lunes, 8 de marzo de 2010

UN RELATO: EL MALEFICIO


Para celebrar la visita 26.000 (cualquier pretexto sirve para celebrar algo), y para variar de registro, va este relato. (Procede del libro OFICIOS ESTELARES, en el que reuní los relatos escritos entre 1982 y 2008.)





Llegó y puso el libro sobre la mesa, entre un vaso vacío y un sobre sin abrir. “Va a gustarte”. Era una edición argentina de un poeta rumano cuyo nombre omitiremos, ya que es preferible que esta sea una historia sin nombres propios.

Tardé varias semanas en decidirme a leerlo, pero aquella misma noche comencé a soñar con dragones, a los que alguien atribuyó la condición de ser la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía.

Les evitaré el relato minucioso de aquellos sueños, porque la estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia. Permítanme, no obstante, precisar un detalle: todos los dragones que aparecían en mis sueños tenían la facultad del habla. Eran, digamos, dragones discursivos, monstruos hechos de palabras sin sentido concreto, aunque empecé a entender su idioma a partir de la noche tercera.

Al despertarme, tenía la sensación de haber luchado contra una fuerza abstracta y sublime y comenzaba el día con el agotamiento de un combatiente real.

Al quinto día de soñar con ellos, empecé a cogerle miedo a la llegada de la noche. Procuraba retrasar la hora de retirarme a dormir, y recurría al café después de la cena. Pero el sueño, aunque tarde, llega siempre, y con él llegaban los dragones, y las palabras de los dragones.

“¿Has leído ya el libro?”, me preguntó, y aproveché para hablarle de mis sueños. “Seguro que eres la única persona del mundo que aún sueña con dragones”, y bromeó: “¿Es verdad que echan fuego por la boca?”

Después de diez días seguidos de soñar con aquellas bestias prodigiosas, decidí llevar un registro de mis sueños. Allí lo contaba todo: la crónica diaria de mi trato con los monstruos habladores. Mi terror.

“¿Qué tal se portan tus dragones?”, y volvió a preguntarme si había leído ya el libro del poeta rumano. La primera pregunta no se la respondí, y a la segunda le respondí que no: no podía dedicarme a leer porque tenía que dedicarme a relatar mis sueños, a dejar constancia de su desarrollo en mi inventario de endriagos oníricos, en mi privada dragomaquia. “Pues te convendría leerlo cuanto antes”, y le dije que en cuanto pudiera.

Llegué a familiarizarme con aquella fauna hipnótica. Los dragones se habían singularizado. Ya no eran un tropel indistinto. Uno de ellos hablaba sin abrir la boca, con una especie de lenguaje bronquial. Otro devoraba grandes peces en un lago del color de la púrpura. Otro, quizás el más terrible, dormía con los ojos abiertos. Otro… mejor callarlo.

Durante el día, hacía pronósticos en torno al argumento del sueño de la noche venidera. Siempre resultaban fallidos, quizá porque todo sueño consiste en una improvisación sobre el terreno y no cabe, en fin, la previsión: entras en el sueño y no sabes adónde entras.

“Deberías leer el libro”, y le decía que sí.

Una noche, uno de los dragones me habló con mi propia voz. Recuerdo haberle respondido con una voz que debía de ser la suya.

A la noche siguiente, el mismo dragón me puso delante un espejo. “Mírate”, me dijo con mi voz. Y me miré. Y vi una silueta líquida que, muy poco a poco, iba adquiriendo la forma de un espectro. El espectro me dijo: “Mírate en mi inexistencia”. Y en su inexistencia me miré. Y vi allí, en esa incorporeidad parecida a una niebla, una cara que me resultaba familiar, aunque no sabía de quién se trataba. Aquella cara me dijo: “Mírate en mí”. Y me miré. Y vi que era mi memoria. “No me mires”, me dijo entonces mi memoria, y le obedecí, y entonces soñé que me olvidaba de todo y que un dragón devoraba mi pasado.

Una tarde decidí leer por fin el libro del poeta rumano. Había llovido. Había nubes. Busqué una nube con forma de dragón, pero no la encontré.

El quinto poema decía así:


Galopa en el lomo de la bestia de las escamas de oro.
Huye hasta salir de la habitación en que arde una vela.
Sostén entre tus manos la materia de tus sueños.
Elige una de las dos llaves.
Abre la puerta que no quieres abrir.
Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.


“¿Has leído ya el libro?” Y me miró como si supiese la respuesta.

Aquella noche volví a soñar con dragones, pero todos murieron, de una manera o de otra, a lo largo de mi sueño. Comprendí que no regresarían jamás, porque incluso los sueños tienen su lógica narrativa.

