lunes, 24 de enero de 2011

RESTAURANTE LITERARIO










Una de las pocas emociones intelectuales que se derivan del hecho de ser dueño de un restaurante consiste en poder bautizar a capricho los platos que uno se inventa, aunque la invención meramente consista en rociar un lomo de besugo con una mousse de menta tras haberlo cocido en un batido de chocolate especiado con ajonjolí, pongamos por caso, pues la mente de un cocinero suele estar de sobra preparada para asumir cualquier atrevimiento estético de corte más o menos dadaísta.

Si yo abriese un restaurante, lo más probable es que tuviera que cerrarlo a las dos semanas, pero, al menos durante ese periodo, podría bautizar a mi gusto numerosos platos, y practicaría ese sacramento culinario con arreglo a la deformación profesional que todo escritor aplica, más o menos insensatamente, a las cosas de la realidad, pues en eso consiste lo esencial de su faena.

En la carta de mi ruinoso restaurante no faltarían el solomillo stendhal, los higaditos de faulkner al whisky, los entrantes de chacinas galdosianas, el arenque de azorín a las finas yerbas, el ossobuco a la valle-inclán, el ragut darío, el filet villon, el besugo pasternak, el paté de poe, los lomitos de proust a la bechamel ni el flaubert de alcachofas. No creo que el mío fuese un restaurante serio si prescindiera en la carta de los buñuelos turgénev, de las cocochas de esturión al dostoiesvki, del chuletón balzac, de la migala a la arreola, de los canelones mallarmé, de las truchas capote o de los pessoítas al oporto.

Los domingos ofrecería un menú-degustación a precio promocional, a saber: chestertones en su tinta, pechugas de pavo de Wilde, huevecitos de kafka, monterrosos de dinosaurio y sesos de hamlet.

No sé, las cartas largas tampoco son muy buena cosa, porque los clientes se marean ante tantos manjares y no saben qué pedir, pero ¿cómo iba a privar a los paladares más refinados de los cogollitos de Li Po, del revuelto de Joyce, del conrad de bacalao o de las delicias de ternerita nabokov?

El vino de la casa sería barato y popular: un Viña Campoamor, un Pérez de Ayala o un Sangre de Unamuno. ¿Los postres? No podrían faltar las riquísimas lampedusas de gato, los castizos buñuelos de baroja acompañados de un goethe al carajillo o los rollitos de kundera con sirope.

Bueno, no creo que mi restaurante tuviese mucho éxito ni que cooperase especialmente a la difusión de la cultura universal, pero yo me lo iba a pasar en grande al poder exclamar cosas como "¡Marchando un cernuda poco hecho!"


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martes, 18 de enero de 2011

EL GASTO BOBO









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Los organismos oficiales están sin blanca, hasta el punto de que las empresas y los proveedores se echan a temblar si el negociado de un simple ayuntamiento les pide un presupuesto, porque saben que, con un poco de suerte, cobrarán apenas unos días antes del Juicio Final, con lo cual van a disponer de muy poco tiempo para disfrutar de la ganancia.

Ante esta carestía de dinero público, se acuerda uno con nostalgia de aquella edad de oro en que los políticos ejercían de reyes magos: gente magnánima que repartía agendas, bolígrafos, mecheros, libros a todo color, calculadoras, metopas, maletines, pins, alfileres de corbata, pendrives, paraguas, sombrillas, mochilas, bolsos, discos, carteras… Todo con su logotipo correspondiente, porque los regalos institucionales son como los toros de lidia: siempre llevan el hierro de la ganadería.

Se acuerda uno de aquella edad dorada en que las instituciones públicas organizaban banquetes multitudinarios con cargo a la partida de gastos de representación o de algo por el estilo, supone uno que para que, llegada la hora de votar, nuestro estómago nos dijese: “Eh, tú, no te equivoques de papeleta. Acuérdate de lo bueno que estaba aquel solomillo al que nos convidó el viceconsejero de turismo con motivo del día de la patria autonómica”.

Tiempos aquellos, ay, en que los representantes del pueblo se hicieron gourmets y sumilleres gracias a tarjetas de crédito cuyos cargos iban al arca común. Tiempos de gloria en que cualquier infraconcejal o subvicedelegado disponía de coche oficial, en que cualquier vicesubsecretario disfrutaba de varios asesores, en que cualquier vicesubpresidente de cualquier subcomisión viajaba en business, se hospedaba en hoteles de ringorrango y estudiaba la carta de vinos de los restaurantes con el aplomo de un magnate de toda la vida, porque la entrega a la función pública lleva implícito el refinamiento instantáneo del espíritu, de modo y manera que un rústico asciende a concejal y, a las dos semanas, ya sabe distinguir entre un ribera del duero y un borgoña, y gratis.

