miércoles, 22 de abril de 2009

POEMA DE NABOKOV









Como a algunos les interesó el anterior poema de Nabokov que publiqué aquí, va este otro de los que escribió en inglés. Lo traduje hace unos años y se publicó en una separata de la revista Ultramar. Creo que es el mejor poema de cuantos escribió.

En él, aparte de la ironía evidente, se advierte su hastío de fondo ante las dificultades laborales que Nabokov padeció en EEUU antes del éxito de su novela Lolita, aquella nínfula churretosa que le hizo la vida difícil a su madre y a Humbert Humbert pero que le resolvió la suya a la familia Nabokov en pleno.





UNA VELADA DE POESÍA RUSA



Vladimir Nabokov






"...parece que es el mejor tren. La señorita Ethel Winter,
del Departamento de Inglés, le esperará en la estación y..."

De una carta dirigida al conferenciante invitado




El tema elegido para el debate de esta noche
de sobra es conocido, aunque por lo común de forma insuficiente:
cuando sus orillas basálticas se vuelven muy abruptas,
casi todos los ríos emplean una especie de ruso rápido,
que es lo que hacen los niños al hablar mientras sueñan.
Inserte usted, mi pequeña ayudante, la diapositiva
en la linterna mágica, y que el rayo cromático
proyecte en la pantalla mi nombre,
o alguna fantasmagoría similar, en caracteres eslavos.
Al revés, al revés. Se lo agradezco.

Sobre suaves colinas, los griegos, como saben,
forjaron su alfabeto a imitación
del vuelo de las grullas; sus saetas
cruzaban el crepúsculo y la noche.
Nuestro monótono horizonte y el gusto por la madera,
la influencia de colmenas y coníferas,
remodelaron las flechas y los pájaros foráneos.
Sí, Silvia, dígame.

¿Por qué nos habla usted de las palabras
si no queremos más que una bien presentada erudición?


Porque todo va unido: el sonido y la forma,
la miel y el brezo, la vasija y aquello que contiene.
No sólo el arco iris: es curva cualquier línea,
y las calaveras, y las semillas, y todos los mundos buenos son redondos,
igual que el verso ruso, igual que nuestras vocales magníficas:
esos huevos pintados, esas lustrosas flores de jarrón
que engullen por entero a un dorado abejorro, esas conchas
que encierran un dedal y encierran el mar mismo.
Siguiente pregunta.

¿Su prosodia es la misma que la nuestra?

Bien, Emmy, pudiera parecer nuestro pentámetro,
a un oído extranjero, un algo que no logra
sacudir de su pírrico sueño al lacio yambo.
Pero cierre los ojos y oiga el verso.
La melodía entonces se despliega, la palabra central
se torna maravillosamente larga y serpentina:
oyes un acento, pero también has oído
la sombra de otro acento, y más tarde un tercero
hace sonar el gong, y un cuarto al fin suspira.

Se produce un ruido fascinante:
un algo que se abre lentamente, como una rosa gris
en un film pedagógico de antaño.

El nacimiento del verso no es otro que la rima, como saben,
y existen unos ciertos gemelos rutinarios
en ruso, igual que en otras lenguas. Por ejemplo,
amor rima con sangre de manera automática,
naturaleza con libertad, tristeza con distancia,
humano con eterno, príncipe con fango,
luna con multitud de palabras, pero sol
y canción y viento y vida y muerte con ninguna.

Más allá de los mares en que he perdido un cetro,
oigo el relincho de mis sustantivos pintos,
suaves participios que bajan la escalera,
que pisan la hojarasca, arrastrando sus túnicas sonoras;
líquidos verbos en ahla y en ili,
cuevas de Aonia, noches en el Altai,
negros estanques con sonidos en ele a modo de nenúfares.
Ese vaso vacío que toqué aún tintinea,
pero ahora lo cubre una mano y ya está muerto.

¿Árboles? ¿Animales? ¿Y su piedra preciosa favorita?

El abedul, Cintia. El abeto, Joan.
Igual que una pequeña oruga de su hilo,
mi corazón cuelga aún de una hoja ya muerta pero firme,
y aún veo el esbelto abedul blanco
mantenerse ante el viento de puntillas,
los abetos que crecen donde acaba el jardín,
las crepusculares ascuas fulgentes a través de sus cenizas.

Con respecto a los animales que ocupan nuestros versos,
esa ave de los bardos, dádiva de la noche, es la primera:
docenas de palabras que imitan su garganta
traducen su burbujeante, aflautada, silbante y explosiva nota,
parecida a la de un cuco, similar a la de un fantasma.
Pero los epítetos lapidarios son escasos;
no somos expertos en rubíes universales.
Los ángulos y brillos están atenuados;
nuestras riquezas permanecen ocultas. Jamás nos ha gustado
el escaparate del joyero en la noche lluviosa.

Mi espalda es la de Argos: tiene ojos. Vivo en peligro.
Falsas sombras se dan la vuelta para seguirme cuando paso
y, con barbas postizas y disfraces de agentes secretos,
se escurren sigilosas para emborronar la página recién escrita
y leer el papel secante en el espejo.

Y en la oscuridad, bajo la ventana de mi alcoba,
hasta que el día se activa con helado runrún de escalofrío,
cautelosas se quedan, o en silencio se llegan a mi puerta
para tocar la campanilla de la memoria, y luego huyen.

