viernes, 26 de marzo de 2010

LA SEMANA



Ya huele a incienso, o casi. Ya huele a cera, o casi. Ya está ahí. A la vuelta de la esquina. La semana. Con sus siete días de penitencias aliviadas con música y con caramelos. La mascarada doliente. La cabalgata de los pecadores. El tan tan ratratán. El tituriru.

Ya están los partidarios de María Santísima de los Siete Puñales, como quien dice, haciendo cola para sacar la papeleta de sitio, y eso es lo bueno que tienen las procesiones: que siempre hay plazas disponibles, al contrario que en los hospitales. Ya están los devotos del Cristo del Perdón Infinito, por así decir, planchando su capa púrpura, su antifaz de raso negro, su túnica blanca con botones verdes, que ni a Victorio ni a Lucchino juntos se les ocurriría una cosa así, un atuendo de tantísimo ringorrango y majestad.

Ya están los musiquitos marciales sacando brillo a su corneta, cepillando el gorro emplumado de húsar, dando lustre a sus entorchados y charreteras. Ya están algunos dejando reluciente su coraza de centurión romano, su espada imperial, su casco con penacho de plumas ondulantes. Ya están desempolvando los capataces el terno azul de las grandes efemérides. Ya sueñan los costaleros con su epopeya hercúlea, al ritmo de trombosis de los trombones y al son de claridad de los clarinetes. Y de los tambores. Y de los timbales. Y del gong majestuoso, que siempre que suena parece anunciar la aparición entre fumarolas de Fu Manchú.

Ya queda poco. Ya queda nada. Ya se huele la cera. Ya se huele el incienso. Esto ya huele a gloria. Tan tan ratatrán.

Vas por la calle de Nuestra Señora de las Angustias en dirección a la calle del Espíritu Santo y te ves obligado a desviarte por la plaza de la Virgen de la Merced, atajar por el callejón de Nuestro Padre Jesús Cautivo y cruzar a toda prisa la avenida del Santo Sepulcro, porque en ese instante entra majestuoso en la antedicha calle de Nuestra Señora de las Angustias el paso de caoba y oro del Cristo de los Ocho Cilicios Caído Tres Veces en el Calvario, y al regreso tendrás que desviarte por la ronda de Jesús de la Salud para llegar a tu casa, sita en la calle de San Pablo Miki, porque el paso del trono de plata churrigueresca de María Santísima del Octavo Dolor estará inundando de esplendores penitenciales la plaza de San Alfonso María de Liborio.

Ya está ahí. Ya se huele. Todo llega, cofrades: las largas madrugadas errabundas, el calor litúrgico de los cirios, la luna de plata reflejada en los candelabros de plata, la algarabía barroca de chimpampunes y de voces de mando, la perspectiva cónica de los capirotes… Inolvidable. Cada detalle resulta inolvidable. Ratatrán.

En las peñas flamencas, los cantaores compiten en desgarro, melodramatismo y ayayay para ganar el concurso de saetas. A la puerta de los templos, las furgonetas de las floristerías descargan rosas y claveles, lirios y tulipanes, azucenas puras y orquídeas pecaminosas. Los pasteleros levantan pirámides ambarinas de torrijas. Los desesperados hacen su lista oficial de reclamaciones para leérsela a las divinidades ambulantes.

Ya está aquí. Ya llegó. Siete días con sus noches. Tiruriru. Buena suerte. Y ánimo.

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viernes, 19 de marzo de 2010

BIOGRAFÍAS



Soy lector vehemente de biografías. Por temporadas, en realidad, no leo apenas otra cosa. (Ahora, por ejemplo, estoy en esa racha.) Me interesa de ellas la información, claro está, pero también la narración: la habilidad del biógrafo para dar un tratamiento novelístico a los datos. (Un tratamiento novelístico linealmente decimonónico, para ser más preciso, porque así se libra uno del fárrago: creo que las mejores biografías trazan una línea recta, sin lujo de espirales.) (Y mejor cuanto menos afán psicoanalítico mueva al biógrafo, aunque las conjeturas de inspiración más o menos freudiana resulten casi inevitables en cualquier biografía.)

Me permito comentar algunas de las leídas recientemente, por si alguien comparte esta afición y le da alguna pista. (Y se admiten, claro está, sugerencias.)


Muriel Spark, MARY SHELLEY. Bien, pero ligera. Más básica y divulgativa que otra cosa. (En cualquier caso, conviene complementarla con Memoria de los últimos días de Shelley y Byron, de E.J. Trelawny, que fue amigo de ambos poetas y que, a la muerte de Shelley, le propuso matrimonio a Mary, aunque sin éxito.)

Peter Ackroyd, POE. Correcta, pero me temo que tal vez insuficiente. Sabe a poco. Le falta, creo, esa minuciosidad un tanto demente de las biografías exhaustivas: Ackroyd trabaja aquí con brocha gorda, digamos.

Graham Robb, RIMBAUD. Excelente. Muy bien desarrollada –y documentada, y razonablemente conjeturada en lo necesario- la parte de Abisinia. Se confirma el prejuicio: el joven Rimbaud era difícil de soportar; el Rimbaud retirado en África, sin embargo, actúa como pedestal de su propio mito: ese comerciante codicioso, desengañado del mundo pero no del dinero…

Francesca Romana Paci, JAMES JOYCE. Sin estar mal, mejor irse directamente a la de Richard Ellman.

Juan Lamillar, JOAQUÍN ROMERO MURUBE. Un acercamiento ameno y muy bien documentado –y muy bien escrito- a este poeta menor, que tuvo el mejor sitio de trabajo posible: los alcázares de Sevilla.

Calvin Tomkins, MARCEL DUCHAMP. Magnífica. El primer capítulo resulta un tanto árido, pero luego se vuelve fascinante, como lo fue el biografiado, aquel vago esencial que acertó a convertirse en precursor de tantas frivolidades artísticas de anteayer, de ayer y de hoy: la importancia del concepto artístico en detrimento de la obra artística en sí, por ejemplo. Imprescindible, creo, para entender muchas cosas y poses –y gatos por liebres- del arte contemporáneo.

Dominique Bona, GALA. Un poco blanda por momentos, pero excelente al cabo, gracias al magnetismo misterioso de Gala Dalí, ese gran personaje de novela que vivía fuera de una novela. (Las cosas comienzan con aires de cuento de hadas y acaban con tinte de relato de terror.)

