día, dando traspiés sobre tacones inseguros. Cierras los ojos y ya estás, en fin, en La Habana triste y jolgoriosa, con un daiquiri gélido delante en vez de con un frenadol disuelto en agua, que es como andamos casi todos por aquí, intoxicados de antitusivos y de paracetamol.

El viaje verdadero, el que uno hace con un pasaje y con una maleta, tal vez sea la modalidad más molesta de todas las posibles, porque luego resulta que las ciudades extrañas nos quedan demasiado grandes, que el cuerpo se nos cansa, que se nos cansa la curiosidad, y acabamos en el bar del hotel, hablando en un inglés más o menos comanche con el camarero, que nos pregunta sobre Ibiza y sobre los toros.

Uno de los libros más fascinantes que he leído es el de los viajes de Sir John Mandeville, un éxito editorial del siglo XIV. Nadie sabe quién fue este Mandeville, qué autor se ocultó bajo ese nombre. El libro narra viajes portentosos por regiones lejanas del mundo, y el autor tiene la virtud de dar por buena cualquier leyenda descabellada. Lo curioso es que se supone que, fuese quien fuese, Mandeville no se movió jamás de su casa y que su libro es una especie de collage hecho a partir de las crónicas de diversos viajeros.

Porque hay muchas maneras de viajar, ya les digo: esta mañana he desayunado en París. Y ahora me estoy bañando en Maracaibo. ¿Me acompañan?


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miércoles, 18 de noviembre de 2009

MERCADOS



Lo normal es ir a un mercado cuando necesitas comprar o vender algo allí, ya sea un manojo de rábanos o una cornucopia carcomida del siglo XVII. Pero toda normalidad admite de buen grado la extravagancia, de modo que también resulta normal ir a un mercado para matar el tiempo antes de que él se mate por su cuenta, sólo para merodear, para observar con despreocupación el ritmo de la vida ajena, incluso con los bolsillos vacíos; para entretener el ocio, en fin, con una ocupación que no entre en conflicto conceptual con el ocio.

Cuando ando por ahí, me gusta entrar en los mercados. El más impresionante de cuantos he conocido es el de Guadalajara, en México. Puedes comprar allí una silla de montar con repujados barrocos o un cartucho de chile, una fruta extraña o un pájaro extraño, un brazalete de oro o un poco de café. Al lado de una joyería puede haber una carnicería; al lado de una pescadería, una tienda de juguetes articulados. Nunca sabes bien en qué parte del mercado estás, ni en qué planta, y tienes la sensación de andar perdido por un laberinto de colores, de olores y de voces, como si te hubieras metido bajo la lengua un secante de LSD y flotases en un universo de impostura.

El mercado de Oporto es como la ciudad: digno y triste, aunque el más triste de los que he visitado es, a fuerza de asepsia, el mercado cubierto de Oxford, porque parece ya menos un mercado que un centro comercial, y hasta el pescado da la impresión de ser allí de porcelana. El de Tánger no es triste: se limita a ser pavoroso, con olores que marean y que te dejan un poco con la misma cara de estupor que esas cabezas de cordero que cuelgan de unos garfios. El barcelonés de la Boquería es esplendoroso, a pesar de sus penumbras eternas de estación nocturna. En los mercados de Budapest, la gente se comporta igual que en los museos: observando todo con respeto, silenciosa e indecisa, pasando de puntillas ante las latas de paté de de oca, expuestas como si fuesen joyas de Tiffany´s.

En una mañana cualquiera de verano, el mercado de Sanlúcar de Barrameda es una fiesta bulliciosa, y algunos tenderos pregonan el género con gritos rimados y jocosos, y hay quien vende bogavantes y langostinos y quien vende calcetines y bragas. El mercado viejo de Cádiz es (esperemos que siga siéndolo tras su remodelación) algo así como la despensa del dios Neptuno; los pescaderos espolvorean continuamente con hielo picado su mercaduría, y los peces parecen amortajados en montones de diamantes, y sus ojos de pánico se deforman con los prismas del hielo picado, y todo parece una visión caleidoscópica de ojos muertos: mires a donde mires, ves ojos muertos que te miran.