Permítanme aludir, antes de que el hechizo se disipe,
a Pushkin, balanceado en su carroza a través de unos largos,
solitarios caminos: dormitaba, después se despertaba,
desabrochaba el cuello de su capote de viaje,
bostezaba y oía la canción
que entonaba el cochero.
Amorfos arbustos enanos a los que llaman rakiti,
enormes nubarrones sobre un prado infinito,
la frase musical y el horizonte repetidos sin fin,
y un aroma en la lluvia a cuero y yerba.
Y más tarde el gemido, la síncopa (¡Nekrasov!),
las jadeantes sílabas que trepan y que trepan,
carrasposas, repetitivas hasta la obsesión, pero apreciadas
más que rima ninguna por algunos.
Y los amantes que se encuentran en el jardín enmarañado
y sueñan con la humanidad, con un vivir sin trabas,
y mezclan sus anhelos en el jardín bañado por la luna,
allá donde los corazones y los árboles
son mayores que en la realidad.
Esta pasión por expandirse puede ser rastreada
en nuestra poesía. Pretendemos
que el topo sea un lince, o verlo convertido en golondrina
por alguna sublime mutación de su alma.
Pero, consagrados a los símbolos inútiles,
escoltados, en un sendero vagamente infantil, por pies desnudos,
nuestros caminos estuvieron por siempre destinados
a conducirnos al silencio del exilio.

De tener yo más tiempo, les contaría a ustedes esta noche
al detalle la historia, asombrosa de veras -neighhuklúzhe,
nevynossímo
-, pero tengo que irme.

¿Qué es lo que he susurrado? Le hablé a un ciego
pajarillo cantor oculto en un sombrero,
a salvo allí de mis manos y de los huevos que rompí
en la chistera rebosante de yemas.

Ahora considero mi deber recordarles,
a modo de resumen, que soy un perseguido
allá donde me encuentre, que el espacio
puede ser colapsado, a pesar de que el don de la memoria
con frecuencia resulta algo incompleto:
una vez, en un lugar polvoriento del condado de Mora
(mitad ciudad y desierto, vertedero y mezquites)
y otra vez en Virginia del Oeste (rojo camino embarrado
entre un huerto y el velo tupido de la lluvia),
me asaltó un repentino escalofrío,
ese algo ruso que podía aspirar pero no ver.
Algunas palabras raudas fueron dichas,
y, después de eso, el niño
siguió entregado al sueño, y la puerta se cerró.

El prestidigitador recoge
sus pobres pertenencias: el pañuelo de colorines,
la soga mágica, las rimas de doble fondo, la canción y la jaula.
Le dices que has captado algunos trucos.
El misterio permanece intocado. El cheque
avanza ya hacia ti metido en un sobre sonriente.

"¿Cómo se dice en ruso "charla deliciosa"?
"¿Cómo se dice en ruso "Buenas noches"?"

Oh, se dice:

Bessónnitza, tvoy vzor oon´yl i stráshen;
lubóv moyá, otstóopnika prostée.


(Insomnio, es tu mirar muy triste y ceniciento,
perdóname, mi amor, por esta apostasía.)


(1945)


8 comentarios:

Javier Divisa dijo...

Grande Nabokov, grande. Además, Lolita, una de mis novelas de cabecera, con ese gran héroe decaído, Hummer. Yo a usted, Felipe, le agradezco la creación de otro héroe, Walter Arias, para mí, su personaje completo. Cuántas veces habré releído El Novio del Mundo ! Y qué culpa tuvo en mis aficiones literarias ! Gracias. Por cierto, aunque vivo en Madrid, tengo casa en Rota, voy poco, una semanita al año, si le veo le saludaré. Abrazos.

Anónimo dijo...

Somos un grupo de profesores de Huelva fans de tu obra y es una muy buena noticia poder disfrutar de tu escritura a través de este blog.
Saludos.

FELIPE BENITEZ REYES dijo...

Gracias, Javier.
Espero ese saludo tuyo en Rota.
Un abrazo.

FELIPE BENITEZ REYES dijo...

Gracias a los profesores de Huelva.
Me alegra que este bolg sirva de algo.

Javier Divisa dijo...

Ya le vi alguna vez en el Castillo de Luna, pero estos últimos años no ha habido tantos actos, como en aquella época de Mendicuti, Almudena Grandes, García Montero, Sabina, la representación de una obra de teatro tuya a la cual acudí, cuyo nombre no recuerdo, y en fin, a ver si se tercian un par de copas en el Torito. Abrazos.

FELIPE BENITEZ REYES dijo...

a Javier.
Es verdad que el llamado "verano cultural" de Rota ha decaído mucho.
Simple desinterés institucional.
Quedan pendientes esas dos copas en El Torito.

Javier Divisa dijo...

Los finales de los ochenta y los noventa para la gente de mi generación (1971) fueron una etapa gloriosa en Rota, cuando existía el Eclipse, los bares del callejón de la Costilla, buenos bares y buena música, The Doors y The Smiths sonando bajo la triste mirada de Luis en el Eclipse. Qué época Felipe ! Nosotros aún lo recordamos cuando hemos tenido ocasión de reunirnos los que estábamos allí. En fin, me desvío del contenido, disculpa la intromisión. A través de un amigo afincado en la embajada española de Colombia supe de tu blog y por supuesto me tendrás como asiduo. Ah, un saludo para Mani Heredia, Toni y Los Marcianos de la Fragua

colorprimario dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.