viernes, 27 de mayo de 2011

BANCOS


En teoría, una entidad bancaria tendría mucho de entidad filantrópica si en la práctica no tuviese nada de entidad filantrópica, y mejor así tal vez, ya que a un banco de talante filantrópico apenas podríamos concederle unos seis meses de existencia, y aun eso si el ímpetu filantrópico no se le desmandase, pues no existe coladero mayor para el capital que el amor al prójimo, que resulta tan costoso como el odio al prójimo a escala global, según nos demuestran los índices mundiales del gasto bélico: casi tan caro sale mantener viva a la humanidad como intentar destruirla.

En buena medida, una entidad bancaria es un reino mágico: te cobran por prestarte dinero y te cobran por prestárselo tú.

Si andas necesitado de dinero y puedes ofrecer garantías inmuebles, el banco te da dinero a cambio de más dinero del que te da, circunstancia que permite a cualquier persona la emoción singular de endeudarse, síntoma inequívoco de progreso individual y, de rebote, colectivo. Como a nadie en este mundo le gusta prestar dinero, y dado que los bancos forman parte del mundo, los estrategas del prestamismo idearon en su día un ardid consolador para ese disgusto: prestarte un dinero que se revaloriza diariamente para ellos y que se devalúa a diario para ti, beneficiario de un dinero que te cuesta dinero, e incluso tienes que considerarte afortunado por disponer de ese parné maldito que atenúa de forma momentánea la evidencia de tu carestía de capital mediante el procedimiento portentoso de volverte aún más pobre que cuando no tenías un duro.

Por lo demás, un banco también te cobra cuando eres tú el que le prestas tus ahorros, lo que es ya habilidad que roza el prodigio. Bien es cierto que la banca en general ha inventado y puesto en circulación el mito de los intereses a favor del cliente, pero que levante la mano quien no haya visto disolverse en el aire esos presuntos intereses con otros conceptos menos míticos que actúan como neutralizadores de los intereses susodichos: las comisiones de apertura de cuenta, la cuota por el disfrute de las tarjetas de crédito, los gastos de correo y gestión, las comisiones de mantenimiento, las comisiones por ingresos de cheques, las comisiones por cancelación de préstamos o las comisiones por transferencia, entre otros trilerismos.

Con todo y con eso, es cierto que los bancos -a los que habría que sentar de tarde en tarde en el banquillo, siquiera fuese como medida preventiva- practican a veces la filantropía, así sea en el ámbito reducido de los multimillonarios; es decir, entre quienes no necesitan de los bancos y a quienes los bancos necesitan. Tal sector goza de la prerrogativa de estar exento del pago de los tributos antes enumerados, lo que nos lleva a recomendar desde esta tribuna a cualquier ciudadano que se convierta en multimillonario lo antes posible, pues de lo contrario no tendrá nunca dinero que le salga gratis.

Aparte de todo lo dicho, y de todo cuanto quedaría por decir, reciben también el nombre de “banco” los elementos del mobiliario urbano que sirven para que los transeúntes cansados de ser transeúntes recuperen fuerzas para reconvertirse en transeúntes, de modo que cada cual pueda seguir el rumbo que le corresponda en nuestro teatrillo universal.

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domingo, 22 de mayo de 2011

PALABRAS


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Hay palabras que parecen ajustarse con precisión a lo que designan. La palabra “plata”, por ejemplo, con esa “p” de prestigio y esa “t” que describe su frialdad. Una palabra, por cierto, que ha dado muchas vueltas desde el nombre latino argentum, que no suena a metal precioso, sino más bien a metal basto. Ahí está también la palabra “aurora”, que me parece perfecta, con ese arranque de aullido de lobo, como colofón a una noche más o menos de walpurgis, como suelen ser las noches de los inquietos.

En cambio, hay palabras que chirrían con respecto a lo que designan. La palabra “albornoz”, pongamos por caso, porque parece demasiada palabra para tan poca cosa, con una resonancia arábiga digna de causa mejor. Un albornoz sólo merecería llamarse albornoz si tuviese bordados y ornamentos, y habría de ser prenda que se usase a la salida de una bañera de mármol pulido, como poco, o de un estanque propio de un sultán, porque parece existir un ligero desajuste en el hecho de vestirlo a la salida de una cabina de ducha, así disponga tal cabina de mecanismo de hidromasaje. Otra palabra estupenda es “góndola”, porque no logra uno imaginar un nombre mejor para esas embarcaciones que Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, describe de este modo: “Género de barquilla, de las cuales usan en Venecia para andar por las calles, como en tierra firme se sirven de los coches. No sé su etimología, si no está corrompido el vocablo de contola, de contus, en caso que se guiase con varal, que suele servir de remos”. Una barquilla para andar por las calles… Esas calles de agua ligeramente corrompida, como supone Covarrubias que lo está el vocablo.

