lunes, 14 de marzo de 2011

CAFÉ












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Debido a su poder instantáneo para espabilar e infundir diligencia a la clase obrera, el café puede ser considerado como una de las armas secretas más eficaces del capitalismo. Es posible que, sin la existencia providencial del café, el absentismo laboral alcanzase cotas insostenibles para nuestro entramado productivo, y adiós entonces a tantísimas cosas.

Dicen quienes conocen las cosas que sucedieron en el pasado que, hasta el siglo XVII, el café era para los europeos un concepto exótico, algo que se mencionaba en los relatos de los viajeros que regresaban de Oriente con un fardo de curiosidades en la memoria. Mientras los árabes y los turcos bebían café, los europeos tomábamos vino y cerveza desde las claras del día, extremo que, se mire como se mire, distaba mucho de la ejemplaridad cívica y del fomento de la diligencia laboral. Como no hace falta decir, los pueblos de Europa, amigos del sincretismo, siguen bebiendo vino y cerveza, aunque suelen recurrir al café para paliar los efectos del vino y de la cerveza, en tanto que los pueblos árabes, más partidarios de la inamovilidad de las tradiciones, siguen con la cosa del café, ya que el consumo de bebidas alcohólicas puede acarrearles problemas de índole teológica, y tampoco se trata de eso.

Quiere la leyenda que los sufíes fueron los introductores del café en el mundo islámico, y se supone que los primeros cafeinómanos se manifestaron a finales del siglo XIV en círculos místicos, pues les infundía elevación de espíritu aquella sustancia. De todas formas, la popularización del café llevó consigo que se abrieran establecimientos para su consumo, y parece lógico que en tales establecimientos se practicaran juegos de azar, se alternase con mujeres y se escuchase música. Estas expansiones lograron herir la sensibilidad de un jefe de policía de La Meca, que, en el siglo XVI, con la complicidad de un concilio de alfaquíes, consiguió prohibir el comercio y consumo de café. La prohibición duró hasta que le sucedió en el cargo un partidario del café, y las aguas volvieron a su cauce; es decir, a las cafeteras.

En un principio, se atribuyeron al café muchas propiedades terapéuticas: la purificación de la sangre, la sedación del estómago, el fortalecimiento del hígado… El sector más puritano de las postrimerías del XVII no dudó en otorgarle una cualidad moral: la de alejar a los humanos del vicio del alcohol.

El café fue recibido en Europa, en fin, como una especie de sustancia mesiánica, redentora de una situación de borrachera global, ya que tanto la cerveza como el vino formaban parte de la dieta de cualquier familia, niños incluidos.

A principios del XVIII, el país europeo con un índice mayor de consumo de café era Gran Bretaña, hasta que, a mediados de siglo, ese consumo entusiasta fue relegado en beneficio de la popularización del té, quizá por ese prurito británico de diferenciarse de sus nacionalidades vecinas incluso a la hora de colocar el volante en un coche.

Herman Melville, en su novela Moby Dick, concibió a un personaje cafeinómano que procuró hacer entrar en razón –aunque en vano- al capitán Ahab: el oficial Starbuck, que en la actualidad da nombre a una cadena internacional de cafeterías, como no hace falta ni decir.


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10 comentarios:

Doña Bostezos dijo...

Intéressant ... Merci pour le café, a été un plaisir de vous lire..
Besoss..

Primitivo Algaba dijo...

Buenas tardes Felipe, sospechaba desde siempre que el café tenía algo que ver con el capitalismo, como también me huelo que tiene muchísima culpa del anarquismo y de la psicología transpersonal, pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que está en el origen de que las tardes sean más agradables, más placenteras y más dignas de ser vividas. El café me reconcilia con el mundo y con la buena vida.Gracias por habeme dado pie a decírtelo, por ese particular quédate tranquilo. Un abrazo
Primitivo
Primitivo

Hiparco dijo...

"Tomar un café" se ha convertido en una de esas expresiones multisémicas que esconden las más variadas intencionalidades, aunque quedar para ir de vinos o tomar una cerveza, o copas, puedan ser sustitutivos plausibles, tomar un café denota una sensibilidad mayor, como quizás la edad de quien la profiere; en las oficinas públicas y privadas es obviamente donde más predicamento tiene, y que quede el primer ministro a tomar café con el embajador de tal ínsula tiene su interés mediático. Nunca fui cafetero, no me persuadió la época estudiantil para ello, ni para ligar, pues las compañeras eran en la cantina las más proclives y favorecía la oportunidad, pero esto ya es otra historia.

Juanjo dijo...

Debo reconocer mi ignorancia en cuanto al origen del nombre Starbucks,pero gracias a tu estupenda entrada he podido rellenar ese lago.
Por otra parte quiero añadir que finalmente hemos logrado contrarestar ese aspecto puritano del cafe mediante la invencion del carajillo
Un abrazo

Microalgo dijo...

Pues yo he sido siempre más de cola-cao, qué quieren que les diga...

Esther dijo...

Felipe, me alegra mucho leer esta entrada dedicada al café. De hecho, hace días que pensaba en escribir en mi blog una entrada sobre Starbucks. ¿Por qué? Si como tú bien dices, el café se convirtió en un lugar para los juegos de azar, las mujeres y la música... ahora, al menos en Boston (ciudad universitaria por excelencia), se ha convertido en otra cosa: una biblioteca.
Si decides quedar con un amigo para tomar un café, el lugar menos idóneo será una cafetería de esta cadena (la de al lado estará vacía). Te resultará imposible encontrar un asiento, y mucho menos una mesa. En lugar de eso, verás como decenas de estudiantes (por decirlo así) se habrán aposentado en ellas, con sus ordenadores y libros. Algunos se levantarán a pedir un café, otros ni siquiera se molestarán.
Y tú, que irás allí con la intención de consumir, de charlar y de cobijarte del frío, tendrás tres opciones: resignarte e irte, quedarte de pie o, como la mayoría, coger tu café e irte. Indudablemente, te preguntarás por los intereses y beneficios de la cadena. ¿Es una manera de crearse una fama? ¿Les sale a cuenta?
¿Y qué pensarías si te dijese que ya he oído a más de una persona decir que ha escrito una tesis doctoral entera en una cafetería de esta cadena? ¿A cuántas horas de permanencia da derecho la consumición mínima?

Anónimo dijo...

Yo soy una súbdita del café, ni qué decir, al servicio también del capitalismo, claro.
Me alegra encontrar su blog (soy una desconocida intrusa, además de una admiradora de su poesía). Aprovecho para comentarle que coordino un monográfico sobre poesía andaluza en la revista literaria www.ensentidofigurado.com y sería para nosotros un honor su colaboración, si le apetece, puede mandar al correo amarandaalvea@yahoo.es tres poemas, breve nota biográfica y foto. Un abrazo

Alberto Pacheco dijo...

Yo, como maese Microalgo, soy más de cola-cao, la verdad.

Jorge Encinas Martínez dijo...

Buena historia y reflexión sobre la toma del café. Me gusta especialmente la dosis de humor y buena pluma.

Un saludo

blog dijo...

Muchas gracias por los comentarios.