domingo, 21 de septiembre de 2014

POPULISMOS



Entre los políticos no parece haber cosa más impopular ni más desprestigiada que el populismo, término que ni siquiera está recogido en el diccionario de la RAE, lo que lo convierte en una especie de entelequia: algo así como un gamusino ideológico. Esa impopularidad y ese desprestigio resultan más misteriosos de lo que son de por sí si se tiene en cuenta que el populismo es una práctica común a todas las formaciones políticas y a los políticos de todas las jerarquías, que tienen la facultad casi esotérica de intuir los recursos populistas únicamente en sus adversarios. Como paso previo a una definición más ajustada, podríamos acordar que el populismo es algo que sucede siempre en sede ajena.

            En política, el populismo tal vez no sea tanto una estrategia como una fatalidad, en gran parte porque el pueblo mismo es populista: nos divierten más los discursos inverosímiles que los discursos razonables, nos hechiza más la ficción que la realidad, nos intranquiliza más el futuro que el presente y, por si fuera poco, nos convencen más los cuentos  –incluido el de la lechera- que las cuentas, lo que tal vez diga mucho a favor de nuestra naturaleza imaginativa, aunque tal vez un poco menos de nuestra naturaleza meditativa, por no hablar aquí de nuestra inmunidad al escarmiento. El político que decidiese renunciar al beneficio de las prácticas populistas tendría en principio que presentarse a las elecciones sin un programa electoral, ya que los programas electorales constituyen una de las ramas más frondosas de la literatura fantástica.

Al fondo de todo esto, lo que late es tal vez una gran melancolía colectiva: necesitamos gestores, pero también redentores; necesitamos gobernantes, pero también profetas. Necesitamos, en definitiva, que nos engañen un poco, aunque al final el engaño resulte desproporcionado: una estafa masiva a partir de la retórica. Una retórica que lo mismo sirve para prometer que para justificar el incumplimiento de las promesas. Y es que el populismo no se sustenta tanto en la oferta de imposibilidades como en la impunidad de ofertar sin otro fundamento que el de un reclamo, con la garantía además del blindaje de los mecanismos democráticos para dejar de ser democráticos al día siguiente al de unos comicios.

Todo político es populista no sólo por definición, sino también por indefinición: cuando tiene que ajustar la realidad a su programa, lo normal es que acabe ajustando su programa a la realidad, y ahí cabe todo, empezando por el incumplimiento del programa mismo. Es el problema de jugar con irrealidades.

El populismo viene a ser el dopaje de los políticos: la trampa para ganar, el plus de fortaleza fraudulenta. Empezando por el populismo que supone el acusar de populista al competidor: el tramposo que denuncia al fullero. El comediante enmascarado que se escandaliza, en fin, de que sus compañeros de reparto lleven máscara.

(Publicado ayer en prensa.)

3 comentarios:

Rafael Indi dijo...

Resulta irónico que el PSOE (Reloaded) de Pedro Sánchez defina a Podemos con ese término. El ascenso y victoria de Zapatero en 2004 posee todas las características del peor populismo made in Spain.

Un saludo desde mi paracaídas ardiendo.

Francisco José Martínez Marín dijo...

Todo populista es un seductor, es alguien persuasivo, y sus armas de seducción van de la conmiseración y la caridad hasta las buenas promesas incumplidas; reprochar al galán ajeno por un recurrente chascarrillo o por una sonada bravata, cuando no de una demagógica estrategia de captura de votos, no deja de ser como una crítica de estilo, una torpeza para los más refinados retóricos; entre la conversión y la convicción hay poca distancia política.

Microalgo dijo...

Ay, qué ratito más güeno.