La palabra “lino” tampoco está mal, porque sugiere limpieza y frescura. No así la palabra “vena”, que parece demasiado sintética para el proceso que lleva a cabo en ella la sangre, que tampoco es una palabra de premio, porque no da idea de su fluir, sino más bien de cosa inmóvil: sangre… No. Ahí nos hemos equivocado, me parece. La palabra latina sanguis estaba bien, sin ser nada del otro mundo, y me temo que nos hemos pasado en el grado de evolución etimológica.

Otra palabra acertada es “taberna”, aun siendo fea, porque describe bien el olor a vino derramado, a humo rancio, a sudor de laboriosos. Una palabra perfectísima es “geometría”, que en sí misma es una palabra geométrica, de igual modo que resulta aritmética la palabra “aritmética”. En cambio, el adjetivo “voluptuoso” constituye un ejemplo de desarreglo: todo el que la pronuncia parece tener una rana dentro de la boca. Ahora bien, para palabra ampulosa y desajustada, “bucólica”, que tan mal casa con la esencia de lo campestre, como casi todo lo esdrújulo, por poco llano que sea el terreno. Y nada más. Que tengan ustedes un buen domingo, que es una palabra sobre la que podríamos discutir.


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martes, 17 de mayo de 2011

NUBES



Es probable que, desde que el mundo es mundo, no haya habido dos nubes de forma idéntica, pues es condición natural de las nubes la versatilidad para asumir configuraciones singulares, lo que dice mucho a favor de su fantasía. (Y recordemos al filósofo Dilthey, que era de la opinión de que la fantasía poética es el fundamento de la creación libre.) Las nubes resultan muy elegantes cuando se deshilachan, y más aún si el atardecer se anima a teñirlas de un tono ambarino o purpúreo. Las nubes de la amanecida suelen ser espectrales, y más parecen manchadas que coloreadas, aunque también hay que tener en cuenta un factor ajeno a las consideraciones estéticas: casi nadie se levanta con demasiadas ganas de observar las nubes. Hay nubes obesas, de estructura fofa, que parecen carruajes de mercancía pesada encallados en el cielo, y no suelen presentar contornos definidos, de modo que son material de valor escaso para la industria imaginativa.

Por no se sabe qué razón, nos alegra el hecho de descubrir en una nube alguna semejanza con las cosas del mundo real o incluso del mundo figurado: el casco de un buque, la silueta de un duende barbudo con gorro frigio, el perfil de un dragón, el contorno de un sombrero… “¡Mira!”, decimos, y allá arriba está la nube con forma de quién sabe qué, pues suelen ser las nubes imprevisibles, por ese afán suyo de ser materia mágica, sujeta a mutaciones prodigiosas.

Al igual que cualquiera, las nubes tienen sus arranques de vanidad y hay veces en que deciden apoderarse por completo del cielo, sin dejar que el azul vanidoso brille en las alturas como el telón de fondo de un cuento de hadas. Se agrisa entonces el día, y es ese el color de los pensamientos melancólicos. Las nubes, convertidas en una sola nube, ponen una caperuza a la realidad, y bajo esa penumbra blanca tendemos a entristecernos y a pensar en la muerte, ya que nuestro ánimo, al ser muy frágil, se achica a la mínima, condenándonos de ese modo a bregar con lo sombrío.

Las nubes negras anuncian la lluvia, que es transparente. “Si las nubes de lluvia son negras, ¿por qué el agua de la lluvia no lo es?”, nos preguntamos. Y, antes de encontrar una respuesta, ya está lloviendo, y el agua que nos cae encima es pura y diamantina, y las calles se llenan de paraguas negros como las nubes negras, en un juego de simetría cromática.

Los pintores de cuerda paisajística retratan a las nubes, y siempre las sacan favorecidas, en virtud quizá de la armonía de la composición, porque mal quedaría en un cuadro de voluntad lírica una nube con forma, no sé, de olla a presión, pongamos por caso. Las nubes pintadas son siempre perfectas y están donde tienen que estar.

Conocí a un jubilado que se entretenía con la elaboración de un catálogo de nubes: a mediodía, se asomaba a la ventana de su cocina y se dedicaba durante un rato a inventariarlas. “Nube con forma de perro, al norte. Nube con forma de lancha motora, al noroeste”. Y así daba vuelo a su ocio, en buena parte porque la vida consiste en distraernos de la vida.

Las nubes nocturnas, por su parte, sirven de velo a la luna cuando está llena, que tiende a ocultarse, avergonzada quizá de su desnudez de dama errante que busca a su Pierrot de madrugada.


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martes, 10 de mayo de 2011

IMPUESTOS Y CALCETINES




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En estos tiempos de estrecheces generales e individuales, no entiende uno cómo las distintas administraciones de nuestro país biodiverso no han afinado todavía la inspiración para aumentar la recaudación tributaria, meta que podría alcanzarse a partir de medidas poco traumáticas y sujetas a ese principio ligeramente absurdo que suele regir el fundamento de la mayoría de los impuestos.