La catalogación de “político corrupto” es más sencilla -y más terrible- de lo que parece: todo aquel que hace una simple llamada privada desde un teléfono pagado con dinero público. Y de ahí para arriba. Tan simple -y tan terrible- como eso. Los que se han gastado el dinero en regalar bolígrafos, mecheros, etc., no serían estrictamente corruptos, sino más bien bobos, porque muy bobo hay que ser para confundir el ejercicio de la función pública con el síndrome de Papa Noel.

Si juntásemos todo el dinero que los políticos se han gastado en banquetes indigestos, en viajes inútiles, en editar libros absurdos, en regalos suntuarios, en subvenciones injustas, en conciertos gratuitos, en premios irrelevantes, en chatarra artística, en dietas abultadas y en más vale no saber qué más, ¿qué suma daría? El chocolate del loro tal vez, pero el problema de ahora es que no sólo es el loro el que se ha quedado sin chocolate.

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viernes, 14 de enero de 2011

COLLAGES

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COMO NO TODO PUEDEN SER DIVAGACIONES, VA UN POCO DE PUBLICIDAD TANGENCIALMENTE PROPIA, A SABER: UNA NUEVA EMPRESA DE AQUÍ HA HECHO -CON MUCHO OPTIMISMO, ME TEMO- UNA TIRADA DE DOS COLLAGES MÍOS.


PUEDEN VERSE EN

http://interroganteeditorial.blogspot.com


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miércoles, 5 de enero de 2011

UN RELATO EN MINIATURA


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Sabía que eran los padres, pero, en la duermevela, el sonido de las zapatillas arrastradas era el de las babuchas de unos reyes.


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viernes, 31 de diciembre de 2010

SUEÑOS FESTIVOS


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M.B.T. tuvo una noche agitada. Se durmió unas 18 veces, y otras tantas se despertó con un grado variable de sobresalto, como si fuese aquello un festival de ficciones inquietantes. Por la mañana, M.B.T. se levantó con la sensación de ser una especie de despojo freudiano, molido por los caprichos lisérgicos del subconsciente. “¡Qué de sueños he tenido, y qué malos todos!”, se lamentó ante el espejo, ese espejo que le devolvía una cara espeluznada, sin duda de tanto deambular por los barrizales hipnóticos del pensamiento.

Los sueños son materia volátil, pero M.B.T. lograba recordar algunos, y ese recuerdo le llenaba el estómago de agujas.

Iba él por la calle y, de pronto, alguien lo arrastraba a la fuerza hasta una nave industrial. Había allí muchos chinos que hacían paquetes mientras cantaban villancicos. Su raptor le mostraba una tableta gigante de turrón de Xixona y le decía. “Hasta que no te la comas entera no saldrás de aquí, canalla”, y M.B.T. comía turrón sin parar, y los chinos cantores se reían de él, al tiempo que le obligaban a degustar caramelos de jazmín, como si tuviese poco aporte calórico con el turrón, que le iba ya indigestando.

Recordaba otro sueño gastronómico: una figura gigante de mazapán que representaba un oso panda corría tras él por un bosque de azúcar. “Voy a devorarte”, le amenazaba el oso panda de mazapán, pero M.B.T. tuvo la fortuna de despertarse justo en el momento en que el dulce depredador iba a engullirlo. En otro de sus sueños, M.B.T. se cruzaba con unos pastores que le ordenaban: “Ven con nosotros a Belén”, y le ponían un carnero sobre los hombros, y M.B.T. avanzaba por un desierto infinito, y el carnero le mordisqueaba la oreja.

Más: entraba M.B.T. en una tienda de juguetes con sus dos hijos. Cada niño cogía un carro. Al instante, los dos niños aparecían ante él con sus respectivos carros repletos, pero… repletos de otros muchos carros que a su vez estaban llenos de carros, y toda esa torre de carros rebosaba de juguetes. “Son 1.000 millones”, le repetía la cajera, mientras agitaba una factura larga como una serpentina. Y aún más: los tres Reyes Magos se acercaban a su cama, lo zarandeaban y le decían: “Te has portado mal, muchacho. Tienes que devolvernos todos los juguetes que te hemos ido regalando a lo largo de tu vida. Así que ya sabes: ve buscándolos por los desvanes de la casa. Tenemos aquí la lista completa de todos los regalos que te hemos hecho a lo largo de estos 40 años. Que no falte ni uno. Porque te has portado muy mal”, y M.B.T. se vio de pronto desarmando su scalectrix, con lágrimas en los ojos.