Lo mismo ocurre en el mercado de pescado de Tokio, que huele a abismo submarino, y parece aquello –la verdad- un holocausto, con esos obreros que arrastran cadáveres plateados, aunque luego el género llega a los mostradores de los minoristas en envases de plástico, troceado, listo para ser transformado en sushi. ¿Y quién no está dispuesto a perder una mañana en el romano Campo de las Flores, mirando verduras en vez de monumentos?

Bueno, no sé, lo que les decía al principio: que está bien eso de merodear por los mercados, sentirse un turista despreocupado entre la gente que resuelve su rutina. Y no sacar conclusiones. Y dejarse llevar. Y santas pascuas.
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viernes, 13 de noviembre de 2009

PANADERÍAS


La memoria crea sus asociaciones caprichosas, sus espirales aleatorias y volubles. Es posible, quién sabe, que, bajo su apariencia de gran acontecimiento psicológico, la memoria sea apenas eso: una frecuencia de asociaciones caprichosas y fortuitas entre el presente y la nada, esa nada confusa y minuciosa del tiempo que se fue.

A causa de ese mecanismo veleidoso de la memoria, cada vez que entro en una panadería hago un viaje rápido a mi infancia, y me encamino al mostrador con la sensación de haber resucitado a aquel niño que tenía menos altura que el mostrador y que veía al panadero, en escorzo, como a un gigante vestido de blanco. Cada vez que entro en la panadería, tengo siete años y llueve, porque la infancia es un paraíso con tormenta.

La verdad es que en las panaderías parece que están cociendo ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones, en vez de masa de harina. Huele aquello a cadáver angélico, a humo de sacrificio celestial, a horno de magia potagia. Incluso tiene uno la impresión narcótica de que revolotean por allí angelillos enharinados, espectrales y bulliciosos, jugando a tirarse migas, porque las panaderías siempre parecen tener una pátina blanca, un ambiente de limbo evanescente. Llega uno a pensar, ya puesto a los delirios, que los dependientes de las panaderías deberían ser ángeles, con sus alas y demás, para que cada mañana fuésemos testigos de un milagro: el ángel proletario de la aurora detrás de un mostrador, metiendo el pan en bolsas.

El ocurrente Salvador Dalí decía que el pan siempre había sido una de sus fascinaciones iconográficas, hasta el punto de presentarse en una corrida de toros con un enorme pan payés a modo de sombrero. Uno, por suerte, no llega a tanto, pero es cierto que hay algo misterioso en el pan, que lo mismo sirve como símbolo litúrgico que como ingrediente espesante del gazpacho. Resulta exótico, además, el nombre de los panes: fabiola, chusco, boba, mollete, chapata… Y cosmopolita a veces: “Póngame usted dos barras de pan de Viena”.

Hay gente que dice que no puede cortar el pan con un cuchillo, porque le parece aquello una especie de asesinato, o como poco una profanación. Como si el pan fuese un ser vivo. Como si una pieza de pan fuese, en efecto, el alma cocida de un querube.

“El pan nuestro de cada día”, reza la gente en la penumbra de sus templos. “Con el sudor de tu frente comerás el pan”, castiga Dios a Adán en pleno drama. “Más largo que un día sin pan”, decimos cuando vemos pasar a un larguirucho.

Resulta curioso, en fin, que la memoria se refugie en cualquier parte, en el primer hueco que encuentra, lo mismo que la multitud sorprendida por un bombardeo o por un chaparrón. Hasta una panadería le sirve a la memoria para subsistir, para aferrarse al tiempo, para no morir de olvido: llega uno allí, compra dos piezas de pan y le tiembla el pasado dentro, y se siente como el fantasma de sí mismo. Saca unas monedas del bolsillo y de pronto el mostrador le parece muy alto, y llueve, y sus padres le esperan para comer.




