viernes, 15 de octubre de 2010

ESPEJOS SIMBÓLICOS






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Para saber que vamos envejeciendo sólo necesitamos un trozo de espejo. Con eso basta. Pero existen espejos simbólicos, por así decir, en los que ya no logramos reflejarnos, como les ocurre, según parece, a los vampiros. La tecnología, por ejemplo, la muy vertiginosa tecnología, a diario cambiante, tiene la facultad de ir desplazándonos del núcleo del tiempo, y el envejecimiento quizá no sea más que eso tan simple: un desplazamiento, un afantasmamiento del ser, una extrañeza continua ante uno mismo y ante las cosas del mundo.

Uno ha hecho llamadas telefónicas mediante operadora, cuando los teléfonos tenían tres dígitos y las conexiones tardaban a veces horas en establecerse, y las voces llegaban mortecinas, con ese fondo de criscrás de disco de vinilo maltratado. Uno creció con los discos de vinilo, tan frágiles, casi siempre rayados tras ponerlos dos veces, a pesar de tratarlos con la misma delicadeza con que uno trataría un bote de nitroglicerina. (La aguja de los platos se llenaba de polvo, formaba remolinos de polvo, y había que limpiar la aguja, y había que limpiar los discos con un líquido de olor bronco y potente, pero los discos siempre se rayaban, y la aguja de pronto se torcía.)

Uno comenzó a escribir con una Olivetti prehistórica que le parecía un cachivache futurista. Luego vinieron las máquinas de escribir eléctricas, y aquello era ya, no sé, un artefacto puramente extraterrestre, importado de universos de vanguardia. Pero más tarde vinieron las máquinas de escribir eléctricas con pantalla líquida, y aquello era ya, sin paliativo alguno, cosa de estricta ciencia-ficción, porque podías visualizar una frase casi entera en aquella pantalla del tamaño de un
habano. Pero los primeros ordenadores no se hicieron esperar, y eran trastos muy toscos, y uno los miraba con respeto. Y ya luego vino toda la gama, hasta llegar a esos ordenadores de hoy que caben en el bolsillo, junto al teléfono móvil y junto a la llave fotocelular –o algo parecido a eso- del garaje.

Hasta hace poco, el poseedor de un aparato de fax era un ser privilegiado, alguien que podía enviar chistes gráficos o poemas épicos a cualquier lugar del mundo en un mágico pispás, y a todos nos admiraba eso, y nos sentíamos como el mago Merlín cuando metíamos el folio por la ranura para enviarlo, qué sé yo, a Buenos Aires o a Moscú, o adonde fuese. Hoy, humillada por el correo electrónico, la máquina de fax está ya polvorienta en un rincón, como el arpa del poema becqueriano, a la espera de esa mano de nieve que habrá de tirarla un día a la basura.

Uno ha conocido el horno de carbón y el microondas, los bañadores femeninos con tutú y el tanga breve. Uno ha llamado a puertas que tenían una campanilla de azófar con cadena y ha pulsado la tecla de un videoportero. Ha conocido televisores en blanco y negro con un solo canal que echaba el cierre a media noche o incluso antes. Ha jugado uno con trompos de madera y con coches teledirigidos. Ha visto uno rascacielos robóticos y ha visto cómo las cuadrillas de areneros cargaban los serones de sus burros en la playa para abastecer a los contratistas de obras.

Lo que decía: para saber que envejeces, que el tiempo pasa por ti, un pedazo de espejo basta y sobra. Y a veces no hace falta ni el espejo.

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15 comentarios:

Microalgo dijo...

Citando y comentando cita:

El progreso jamás puede ser experimentado, sino únicamente observado desde lejos (Aldous Huxley: Ciego en Gaza).

Tal vez eso fuera verdad en 1936, cuando se escribió esa curiosa novela (que, por cierto, tiene un nombre más hermoso y sonoro en castellano que en inglés, por la repetición palindrómica de los fonemas consonantes). Pero del 36 para acá las cosas han cambiado en el mundo de una manera curiosa (por no decir cruel).