En otro sueño, M.B.T. estaba en una fiesta de fin de año, con un gorro de lentejuelas, un matasuegras y una guirnalda al cuello. “¿Qué año es este?”, preguntaba a la gente que andaba por allí, y la gente le contestaba: “El año del fin del mundo”, y, de pronto, todo saltaba en pedazos, y un rostro enorme y barbudo se proyectaba en el aire con la textura incierta de un espejismo: “Soy Dios, y ya no habrá más fiestas. Se acabó la diversión, muñecos míos”.

M.B.T. llegó, en fin, a su oficina. En la puerta alguien había colocado un cartel: “Feliz Navidad y próspero 2011”. Y musitó: “Sí, ya veremos”.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

FIESTAS NAVIDEÑAS



¿Fiestas navideñas? Habría que discutirlo, porque mucho me temo que estas celebraciones de resonancias bíblicas presentan un alto componente penitencial -aunque, dada la complejidad intrínseca del género humano, no resulta imposible conciliar el concepto de fiesta con el concepto de penitencia: ahí está la Semana Santa, o la Cuaresma, o las orgías sadomasoquistas, pongamos por caso.

En estas fiestas, por una razón o por otra, todo el mundo sufre, en buena medida porque la empresa promotora es muy partidaria del sufrimiento como vía de beatitud. El que está quitándose del tabaco, por ejemplo, lo pasa fatal, ya que la tentación de reincidir en el hábito de echar humo se acrecienta, y lo más probable es que recaiga. El que fuma de modo habitual termina envenenado de alquitranes. El que nunca fuma acaba -por quién sabe qué repente dionisiaco- con un habano entre los dientes, o con un cigarrillo que sujeta con mano inexperta, porque estas fiestas invitan no sólo al exceso, sino también a la extravagancia.

La persona que está a dieta acaba perdiendo el control mental y se pone hasta el gorro de pestiños y chocolate, de licores y mantecados, de salsas barrocas y de turrones, y luego se las tiene que ver con su conciencia. El gordo engorda. El flaco engorda. El que tiene úlcera acaba en urgencias. Los triglicéridos hacen su agosto. El que apenas suele comer acaba indigestado. El alcohólico anónimo no se resiste a mojarse los labios en una copa de champán después de las 12 campanadas. El que nunca bebe se toma un par de copas. El que acostumbra tomarse un par de copas acaba tomándose cuatro, y los que gustan de tomarse cuatro acaban con ocho encima, y hasta es posible que canturreen, porque el beber y el canturrear son artes complementarias. Incluso los niños acercan sus labios aventureros a la copa de espumoso, y los padres no dudan en celebrar esa temprana curiosidad enológica, entre otras razones porque ellos están ya hasta la nariz de destilados.

Como hay que hacer regalos a mansalva, los pobres acaban siendo más pobres y los ricos menos ricos. Como hay que comer y beber más de lo prudente, se hace un gasto imprudente en el supermercado, y casi todo el mundo llega a enero con más trampas financieras que un Ayuntamiento. Para acrecentar el aire penitencial de estas fiestas, los niños se aburren en casa, señalando una y otra vez en el catálogo de juguetes las cosas que necesitan para seguir viviendo. Pasan ellos los días de tregua colegial soñando con artefactos prodigiosos, pero esos artefactos no podrán disfrutarlos hasta un par de días antes de volver a clase, cuando ya dispongan de horas muy contadas para jugar: una variante infantil del mito de Tántalo. Los adultos se desesperan al ir a comprar regalos para otros adultos, que ya tienen de todo, incluso lo que les sobra. Y acaban comprando, quieran o no, como una fatalidad que ni ellos mismos se explican, corbatas y alfileres de corbata, pitilleras y pañuelos, abrecartas y encendedores, y a lo sumo –si se trata de un familiar cercano- un pijama de fibra térmica con estampados geométricos.

De todas formas, y en la medida de lo posible, felices fiestas.