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sábado, 7 de noviembre de 2009

LOS ATERRADOS


Llegan al hospital muy de mañana, cuando el cielo aún se esfuerza en amanecer, cuando todavía se ven luces encendidas a través de las ventanas, a esa hora indecisa en que la noche no se ha muerto del todo, en que los demás salimos en un repente brusco del submundo desvaído de los sueños y nos disponemos a ingresar en la realidad con pasos presurosos, porque los relojes tienen mucho poder marcial por la mañana.

Llegan al hospital con ojos desesperanzados, con andares de pesadumbre, con el nerviosismo de quien espera una mala noticia.
Son los enfermos imaginarios, los enfermos que sólo padecen la enfermedad de temer que están enfermos, de que sus días en la tierra pueden contarse con los dedos de una mano, de que algo por dentro les falla, les está corroyendo, les está asesinando.

Los conocen ya de sobra los bedeles, y ellos conocen de sobra a los bedeles: se tutean, se saludan, se desprecian. Los conocen ya los médicos, y los desprecian también por temerosos, porque se han vuelto mendigos de remedios para males ficticios, porque suplican bálsamos para dolores que no existen, porque reclaman fármacos para aliviar lo que no tiene alivio: el terror de tener un cuerpo. El terror derivado de una mente asustadiza obligada a convivir con un cuerpo. Un cuerpo que a diario les tiende trampas mortales, un cuerpo que les causa continuamente dolor, que no les deja vivir, que se les gangrena cada día un poco más.

Llegan al hospital muy de mañana, porque su imaginación sombría sabe que la enfermedad trabaja mejor de noche, y tienen que estar vigilantes, atentos a cualquier síntoma. Llegan muy de mañana porque se han notado una punzada en el hígado, porque han sentido latir el corazón de forma anómala, porque una especie de ejército de hormigas frías les ha recorrido las piernas, porque su orina parecía un poco más oscura de lo normal, porque les duele hasta el iris.

Dan vueltas por el hospital, ansiosos, con la urgencia de los malheridos. Persiguen por los pasillos a los doctores, abordan a las enfermeras, detallan sus males incluso a las limpiadoras, se arrancan a sollozar ante los demás enfermos. Los conocen ya, y los desprecian. Por asustadizos. Por aterrados. Pero ellos mendigan tratamiento: unas pastillas, una radiografía, unos análisis. Porque se sienten mal. Porque tienen un cuerpo, y ese cuerpo es su enemigo, el ente que quiere matarlos.

Llegan al hospital muy de mañana, y allí se pasan la mitad del día dando tumbos, a la espera de un chequeo, de un diagnóstico, de algo que confirme sus sospechas heladoras, porque se notan algo en el hígado, en un pulmón, en la rodilla. Porque el cuerpo no les deja vivir. Porque el cuerpo les aterra. Porque ellos quisieran ser espíritus, ángeles alegres, descorporeizados, ectoplasmas sin vísceras. Porque no soportan el terror de tener cuerpo. Y llegan al hospital, en fin, muy de mañana, cuando el cielo aún se esfuerza en amanecer, como quien regresa a su casa verdadera.

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lunes, 2 de noviembre de 2009

ASTAROTH


La teología católica no sólo nos sugiere creer en Dios, sino también en el diablo, lo cual no deja de constituir una incitación a una especie de politeísmo paradójico. “No se puede creer en el diablo sin creer también en Dios”, según señala el filósofo alemán Rüdiger Safranski, historiador del mal.

Así las cosas, el exorcista oficial de la diócesis de Barcelona llegó a afirmar en cierta ocasión que jugar a la ouija, aun tratándose –según él- de un juego del todo fraudulento, acrecienta el riesgo de ser víctima de una posesión diabólica, riesgo que al parecer no presentan el parchís ni el tute, pongamos por caso, cuyo grado de fraude depende de las malas intenciones de los jugadores, pero no del juego en sí.
De todas formas, a modo de contrapunto optimista y tranquilizador, el exorcista catalán nos informaba de que “El demonio está atado muy corto en nuestro país, que es católico”. Una noticia excelente, sin duda, porque resultaría preocupante la certeza de que el demonio anda sin rienda por nuestras diferentes autonomías.