Amelina Correa, ALEJANDRO SAWA. Me temo que resulta demasiado profesoral, árida y confusa.

Noel Stock, EZRA POUND. Farragosa, aunque tiene -tal vez inevitablemente- capítulos de interés.

Mark Polizzotti, ANDRÉ BRETON. Excelente, concisa y ágil. Ofrece un retrato de cuerpo entero de Breton, virrey del dadaísmo y Papa del surrealismo. Un personaje tan fascinante como irritante, a partes iguales.

Andrew Field, DJUNA BARNES. Este biógrafo fue una de las mayores pesadillas de Nabokov (indispensable, por cierto, la biografía del ruso debida a William Boyd, magnífica y modélica; e indispensable también, al menos para nabokovianos, la que Stacy Schiff dedicó a Véra Nabokov). Aquí resulta más atrayente la biografiada que la biografía: el libro lo salva la sombra poderosa de Djuna Barnes. Se lee con desconfianza, dados los antecedentes fantasiosos de Field, pero no obstante con interés.

Peter Ackroyd, SHAKESPEARE. Centenares y centenares de páginas para marear cuatro datos imprecisos y llegar a la conclusión de que no se sabe casi nada a ciencia cierta sobre Shakespeare. De todas formas, como tiene que llenar las páginas con algo, ofrece un buen retrato, muy vívido, de la época, que es algo que está muy bien, desde luego, pero que tal vez no se corresponda con lo que uno buscaba.
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domingo, 14 de marzo de 2010

COSMOPOLITISMO




Esta es la historia de un tipo que decidió ser cosmopolita, el Marco Polo de su pueblo, como quien dice. Siempre le habían tentado las lejanías, la tierra incógnita, los enigmas asiáticos y los esplendores burgueses de la vieja Europa, la rudeza de los paisajes africanos y la blancura aterradora de los polos. “¡Qué exóticos prodigios no habrá más allá de este pueblo!”, se decía. “¡Qué gran regalo debe de ser el mundo para quien pueda perderse por el mundo!”

Un día de tantos, se animó a transformar sus quimeras y anhelos en experiencias, porque vio en el periódico el anuncio de ofertas magníficas para los trotamundos y aventureros, y tuvo la impresión de que, más que una oferta publicitaria, era aquello en realidad la aparición de un duende cautivo en una lámpara maravillosa, un duende dadivoso que le preguntaba: “¿Adónde quieres ir por cuatro perras?”

En efecto, una compañía aérea alemana ofertaba vuelos entre Jerez de la Frontera y Zurich por 59 euros, entre Sevilla y Londres por 49, entre Sevilla y Austria por 59. “Hombre, no es lo mismo que ir, qué sé yo, a Qurghonteppa o a Tegucipalga, pero no está mal”, de modo que entró en la página web de la compañía para hacer su reserva. Pero el duende de la lámpara maravillosa parecía haberse transmutado en un extorsionista de la Mafia, ya que el vuelo más barato que encontró entre Jerez y Zurich costaba 438 euros, entre Sevilla y Londres 503 euros y entre Sevilla y Austria 548 euros. “Esto ya no es lo mismo”, se dijo, de manera que siguió alimentando sus ensoñaciones de cosmopolitismo con la resignación con que lo había hecho hasta entonces, sintiéndose un esclavo del terruño nativo.

Al día siguiente, no obstante, vio en el periódico el anuncio de ofertas también fabulosas, esta vez por parte de una compañía ibérica. La propaganda era escueta y rotunda, sin detalles: Ginebra (ida y vuelta) 49 euros, París (ida y vuelta) 69 euros, Milán (ida y vuelta) 73 euros. Y se le despertó de nuevo el optimismo. “Son tres destinos buenos”, se dijo, y se apresuró a entrar en la página web de la compañía con el ánimo exaltado por la inminencia de una grata aventura. De todas formas, aquella exaltación le duró poco: el vuelo más barato que encontró para ir a Ginebra ascendía a 1.676,25 euros, más gastos de emisión (entre 12 y 20 euros); el más barato para ir a París costaba 1.450,05 euros (más gastos de emisión) y 873,53 (más gastos de emisión) el vuelo más barato a Milán.

“¡Esto es un fraude! Están jugando ustedes con los sueños de la gente”, le dijo el cosmopolita frustrado al empleado de la compañía que atendió su llamada de protesta. “Es que para conseguir esas gangas hay que estar muy pendiente, porque son muy pocas las plazas a las que se les aplica esa tarifa, ¿me explico? Si vendiésemos más de uno o dos billetes por vuelo a ese precio, nos arruinaríamos, y nadie quiere arruinarse, ¿verdad?” Y el cosmopolita condenado a no serlo le dijo que sí, que aceptaba la explicación, pero insistió en que aquello era un fraude y, sobre todo, un mazazo a los sueños de los viajeros vocacionales.

Desde entonces, viaja todos los días y a todas horas, pero por internet, a la espera de un chollo que le haga por fin cosmopolita. Y ya ni duerme.


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lunes, 8 de marzo de 2010

UN RELATO: EL MALEFICIO


Para celebrar la visita 26.000 (cualquier pretexto sirve para celebrar algo), y para variar de registro, va este relato. (Procede del libro OFICIOS ESTELARES, en el que reuní los relatos escritos entre 1982 y 2008.)





Llegó y puso el libro sobre la mesa, entre un vaso vacío y un sobre sin abrir. “Va a gustarte”. Era una edición argentina de un poeta rumano cuyo nombre omitiremos, ya que es preferible que esta sea una historia sin nombres propios.

Tardé varias semanas en decidirme a leerlo, pero aquella misma noche comencé a soñar con dragones, a los que alguien atribuyó la condición de ser la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía.

Les evitaré el relato minucioso de aquellos sueños, porque la estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia. Permítanme, no obstante, precisar un detalle: todos los dragones que aparecían en mis sueños tenían la facultad del habla. Eran, digamos, dragones discursivos, monstruos hechos de palabras sin sentido concreto, aunque empecé a entender su idioma a partir de la noche tercera.

Al despertarme, tenía la sensación de haber luchado contra una fuerza abstracta y sublime y comenzaba el día con el agotamiento de un combatiente real.

Al quinto día de soñar con ellos, empecé a cogerle miedo a la llegada de la noche. Procuraba retrasar la hora de retirarme a dormir, y recurría al café después de la cena. Pero el sueño, aunque tarde, llega siempre, y con él llegaban los dragones, y las palabras de los dragones.