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sábado, 18 de diciembre de 2010

POLÍTICA Y BOMBILLA


El alumbrado navideño tal vez responda, no sé, a una añoranza más o menos colectiva del país de las hadas: andar de noche por calles tornasoladas de escarlata y de azul, de amarillo y de verde; mirar hacia arriba, hacia la luna de los duendes lunáticos, y ver una guirnalda fantasiosa en vez de un cielo compacto y negro como la boca del lobo que pretendió comerse a Caperucita… Pero no todo es magia en esto del alumbrado navideño, sobre todo porque la gestión de ese alumbrado corresponde a los gobiernos municipales, que la única magia que practican consiste en gastar más dinero del que disponen, lo que tampoco deja de tener su mérito.

A veces, las noticias intrascendentes, esas que apenas ocupan una columnilla medio arrumbada del periódico, tienen la capacidad inesperada de ofrecernos la esencia de la realidad, que suele ser una esencia complicada y exótica.

Una de esas noticias informaba hace poco de que el alcalde de derechas de un pueblo gaditano, con el beneplácito incondicional de su equipo de gobierno, había suprimido -lo que se dice suprimir: ni una bombilla- la iluminación navideña: “Ante el panorama económico, hay que tomar decisiones valientes”, y es verdad que parecía una decisión valiente la suya, en especial si se tiene en cuenta que sus votantes naturales suelen ser muy de belén y capirote, muy de saeta y villancico, entre otros folclorismos teológicos. “Un aplauso para el alcalde antibombilla”, se dijo uno. Pero había que seguir leyendo, claro está, y allí aparecía el portavoz del partido de izquierdas poniendo el grito en el cielo y exigiendo al equipo gobernante que rectificase aquella “decisión absurda”. Les confieso que algo así como 264 signos de interrogación se abrieron al instante en mi mente, que no está ya para esas bacanales de incertidumbres. La reacción del presidente de los comerciantes era más previsible, y el hombre no dejó de manifestar su “sorpresa e indignación” (que es un sentimiento doble y estandarizado, y sin duda bastante doloroso) ante la decisión municipal. Por lo visto, si en las calles hay luces de colores, te entran unas ganas compulsivas de gastar dinero, lo que añade al asunto un matiz un tanto demoníaco: las luces navideñas se pagan con nuestros impuestos y esa inversión pública en alumbrado nos induce a gastar más dinero, como si fuésemos ayuntamientos en vez de personas.

Por su parte, el representante de la izquierda más a la izquierda de la otra izquierda se limitó a formular una sospecha razonable: que la decisión del equipo de gobierno no respondía a ningún afán de ahorro, sino a la negativa de la empresa concesionaria a instalar el alumbrado a causa de los impagos acumulados. Ay.

“¿Así es la política?”, se pregunta uno. No, así es, más bien, la vida misma, este malentendido minucioso, con sus luces y sus sombras… E incluso con sus bombillas.


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viernes, 10 de diciembre de 2010

CONTROLADORES PELONES

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La militarización de los controladores aéreos no será del todo efectiva, me temo, hasta que no los pelen al rape, como hacían con los reclutas nada más pisar el cuartel de instrucción.

Te pelan al rape (al menos en mis tiempos de mili, en los que se llevaban más bien las melenitas, tanto en su variante Jesucristo Superstar como en su modalidad de trovador medieval de la Provenza) y te quedas al momento sin identidad: eres un simple pelón entre una tropa uniformada de pelones.

(Que algún allegado al ministro Blanco, si está de acuerdo con esto que digo, le traslade, por favor, la sugerencia.) (De ese modo, el ministro podrá anunciar, sin dulcificaciones metafóricas, que a los controladores aéreos se les va a caer el pelo.)


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domingo, 5 de diciembre de 2010

RESIDUOS EXTRATERRESTRES














A veces, uno no puede esquivar la tentación de arriesgar una frase truquista y paradójica que implique una dislocación de conceptos más o menos asentados. Decir, por ejemplo: “La literatura científica es una rama de la literatura de terror”. No es así, claro está, pero tampoco deja de serlo del todo. Les confieso que el libro más aterrador que he leído no es otra cosa que la narración de unos casos clínicos reales: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo Oliver Sacks. Al lado de ese libro, que uno lee con manos temblorosas, las pamplinas solemnemente macabras de Lovecraft, pongamos por caso, acaban dando risa, que es tal vez lo que menos hubiera deseado el visionario de Providence.


Leo en un artículo científico que es posible que el fin de nuestro planeta se produzca de una manera tan tradicional como tosca: de una pedrada, como quien dice. Si a un asteroide le da por chocar con nosotros, ya podemos despedirnos, como se despidieron en su día los dinosaurios. “Otra preocupación más”, se dice uno, y se resigna, en fin, a esa amenaza. En el mismo artículo, leo que cada día caen a la Tierra entre 100 y 1.000 toneladas de material extraterrestre, y en ese punto me echo a temblar, porque una cosa es lo de la gran pedrada y otra lo de ese chorreo continuo, que viene a ser como la pedrea de la lotería, a la espera de que nos toque el asteroide gordo.