Existen determinados indicios, no obstante, de que el demonio tiene feudos prósperos en España. En mi pueblo, sin ir más lejos. “¿En Rota?”, me preguntarán ustedes. Pues sí.

Hace años, un erudito local arriesgó la hipótesis de que el nombre de Rota podía derivar de Astaroth, topónimo más o menos fenicio, pues casi todo lo históricamente incierto y nebuloso suelen atribuirlo tales eruditos a los fenicios o a los tartesios, pueblos que flotan en un espacio intermedio entre la historia y la leyenda, que es un espacio muy confortable para determinado tipo de erudición.

Bien. En la Biblia, en el libro de Josué (13.31), se menciona Astaroth como una de las ciudades del reino de Og -allá en Basán- que fueron asignadas a los hijos de Maquir, en tanto que en el libro de los Reyes (11.5) se identifica Astaroth con una diosa de los sidonios, que es casi lo mismo que decir de los fenicios. Por su parte, Antonio de Guevara, en su Relox de príncipes, señala Astaroth como una divinidad adorada por los árabes en general. Etcétera.

Sea como sea y por la razón que sea, el nombre de Astaroth ha llegado hasta nosotros como el de un demonio que, según la Pseudo-Monarchia Demonorum de Joannes Wierus, es muy poderoso en el infierno, pues manda allí cuarenta legiones de espíritus, mientras que en la jerarquía de los ángeles caídos tiene rango de príncipe de los tronos. En el Diccionario infernal (1863) de Collin de Plancy, Astaroth se representa como un demonio coronado, fuerte y feo, que cabalga sobre un dragón y que agarra una víbora con la mano derecha a modo de cetro -aunque en la ilustración de arriba lleva la víbora en la mano izquierda.
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Según el Goetia, libro primero del Lemegeton, al demonio Astaroth conviene mantenerlo a distancia, a pesar de su poder para proporcionar respuestas fiables sobre el pasado, el presente y el porvenir, pues su aliento fétido resulta venenoso.
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Al parecer, el momento idóneo para invocar a Astaroth es un miércoles cualquiera de diez a once de la noche.

En mi pueblo, el demonio Astaroth ha prestado su nombre a una autoescuela, a un muelle pesquero-deportivo, a una calle, a un colegio, a una gestoría, a una empresa de alquiler de coches (Astarothrent) y a un premio destinado a reconocer trayectorias individuales marcadas por la ejemplaridad.

Y supongo, no sé, que si el exorcista oficial de la diócesis de Barcelona viene alguna vez por aquí, debería traerse el hisopo bien cargado.

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sábado, 24 de octubre de 2009

CACHARROS



Las urracas sienten fascinación por los objetos que brillan. Si amaestras a una y la dejas suelta por la casa, te robará las llaves, el reloj, los gemelos, las joyas que no pongas a resguardo, porque son ladronzuelas de fulgores.

No sé cómo a nadie no le ha dado todavía por amaestrar una bandada de urracas y soltarlas en una tienda de Tiffany´s o de Cartier: aquello sería como el saqueo de Roma por Carlos V. “Un atraco alado”, “El gran golpe de las joyas volantes”, dirían los periódicos.

Tenemos en común con las urracas ese gusto por las cosas relucientes. Hasta el siglo pasado, por ejemplo, el sistema monetario internacional estuvo regido por el patrón oro. Ni patrón plata ni patrón patata: patrón oro. Del que le gustaba a Tutankamón. Del que le gusta a la gente de las barriadas marginales de cualquier parte del mundo, dispuesta a llevar oro hasta en los dientes, porque llevar oro encima es como proclamar que uno no es un muerto de hambre, así esté muerto de hambre. Te cuelgas una cadena de oro del cuello y eres el rey del lumpen, el sultán del hampa, el monarca quimérico del barrio, el emperador del bloque o el gran visir del polígono.