Podría gravarse, por ejemplo, el hecho de llevar los dos calcetines de un mismo color, de modo que tuviésemos que salir a la calle con una combinación más o menos aleatoria de calcetines distintos. Esta medida tan sensata plantearía un problema, como casi todo en este mundo: habría que crear un cuerpo de inspectores de calcetines, con el gasto que implica siempre la creación de un cuerpo funcionarial, aunque estoy seguro de que las multas impuestas a los ciudadanos rebeldes a la normativa de los calcetines asimétricos superaría con mucho el gasto que llevaría consigo el mantenimiento del cuerpo de inspectores de calcetines, siempre y cuando no haya que crear otro cuerpo de inspectores para los inspectores de calcetines, porque de sobra es conocida la leyenda de la dejación de funciones por parte del funcionariado. Pero, qué quieren que les diga: tengo plena confianza de antemano en ese potencial cuerpo de inspectores, ya que su tarea sería muy entretenida: “Levántese usted un poco los bajos del pantalón”, dirían los inspectores a un viandante sospechoso. Y el viandante sospechoso mostraría sus calcetines idénticos o disímiles, según su grado de respeto a las leyes. “Voy a tener que ponerle una sanción fiscal por llevar los dos calcetines de color marrón”. Y el viandante replicaría: “No, fíjese bien: los dos son marrones, pero uno es marrón de Siena y el otro marrón nogal”. El inspector, llegado a ese punto, sonreiría con esa sonrisa que sólo saben poner los que te tienen pillado en falta: “A mí no me venga usted con sutilezas, que todos los marrones son marrones”.

Este gravamen sobre los calcetines traería consigo además otras ventajas, aparte de la meramente recaudatoria: ahorraríamos muchas horas al año en la clasificación doméstica de los calcetines, porque creo que estarán de acuerdo conmigo en que la tarea de aparejamiento de la colada de calcetines no difiere mucho del esfuerzo de un tasador de joyas, por poco que tengan que ver los calcetines con las joyas, claro está. Por otra parte, la industria textil se vería fortalecida por un nuevo reto: el de vender pares de calcetines de combinaciones fantasiosas que cumplieran la ley sin ofender el sentido estético, porque lo cierto es que mucho valor y mucha confianza en uno mismo hay que tener para salir a la calle con un calcetín de cada color.

Y es que hasta mentira parece que ningún economista haya caído en la cuenta de que la reducción del déficit público puede depender de la adopción de medidas tan simples como esta.


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sábado, 30 de abril de 2011

CORRECTORES


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En la revista PAISAJES, esa que distribuyen en los trenes, salió, en el número de abril, un reportaje mío. El planteamiento que me proponian resultaba bastante absurdo: el río Tinto, las marismas del Guadalquivir, Cádiz y Huelva... Todo mezclado. Como si a alguien le proponen un reportaje conjunto, no sé, sobre Albacete y Vigo, poco más o menos.


Dije que no, porque esos encargos acaban dando más jaleo de la cuenta, y además ando en otras cosas. Me insistieron y, al final, lo hice, conjugando como mejor supe, que no fue mucho.

Mi estupor viene ahora, cuando lo leo publicado: algún espabilado, o espabilada, ha metido mano en mis textos, trastornando frases, añadiendo o suprimiendo comas y permitiéndose incluso el adorno estilístico de algunos errores gramaticales graves.

Y ahí queda uno, en fin, como firmante y responsable de los errores de un botarate anónimo.

Y es que los denominados "correctores de estilo" -generalmente becarios con la ESO aprobada por los pelos- suelen tener más peligro que un mono con una navaja. Si les pierdes el control en algún proceso de la edición de un texto, cruza los dedos.

Me acuerdo de un corrector de estilo que se empeñó en cambiarme la palabra "azotea" por "terrado", porque él era catalán; de un corrector argentino que me proponía cambiar "coger" por "prender" (porque, allá, el hecho inocente de "coger conchas en la playa" tira a porno), aunque la novela no iba a publicarse en su país, sino en el mío, y de una iluminada correctora que en una novela me cambió "sisar" por "sisear" sin consultármelo siquiera -porque en esos casos el autor es lo de menos- y sin consultar el diccionario... Y por supuesto luego vino el maestrillo Senabre a señalar mi escandalosa confusión.

Bastante tiene uno con los errores propios como para cargar encima con los ajenos aplicados a lo propio.

(Quede esto, en fin, como desahogo privado, impropio de ser publicitado, porque hasta vergüenza da. Pero...)


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jueves, 28 de abril de 2011

PREMIO BEATÍFICO

La editorial Anaya convoca un premio de literatura infantil y juvenil. En el encabezado de las bases se lee: "La obra ganadora deberá contribuir a formar la personalidad de los lectores, promover su integración social y difundir los valores propios de una sociedad democrática".