Piensa uno, no sé, que igual nos están cayendo a diario las colillas de los marcianos, sus cáscaras de pipas de girasol, sus envoltorios de patatas fritas, sus pelillos verdosos… Por ahí fuera, por los planetas de los alienígenas, se ve que no funciona muy bien la ley de la gravedad, de modo que las cosas, en vez de caerse al suelo, se caen a la Tierra. En Saturno, por ejemplo, un extraterrestre suicida se arroja por el balcón y no cae a la calle, sino que acaba estrellándose en una plaza de Calatayud o en un parking de Zamora. Se ve que allí hace falta un Newton cuanto antes, porque, como no consigan pronto un inventor de la ley de la gravedad, este planeta nuestro va a parecer una chatarrería intergaláctica.

No sé si nosotros también mandamos una cantidad tan grande de residuos a otros planetas. No creo, porque los extraterrestres suelen tener muy mala leche y nos fulminarían con sus armas protobiónicas -por decir algo- si les ensuciásemos la casa. Pero aquí, ya ven, tenemos que barrer a diario entre 100 y 1.000 toneladas de porquería extraplanetaria, y no sabe uno si el polvo que se ha asentado en los muebles proviene de la obra de al lado o de Plutón.

Del cielo no paran de caer cosas, en fin. Si me cruzo con alguno de ustedes y no lo saludo, no se lo tome a mal, por favor. Es que, desde que leí ese artículo, voy por la calle mirando hacia arriba. Por si acaso.

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martes, 30 de noviembre de 2010

UNA RUMBA REGIA


Oído, por rumba, a Tomasito, el cantaor y breakdancer flamenco jerezano:


Si yo tuviera sangre azul,
me pegaría un vacilón
con la infanta de naranja
y la infanta de limón.


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lunes, 29 de noviembre de 2010

RICARDO CADENAS


(Para quienes anden por la zona: Ricardo Cadenas expone en la Casa de la Provincia de Sevilla, hasta el 16 de enero, una muestra de trabajos pictóricos en torno al cómic. El que sigue es el texto que he escrito para el catálogo.)







Cada cual tiene sus sistemas para entenderse con las cosas de la vida. Esos sistemas -lo digo por experiencia- pueden ser tan normales como anómalos, tan imprecisos como precisos, tan infalibles como falibles. Es decir, que al fin y al cabo no son nada. Pero ¿quién puede vivir sin algún tipo de sistema? Yo, por ejemplo, cuando miro la obra de un pintor contemporáneo, me pregunto: “¿Podría ganarse la vida esta persona como pintor en algún lugar de Italia en pleno Renacimiento pintando como había que pintar en Italia en pleno Renacimiento para poder ganarse la vida como pintor?” Una pregunta larga, redundante, maliciosa en apariencia y, en el fondo, demasiado candorosa, pero nadie ha dicho -al menos hasta donde sé- que las preguntas tengan que ser complejas, ya que ese privilegio -o esa lacra, según se mire- parece reservado a las respuestas. Una repuesta que, en este caso, casi siempre es negativa.


Con Ricardo Cadenas no me pasa: me lo imagino en, qué sé yo, la Florencia del Quinientos, con camisa de tafetán y jubón de brocado, con las medias impecables, con botas relucientes de cordobán, acudiendo a toda prisa a pintar un fresco en la cúpula de la capilla privada de un cardenal más o menos libertino, antes de salir corriendo también a toda prisa hacia la casa de un duque para pintarle un retrato de cuerpo entero con armadura milanesa y fondo bucólico, y, entre cosa y cosa, dibujando un escudo de armas para un noble advenedizo, la caricatura de algún poderoso risible, trazando el perfil exacto de alguna marquesita napolitana para tallarle un camafeo, retratando a la familia entera de un condotiero enriquecido o pintando un telón de fondo para alguna representación palatina de una comedia de enredos cortesanos y galantes.