“¿Has leído ya el libro?”, me preguntó, y aproveché para hablarle de mis sueños. “Seguro que eres la única persona del mundo que aún sueña con dragones”, y bromeó: “¿Es verdad que echan fuego por la boca?”

Después de diez días seguidos de soñar con aquellas bestias prodigiosas, decidí llevar un registro de mis sueños. Allí lo contaba todo: la crónica diaria de mi trato con los monstruos habladores. Mi terror.

“¿Qué tal se portan tus dragones?”, y volvió a preguntarme si había leído ya el libro del poeta rumano. La primera pregunta no se la respondí, y a la segunda le respondí que no: no podía dedicarme a leer porque tenía que dedicarme a relatar mis sueños, a dejar constancia de su desarrollo en mi inventario de endriagos oníricos, en mi privada dragomaquia. “Pues te convendría leerlo cuanto antes”, y le dije que en cuanto pudiera.

Llegué a familiarizarme con aquella fauna hipnótica. Los dragones se habían singularizado. Ya no eran un tropel indistinto. Uno de ellos hablaba sin abrir la boca, con una especie de lenguaje bronquial. Otro devoraba grandes peces en un lago del color de la púrpura. Otro, quizás el más terrible, dormía con los ojos abiertos. Otro… mejor callarlo.

Durante el día, hacía pronósticos en torno al argumento del sueño de la noche venidera. Siempre resultaban fallidos, quizá porque todo sueño consiste en una improvisación sobre el terreno y no cabe, en fin, la previsión: entras en el sueño y no sabes adónde entras.

“Deberías leer el libro”, y le decía que sí.

Una noche, uno de los dragones me habló con mi propia voz. Recuerdo haberle respondido con una voz que debía de ser la suya.

A la noche siguiente, el mismo dragón me puso delante un espejo. “Mírate”, me dijo con mi voz. Y me miré. Y vi una silueta líquida que, muy poco a poco, iba adquiriendo la forma de un espectro. El espectro me dijo: “Mírate en mi inexistencia”. Y en su inexistencia me miré. Y vi allí, en esa incorporeidad parecida a una niebla, una cara que me resultaba familiar, aunque no sabía de quién se trataba. Aquella cara me dijo: “Mírate en mí”. Y me miré. Y vi que era mi memoria. “No me mires”, me dijo entonces mi memoria, y le obedecí, y entonces soñé que me olvidaba de todo y que un dragón devoraba mi pasado.

Una tarde decidí leer por fin el libro del poeta rumano. Había llovido. Había nubes. Busqué una nube con forma de dragón, pero no la encontré.

El quinto poema decía así:


Galopa en el lomo de la bestia de las escamas de oro.
Huye hasta salir de la habitación en que arde una vela.
Sostén entre tus manos la materia de tus sueños.
Elige una de las dos llaves.
Abre la puerta que no quieres abrir.
Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.


“¿Has leído ya el libro?” Y me miró como si supiese la respuesta.

Aquella noche volví a soñar con dragones, pero todos murieron, de una manera o de otra, a lo largo de mi sueño. Comprendí que no regresarían jamás, porque incluso los sueños tienen su lógica narrativa.

Desde entonces, sueño a veces que sueño con dragones, pero ellos ya no aparecen por allí, porque están muertos.

Y no sé durante cuánto tiempo seguiré sintiéndome culpable de ese crimen.
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martes, 2 de marzo de 2010

PATOSOS





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Damos por sentado que cada persona es un mundo, y no deja de advertirse un no sé qué vanidoso en esa afirmación radical de nuestro yo, de nuestro temperamento, de nuestro destino. A todos nos ocurren, en esencia, las mismas cosas, aunque las anécdotas nos singularicen, y forjamos nuestra leyenda privada en virtud de esas anécdotas. No nos singulariza el sufrimiento, sino su origen y su desarrollo. No nos hace únicos el favor de la fortuna, sino su forma caprichosa de elegirnos.

No obstante, por únicos e intransferibles que seamos, la humanidad puede dividirse en grupos, y éstos dividirse a su vez en subgrupos, y dentro de esos subgrupos pueden tener cabida las variantes anómalas, lo que de ningún modo nos excluye del grupo, circunstancia que no deja de ser un golpe bajo a nuestra pregonada singularidad.

Uno de los grupos humanos más curiosos es el que constituyen los graciosos sin gracia, esos individuos que se esfuerzan en ser graciosos sin éxito alguno, con la peculiaridad de que el gracioso fracasado no alcanza siquiera el rango de gracioso fracasado, lo que de algún modo constituiría un reconocimiento a medias de su afán, sino el de puro patoso.

Vas por la calle y te ves venir de frente a un patoso oficial, a uno de esos que se empeñan en tener un tipo de carácter que les ha negado la naturaleza, porque en todo patoso hay un rebelde: se resiste a ser como es. “Mala suerte”, musitas cuando te das cuenta de que el gracioso de impostura te ha visto, porque suelen tener ellos vista de águila, sin duda por pasarse la vida buscando presas.

El patoso, según es inherente a su condición, te para con el fin de hacerte partícipe de una de sus gracias sin gracia. Te resignas e intentas exhibir una sonrisa postiza y cortés, algo que se parece de manera remota a una sonrisa, porque –nadie sabe por qué razón, quizá por un resorte de caridad- a los patosos les obsequiamos una sonrisa prematura: procuramos reírnos de antemano de la sosería que van a formularnos como si fuese el chiste del siglo.
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Entonces, el patoso te suelta su gracia sin gracia alguna, y tu sonrisa postiza se transforma en un rictus angustiado, porque lo que el patoso acaba de decirte tiene tan poca gracia, que sería capaz de derretir la sonrisa pintada en la cara de un payaso y transformarla en una mueca de dolor de muelas. Pero aguantas el tipo y restableces la sonrisa falsa, esa sonrisa ilusoria que se parece a una sonrisa en la misma medida en que un aguacate abierto se parece a una rana verde. Si alguien te viese hablar en ese instante con el patoso, pensaría, a juzgar por tu expresión, que el patoso está contándote cómo se sacaban las muelas en el siglo XIII.
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¿Durante cuánto tiempo puede uno mantener una sonrisa falsa? Más bien poco, ¿verdad? Pero el patoso no tarda en liberarte, no por prudencia, no, sino por filantropía: él se debe a su público, que es la humanidad. Él tiene que repartir su gracia sin gracia de un modo equitativo, a cuanta más gente mejor, y no puede caer en el favoritismo. “Adiós”, te dice el patoso, y no es raro que adorne esa despedida con alguna coletilla que él considera desternillante. “Uf”, suspiras, y el patoso sigue su camino, malentendiéndose con su carácter, repartiendo la alegría a su peculiar manera. Esa alegría suya que tanto se parece a una patada en plena boca con un zapatón blando de payaso.
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lunes, 22 de febrero de 2010