Salimos a la calle y nos atrae el resplandor de los escaparates, las mercancías rutilantes que nos tientan con su hermosura inútil, porque esa inutilidad forma parte de su hechizo: lo hermoso sin porqué. Vamos de viaje a cualquier sitio exótico y volvemos cargados de cacharros que no sabemos dónde colocar, en buena medida porque nuestra casa parece ya un bazar atiborrado, de modo que nos ponemos a regalar cosas a las amistades, esas amistades que tampoco tienen dónde colocar nada, con la agravante de que ellos, cuando les toca viajar a lugares remotos, nos traen, por corresponder a nuestro detalle, o quién sabe si como venganza, algún adorno étnico que tampoco sabemos dónde poner, de modo que va creándose una cadena de transmisión de chirimbolos que dormitan en cajas y cajones con el desorden patético de la chatarra. Un rebujo informe de metal, de cristal, de azófar y de bronce, de plástico y de papel, de seda y barro: nuestra despensa de fantasmagorías decorativas.

Los objetos tienen un componente mágico: nada más verlos, pueden deslumbrarnos y despertar en nosotros el afán incontrolable de poseerlos, de tenerlos para siempre cerca. Se convierten en una necesidad innecesaria, aunque irrenunciable. Hay quien roba y hay quien mata para poseer. Hay quien sólo vive para poseer cosas.

Pero, una vez que logramos adueñarnos de un objeto ansiado, resulta que se vuelve invisible: está ahí y no lo vemos. Pasamos 20 veces al día por delante de él como quien pasa por delante de un hueco vacío, porque ese objeto codiciado ya no existe: el hecho de poseerlo lo anula, lo convierte en una pieza indistinta de nuestro teatro doméstico. Ese pequeño teatro repleto de utilería inservible, de cosas que dejan de existir a fuerza de convivir con ellas, de verlas, de quitarles el polvo. Ese pequeño teatro en el que, al final, acabamos como Hamlet, con una calavera sonriente en la mano, haciéndonos quién sabe qué preguntas.

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sábado, 17 de octubre de 2009

EL ESPECTÁCULO DE LA VENTANA


El mundo es muy grande, y viajar por él puede resultar fascinante o terrible, ameno o tedioso, inolvidable para bien o para mal. De todas formas, y dejando de lado el ancho mundo, nos basta una ventana, una simple ventana, para que la realidad se manifieste en todo su esplendor misterioso.

Te acodas en la ventana y te pones a observar a la gente que pasa. Y ahí empieza una gran historia. Ves a una viejecilla que lleva una cesta de enea. "¿Qué llevará en la cesta?" Por la forma que se adivina, puede ser un melón. Pero, ¿y si fuese una de esas cabezas parlantes que aparecen en los cuentos añejos, una cabeza prodigiosa y mágica que, por quién sabe qué expediente de hechicería, tiene la facultad de hablar? Porque has notado que la viejecilla masculla, y es probable que ande en coloquios con esa cabeza parlanchina que transporta en la cesta. ¿De qué hablará la viejecilla, en fin, con la cabeza portentosa?

Ves pasar a un hombre con la bolsa de una farmacia. ¿De qué estará enfermo? Es posible que le anden mal los riñones, o que padezca insomnio y sus noches sean infinitas. Y te fijas en el color de su piel, y no le aprecias un tono saludable, porque es el suyo el tono de la cera antigua, amarillenta y transparente. Y el hombre pasa, con su bolsa de alivio, y le deseas en silencio buena suerte.

Pasa un joven con una pala recién comprada. ¿Qué irá a cavar, qué irá a enterrar? Y piensas, ya puesto, que la imagen de alguien con una pala es una imagen sospechosa, sospechosa y aterradora, porque puede tratarse de un asesino de mente fría que tiene escondido un cadáver y se dispone a darle sepultura. “Ahí va un muchacho con una pala”, decimos, sin caer en la cuenta de que esa pala puede ser el instrumento de una aventura atroz.