Desde entonces, sueño a veces que sueño con dragones, pero ellos ya no aparecen por allí, porque están muertos.

Y no sé durante cuánto tiempo seguiré sintiéndome culpable de ese crimen.
.

11 comentarios:

José Antonio Fernández dijo...

Muy buen relato, me ha encantado y el final, bordado.

Microalgo dijo...

Hace un par de días me lo terminé. Ahora toca el de "Gibraltar en el tiempo de los espías", de Téllez. Que promete.

Como creo que ya no me queda más narrativa de Usted (de momento y hasta que salga el próximo), voy a tener que empezar con su poesía, Maestro Benítez. Le advierto que soy un mal lector de poemas, aunque tengo marcado ese que se llamaba "Advertencia" (Si alguna vez sufres ―y lo harás―
por alguien que te amó y que te abandona...
) como uno de los que sí. Todo un récord, tratandose de mí (tan prósico) y no tratándose de Ustedes (tan poéticos).

A veces pienso que deben Ustedes (los escritores) sentir el síndorme de la abuela hacedora de croquetas. Tres horas en la cocina y llega el sobrino en edad de crecer y se las zampa en treinta segundos. Y Ustedes, lo mismo: toda la vida puliendo los textos hasta darles un acabado de hacha ceremonial neolítica y llegan los lectores voraces y ZACA, en un rato nos los ventilamos.

En fin, las cosas.

Un abrazo.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Gracias, José Antonio.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Gracias por su siempre puntual visita, señor Microalgo.
Sí, exactamente eso: uno se pasa varios años escribiendo y corrigiendo un libro y, si es de poesía, alguien lo lee luego en 20 minutos, que es menos de lo que uno suele tardar en ponerle título a un poema.
Una descompensación cronológica en toda regla.

Ángeles Hernández dijo...

Sr. Benitez: Voy de adelante a atrás en sus entradas, y mis soliloquios blogueros son amplios. Disculpe el rollete. Lo que vd escribe me da para pensar tanto y más. No tiene obligación de leerlo.
...................................


POEMA
Sostén entre tus manos la materia de sueños................
....Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.

A.H.
Hermoso y profundo. He de asesinarlo para encontrarme.
¿Es imposible saber el título del libro y nombre del autor?.

F.B.R.
"Los dragones son la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía"

A.H.
Esa también podría ser la descripción de un sueño cualquiera: O bien nos afligen la conciencia o bien satisfacen nuestra fantasía.
Pero es verdad que los dragones, de una u otra forma, están en todas las culturas, casi siempre seres horribles a los que hay que vencer.
Como estresada, prisitas, prosista que soy, siempre les había despreciado: "cosas de niños, de cuentos de hadas, de extranjeros".
Gracias por la reflexión.

F.B.R.
"La estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia"

A.H.
Es dificl dar estructura lógica al sueño que en su momento vivimos como algo claro y evidente. Pero en la vigilia recomponemos los vagos recuerdos, como usted hace con sus dragones. A veces logramos hallar un sentido.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Muchas gracias, Ángeles por su interesantes comentarios.
Me alegra que se le haya despertado el interés por los dragones.
El poema que cito en el relato es mío... Bueno, no exactamente: más bien un poema escrito como pieza del relato.

Ángeles Hernández dijo...

Pues su metaliteratura me ha encantado.

Tomo nota para mis reflexiones en soledad.

Gracias.

Gastón Ramírez dijo...

¡Fabuloso cuento! Dicho sea esto en ambos sentidos.
Es usted uno de los mejores escritores que ha dado la lenguia española en mucho tiempo, y uno de mis favoritos. Celebro que LF -una amiga mutua- me haya recomendado su blog.

Gastón Ramírez dijo...

De hecho, estoy seguro de que "El Maleficio" no le hubiera desagradado a Borges en lo más mínimo. Quizá hasta le hubiera dado un poco de rabia que no fuera suyo.

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

Impresionante relato, Felipe.

¿El poema del poeta rumano es tuyo también?

Voy a leer El maleficio, ahora.

Marlu dijo...

He disfrutado mucho con el realto de los dragones y con el poema.
Hay una película que en español la titularon "Corredor sin retorno", y el protagonista al final se vuelve loco.
Alguien en la película dice:
"Quien a lo dioses quiere vencer, primero lo vuelven loco".
No he podido evitar pensar en esa película mientras mataba dragones, a veces es mejor aprender a convivir con ellos, tampoco son tan mala gente como dicen las leyendas.