Dibujante magnífico en tiempos en que el dibujo pasa por ser un inconveniente, colorista matizado y elegantísimo frente a la moda de los colores puros o guarreados, equilibrista de los equilibrios compositivos, pintor ocurrente y hondo, sorpresivo y escueto, barroco comedido, neoclásico sin servidumbres con respecto al clasicismo, moderno de modernidades respetables, culto y siempre alerta, rastreador atento de tradiciones, Ricardo Cadenas se hubiera ganado muy bien la vida, sí, en pleno Renacimiento, siendo él mismo a pesar del capricho impositivo de cardenales y de duques, al igual que sigue siendo él mismo a pesar de los caprichos actuales de los galeristas noveleros y de los exegetas solemnes de la bagatela.


Qué buen pintor se perdió el Renacimiento, en fin, y qué buen pintor ha ganado esta época.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

FISCALIDAD ANDALUZA










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Ese muchacho, el señorito Puigcercós, tiene más razón que un santo cuando dice que aquí en Andalucía no paga impuestos ni Dios, que se supone que tendría que pagar la cuota de IBI correspondiente al tramo de Cielo que afecta a esta comunidad.

Los empresarios catalanes, según el mencionado político, tienen en casa, prácticamente en régimen de okupa, a un inspector de Hacienda. Aquí no. Aquí llega un inspector de Hacienda, con su traje de bandolero, al cortijo de un defraudador fiscal y dice desde su jaca cartujana: “Don Pepe, mire usted, hombre, que nos debe casi un millón de euros por esa manía suya de defraudar”, y el tal don Pepe le replica: “¡Allá penas, don Joselillo, que estamos en la tierra de la jarana! Bájese de ese caballo tordo que monta usted con inigualable donaire y apostura y vamos a echarnos unas cañas de manzanilla, que ahora mismo aviso yo a un cuadro flamenco”. (Y al rato llegan los flamencos, claro está, y el inspector de Hacienda se va sin el dinero, pero con toda la alegría del mundo metida en el subconsciente, que es de lo que se trata.)

Aquí le mandan un requerimiento a un jornalero del campo y, cuando el inspector se planta en el chalet del jornalero en cuestión, el inspector en cuestión le recrimina: “Venga, hombre, Manolo, que te hemos escrito y ni siquiera te has molestado en contestar”, y el tal Manolo se justifica: “Verá usted, Gutiérrez (o lo que sea), es que la carta me llegó cuando estaba metido en el jacuzzi, después de pasarme todo el día vareando olivos, la abrí enseguida por sentido del deber cívico, se me cayó al agua y se corrió la tinta, porque este nuevo jacuzzi que me han puesto parece una centrifugadora. Pero no se preocupe usted que, en cuanto me vaya al paro y venda un par de cuadros de Murillo que tengo en el sótano, le juro que le pago todo lo que le debo e incluso le doy una propina para que se vaya usted a Disneyland París con sus churumbeles”.

Cuando un inspector de Hacienda pilla en falta fiscal a un andaluz no le pone una multa, porque eso es más bien cosa de la Guardia Civil, sino que le impone trabajos sociales, como por ejemplo el consistente en cantarle una saeta a la Virgen de la Macarena a la salida triunfal de su trono o en sacar a bailar una sevillana a una duquesa durante la feria de abril. Aquí se hacen las cosas, en fin, de otra manera, porque no es tan importante pagar impuestos como quedar bien con la gente, a ser posible sin soltar ni un duro.

En Andalucía tenemos una tasa actual de paro del 28,55%, y es posible -no sé, digo yo- que a muchos de esos parados les gustaría poder pagar impuestos en vez de cobrar -si lo cobran- un subsidio, siquiera fuese por complacer al señorito Puigcercós, ese hombre que tiene una boca. Aunque el defecto de algunas bocas es que les da por hablar.

lunes, 15 de noviembre de 2010

ENSALADA DE RANA












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Una mujer holandesa fue a un Burger King de Amsterdam para tomarse una ensalada y resultó que en la ensalada que le sirvieron había una rana viva, lo que convertía el plato en una performance en toda regla. De todas formas, tal y como está la gastronomía contemporánea, con esos cocineros que exhiben talante de alquimista iluminado, el incidente no resulta del todo escandaloso, ya que algunos fogones modernos son la plataforma del arte vanguardista, y la vanguardia tiene manga ancha. Aun así, si pides una ensalada, lo normal es que no contenga como ingrediente una rana viva, a menos que lo avisen en la carta: “Ensalada mixta con rana saltarina del condado de Calaveras”, como homenaje a Mark Twain, compatriota de los propietarios de esa cadena de comida rápida.