De repente, pasa un anciano con una bolsa de plástico en la que asoma la cabeza de un pescado de ojos detenidos en el horror, ese horror que les entra a los peces cuando descubren que existe un mundo que no es de agua. Y te preguntas entonces cuántos tesoros submarinos no habrá visto ese pescado antes de caer en el laberinto invisible de una red, cuántas maravillas sumergidas, cuántos amaneceres grandiosos filtrados por el prisma inconstante de las aguas.

Pasa una muchacha con un ramo de flores, como una alucinación primaveral en este otoño que sigue por aquí veraniego, y pasa también un perro que lleva un hueso en la boca, y va el perro a paso ligero, nervioso y clandestino, temeroso de que aparezca por allí un perro mayor y le arrebate el hueso.

Ves entonces al mendigo del barrio, que busca por el suelo una colilla, que mete luego la mano en una papelera y la remueve sin mirar lo que remueve, fiado al tacto y a la benevolencia de los azares, igual que quien escarba ilusionado en la cesta de papeletas de una tómbola.

Cierras la ventana y te ves reflejado en el cristal. “¿Quién será ese?” Pero dejas la pregunta sin respuesta, porque de sobra sabes que la respuesta sería otra pregunta, y así hasta el infinito. Como infinita es la realidad que se despliega ante ti cuando abres la ventana, una mañana cualquiera, cualquier tarde, y empiezas a jugar, contigo, a los enigmas.


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lunes, 12 de octubre de 2009

EL LEVANTE


No puede decirse que sea traicionero ni que venga de improviso, porque su presencia se siente antes de llegar, se barrunta, y en eso se parece mucho a un mal presentimiento. El viento de levante. El viento malhumorado, el viento del malhumor. Un viento que manda por delante su fantasma antes de romper, antes de ulular, antes de trastornar las vidas y las cosas. Salta el levante y nos convertimos en Mister Hyde, porque nuestro carácter se crispa y se ensombrece. Nos volvemos susceptibles, irritables y hoscos, arrastrando una jaqueca sin alivio posible, porque ese viento malhechor se nos mete en la cabeza y nos corroe la mente, igual que esos animales maléficos venidos de otra galaxia en las películas de ciencia-ficción.

Y qué flojo y de trapo se pone uno, con esa sensación de gran reseca, de una resaca sin fiesta previa, que es lo peor de todo. Y qué rara se pone la luz, oleosa y densa, de color oro sucio. Y qué grávido el cielo, en el que las gaviotas planean estáticas, lo mismo que cometas, sin mover las alas, como si las hubiesen disecado en pleno vuelo. Y cuánta arena volandera que busca ojos desprevenidos. Y qué turbio el mar, verdoso y encrespado. Y si es verano, qué calor.

No entiende uno cómo a ningún laboratorio farmacéutico le ha dado todavía por comercializar un medicamento que palie los efectos del levante. Unas pastillas. Un jarabe siquiera. Un supositorio. O una lavativa incluso, porque uno estaría dispuesto a cualquier cosa con tal de librarse de la sintomatología de las levanteras apocalípticas que nos azotan en sentido literal, porque es un viento con vocación de látigo. Sería estupendo llegar a la farmacia y pedir un bote de Levantex, o una caja de Levantrox, o un frasco de Levantur, o de Levantinell, o de Levantalgin, o de algo parecido, porque mucho me temo que los encargados de poner nombres a las medicinas son lectores entusiastas de Tolkein.

No sé yo por qué ningún organismo de la Junta de Andalucía otorga becas para la investigación de un remedio contra los daños colaterales que provoca el levante entre la población, entre los que tal vez no se cuente el del absentismo laboral, pero sí desde luego el del encabronamiento laboral: a ver quién tiene el valor de ir en un día de levante fuerte a la oficina de la Gerencia de Urbanismo de mi pueblo, pongamos por caso, para tramitar una licencia de obras con un funcionario que yo me sé. Y así en todas partes, supongo, porque el levante no es sólo un viento, sino también una epidemia moral de malas pulgas, de abatimiento metafísico, de decaimiento físico, de amargura caprichosa, de cefaleas agudas y de schopenhauerismo.