PLANETAS DE DIAMANTE


La ciencia suele ser un reducto de magia. La luna prodigiosa y lírica que nos describió el hiperbólico Cyrano de Bergerac no es más lírica ni más prodigiosa que esa luna que vemos cada noche a través de la ventana, esa luna mutante y vagabunda que juega a la geometría consigo misma: de repente mengua, de improviso crece… Hay noches en que parece una cimitarra fantasmagórica, noches en que simula ser una hoz de marfil, noches en que toma la apariencia de ojo ciego de cíclope. Y así va: disfrazándose. La dama indefinida.

Vladimir Nabokov sospechaba que en la obra de arte se produce una especie de fusión entre la precisión de la poesía y la emoción de la ciencia pura. El caso es que unos científicos han conjeturado que algunos planetas extrasolares pueden estar hechos de diamante, al haberse condensado a partir de gas y de polvo rico en carbono. Esos planetas podrían tener la corteza de carbón casi puro y su capa más exterior sería de grafito, pero, más abajo, resulta probable que la presión haya transformado ese grafito en la forma más prestigiosa del carbono: el diamante.

Se imagina uno esos planetas, no sé, como inmensas joyerías flotantes por el universo, como la inmensa caja fuerte de un Tiffany´s ultragaláctico, como el sueño codicioso de un maharajá.

El rey castellano Alfonso X, en su Lapidario, da por hecho que el diamante es una piedra que se halla en el río llamado Barabicen, que corre por la tierra conocida como Horacim. Según el soberano sabio, nadie puede llegar al lugar en que nace ese río, al haber allí muchas serpientes y otras muchas bestias ponzoñadas, entre ellas unas víboras que matan sólo con mirar. Por venir el diamante de este medio, dice el rey que es piedra venenosa: si alguien la mantiene en la boca durante un rato, se le caerán los dientes; si la muelen y hacen mortero de ella con estaño, se convierte en tósigo mortal, de modo que le verá la cara a la muerte quien tenga la desventura de ingerirlo. Por lo demás, nos dice aquel rey de Castilla que el diamante, al ser de naturaleza fría y seca, convierte a quien lo lleva en persona susceptible de enojarse enseguida, inclinada a reñir “y hacer toda otra cosa que sea de atrevimiento y esfuerzo”.

Las pintorescas convenciones mercantiles han convertido el diamante en un símbolo del amor duradero. Regalar un diamante es como regalar el corazón. Un corazón transparente, un corazón muy caro, un corazón de carbono hecho cristal. El diamante, piedra seca y fría, según señala el monarca castellano, se ha convertido en metáfora del corazón caudaloso y candente, del voluble corazón, del músculo sanguíneo y tornadizo. Una piedra preciosa, arrogante y perfecta sobre el fondo aterciopelado del estuche, se transforma en embajadora de un corazón, y el corazón que recibe ese corazón metafórico y cristalizado se conmueve. Es el poder esotérico del carbono, supongo. Es la magia del prisma. Es la fuerza ancestral y caprichosa de los símbolos.

Por ahí, fuera de nuestro sistema solar, puede haber planetas de entraña diamantina, errantes por el silencio corpóreo de las regiones etéreas. Y todo parece, en fin, el sueño delirante de un joyero.


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viernes, 19 de febrero de 2010

CARNAVAL EN CÁDIZ


Bueno, esta noche a ponerse el disfraz. Esta noche a echarse a la calle. Esta noche a andar por ahí disfrazado de guerrero ninja, de vikingo, de emperador de Roma. Esta noche a no ser nadie, a no ser nada. A dejarse llevar.

En los bares habrá princesas de muchísimos reinos, una congregación anómala de anómalas princesas errabundas: la princesa del país de las mujeres pantera, la princesa del país tenebroso de las brujas, la princesa de la soledad, con su maquillaje de difunta y su vaso en la mano, a la espera de un caballero de corazón limpio y de limpio linaje que la libere de alguna maldición medieval escalofriante. En los bares habrá esquimales y chinos de pega, habrá magos, domadores de circo, trogloditas, mosqueteros… Pelucas afro, pelucas rojas, verdes, del color mismo del oro bruñido; empolvadas pelucas dieciochescas… Antifaces de pedrería, máscaras anatómicas de monstruo, de asesinado, de muñeco que contempla el horror…
Esta noche, a la calle. A jugar a no ser.

Hay quien supone que los disfraces revelan frustraciones de identidad, que son el indicativo freudiano de nuestros anhelos secretos. Una suposición arriesgada, se mire como se mire, porque, de ser eso así, podemos darnos cuenta de que nuestros amigos quisieran ser enloquecidas drag-queens, piratas temerarios, soldados de una guerra en el Oriente; de que nuestra novia alimenta el desconsuelo de no haber nacido cabaretera, de no haber nacido walkiria o teletubbie; de que nosotros mismo estamos psicológicamente machacados por el hecho de no haber sido el emperador de los austrohúngaros, o un gángster de alma gélida, o un trovador provenzal que tocase el laúd debajo del balcón de las doncellas soñadoras. Cualquiera sabe.

Como es noche de carnaval, hagamos filosofía de baratillo, metafísicas de todo a un euro. ¿Quiénes querríamos ser? ¿Qué extravagante forma de vida, distinta por completo a la que nos ha caído en suerte, alienta en lo más recóndito de nuestras quimeras, en nuestro trastero de quimeras?

Esta noche habrá por ahí gente disfrazada, fugitiva de sí. Porque la verdad es que te pones un traje, qué sé yo, de astronauta y es como si fueras otro, un astronauta heterodoxo y parlanchín que bebe gintonics sin parar y que intenta llevarse a la cama a una vampira, a una sultana de ojos entenebrados por el khol o a una mujer gato. Te pones un disfraz y parece como si huyeran de ti tus fantasmas, como si te lavasen por dentro, porque durante unas horas vas a poder ser quien nunca has sido, un fantoche de ti, caricatura alegre de tu ser, mamarracho que asume el no ser nada.

