
Una de las pocas emociones intelectuales que se derivan del hecho de ser dueño de un restaurante consiste en poder bautizar a capricho los platos que uno se inventa, aunque la invención meramente consista en rociar un lomo de besugo con una mousse de menta tras haberlo cocido en un batido de chocolate especiado con ajonjolí, pongamos por caso, pues la mente de un cocinero suele estar de sobra preparada para asumir cualquier atrevimiento estético de corte más o menos dadaísta.
Si yo abriese un restaurante, lo más probable es que tuviera que cerrarlo a las dos semanas, pero, al menos durante ese periodo, podría bautizar a mi gusto numerosos platos, y practicaría ese sacramento culinario con arreglo a la deformación profesional que todo escritor aplica, más o menos insensatamente, a las cosas de la realidad, pues en eso consiste lo esencial de su faena.
En la carta de mi ruinoso restaurante no faltarían el solomillo stendhal, los higaditos de faulkner al whisky, los entrantes de chacinas galdosianas, el arenque de azorín a las finas yerbas, el ossobuco a la valle-inclán, el ragut darío, el filet villon, el besugo pasternak, el paté de poe, los lomitos de proust a la bechamel ni el flaubert de alcachofas. No creo que el mío fuese un restaurante serio si prescindiera en la carta de los buñuelos turgénev, de las cocochas de esturión al dostoiesvki, del chuletón balzac, de la migala a la arreola, de los canelones mallarmé, de las truchas capote o de los pessoítas al oporto.
Los domingos ofrecería un menú-degustación a precio promocional, a saber: chestertones en su tinta, pechugas de pavo de Wilde, huevecitos de kafka, monterrosos de dinosaurio y sesos de hamlet.
No sé, las cartas largas tampoco son muy buena cosa, porque los clientes se marean ante tantos manjares y no saben qué pedir, pero ¿cómo iba a privar a los paladares más refinados de los cogollitos de Li Po, del revuelto de Joyce, del conrad de bacalao o de las delicias de ternerita nabokov?
El vino de la casa sería barato y popular: un Viña Campoamor, un Pérez de Ayala o un Sangre de Unamuno. ¿Los postres? No podrían faltar las riquísimas lampedusas de gato, los castizos buñuelos de baroja acompañados de un goethe al carajillo o los rollitos de kundera con sirope.
Bueno, no creo que mi restaurante tuviese mucho éxito ni que cooperase especialmente a la difusión de la cultura universal, pero yo me lo iba a pasar en grande al poder exclamar cosas como "¡Marchando un cernuda poco hecho!"
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