En este premio tendrían pocas probabilidades de éxito novelas como El guardián entre el centeno o La isla del tesoro (a no ser que a John Silver se le considere un difusor de los valores democráticos entendidos a la manera valenciana, por ejemplo).

Le extraña a uno, en fin, que la obra ganadora no se limite a la aspiración de difundir los valores literarios, que lo demás ya vendrá por sí solo, en el caso de que tuviera que venir.

La beatería laica está muy bien, pero no deja de ser beatería. Y toda manifestación de beatería provoca, no sé, una extraña vergüenza ajena.

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domingo, 24 de abril de 2011

BOTELLA

Una botella es siempre una botella, al margen de lo que contenga, lo que no deja de ser una afirmación contundente del ego botellero: así hospede un licor bravío -de una graduación que maree con sólo leerla en la etiqueta, digamos- o así albergue un refresco de naranja con burbujas, la botella es siempre botella, condición que obtiene gracias a su cualidad de recipiente multiusos.

Con lo que nos gusta a los humanos dar nombre a las cosas, aunque separe a una cosa de otra cosa apenas un leve matiz de naturaleza o de utilidad, resulta raro que no exista la palabra “burbubotella”, pongamos por caso, para designar los ya mencionados refrescos con burbujas, o que no exista el término “whiskytella” para designar lo que ustedes se imaginan. Pero se ve que la botella está muy implantada como concepto único, invulnerable a la terminología antigeneralista.

A pesar de que toda botella es por antonomasia una botella, existen miles de tipos de botella: desde las que representan la sevillana Torre del Oro hasta las que reproducen la efigie de un torero o de una manola, pasando por las que tienen forma de ente surrealista o de luna humanizada con un rostro.

Casi todas las botellas son productos de valía artística –salvo tal vez las que pretenden serlo, que suelen acabar en bodrios-, pues están concebidas con arreglo a armonías muy estimables. Aun así, las botellas son objetos que tiramos sin reparo alguno a la basura o, en el mejor de los casos, al contenedor de vidrio. Si me permiten ustedes la temeridad del juicio, estoy convencido de que todos tenemos en casa algún jarrón que es mucho más feo que las botellas que desechamos a diario, lo que no es obstáculo para que tiremos una botella de formas armoniosas y conservemos en cambio un jarrón que es un verdadero mamarracho. Nunca comprenderá uno, en fin, el privilegio doméstico del que gozan los jarrones feos. Un privilegio que los libra de las fatigas propias del reciclado, aunque bien es verdad que los jarrones espantosos –fruto por lo general de regalos demasiado optimistas- acaban vegetando durante décadas en las mazmorras penumbrosas de los altillos del armario, del sótano o de la cochera.

Aparte del mal destino que les reservan las costumbres humanas, las botellas padecen ultrajes en el habla coloquial: nos referimos con desdén a un “cuello de botella” para designar obstáculos y estancamientos en cualquier tipo de situación. Decimos “Fulano le da a la botella”, como si a Fulano le embriagase el contacto con la botella en sí y no la ingesta abusiva de su contenido. A José Bonaparte, rey francés de España por la gracia de Dios y de su hermano, nuestros antepasados le apodaron Pepe Botella, en referencia a su supuesto alcoholismo, que ni siquiera de lejos era tal, según parece. Y así sucesivamente.

Por lo demás, en toda botadura de barco que se precie se estrella contra el casco una botella, aunque sus tripulantes darían cualquier cosa por una botella intacta en el caso de que el barco en cuestión naufragase y fuesen todos a parar a una isla desierta, porque el mundo es así de raro y de contradictorio.

sábado, 16 de abril de 2011

LA SEMANA FANTÁSTICA



¿No lo oyen? Pum, pum, pururún. (Y luego entran las cornetas: Tiru, tiruriru, titiriritití.) (Etcétera.) Vas a la calle de las Angustias y tienes que desviarte a la plaza de los Mártires porque el paso procesional del Supremo Dolor está luciendo sus esplendores por la antedicha calle de las Angustias, aunque al llegar a la también antedicha plazuela de los Mártires te quedas deslumbrando ante la visión inesperada del trono babilónico y ambulante de Nuestra Señora de la Soledad, de modo que, como vas con prisa, se te ocurre atajar por la calle Nuestra Señora del Rosario, en la que te topas con el desfile silencioso del Cristo de la Lanzada, porque las cofradías de silencio presentan ese inconveniente: que no te las oyes venir.