Esta noche, a la calle. De lo que sea. A sorprendernos de nuestra propia sombra reflejada en el asfalto regado de confeti.

Esta noche, a la calle. Que tiempo habrá de cuaresmas. Que tiempo habrá de ser nosotros mismos. Que tiempo habrá de ponerse el disfraz de todas las mañanas.


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sábado, 13 de febrero de 2010

EL MUÑECO DE CERA


La imagen de Jaime de Marichalar que se exhibía (iba a decir “que se veneraba”) en el Museo de Cera de Madrid está arrumbada desde el jueves en el almacén de los trastos, haciendo bulto con las de otras celebridades pasajeras caídas en desgracia: el batallón inmóvil de los mindundis repentinos. Las estrellas estrelladas.

Cuando cesó temporalmente su convivencia con la infanta, a Marichalar lo desplazaron a la sala taurina, donde se arrebujan, congelados en un gesto de triunfo, unos cuantos matadores más o menos célebres, incluido Jesulín de Ubrique, nada menos.

Y allí estaba él, el aún duque de Lugo, a salvo tras un burladero, con un abanico rojo en la mano para ahuyentar las sofocaciones, observando con sus ojos de cristal aquel revoltijo de adultos vestidos con pantis bordados en oro y pedrería, como si aquello fuese un desfile fantasioso de Galiano. ¿Qué daño hacía él allí, en aquella tarde de toros artificial?

Pero no: de la inmortalidad de la cera, en fin, al trastero, porque la vida es un asunto complicado: te acuestas con una corona ducal y con un muñecón tuyo en un museo y te levantas plebeyo y sin muñecón, como un cualquiera. A fin y al cabo, lo que han hecho los directivos del Museo de Cera con el muñeco de Marichalar es lo mismo que hicieron los españoles de la época con el abuelo del rey: darle el “arrivederci”, como quien dice. En esto de la monarquía lo mismo te ponen que te quitan, porque todos los tronos parecen tener ruedas. Si trabajas en la monarquía, siempre tienes un contrato temporal, y no hay sindicato que te salve como las cosas se tuerzan: a la calle, majestad. Y a la calle te vas con tu corona, a vivir en un exilio dorado o como poco de purpurina, ya que el exilio viene a ser algo así como el subsidio de paro de la realeza.
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A Marichalar lo han echado, en fin, de la familia real española y del Museo de Cera madrileño. Dos en uno. Lo primero, lo de la familia, va a tener mal arreglo a estas alturas, porque en los asuntos de amores no tiene mano ni el Papa, a no ser que sea para anular matrimonios en una modalidad de divorcio por lo sagrado, pero con lo del muñeco creo que se podría hacer algo de provecho todavía. No sé: donarlo a la peña de los amigos de la capa española, por ejemplo, en funciones de figurín emblemático. O mandárselo a su ex suegro para que practique con el rifle. O mejor todavía: regalárselo al propio Marichalar para que se lo lleve a su piso de soltero y le sirva como galán de noche, o para que se distraiga vistiéndolo como si fuera el Ken de la Barbie. Digo yo. Cualquier cosa mejor que tener a ese pobre muñeco en un trastero, cubriéndose de polvo y de olvido popular.
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Eso es lo malo que tienen, en fin, los muñecos de cera: que están hechos de una materia que se derrite.
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viernes, 5 de febrero de 2010

COLCHONES MORIBUNDOS




El género humano tiende a la asociación, generalmente como fórmula para dar un marco colectivo a nuestras exóticas manías particulares. Existen asociaciones de criadores de canarios canoros, de amigos de la capa española, de bebedores de moscatel… Existen asociaciones de casi todo, incluso asociaciones de asociaciones, porque a nadie le gusta andar por el mundo solitario y desasociado, a cuestas con el peso psicológico de su afición, sin poder repartir ese peso entre algunas mentes cómplices.

Por existir, existe la Asociación Española de la Cama, de la que todos nos haríamos socios si supiésemos cuáles son los trámites de inscripción, ya que nos cuesta trabajo imaginar la existencia de una Asociación de Enemigos de la Cama, aunque no deberíamos pasar por alto la opinión que al respecto puedan tener los fakires, claro está. Pero ¿quiénes son los promotores de esa mullida asociación conocida por ASOCAMA? ¿Será su presidente Joe Marmota, el vago de Minnesota, aquel personaje de tebeo que era capaz de dormirse incluso cuando no tenía sueño? El misterio se clarifica, en fin, de manera más bien decepcionante, porque los misterios acostumbran tener un buen arranque y un mal punto de llegada: se trata de una asociación integrada por fabricantes de colchones.

El lema de ASOCAMA resulta escalofriante: “Si tu colchón tiene más de diez años, no tienes colchón”. Es decir, los colchones mueren a los diez años, en plena infancia, cuando aún tienen por delante lo mejor de la vida. Los colchones mueren niños, y a los diez años y un día estamos durmiendo sobre un colchón muerto, sobre un cadáver de muelles difuntos, sobre una estructura fantasmal, porque el tiempo asesina a los colchones.

Cada diez años, tenemos que enterrar nuestro colchón, y con él enterramos muchas noches inquietas y muchas apacibles, muchas noches de insomnio y muchas de adentramiento en unos mundos psicodélicos, simbólicos, freudianos e inquietantes, conversando en sueños con zombies, desplazándonos a países descoyuntados, besando a muchachas sin rostro. Cada vez que muere nuestro colchón, se va con él la memoria de las noches de enfermedad, de las noches de sexo, de esas horas de lectura arañadas al tiempo de descanso por nuestro afán de aprender o de buscar un refugio amable en las ficciones ingeniosas.

Los colchones tienen algo de superficie embrujada, porque en ellos encuentra campo libre nuestro descontrolado subconsciente y porque siempre hay algo mágico en el hecho de soñar, de ser nosotros sin ser nosotros, de ponernos un pijama y emprender un viaje por el mundo oscuro, sobre un colchón que se muere un poco cada día, como tantas otras cosas.

