miércoles, 18 de noviembre de 2009

MERCADOS



Lo normal es ir a un mercado cuando necesitas comprar o vender algo allí, ya sea un manojo de rábanos o una cornucopia carcomida del siglo XVII. Pero toda normalidad admite de buen grado la extravagancia, de modo que también resulta normal ir a un mercado para matar el tiempo antes de que él se mate por su cuenta, sólo para merodear, para observar con despreocupación el ritmo de la vida ajena, incluso con los bolsillos vacíos; para entretener el ocio, en fin, con una ocupación que no entre en conflicto conceptual con el ocio.

Cuando ando por ahí, me gusta entrar en los mercados. El más impresionante de cuantos he conocido es el de Guadalajara, en México. Puedes comprar allí una silla de montar con repujados barrocos o un cartucho de chile, una fruta extraña o un pájaro extraño, un brazalete de oro o un poco de café. Al lado de una joyería puede haber una carnicería; al lado de una pescadería, una tienda de juguetes articulados. Nunca sabes bien en qué parte del mercado estás, ni en qué planta, y tienes la sensación de andar perdido por un laberinto de colores, de olores y de voces, como si te hubieras metido bajo la lengua un secante de LSD y flotases en un universo de impostura.

El mercado de Oporto es como la ciudad: digno y triste, aunque el más triste de los que he visitado es, a fuerza de asepsia, el mercado cubierto de Oxford, porque parece ya menos un mercado que un centro comercial, y hasta el pescado da la impresión de ser allí de porcelana. El de Tánger no es triste: se limita a ser pavoroso, con olores que marean y que te dejan un poco con la misma cara de estupor que esas cabezas de cordero que cuelgan de unos garfios. El barcelonés de la Boquería es esplendoroso, a pesar de sus penumbras eternas de estación nocturna. En los mercados de Budapest, la gente se comporta igual que en los museos: observando todo con respeto, silenciosa e indecisa, pasando de puntillas ante las latas de paté de de oca, expuestas como si fuesen joyas de Tiffany´s.

En una mañana cualquiera de verano, el mercado de Sanlúcar de Barrameda es una fiesta bulliciosa, y algunos tenderos pregonan el género con gritos rimados y jocosos, y hay quien vende bogavantes y langostinos y quien vende calcetines y bragas. El mercado viejo de Cádiz es (esperemos que siga siéndolo tras su remodelación) algo así como la despensa del dios Neptuno; los pescaderos espolvorean continuamente con hielo picado su mercaduría, y los peces parecen amortajados en montones de diamantes, y sus ojos de pánico se deforman con los prismas del hielo picado, y todo parece una visión caleidoscópica de ojos muertos: mires a donde mires, ves ojos muertos que te miran.

Lo mismo ocurre en el mercado de pescado de Tokio, que huele a abismo submarino, y parece aquello –la verdad- un holocausto, con esos obreros que arrastran cadáveres plateados, aunque luego el género llega a los mostradores de los minoristas en envases de plástico, troceado, listo para ser transformado en sushi. ¿Y quién no está dispuesto a perder una mañana en el romano Campo de las Flores, mirando verduras en vez de monumentos?

Bueno, no sé, lo que les decía al principio: que está bien eso de merodear por los mercados, sentirse un turista despreocupado entre la gente que resuelve su rutina. Y no sacar conclusiones. Y dejarse llevar. Y santas pascuas.
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11 comentarios:

Microalgo dijo...

De los citados yo conozco el de La Boquería y poco más (el de Cádiz también, obviamente).

Me aturden un poco. Hay que tener un puntito de gladiador (o de gladiadora, si tengo que ser políticamente correcto) para no ser ningnueado en algunos de esos mercados. El evitar que la señora mayor que parece despistada (sólo lo parece) se cuele en la carnicería exige una entrega a la causa del riguroso turno que en otros marcos de referencia no se da tanto.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Sí, intentar comprar algo en un mercado en hora punta tiene algo de heroico. Puede acabar uno decepcionado -un poco más- de la condición humana, sin ir más lejos: la antropología en contra de la ontología.
Por eso prefiero ir de visita, a no comprar nada. Como espectáculo.

Anónimo dijo...

Una de los mayores atractivos de los mercados tradicionales es comprar en ellos, negociar el peso y el precio, hablar con las señoras de la cola que te dan mil versiones de una misma receta,la compra espontánea dependiendo de la frescura y de las ofertas, etc...
Un sinfín de razones para ir a comprar al mercado aunque sea una vez a la semana.
Com

Microalgo dijo...

Un placer verlo ayer. Aprende uno mucho. El tema del estilo propio es de los que a mí me reconcome...

¿Ha leído "El Bar del Fondo del Mar", de Stefano Benni? Cada cuento está escrito en un estilo diferente, y adivinar a quién imita el escritor en cada relato es casi un juego (uno más). Se lo recomiendo encarecidamente.

Un abrazo.

Aznalmara dijo...

Pues yo conozco un mercado al que puedes ir de visita comprando. Es el de un precioso pueblo del Pirineo francés que se llama Oloron.
El mercado de Oloron es, en principio, como todos los mercados, hay puestos de fruta, de verduras, de productos de la granja, de vinos del lugar... hasta aquí, normal.
Pero todas las paredes y el techo, que está a más de diez metros, están llenos de presas para la escalada, como en invierno nieva y hace mucho frío, utilizan el mercado, que está cubierto, para entrenar. Es el lugar de entrenamiento de los chavales de la zona, al que van tanto deportistas de élites como los niños de las escuelas.
Así que tu estás comprando tranquilamente un poco de foie y unos tomates mientras que alrededor hay montones de personas escalando y entrenando.
¡Todo un espectáculo!
Saludos.

francisco aranguren dijo...

Me ha conmovido ese espectáculo de ojos muertos de los peces, anegados en diamantes de hielo. Siento -he sentido- ese frío también al pasar frente a los puestos de los pescaderos. Sin embargo el color de plata de los lomos de las pescadillas (piel finísima sin escamas, suave como de niño), y el color indefiniblemente rosa difuso-metálico de los salmonetes (los salmonetes de verdad siempre me recuerdan a los que pinta Barceló), me atraen. Ojos muertos brillantes, de los besugos. Escamas rojas de pescado fresco...Luego están los percebes, esas grandes uñas con cutículas rojas, vestidas de cota de mallas medieval. El mercado de Islacristina. El mercado de Oviedo. La Boquería, sí. Buenos sitios.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Gracias por los comentarios.

Almoraima dijo...

¡Qué espectáculo el pescado en un mercado como dios manda!

¡Y cuánto me gusta tu blog!

Anónimo dijo...

Que bién defines la vida corriente, tal como es y nos gusta que sea.
Acabo de comprar "El Novio del Mundo", en cuanto termine "El Lecho de Proscuto" lo empiezo, que estoy deseandolo.

Felicidades por el blog.

Ciro

Anónimo dijo...

Don Felipe, cuánto me gustan sus historias. Estoy deseando que saque nuevo libro para avalanzarme a él.
Al señor anónimo, también llamado Ciro,quiero decirle que "El novio del mundo" es un libro adictivo con el que no se puede conciliar el sueño. Genial.

Alberto Pacheco dijo...

Me ha gustado esta entrada.
El mercado de Sanlúcar pronto será un centro comercial. Una lástima.

Saludos desde Sanlúcar de Barrameda.