¿Por dónde coger? Meditas un momento y resuelves que el método más rápido para llegar a la calle de las Angustias tal vez consista en enfilar la calle María Auxiliadora (donde es posible que no haya trasiego de penitentes, aunque en estos días eso nunca se sabe del todo) y, una vez allí, bajar por Cardenal Spínola, llegar a la plaza del Pie de la Cruz, cruzar la avenida de Santa Teresa y, tras circunvalar la parroquia de San Miguel, llegar por fin a la calle de las Angustias. “Vamos allá”, te dices, y allá vas, en efecto. 

La primera etapa de tu itinerario alternativo se desarrolla con éxito y sin incidentes, a pesar de que el eco de unos tambores lejanos avisa de la cercanía de una aglomeración penitencial. Llegas a Cardenal Spínola y, de pronto, te ves venir de cara un tropel de gente que acaba de presenciar la recogida de Nuestro Señor Atado a la Columna y que avanza al trote para no perderse la salida del Cristo de los Flamencos, porque allí suele haber cada año una docena de saeteros de primera fila, y aquello parece la OTI, aunque en registro dramático y calé. Te refugias, en fin, en un portal mientras pasa la estampida y, una vez despejada la calle Cardenal Spínola, la bajas presurosamente y llegas a la plaza Pie de la Cruz, donde te ves obligado a acelerar el paso porque el eco de tambores está dejando de ser tal eco, ya que la cruz de guía de la Quinta Llaga acaba de recortarse en todo su esplendor en la cima del cambio de rasante de la calle Isabel la Católica.

Comoquiera que un concejal de Urbanismo decidió que la plaza Pie de la Cruz debía ir enlosada en mármol, como quiera que vas embalado para acudir a tu cita laica y comoquiera que llevas las suelas de los zapatos llenas de cera, te pegas un batacazo de personaje de tebeo, con pirueta incluida, te dislocas un tobillo y te acuerdas con ira del difunto padre del Demonio, que en el infierno esté. 

“¡Que alguien avise a una ambulancia!”, sugiere un filántropo, y otro filántropo que pasa por allí llama con su móvil al hospital. “Dicen que van a tardar un poco, porque ahora mismo está pasando el Cristo de la Viga por la calle María Goretti. ¿Le duele mucho?” Y asientes, como es lógico. Pero lo peor llega cuando tienen que moverte para dejar vía libre a la cofradía de la Quinta Llaga: te cogen entre cuatro y, mientras la banda interpreta “Los campanilleros”, te tumban en uno de los bancos rococó de la plaza Pie de la Cruz. “¿Cómo se siente usted?”, te pregunta una enlutada con peineta y mantilla. “¿Cómo voy a sentirme, señora? Como ese que va ahí”. (Y es que menuda semana nos espera.)
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lunes, 11 de abril de 2011

GAZAPOS

Recibe el nombre de gazapo el conejo joven. (Y, se mire como se mire, no deja de resultar el conejo uno de los animales más exóticos de cuantos nos rodean: un híbrido de hámster, de ardilla y de canguro. Y hay ocasiones en nuestra vida en que no tenemos inconveniente en comernos un conejo, generalmente con acompañamiento de arroz.) Como segunda acepción de su segunda acepción, en sentido figurado o familiar, la Real Academia de la Lengua propone: “Yerro que por inadvertencia deja escapar el que escribe o el que habla”. Si dejamos de lado los múltiples gazapos que cualquier persona cultivada puede llegar a acumular en un solo día de amena conversación y nos centramos en los gazapos de escritura, resulta inevitable el recuerdo del célebre gazapo cervantino que afecta al rucio de Sancho Panza: un burro que desaparece y reaparece de forma inopinada, como si se tratase de la paloma de un ilusionista, a pesar de tener un tamaño inadecuado para esos birlibirloques.

En Ana Karenina, Tolstói, por su parte, no se hace un lío con un asno, sino con una vaca, que tampoco está mal: en el capítulo 26 de la primera parte de esa novela, el personaje llamado Levin vuelve a su finca tras pasar unos días en Moscú; su cochero tuerto le pone al tanto de las novedades ocurridas durante su ausencia; entre ellas, el parto de la vaca llamada Paonne. Apenas dos páginas después, el que llega a dar el parte de novedades a Levin es su administrador; entre esas novedades se cuenta la del parto de la vaca, lo que ya para Levin no supone ninguna novedad; y aquí viene el gazapo, con sus ágiles patas de conejo joven, para enredar entre las patas de la vaca: “Levin reprendió severamente al hombre, pero su malhumor cedió al ser informado de un feliz acontecimiento: Paonne, la mejor de las vacas, comprada en la feria, había parido”, y entonces Levin, de repente entusiasmado, pide con urgencia su pelliza y una linterna para correr en plena noche a ver la vaca y la ternera. Descartada la posibilidad de que la vaca Paonne pariera dos veces en el intervalo de dos páginas –habilidad que ni siquiera corresponde a los prolíficos conejos-, no nos queda más remedio que dudar de la facultad mnemotécnica de Levin o de Tosltói, a elegir.