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sábado, 30 de enero de 2010

ESCALAFONES



Vas por la calle y un tipo te tiende una octavilla publicitaria.
La coges, asientes en señal de agradecimiento y te la guardas en el bolsillo sin mirarla siquiera, porque, sea lo que sea lo que esa octavilla pretenda vender, estás seguro de que no lo necesitas para nada, a pesar de que no pase un día sin que compres algo, porque casi todo el mundo tiene que comprar algo cada día: el pan, una cajetilla de tabaco, el periódico, una bombilla, un sofá, alpiste para los canarios o tal vez un coche. Quién sabe. Algo. El privilegio y la servidumbre de las sociedades capitalistas del primer mundo, como si dijéramos.
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Llegas a casa y, al vaciarte los bolsillos, reaparece la octavilla, en la que se ve a un tipo con pajarita que toca, circunspecto, una guitarra. “El mejor guitarrista español”, se lee en español propiamente dicho, en inglés, en italiano y en francés. El mejor. No un buen guitarrista. No uno de los mejores. No. El mejor. El guitarrista Antonio Martínez. El mejor.
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En la radio, una locutora comenta el libro de un paisano suyo al que, según confiesa, le une una vieja amistad. “No hay quien adjetive mejor en todo el mundo”, asegura. En todo el mundo. No sólo en Europa y en Asia, no sólo en América del Norte y en el Polo Sur. No. En todo el mundo. Los adjetivos. Los mejores adjetivos del mundo da la casualidad que los utiliza mejor que nadie su paisano y amigo. Y se queda tan ancha. Y el adjetivador prodigioso cabe suponer que se fuma un puro.
El mejor guitarrista español. El mejor adjetivador del mundo. Eso sí que es suerte. Y es que las disciplinas artísticas tienen eso: que su escalafón es mágico a fuerza de ser inexistente, aparte de discutible: una controvertida entelequia. Un corredor de fondo que llega siempre el último a la meta tiene la desgracia de no poder poner en sus tarjetas de visita “El mejor corredor de fondo del mundo”. Porque no. A ningún pescadero se le ocurre poner un letrero que diga “Vendo la mejor merluza congelada del mundo”. Porque no. A ninguna persona que mide 1,70 se le ocurre proclamar que es un gigante. Porque no. Pero en las cosas de arte cabe la esplendidez. Antonio Martínez, guitarrista turístico que actúa en bares turísticos para deleitar con flamenco turístico a la clientela turística, manda a la imprenta una octavilla publicitaria y él mismo se adjudica la corona: “El mejor guitarrista español”. Una locutora dicharachera que emplea adjetivos vulgares e imprecisos cada vez que abre la boca decide que su paisano y amigo es el genio mundial de la adjetivación artística, y le otorga ese título estilístico ante miles de oyentes.
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Y la vida sigue. Al fin y al cabo, hay miles de guitarristas que, por una cosa o por otra, son el mejor guitarrista del mundo, por malos que sean: basta con ir a una imprenta. Hay miles y miles de escritores del montón que, al menos durante un rato, son los mejores escritores del mundo: basta que una locutora lo proclame. Incluso el peor guitarrista español tiene el derecho de poder anunciarse como el mejor guitarrista español. Incluso el más gris de los escritores puede pasar por ser durante un instante el mejor adjetivador mundial gracias a las artes publicitarias de una locutora aficionada a los juicios estéticos temerarios.
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Y así nos divertimos todos un poco: el guitarrista Antonio Martínez, el adjetivador pasmoso, ustedes e incluso yo, el mejor articulista de variedades del mundo, incluida Oceanía. Y olé.
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viernes, 22 de enero de 2010

ECHANDO EL RATO










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Los libros pueden ser el reino natural de la fantasía, aunque su propósito último tal vez consista en convertirse en una interpretación de la realidad, así se apoyen en ensueños y en quimerismos, en patrañas y en leyendas, cuando no en puros disparates.

Collin de Plancy publicó en 1826 su Diccionario infernal, un recuento de seres diabólicos, prodigiosos, sorprendentes, venerables o sobrenaturales, según el caso. Una especie de Gotha de los inframundos. Una suerte de vademécum de anomalías celestiales, infernales y terrestres.

El autor puso al frente de su catálogo de portentos la siguiente apreciación de Plutarco: “El hombre supersticioso teme la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el silencio y el ruido. Tiene miedo incluso de sus sueños”.

En una tarde ociosa, abre uno ese compendio de sobrenaturalezas y se deja llevar: “Cavadrio: pájaro inmundo, según el Deuteronomio. Nosotros no tenemos conocimiento de él, pero los rabinos aseguran que se trata de un ave maravillosa cuya mirada curaba la tiricia. Para ello, era necesario que el enfermo y el pájaro se mirasen fijamente, porque, en caso de apartar Cavadrio sus ojos, el enfermo moriría en el acto”. Y cambiamos de tercio: “Belaam: demonio de quien sólo se sabe que el 8 de diciembre de 1632 entró en el cuerpo de la hermana Juana de los Ángeles, religiosa de Lodoun”. (Escaso currículo para un demonio, en fin: una sola posesión.)
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Poco después nos encontramos con la biografía de Belfegor, demonio de los descubrimientos y de las invenciones ingeniosas, aunque algunos rabinos lo consideran el demonio del pedo. Behemoth, por su parte, sería un demonio pesado y estúpido, glotón y lujurioso, que desempeñaría en el infierno el cargo de sumiller, en tanto que el bello Belial, aparte de ser uno de los más altos jerarcas infernales, ostentaría el rango de demonio de la sodomía, lo que no fue obstáculo para que Salomón lo pusiera cautivo dentro de una botella junto a todas sus legiones, compuestas por 522.200 diablos, de modo que pueden ustedes imaginarse el tamaño de la botella, aunque en asuntos de magia las cosas suceden al margen de las proporciones lógicas.

No faltan en el diccionario de Collin de Plancy las vidas ejemplares, como antídoto contra tanta diablura. La de san Salvio, obispo de Albi, pongamos por caso, que, tras padecer unas descompasadas calenturas y ser dado por muerto, sanó milagrosamente, extremo que le entristeció: “¡Ay, Señor! ¿Por qué me habéis devuelto a este lugar tenebroso?” Tampoco escasean los poseedores de habilidades utilísimas, como por ejemplo el cirujano y alquimista medieval Leonardo Fioravanti, que se jactaba de pegar las narices mutiladas.

También hay lugar para el relato de competiciones pintorescas, como la que sostuvo la bruja Dominguina Maletuna con una rival: saltar desde lo alto de una montaña de los Pirineos y salir con vida de la prueba. (No hace falta decir que Dominguina resultó vencedora.)