Piensen (con cierto horror) que, dentro de década y poco, del año 36hará un siglo.

Qué tendrá el otoño, que nos hace tan susceptibles al paso del tiempo.

Por cierto, Maese Felipe: tengo que darle las gracias. Esa chica a la que me ligué regalándole su "Novio del Mundo" (pertenezco, pues, a la categoría más baja de los seductores, como Nolito el Ecuatoriano) se viene a vivir conmigo. Le debo una caña.

ojalancia dijo...

Me gusta la palabra "afantasmamiento". Y esa comparación entre los discos de vinilo y un bote de nitroglicerina. Qué recuerdos...

Gran artículo. Gracias.

Enrique Baltanás dijo...

Muy bueno el artículo.

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Muchas gracias.

Lo de Huxley parece ya, en efecto, anacrónico: experimentamos el progreso a diario, con sólo comprarnos un nuevo modelo de microondas, por ejemplo. Y ten el valor de leerte el manual de instrucciones.

JSM dijo...

Muy profundo, y muy buena la entrada. Hay mucho contenido Felipe. El espejo es un gran símbolo.

Anónimo dijo...

Excelente artículo.
Creo que no se ha inventado nada más aterrador que la fotografía para calcular nuestra vejez. Es demoledora, no sólo te dice cuantos años tienes, si no también los que te faltan, casi con exatitud, para llegar.


De Levíes

políglota dijo...

Muy bueno el artículo, como cais siempre.
Muchas gracias por estos regalos que nos haces.

Marian dijo...

No hace falta el espejo para ver que el suelo cada vez está más bajo porque lo nota el dolor de riñones, no hace falta el espejo para ver que dormimos menos, no hace falta el espejo para comprobar como no aguantamos toda una noche de fiesta.
Aunque estos malditos teléfonos móviles dentro de poco traerán también la función de espejo, entre sus infinitas posibilidades.
Por fastidiar. Ya se sabe.

Un saludo

Alberto Pacheco dijo...

Muy bueno, como todo lo que usted escribe.

Yo, que no he conocido la televisión en blanco y negro, experimento esos cambios cada día, esos objetos que, por su fugacidad y su naturaleza abstracta, parecen disfrazados de tiempo...

Muchas gracias por estos obsequios inmerecidos.

Saludos.

L.N.J. dijo...

También conocí esas copas de cisco que hacíamos mi abuela y yo en la puerta de la calle. O cómo ponía una gran sábana y en ella liaba toda la ropa de la familia, hacía un nudo e íbamos al campo desde el pueblo en una larga caminata y allí en un pilar grande, con muchos cubos de agua del pozo, los llenábamos para lavar. Hacer el gazpacho y beber agua fresquita.

Para envejecer, que pase el tiempo. Si queremos vivir, no nos queda otro remedio. Como bien dices en tu libro, si vamos a morir, para qué hay que envejecer...

... pues me gustaría envejecer...

Lo leo y me enamora como una tonta, me falta tiempo, pero cuando me desvelo por las noches, es un placer leerte.

L.N.J. dijo...

One World Portrait © Jock McDonald

No sé si has visto este vídeo, es impresionante.

Saludos.

YoNi LoKato dijo...

¡¡Genial Felipe!! Has retratado la vida de toda una generación. Con tu permiso, lo leeré en El Tranvía. Sigue haciéndonos estos regalos.
YoNi LoKato

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Gracias, YoNi. Claro que puedes leerlo en tu programa.

Red dijo...

Hola. Soy profesor de Lengua y Literatura y he empleado este artículo para que mis alumnos de 2º de Bachillerato hagan un comentario de texto. Espero que no le importe

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Sí, Red, claro que puedes usarlo.
Gracias por el interés.