En su novela Grandes esperanzas, Dickens describe la siguiente escena: el joven narrador de la historia sube una escalera, al tiempo que la baja un individuo que es descrito de este modo: “Era un hombre corpulento, muy moreno, con una cabeza muy grande y unas manos que correspondían al tamaño de la cabeza. Me cogió la barbilla con su manaza y me hizo levantar la cabeza para mirarme a la luz de una vela. Tenía prematuramente calva la coronilla, las cejas negras, espesas y rizadas, y los ojos hundidos y desagradablemente penetrantes y recelosos”. Dado que la novela está contada en primera persona, la apreciación de la calvicie prematura de la coronilla de ese individuo no puede deberse sino a un error de perspectiva no atribuible al pobre Pip, sino al gran Dickens, que en ese momento no miraba a través de los ojos del pobre Pip.

Todo esto confirma, en definitiva, que quien tiene boca se equivoca, y no digamos quien, además de boca, se sienta en una mesa a escribir, que es asunto más arriesgado que el de mover la boca.

domingo, 3 de abril de 2011

COMIDA










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A estas alturas, la cocina se ha convertido en una rama del arte vanguardista, hasta el punto de que los platos tradicionales no merecen otra consideración que la de tanteos jurásicos -por así decirlo- para llegar a la cumbre estética en que se mueve hoy el sector estelar de la gastronomía.

La condición humana requiere vivir frente a un espejismo constante de progreso, para mantener de ese modo la ilusión de constituir una especie animal ascendente, inconformista con respecto a los logros del pasado y necesitada por tanto de novedades.

La nueva gastronomía ha echado raíces incluso en la poesía lírica: hoy por hoy, leer la carta de determinados restaurantes equivale a leer un poema mitológico de Góngora, un poema de tono imperial de Rubén Darío o incluso una cursilería evanescente de Núñez de Arce. En la carta de los restaurantes de avanzadilla, todo se llena de palabras más o menos esdrújulas que uno no entiende del todo, de plantas exóticas, de metáforas complejas, de sinestesias sorprendentes, de conceptos difíciles como el de “espuma de jamón” o el de “soplo de cilantro”, que desplazan ya la gastronomía al territorio de la alquimia e incluso de la metafísica.

Se mire como se mire, el acto de comer no es elegante. Nutritivo sí, indispensable, gozoso, pero elegante no, por elegante que sea el restaurante en que nos alimentemos, por distinguidos que sean nuestros modales y por bien vestido que vaya el camarero: hay que masticar, hay que deglutir, hay que limpiarse los labios manchados, hay que desplazar con la lengua los restos que se nos quedan adheridos a las encías, hay que reprimir los eructos, hay que segregar jugos por dentro… Una verdadera asquerosidad, por triste que resulte decirlo. De ahí, tal vez, que la gastronomía moderna recurra a lo etéreo y a lo mínimo para paliar los matices salvajes que confluyen en el acto de comer. Porque esos parecen ser los principios esenciales de la nueva cocina: transformar lo sólido en volátil y reducir la proporción de los alimentos. Y los divos actuales de los fogones han llevado a cabo esos principios hasta tal grado de perfección y sutileza, que se diría que no cocinan para estómagos humanos, sino para paladares de ángeles y de arcángeles, de tronos y de dominaciones, por no meter a Dios en esto.

La cocina tradicional parece haber quedado para gente que tiene el cielo de la boca hecho de papel de lija. Pero el caso es que los humanos somos más complejos de lo que parece, y se da el caso de que solemos llegar a la cima para volver a la sima, sobre todo en cuestiones de moda, de manera que hay personas que consideran un signo de distinción social -e incluso intelectual- el hecho de desdeñar la vanguardia gastronómica en beneficio de los platos tradicionales, hasta el extremo de burlarse de quienes alardean de finura de paladar. ¡Oh, mundo!

lunes, 28 de marzo de 2011

HAIKUS


Me pidieron de EL CULTURAL, del diario EL MUNDO, tres haikus en torno al desastre de Japón. Se publicaron el viernes.

Son estos:


1

La mala mar,

herida de sí misma,

muere matando.


2

¿De qué va huyendo

la ola agonizante

que nos arrastra?


3

¿También tú, mar?

Tu azul era el zafiro

de mis metáforas.


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(Ilustración de Hiroshige.)

sábado, 19 de marzo de 2011

BOMBILLA


Si las bombillas no sirviesen para nada, si no alumbrasen, si se limitaran a ser objetos sin función, las veríamos expuestas en los museos, pues pocos ingenios resultan tan hermosos y delicados como una bombilla clásica. Pero, como alumbran, las bombillas tienen que conformarse con ser bombillas, que no es un gran destino, de acuerdo, pero que tampoco está mal, sobre todo para el usuario.

