sábado, 13 de febrero de 2010

EL MUÑECO DE CERA


La imagen de Jaime de Marichalar que se exhibía (iba a decir “que se veneraba”) en el Museo de Cera de Madrid está arrumbada desde el jueves en el almacén de los trastos, haciendo bulto con las de otras celebridades pasajeras caídas en desgracia: el batallón inmóvil de los mindundis repentinos. Las estrellas estrelladas.

Cuando cesó temporalmente su convivencia con la infanta, a Marichalar lo desplazaron a la sala taurina, donde se arrebujan, congelados en un gesto de triunfo, unos cuantos matadores más o menos célebres, incluido Jesulín de Ubrique, nada menos.

Y allí estaba él, el aún duque de Lugo, a salvo tras un burladero, con un abanico rojo en la mano para ahuyentar las sofocaciones, observando con sus ojos de cristal aquel revoltijo de adultos vestidos con pantis bordados en oro y pedrería, como si aquello fuese un desfile fantasioso de Galiano. ¿Qué daño hacía él allí, en aquella tarde de toros artificial?

Pero no: de la inmortalidad de la cera, en fin, al trastero, porque la vida es un asunto complicado: te acuestas con una corona ducal y con un muñecón tuyo en un museo y te levantas plebeyo y sin muñecón, como un cualquiera. A fin y al cabo, lo que han hecho los directivos del Museo de Cera con el muñeco de Marichalar es lo mismo que hicieron los españoles de la época con el abuelo del rey: darle el “arrivederci”, como quien dice. En esto de la monarquía lo mismo te ponen que te quitan, porque todos los tronos parecen tener ruedas. Si trabajas en la monarquía, siempre tienes un contrato temporal, y no hay sindicato que te salve como las cosas se tuerzan: a la calle, majestad. Y a la calle te vas con tu corona, a vivir en un exilio dorado o como poco de purpurina, ya que el exilio viene a ser algo así como el subsidio de paro de la realeza.
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A Marichalar lo han echado, en fin, de la familia real española y del Museo de Cera madrileño. Dos en uno. Lo primero, lo de la familia, va a tener mal arreglo a estas alturas, porque en los asuntos de amores no tiene mano ni el Papa, a no ser que sea para anular matrimonios en una modalidad de divorcio por lo sagrado, pero con lo del muñeco creo que se podría hacer algo de provecho todavía. No sé: donarlo a la peña de los amigos de la capa española, por ejemplo, en funciones de figurín emblemático. O mandárselo a su ex suegro para que practique con el rifle. O mejor todavía: regalárselo al propio Marichalar para que se lo lleve a su piso de soltero y le sirva como galán de noche, o para que se distraiga vistiéndolo como si fuera el Ken de la Barbie. Digo yo. Cualquier cosa mejor que tener a ese pobre muñeco en un trastero, cubriéndose de polvo y de olvido popular.
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Eso es lo malo que tienen, en fin, los muñecos de cera: que están hechos de una materia que se derrite.
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3 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Eso, en Roma, se llamaba "damnatio memoriae". Cuando el Senado la decretaba contra un enemigo del Estado, se procedía a eliminar todo rastro de su vida: imágenes, estatuas, su nombre... La diferencia con el caso de Marichalar es que el condenado estaba ya muerto. Todo se andará.

Mcartney dijo...

Philippe:
Me acabas de dar una buena idea para fundar la "galería de ignorados".

José Manuel Begines Hormigo dijo...

Eso pasa por ser tan importante. La mayor venganza que sufren casi todos los mortales es desaparecer de una foto, que termina partida por la mitad.