¿Cómo sería la vida sin levante? Ah, qué quimera. Qué ganas de soñar un paraíso imposible, qué ganas de fantasear a costa de lo inverosímil. Estás sentado en la terraza, disfrutando del poniente, que es aquí un viento civilizado, dentro de lo civilizado que puede ser un viento, y de repente todo se calma, y algo empieza a resonar dentro de tu cabeza como una música de agujas. “Mañana, levante”. Porque esa calma es su tarjeta de visita, el aviso de una hecatombe invisible. Y vete preparando.


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viernes, 2 de octubre de 2009

CASTAÑAS


Vienen con el otoño, y dan al otoño sureño un toque de espectralidad centroeuropea. Los castañeros.

Llegan los castañeros con sus factorías portátiles de niebla, se instalan en una esquina y la tarde diáfana se vuelve fantasmal y algodonosa, fantasma de algodón, un humo errante. De pronto, parece que calle abajo va a aparecer el carromato fúnebre del conde Drácula, sin cochero, guiado por nadie, al albur del Mal, con sus negros caballos desbocados, con penachos de pluma, nictálopes ya por su costumbre de cabalgar de madrugada por los caminos ciegos y tortuosos de Transilvania, huyendo del amanecer. Se envuelve todo en niebla y parece, qué sé yo, que por la calle ronda el Golem. Que va a surgir de la trama de bruma el monstruo del doctor Frankenstein, rígido y atormentado, con su horror metafísico de ser un producto del bricolaje. Parece que allá lejos aúlla el Hombre Lobo, esclavo de los caprichos de la Luna.

Los castañeros vierten niebla, y la noche se hace maga. Vierten oleadas de niebla los castañeros, volutas de humo denso y suntuoso, con corporeidad de duende de una lámpara maravillosa, y la calle parece un escenario de crímenes sin resolución posible, porque nadie vio al asesino. La niebla impedía ver al asesino. El asesino tenía por cómplice a la niebla.

Anuncian el otoño los castañeros, y se hacen presentes con su industria de calima artificial incluso cuando las tardes siguen siendo calurosas y huelen a jazmín y a helado de vainilla, y hay una contradicción melancólica entre esas oleadas de niebla y la indumentaria liviana de la gente que compra cartuchos de castañas asadas, que les queman en las manos como un rescoldo anacrónico aún, porque el otoño no llega, porque el verano se resiste a morirse de frío, porque el frío no se anima a salir de su cripta de hielo.

Con su olla requemada, con su lecho de carbones al rojo, ahí están ya los castañeros otoñales, señores del humo, administradores municipales de la bruma, alquimistas callejeros que convierten el pueblo en un bosque brumoso por el que parece que revolotean las hadas pizpiretas de élitros fulgentes y gruñen los ogros que han tenido la desventura de enamorarse de princesas desdeñosas.

Siguen estando las tardes buenas. Apetece pasear. La gente toma bebidas frías en las terrazas. Pero ahí están ya los castañeros, heraldos puntuales del otoño. Ahí están ya, añadiendo irrealidad a las tardes, enigmatizando las noches con neblina, invocando el espíritu del frío, ese frío de dedos góticos que, de un día para otro, nos tocará la espalda, y sabremos entonces que hay que sacar los jerséis gordos y las camisetas térmicas.

Ahí están los castañeros, mercaderes de otoño, para recordarnos que el verano es ya un sueño, que viene ya el jinete gélido de las espuelas de plata, por así decirlo. Ahí están ya los castañeros para recordarnos, en fin, que la vida pasa, pero también que la vida sigue, envuelta en niebla, volátil como el humo, sin rumbo y sin razón, tan fugitiva.
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