La bombilla es un mundo hermético, simplicísimo y complejísimo a la vez, como casi todas las cosas que merecen la pena. Una bombilla apagada es un mundo despoblado, sin el duende dentro. Una bombilla encendida es un pequeño prodigio: una luz que tiene su origen quién sabe dónde y que encuentra la meta en un filamento que puede ser de platino, de carbón, de wolframio o de tungsteno, entre otros materiales posibles, según informan quienes saben.

Una bombilla no se pone al rojo vivo, sino al rojo blanco, que es un rojo muy peculiar, al menos para tratarse de un rojo. El bulbo de cristal de toda bombilla contiene un gas inerte que protege los filamentos de las altas temperaturas, lo que convierte a la bombilla en un ámbito con fantasma incorporado, pues como tal fantasma podemos considerar el mencionado gas inerte, que suena más a ocurrencia lírica que a término científico: inerte… El gas…

Una bombilla encendida atrae a los insectos (salvo a los traicioneros mosquitos, que son amigos de las tinieblas, porque ellos son como murciélagos en miniatura), y lo cierto es que comprende uno a esos insectos que no paran de revolotear en torno a las lámparas domésticas o a las farolas públicas: si uno hubiera nacido insecto, también se fascinaría ante ese espectáculo de refulgencia en plena noche, y creo que más de un insecto acabará pensando que una farola es en realidad la Luna misma, que se ha desprendido del cielo y ha ido a parar a un muro de la calle Aribau o de la calle Pedro Pérez, por no señalar a nadie en concreto.

Para una polilla con un poco de mentalidad estética, una bombilla debe de representar algo así como un palacio impenetrable de cristal en el que de noche se produce el milagro de la luminiscencia, de la luz surgida de la nada. Por eso, algunos insectos se apostan durante el día en las inmediaciones de la bombilla o sobre el cristal mismo de la bombilla, a la espera de que se ponga el sol y de que una mano distraída active el mecanismo prodigioso que permite que llegue al filamento un caudal inextinguible de luz, la luz a chorros, la luz navegante que viene de qué ríos.

En cuanto al destino trágico que está reservado a casi todas las cosas del mundo, digamos que las bombillas suelen tener una muerte fulminante. No hay bombilla que muera de muerte natural, de muerte lenta, por desgaste paulatino. No: la bombilla muere siempre electrocutada. En una micra de segundo, puede pasar de la actividad al acabamiento irreparable. Se trata de una muerte tan sumamente súbita, que en realidad parece un suicidio, pues nada se da tanta prisa en morir como una bombilla sana, ella sabrá por qué.


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lunes, 14 de marzo de 2011

CAFÉ












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Debido a su poder instantáneo para espabilar e infundir diligencia a la clase obrera, el café puede ser considerado como una de las armas secretas más eficaces del capitalismo. Es posible que, sin la existencia providencial del café, el absentismo laboral alcanzase cotas insostenibles para nuestro entramado productivo, y adiós entonces a tantísimas cosas.

Dicen quienes conocen las cosas que sucedieron en el pasado que, hasta el siglo XVII, el café era para los europeos un concepto exótico, algo que se mencionaba en los relatos de los viajeros que regresaban de Oriente con un fardo de curiosidades en la memoria. Mientras los árabes y los turcos bebían café, los europeos tomábamos vino y cerveza desde las claras del día, extremo que, se mire como se mire, distaba mucho de la ejemplaridad cívica y del fomento de la diligencia laboral. Como no hace falta decir, los pueblos de Europa, amigos del sincretismo, siguen bebiendo vino y cerveza, aunque suelen recurrir al café para paliar los efectos del vino y de la cerveza, en tanto que los pueblos árabes, más partidarios de la inamovilidad de las tradiciones, siguen con la cosa del café, ya que el consumo de bebidas alcohólicas puede acarrearles problemas de índole teológica, y tampoco se trata de eso.

Quiere la leyenda que los sufíes fueron los introductores del café en el mundo islámico, y se supone que los primeros cafeinómanos se manifestaron a finales del siglo XIV en círculos místicos, pues les infundía elevación de espíritu aquella sustancia. De todas formas, la popularización del café llevó consigo que se abrieran establecimientos para su consumo, y parece lógico que en tales establecimientos se practicaran juegos de azar, se alternase con mujeres y se escuchase música. Estas expansiones lograron herir la sensibilidad de un jefe de policía de La Meca, que, en el siglo XVI, con la complicidad de un concilio de alfaquíes, consiguió prohibir el comercio y consumo de café. La prohibición duró hasta que le sucedió en el cargo un partidario del café, y las aguas volvieron a su cauce; es decir, a las cafeteras.

En un principio, se atribuyeron al café muchas propiedades terapéuticas: la purificación de la sangre, la sedación del estómago, el fortalecimiento del hígado… El sector más puritano de las postrimerías del XVII no dudó en otorgarle una cualidad moral: la de alejar a los humanos del vicio del alcohol.