Quimeras y quimeras y quimeras. Pasatiempos sombríos de la imaginación. Supersticiones miedosas. Cuentos para dormir con un ojo abierto y el otro cerrado, mientras la luna espectraliza la tiniebla, y el subconsciente aúlla, y la razón se da por vencida. O algo así.



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lunes, 18 de enero de 2010

REBELIÓN EN LA GRANJA


Estamos ya en lo crudo del invierno y no se han cumplido nuestras imaginaciones más apocalípticas con respecto a la gripe A.
Con arreglo a las alarmas puestas en circulación por los expertos sanitarios y por los políticos expertos en sí mismos, nos habíamos hecho a la idea de que las calles amanecerían repletas de cadáveres y unos obreros disfrazados de enterradores de la Edad Media se dedicarían a recoger a las víctimas, que serían trasladadas en un carromato tirado por una mula a una fosa común. Imaginábamos ya procesiones con flagelantes y con curillas milagreros, en petición de súplica a las alturas. Imaginábamos cerrados los lugares públicos, con una X pintada en la puerta como señal de núcleo infeccioso. De momento, en película se queda, por fortuna, la película.

A la gripe A la conocimos en un principio por una denominación más rústica: gripe porcina, lo que añadía a las molestias propias de toda patología viral un componente de ruralismo inelegante, y tampoco se trataba de eso, de modo que enseguida dispusimos no sólo de una vacuna surgida por sorpresa, sino también de una denominación más decorosa.

Ya nos llevamos un sobresalto con la gripe aviar, con la que tampoco llegó la sangre al río. Primeros los pollos, en fin, y luego los cerdos. Creo, no sé, que los científicos deberían tener en cuenta un dato a la hora de analizar el origen de esos amagos pintorescos de pandemia: ¿no resulta sospechoso que sean precisamente los pollos y los cerdos los animales que más devoramos, aparte de darles muy mala vida? Ahí tiene que haber un elemento de venganza. Llevamos siglos matando pollos y cerdos para poder comer alitas de pollo en salsa picante o jamón de bellota, y todo tiene un límite. Mi hipótesis científica al respecto es que tanto los pollos como los cerdos han montado unos laboratorios secretos en los que cultivan virus dañinos para sus verdugos humanos. Es verdad que matamos a cualquier bicho viviente, y que por comer nos comemos hasta las ranas, pero me temo que la peor parte se la llevan los pollos y los cerdos, de ahí que no sea casual que estas dos pandemias ficticias hayan tenido su origen en esas dos especies sometidas a un continuo holocausto.

¿Qué es lo que ha fallado para que los pollos y los cerdos no acaben con el género humano? Muy sencillo: sus laboratorios clandestinos no disponen de la tecnología ni de la experiencia de nuestras grandes empresas farmacéuticas, empresas filantrópicas que llevan años defendiéndonos no sólo de amenazas mortales, sino incluso de nuestras indigestiones de pollo o de cerdo, que podemos paliar con una pequeña dosis de sales de fruta o de simple bicarbonato. Y esas empresas se han hecho tan ricas con los productos antigripales, que me temo que van a hartarse de comer pollo y jamón. Porque está visto que aquí siempre pierden los mismos.
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martes, 12 de enero de 2010

SALUDOS



En las ciudades no sé, pero, en los pueblos, cuando dos desconocidos se cruzan por la calle muy de mañana (a esa hora en que la claridad es aún una fantasmagoría indecisa y el mundo parece un prodigio inacabado) se dan los buenos días, por lo general mediante un tímido susurro articulado sólo a medias, porque nadie se levanta con la lengua ágil, a menos que se haya pasado la noche hablando en sueños, que ya son ganas de hablar, o a menos que se trate de un barítono o de un pastor de ovejas, oficios uno y otro que requieren buena voz, aunque cada cual para lo suyo, como es lógico: para ponerles los vellos de punta a los melómanos o para hacer entrar en razón a una cordera trotona, respectivamente.
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Es la cortesía, en fin, de los extraños, como si entre sí quisieran darse la bienvenida a la realidad de un día nuevo, tras esa expedición psicodélica por las regiones hipnóticas que nos organiza a su antojo el subconsciente.

A medida que las calles van llenándose, ya sólo se saludan los conocidos, porque a los desconocidos ni los miramos, por la cuenta que nos trae, ya que una mirada puede interpretarse de muchas maneras. Ahora bien, ¿quiénes son esos conocidos? Ahí comienza la indecisión.

En los pueblos, el espectro de conocidos puede ser muy amplio. Tienes que saludar durante toda tu vida al fontanero que una vez te arregló un grifo, porque si no lo saludas, puede interpretarlo no ya como un gesto descortés, sino como un acto de ingratitud: te arregló el grifo y ahora haces como si no le conocieras. Tienes que saludar durante toda tu vida al dueño de la zapatería en la que entraste una sola vez y en la que ni siquiera pudiste comprar aquellos mocasines que viste en el escaparate, porque no le quedaba ningún par de tu número, y si no lo saludas, ten por seguro que va a interpretarlo como un acto de venganza.
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Tienes que saludar durante toda tu vida al hombre que salió corriendo de la cafetería para darte aquel paraguas que habías olvidado, porque incluir a ese desconocido en la categoría de los desconocidos sin derecho a saludo sería una falta de respeto al gremio espontáneo de los rescatadores de paraguas. Tienes que saludar durante toda tu vida al camarero que te derramó encima un plato de sopa marinera, porque negarle el saludo sería una muestra indudable de rencor. Tienes que saludar durante toda tu vida a aquella muchacha que una vez te pidió fuego en un bar, porque el hecho de no hacerlo podría interpretarlo como una negativa a darle fuego en el futuro. Tienes que saludar durante toda tu vida al tío del cuñado de la novia de aquel primo tuyo que te invitó a una barbacoa campestre en la que no sólo estaba el tío del cuñado de la novia de tu primo, sino también el suegro del hermano pequeño del cuñado de la novia de tu primo y el yerno de la nuera de la hermana de aquel electricista tan amable que te arregló cuando eras niño el scalextric, y a todos los saludarás a lo largo de toda tu vida, en recuerdo de aquella estupenda barbacoa.

Está bien eso de salir a la calle y saludar a granel a la gente. Gente con la que la comunicación se reduce a frases de una o dos palabras dichas al paso (“Hola”, “Adiós”, “Buenas tardes”…) y que siempre significan otra cosa: “No me olvido de que hace nueve años me arregló usted un grifo”, por ejemplo. Y así sucesivamente.
Buenos días.


