lunes, 28 de enero de 2013

BENDITO PARNÉ

(Publicado el sábado en la prensa)



Si por este artículo me pagasen 3.000 euros, me temo que, tarde o temprano, tendría que abrir una cuenta en Suiza, aunque sólo fuese para estar a la moda elegante. Si esos 3.000 euros me los pagasen en un sobre, no sólo tendría que abrir una cuenta en Suiza o como poco en Luxemburgo, sino que además podría considerarme un auténtico sujeto de soberanía, que es, según parece, lo mejor que puede pasarle no ya a una persona sino incluso a una comunidad autónoma añorante de las libertades que gozaban sus ciudadanos en el siglo XIV o por ahí, antes de ser sometidos por los bárbaros, que siempre son los otros. Una soberanía repartida, en fin, entre España y Suiza, porque todo el que tiene dinero de sobra parece ser que tiene dos patrias: una para la satisfacción digamos telúrica del corazón y otra para la tranquilidad digamos metafísica del bolsillo. 


            Para qué vamos a engañarnos: el dinero sólo es de verdad dinero si te lo dan en un sobre. Se mire como se mire, no es lo mismo que te pongan una transferencia que el hecho de palpar un sobre mullido, acolchado de billetes, ya sean crujientes o desgastados por el uso, que eso viene a dar lo mismo, aunque hay que reconocer que los billetes flamantes siempre nos despiertan la sospecha de que sean falsos, de que hayan salido un rato antes de unas prensas clandestinas, mientras que un billete sobado sugiere el pedigrí de lo aventurero: un billete que lo mismo ha servido para pagarle la factura al carpintero que para sobornar a un capitoste. El dinero que pasa de una cuenta a otra no deja de ser un dinero al fin y al cabo ficticio, y de ahí el prestigio del dinero contante y sonante, aunque los billetes suenen poco, al ser de condición casi ingrávida.


            Un sobre con dinero reaviva en nosotros la ilusión infantil de la noche de reyes. Te dan el sobre y la ilusión se te dispara, por embridados que tengas ya los mecanismos de la ilusión. La felicidad de un articulista, ya digo, sería que le pagasen 3.000 euros por folio y que le diesen esos 3.000 euros en un sobre, a ser posible en billetes usados: billetes que ya han recorrido mundo, billetes que tienen muchas cosas que callar, billetes que conocieron la oscuridad hermética de un sobre con iniciales, billetes que sirvieron para comprar cosas concretas o para comprar voluntades abstractas, billetes que han ido pasando incesantemente de mano en mano, excepción hecha quizá de las manos de la Agencia Tributaria, que suele ser la gran perdedora en el juego azaroso del pasabillete.


            Si me pagasen 3.000 euros por esta tontería que estoy escribiendo, no descansaría hasta que ese dinero tuviese un origen turbio, porque el dinero ganado con el sudor de la frente no merece el nombre de dinero y es ganancia de gente sin imaginación. Lo idóneo sería que me pagasen 3.000 euros por no escribir, y eso que saldríamos ganando ustedes y yo.

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10 comentarios:

Patricia dijo...

¡Y olé!

José Luis Martínez Clares dijo...

Si por este artículo le pagasen 3000 euros, serían 3000 euros bien invertidos, debidamente justificados, muy merecidos. Abrazos

Manuel Tirado dijo...

Un fantasma recorre el PSOE http://histericapeninsula.blogspot.com.es/2013/01/un-fantasma-recorre-el-psoe.html

Veraneante dijo...

Cuando leo este tipo de cosas del parné, recito, como un mantra, las últimas palabras de aquel ilustre moribundo: "Quisiera yo saber de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales".
Algo me alivia.

Microalgo dijo...

La verdad es que yo no me cabreo tanto (basta de refinadas indignaciones, prefiero la palabra "cabreo") ante lo que hacen los ladrones como ante lo que no hacen los fiscales. Al fin y al cabo, los choros se dedican a lo suyo. Pero los fiscales y los jueces no parecen "muy por la labor de", ¿no le parece?

Emilio Fernández dijo...

Felipe,

Es sobrecogedor tu artículo sobre los sobrecogedores.

Muy bueno.

Francisco José Martínez Marín dijo...

Al parecer el pseudónimo así como la tarifa por caracter (incluso espacio en blanco) tenía que ver directamente con una maniobra defraudatoria, pues de conocerse el autor y la desproporcionada tarifa enseguida se observaría que no eran los méritos presuntamente literarios o intelectuales lo que se abonaba; la elipsis del nombre de la autora no funcionó, pues el escándalo ha provenido no de la temática o de la mayor o menor calidad del trabajo, sino de la tapadera en forma articulada de una estafa más. Las fundaciones como los periódicos pueden pactar el precio que deseen, según mercado, para sus autores; pero aquí no es que se aprecie el valor trabajo descaradamente, por una afinidad inconfesable, sino la cara dura de un escaso trabajo sin valor, puesto que la autora misma dice que devolverá el dinero; no es necesario leerla.

PASIEGO dijo...

Muy guapo , lo leí el sábado en " el diario montañés " , suelo comprarlo sábado y domingo y siempre leo tu articulo .
Saludos

J.A. González dijo...

Amy Martin. Sugerente apariencia venida a mucho menos cuando se desvela el misterio trincón y la vemos en sus performances.

La intelectualidad poliédrica tiene a menudo mucha cara.

Por cierto, pobre Instituto Cervantes

La lengua salvada dijo...

Menos mal que no ha habido sobre con 3.000 € por no escribir.