A lo mejor el misterio radica ahí, no sé: para que la comida sea aún más rápida, lo mejor es añadirle una rana, ya que las ranas pueden ser muy veloces cuando les da por pegar saltos. Echas una rana viva en la jungla de una ensalada y, a lo mejor, el plato sale dando brincos por la puerta del establecimiento. “Eso sí que es comida rápida, y lo demás son cuentos”, diría la gente, que anda siempre con prisa y que agradece por tanto cualquier manifestación de la velocidad.


Los responsables del restaurante están investigando cómo pudo acabar la rana en la ensalada, aunque no especifican si el asunto está en manos de la policía local o de la INTERPOL, porque igual se trata de una rana terrorista, dispuesta a boicotear los hábitos culinarios de EEUU en la medida de sus posibilidades, que al fin y al cabo no son escasas: una rana oculta en el fondo de una ensalada posee la cualidad de provocar el pánico. Es lo mismo que si vas a un restaurante segoviano con la intención de atracarte de ancas de rana y resulta que, bajo el montón de patitas rebozadas y crujientes, te encuentras de pronto una hamburguesa. Lo inesperado sobresalta, o sea. Acojona, vamos.


Como las hipótesis salen gratis, les confieso que tengo dos hipótesis sobre la rana misteriosa del Burger King holandés. Con arreglo a mi primera hipótesis, pudiera tratarse de una rana suicida. Sí: una rana que decidió inmolarse en un restaurante de comida basura para protestar por la globalización gastronómica. “Que me coman viva”, debió de proclamar la rana heroica ante sus familiares batracios. “Que mi sacrificio sirva al menos como testimonio”. Con arreglo a mi segunda hipótesis, un poco más insidiosa, lo único que pretendía la rana era comerse la ensalada: pasó ella por allí, vio aquella cosa verde y barroca y le entró apetito, de modo que se tiró de cabeza al bol, con la mala suerte de que, a mitad del banquete, llegó un empleado y le sirvió la ensalada exótica a la cliente desafortunada, que ha declarado que no tiene previsto presentar una demanda por daños emocionales, actitud que puede interpretarse como un gesto de apoyo al colectivo de las ranas para su integración en el menú de la multinacional.


¿A qué sabrá una rana viva? Por si acaso no les pica la curiosidad, remuevan bien sus ensaladas antes de hincarles el diente y vean si algo salta. Y si algo salta, comprueben si hace croc-croc. Y si hace croc-croc, avisen al encargado y pídanle que al menos la pasen por la plancha. Y que aproveche.


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lunes, 8 de noviembre de 2010

TATUAJE Y POLÍTICA



Un futbolista en activo lleva tatuada en el antebrazo la siguiente proclama: “Nacer en La Perdriel fue y será lo mejor que me pasó en la vida”. Él lo sabrá mejor que nadie, desde luego, pero mucho me temo que se trata de una secuencia lógica un poco chirriante, ya que el simple hecho de nacer -a secas- tal vez sea más importante por sí mismo que el hecho de nacer no ya en La Pedriel, sino incluso en Chimbamba, aunque no duda uno de que el hecho de venir al mundo en La Perdriel, allá en Argentina, no tenga comparación posible con el hecho de nacer en cualquier otra parte, porque aquello debe de ser la bomba: La Perdriel, nada menos.


Que yo sepa, ningún político ha pasado por el taller de un tatuador para dejar constancia en su piel de su amor al terruño nativo. Eso que se pierden, creo yo, porque resultaría conmovedor leer en el antebrazo de los dirigentes locales, regionales o nacionales una leyenda micropatriótica del tipo: “Nacer en Vilanova i la Geltrú es incluso mejor que nacer en Reus”, por ejemplo. O bien: “Nacer en Vizcaya es un privilegio reservado a los vizcaínos”. O incluso, si el político en cuestión disfruta de un antebrazo largo: “Lo mejor que me ha pasado y me pasará en la vida es haber nacido en Ayamonte (Huelva), porque, de estar mi madre apenas unos kilómetros más al oeste, hubiese tenido la desgracia de nacer en Portugal”.


Esto, como casi todo en la vida, presentaría al menos un inconveniente, a saber: que los políticos tendrían que dar los mítines en manga corta, para que pudiésemos leer sus respectivas declaraciones de amor telúrico, ya que la frente es un sitio poco aconsejable para tatuarse una cosa de este tipo. (Habría que consultar el asunto, desde luego, con los asesores de imagen, que vienen a ser algo así como el espejo de la reina malvada del cuento de Blancanieves.) “¿Has visto el tatuaje que se ha hecho el aspirante a lehendakari?”, preguntaríamos con asombro y admiración. “¿Has visto lo que se ha tatuado el Honorable?”, preguntaríamos con orgullo. “Me ha emocionado el mensaje que se ha tatuado a lo largo de todo el brazo el alcalde de Estepona”, confesaríamos. En los ayuntamientos, en las diputaciones, en los parlamentos autonómicos, en el parlamento nacional y en el senado veríamos a políticos arremangándose para mostrarse entre sí su tatuaje, su declaración de amor a la tierra natal: “Si en vez de nacer en Vigo hubiese nacido en Cabrales, ahora estaría comiendo queso en vez de centollos”, pongamos por caso.