El café fue recibido en Europa, en fin, como una especie de sustancia mesiánica, redentora de una situación de borrachera global, ya que tanto la cerveza como el vino formaban parte de la dieta de cualquier familia, niños incluidos.

A principios del XVIII, el país europeo con un índice mayor de consumo de café era Gran Bretaña, hasta que, a mediados de siglo, ese consumo entusiasta fue relegado en beneficio de la popularización del té, quizá por ese prurito británico de diferenciarse de sus nacionalidades vecinas incluso a la hora de colocar el volante en un coche.

Herman Melville, en su novela Moby Dick, concibió a un personaje cafeinómano que procuró hacer entrar en razón –aunque en vano- al capitán Ahab: el oficial Starbuck, que en la actualidad da nombre a una cadena internacional de cafeterías, como no hace falta ni decir.


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jueves, 10 de marzo de 2011

LAS RESPUESTAS RETÓRICAS
























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De momento al menos, todo parece destinado a volver al papel.

En la novedosa colección Álogos (dedicada a recopilar entradas de blogs), Javier Sánchez Menéndez, el diligente director de la Isla de Siltolá (siltola.blogspot.com
), ha editado una selección de las entradas de este MERCADO DE ESPEJISMOS.

En la misma tanda, han salido recopilaciones de J.M. Benítez Ariza, Enrique García-Máiquez y Fernando Valls.

Pues nada, eso: que muchas de estas divagaciones ya están allí y, por supuesto, siguen estando aquí.

El soporte fantasmal y el soporte papel.

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lunes, 7 de marzo de 2011

EL BUEN SOLDADO








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La editorial sevillana PARÉNTESIS (www.parentesiseditorial.com), que dirige Antonio Rivero Taravillo, acaba de reeditar, en una nueva traducción debida a Victoria León, la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, que vale mucho por sí misma y también por los caminos narrativos que desbrozó, cualidades que no siempre se confabulan. Antonio tuvo la amabilidad de pedirme que la prologara. Van a continuación algunos fragmentos de ese prólogo:


"Ford Madox Ford empezó a escribir El buen soldado a finales de 1913, a sus 40 años recién cumplidos. Antes de publicarse en 1915, la novela tuvo un título de reverberaciones un tanto melodramáticas: La historia más triste. El editor consideró que se trataba de un reclamo -cualquier título no es mucho más que eso- muy poco atrayente para una sociedad que estaba siendo testigo de las calamidades derivadas de la Primera Guerra Mundial. La discrepancia se resolvió mediante una broma, según explica Ford en el prólogo que añadió a una edición de 1927 de esta novela de atmósfera envolvente y de título tan ambiguo como equívoco, ya que dirige el foco hacia uno solo de los cuatro pilares de la historia: un matrimonio inglés y otro norteamericano que mantienen a lo largo de nueve años una relación en principio afable, a la larga tortuosa y al cabo destructiva".

(...)

Ford no recurre a sentimientos esquemáticos que induzcan -o al menos faciliten- el posicionamiento moral del lector frente a los protagonistas de su novela, sino a sentimientos tan enturbiados como sólo pueden enturbiarse en la vida real; sentimientos extraños, poliédricos y confusos, como lo son tal vez todos los sentimientos cuando se diseccionan y cuando se procura desplazarlos al ámbito de la razón, que no deja de ser una intrusa vanidosa en los asuntos sentimentales. Mark Schorer supone que “en última instancia”, El buen soldado describe un mundo que carece de sentido moral y que revela a un narrador que sufre la locura de la inercia moral: una víctima indolente que ni siquiera se toma la molestia de guardar rencor.

(...) "En esta novela, Ford Madox Ford plantea la coherencia peculiar de las pasiones, una coherencia que está por encima -o por debajo, quién puede saberlo- de cualquier razonamiento lógico, quizá porque las pasiones que merecen ese nombre se alimentan en buena parte de las contradicciones; entre ellas, la que tal vez sea la mayor de las contradicciones posibles: el afán de esclavitud sentimental en nombre de la libertad de los sentimientos" (...)

(...) "El ritmo de la narración es el propio de una conciencia impúdica aunque a la vez temerosa: la conciencia de alguien que quiere contar pero que parece remiso a contar, explícito y escurridizo a la vez; la conciencia de alguien, en fin, que ofrece verdades a medias como táctica para ofrecer una verdad global: una verdad hecha pedazos, hecha de pedazos. “Soy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte difícil encontrar el camino por lo que quizá no sea más que una especie de laberinto”, confiesa el narrador. Esa carencia de orden es una de sus virtudes estilísticas: la alteración de la linealidad del espacio y del tiempo narrativos en beneficio de una exposición del discurso mediante la recurrencia continua al flash-back" (...)

Divagaciones al margen, y en resumen, una novela capital.

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