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jueves, 7 de enero de 2010

FUMAR SIN PÚBLICO




Fumar es una estupidez. Lo sé de muy buena tinta porque fumo desde los 12 años. Un veterano del humo, como quien dice, con muchas medallas de nicotina y de alquitrán –y quién sabe de qué otros miles de sustancias- en el pecho.
De todas formas, no conozco a ningún fumador que sea tan estúpido como para mostrarse orgulloso de su adicción al tabaco, ni siquiera para manifestarse a favor del tabaco, y por eso me resulta inconsecuente que existan no fumadores que, aunque no les echemos el humo a la cara, estén en contra del consumo de tabaco, cuando los únicos que tendríamos derecho a ser enemigos a muerte del tabaco somos precisamente los fumadores.

Por una cuestión de dignidad corporativa, los fumadores estamos dispuestos a ser considerados apestosos, pero no apestados. Suicidas pero no asesinos. Llegado el momento, comprendimos que era una salvajada fumar en los hospitales, en los centros de enseñanza, en las oficinas, en los transportes públicos… Y creo que la mayoría lo comprendimos no por la fuerza de una ley, sino por la fuerza del sentido común: ni siquiera a los fumadores nos entusiasma fumar, de igual modo que al ludópata no le entusiasma jugarse el sueldo en dos horas. La sociedad tiene capacidad espontánea para crear sus normas de convivencia dentro de unos parámetros de sensatez y de respeto, lo que no quita que los gobernantes caigan en la tentación de la rigidez legislativa para prevenir desmanes que no tienen por qué producirse.

En cualquier momento de este nuevo año, según parece, ya no podremos fumar en lugares públicos, y eso resulta un poco más difícil de comprender, porque se da el caso de que muchos lugares públicos son privados. “Ya que no somos capaces de mantener limpio el planeta, al menos mantengamos limpios de humo los bares”, parecen razonar los políticos. De modo que podremos entrar o no en un bar de alterne, a nuestro libre albedrío. Podremos entrar o no –a nuestro criterio- en un bar gay o en una taberna de hinchas futbolísticos. Podremos entrar o no –a nuestro arbitrio- en un bar cofradiero o grunge. Podremos entrar o no –a nuestro gusto- en una sala de streap tease o en un bingo benéfico. Pero no podremos elegir entrar en un bar de fumadores.

Y es una lástima, porque si la ley permitiese la existencia de bares en exclusividad para fumadores, no sólo seríamos fumadores activos, sino también pasivos, con lo cual nos envenenaríamos el doble en la mitad de tiempo, nos moriríamos mucho antes y le evitaríamos un problema a nuestra celosa administración, veladora de nuestra salud por la vía de la paradoja: legalizar la fabricación del veneno y anatemizar -e incluso penalizar- su consumo.

En medio de todo esto, la vicepresidenta del Gobierno, a propósito del proyecto de prohibición de las corridas de toros en Cataluña, proclama que no hay que prohibir, sino que lo idóneo es que se pueda elegir en libertad. Pues vale.


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lunes, 4 de enero de 2010

TRÍO DE REYES


Estamos acostumbrados a identificar a los magos de Oriente con un alcalde o con un concejal con barba postiza, o bien con la cara embadurnada si le toca hacer de Baltasar, pero ¿qué sabemos en realidad –y es un decir- de esos aventureros a los que la tradición popular ha ascendido al rango de reyes? En la Biblia, sólo los menciona san Mateo, y tenemos que recurrir a los evangelios apócrifos para verlos echarse de nuevo a los caminos con una estrella anómala por guía.
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El asunto de la estrella resulta en sí mismo bastante complicado: si hacemos caso a san Mateo, los magos siguieron una estrella que vieron brillar en el este, pero, dado que ellos estaban precisamente en el este, por fuerza tuvieron que seguir una estrella que, al avanzar ellos hacia el oeste, les quedaba a la espalda, que es una manera extraña de seguir algo. Tampoco faltan las hipótesis en torno a la naturaleza de aquel fenómeno: ¿una supernova, el cometa Halley, el cometa Hale-Bopp, un meteoro, la conjunción de Venus y Júpiter…?

Hay quien supone que los magos pudieron ser sacerdotes persas de la religión zoroástrica, de tradición mesiánica, y hay quien los identifica con sacerdotes de Mitra, dios solar. Sea como sea, ni siquiera sabemos el número exacto (en un ámbito de fábula, claro está) de aquellos magos errantes e imaginarios que llegaron a Jerusalén en busca del imaginario rey niño de los judíos. San Mateo no precisa cuántos eran, aunque hay quien deduce por el número de ofrendas (oro, incienso y mirra) que fueron tres, y es el Papa san León, en el siglo V, quien fija ese número, aunque el arte primitivo cristiano nos presenta un número variable de magos: hasta ocho aparecen representados en un jarrón, en tanto que la tradición oriental eleva ese número a la docena.
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Es Beda el Venerable quien primeramente atribuye a Baltasar una tez oscura, aunque hasta el siglo XIV no encontramos la figura del rey negro. Sus nombres también admiten variantes: entre los griegos, se les conocía por Appellicon, Amerín y Damascón; entre los hebreos, por Magalath, Galgalath y Serakin; entre los sirios, por Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph…

La tradición piadosa da por supuesto que los magos, al regresar de la adoración, fueron discípulos de santo Tomás. Otros afirman que se convirtieron en obispos y que murieron martirizados hacia el año 70 de nuestra era.

A principios del siglo IV, santa Elena, madre del emperador Constantino, reunió los despojos de los magos para que fuesen venerados en Constantinopla, y allí estuvieron hasta que los tres fiambres fueron obsequiados a san Eustorgio, que los trasladó a Milán guiado, según la leyenda, por la misma estrella que guió a los magos en su viaje. En el siglo XII, con el saqueo de Milán por parte de Barbarroja, los tres sarcófagos fueron a parar a Colonia, donde aún se veneran. Para compensar a los milaneses de esa pérdida, ya en la frontera del siglo XX, y gracias a las artes diplomáticas del arzobispo de Milán, los alemanes les restituyeron una tibia, un húmero y un esternón de los magos.

Y esos son, así por encima, los misteriosos visitantes que alteran cada año el sueño de los niños impacientes.
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