Esto de los tatuajes podría traer consigo, además, la reducción del gasto en las campañas electorales, ya que cualquier experto en marketing puede dar fe de que la gente pone más interés en leer lo que alguien se tatúa en el brazo que en leer -y creerse- los eslóganes que proponen las vallas publicitarias.


Ahora bien, hay que tener muy clara una cosa: que como nacer en La Perdriel, nada de nada.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

VELOCIDAD Y TONTERÍA













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Hay días, afortunadamente excepcionales, en que decide uno hacerse grandes preguntas, no porque el hecho de hacérselas le resulte grato, ni mucho menos, sino porque lo considera una especie de obligación metafísica. “¿En qué clase de salvaje filosófico voy a convertirme si no me hago al menos un par de grandes preguntas al año?”, piensa uno, y de inmediato se pone a buscar, entre las tinieblas de su entendimiento, una pregunta grande y difícil. ¿Es el alma inmortal, en el caso de que el alma sea algo más que una fábula? ¿Es aterradoramente infinito el universo? ¿Se comunica Dios de manera telepática con sus ángeles de raza nórdica? ¿Es la muerte un mero tránsito? Son muchas las grandes preguntas, en fin, y casi ninguna admite una respuesta que exceda el ámbito de la especulación ociosa, porque ese suele ser el defecto de las grandes preguntas: que sólo pueden ser preguntas, y su esencia enigmática vive eternamente cautiva entre dos signos de interrogación, y de allí no hay quien la mueva.

Ayer tarde, en un descuido, me hice una gran pregunta: “¿Por qué decimos tantas tonterías en nuestras conversaciones?”, y me puse a acumular respuestas posibles, a pesar de que, como he dicho, las respuestas que nos sugieren esas grandes preguntas acaban siendo siempre, o casi siempre, pura retórica ornamental. Llegué a barajar 14 respuestas inútiles, aunque alguna más o menos razonable, al menos para como suele andar mi raciocinio. “¿14 respuestas?” Ni una más ni una menos, ya digo, aunque sólo les haré perder el tiempo con mi favorita: “Decimos muchas tonterías no porque seamos especialmente tontos, sino porque cometemos un error de cálculo en el tiempo que media entre una pregunta y una respuesta”. Estás dando un paseo con un amigo y te pregunta, qué sé yo: “¿Qué opinas de la comida turca?”, y, apenas una micra de segundo más tarde, ya flota en el aire tu respuesta: “Bueno, no sé, porque tengo gastritis” O te pregunta un camarero: “¿Qué te parece lo de Israel?”, y, al instante, sale de tu boca un “Uff”, que es una pura tontería interjectiva y onomatopéyica, y así sucesivamente.

El caso es, creo yo, que nos hemos hecho un lío con los procesos intelectivos y con las normas de cortesía. “¿Cómo es eso?” Muy sencillo: si alguien nos pide nuestra opinión sobre la pesca con caña o sobre la pintura holandesa del siglo XVI, pongamos por caso, la cortesía nos impele a ofrecer un juicio instantáneo, a pesar de que ese juicio requeriría un periodo de reflexión de al menos un par de semanas. Lo normal sería, en fin, que, ante un requerimiento de esa índole, nos quedásemos callados y meditabundos y que, al cabo de ese par de semanas, al reencontrarnos con nuestro interlocutor, le dijésemos: “Oye, ¿te acuerdas de aquello que me preguntaste hace un par de semanas? Pues he estado reflexionando y documentándome y creo que…” (Y ya luego lo que convenga.) Pero no, tenemos siempre una opinión o una respuesta al borde los labios, respuestas que incluso preceden a una pregunta, opiniones urgentes que salen de la boca sin pasar por otro filtro que la boca misma, réplicas caprichosas y casuales, rápidas, como si se tratara de un torneo verbal en el que pierde quien calla, a menos que al callar otorgue.

Y con estas tonterías, en fin, ya hemos echado el rato en este lunes festivo y ventoso.


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