sábado, 28 de noviembre de 2009

VIAJES







Hay muchas formas de viajar, entre ellas la que consiste en no moverse uno de casa y darse cuenta de que está muy lejos, perdido por el mundo, incorpóreo y errante, subido a una esterilla voladora, visitando regiones etéreas, paseando por calles espectrales, escrutando espejismos: monumentos de humo, catedrales que están hechas de lo que están hechas las nubes, mares que no se mueven, bares llenos de fantasmas silenciosos, plazas en que hay pájaros de papel y palmeras pequeñas, porque la memoria reduce cualquier ciudad a la escala de un juguete.

Hay, sí, muchas formas de viajar. Coges el atlas, igual que de niño, y paseas el dedo por los mapas a la búsqueda de un topónimo de resonancia fabulosa, porque el nombre de las ciudades es como el nombre de los perfumes: está obligado a definir el matiz de una esencia.

¿Cómo será Erzurum, allá en Turquía? ¿De qué color serán los taxis de Pekan Muara, al norte del Sultanato de Brunei? ¿Cómo estará el tiempo en Mandalay? ¿Qué tonos morados y ambarinos lucirá hoy el ocaso en Timaru?

Si quieres hacer un viaje a lugares que ya conoces, te vas a la página meteorológica del periódico: en Budapest están hoy a cuatro grados bajo cero, y debe de bajar gris el Danubio. En Sevilla tienen cuatro de mínima, y estará verdoso el Guadalquivir. Esta noche en Valencia hará dos grados, y a cero grados estarán en Tokio, lo que significa que habrá poca animación en el barrio festivo de Rapongi. Llueve en Roma, que es una ciudad a la que no le pega la lluvia, porque transforma su grandiosidad en un decorado marchito, como si aquello fuese un almacén de los estudios Cinecittà, y parece que todo va a desplomarse, que todo es de cartón piedra. Los habaneros están bien, a 24 grados, y se ve uno ya en la barra del Floridita, ese bar en el que da la impresión de que va a aparecer en cualquier momento Rita Hayworth en traje de noche a pleno día, dando traspiés sobre tacones inseguros. Cierras los ojos y ya estás, en fin, en La Habana triste y jolgoriosa, con un daiquiri gélido delante en vez de con un frenadol disuelto en agua, que es como andamos casi todos por aquí, intoxicados de antitusivos y de paracetamol.

El viaje verdadero, el que uno hace con un pasaje y con una maleta, tal vez sea la modalidad más molesta de todas las posibles, porque luego resulta que las ciudades extrañas nos quedan demasiado grandes, que el cuerpo se nos cansa, que se nos cansa la curiosidad, y acabamos en el bar del hotel, hablando en un inglés más o menos comanche con el camarero, que nos pregunta sobre Ibiza y sobre los toros.

Uno de los libros más fascinantes que he leído es el de los viajes de Sir John Mandeville, un éxito editorial del siglo XIV. Nadie sabe quién fue este Mandeville, qué autor se ocultó bajo ese nombre. El libro narra viajes portentosos por regiones lejanas del mundo, y el autor tiene la virtud de dar por buena cualquier leyenda descabellada. Lo curioso es que se supone que, fuese quien fuese, Mandeville no se movió jamás de su casa y que su libro es una especie de collage hecho a partir de las crónicas de diversos viajeros.

Porque hay muchas maneras de viajar, ya les digo: esta mañana he desayunado en París. Y ahora me estoy bañando en Maracaibo. ¿Me acompañan?


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miércoles, 18 de noviembre de 2009

MERCADOS



Lo normal es ir a un mercado cuando necesitas comprar o vender algo allí, ya sea un manojo de rábanos o una cornucopia carcomida del siglo XVII. Pero toda normalidad admite de buen grado la extravagancia, de modo que también resulta normal ir a un mercado para matar el tiempo antes de que él se mate por su cuenta, sólo para merodear, para observar con despreocupación el ritmo de la vida ajena, incluso con los bolsillos vacíos; para entretener el ocio, en fin, con una ocupación que no entre en conflicto conceptual con el ocio.

Cuando ando por ahí, me gusta entrar en los mercados. El más impresionante de cuantos he conocido es el de Guadalajara, en México. Puedes comprar allí una silla de montar con repujados barrocos o un cartucho de chile, una fruta extraña o un pájaro extraño, un brazalete de oro o un poco de café. Al lado de una joyería puede haber una carnicería; al lado de una pescadería, una tienda de juguetes articulados. Nunca sabes bien en qué parte del mercado estás, ni en qué planta, y tienes la sensación de andar perdido por un laberinto de colores, de olores y de voces, como si te hubieras metido bajo la lengua un secante de LSD y flotases en un universo de impostura.

El mercado de Oporto es como la ciudad: digno y triste, aunque el más triste de los que he visitado es, a fuerza de asepsia, el mercado cubierto de Oxford, porque parece ya menos un mercado que un centro comercial, y hasta el pescado da la impresión de ser allí de porcelana. El de Tánger no es triste: se limita a ser pavoroso, con olores que marean y que te dejan un poco con la misma cara de estupor que esas cabezas de cordero que cuelgan de unos garfios. El barcelonés de la Boquería es esplendoroso, a pesar de sus penumbras eternas de estación nocturna. En los mercados de Budapest, la gente se comporta igual que en los museos: observando todo con respeto, silenciosa e indecisa, pasando de puntillas ante las latas de paté de de oca, expuestas como si fuesen joyas de Tiffany´s.

En una mañana cualquiera de verano, el mercado de Sanlúcar de Barrameda es una fiesta bulliciosa, y algunos tenderos pregonan el género con gritos rimados y jocosos, y hay quien vende bogavantes y langostinos y quien vende calcetines y bragas. El mercado viejo de Cádiz es (esperemos que siga siéndolo tras su remodelación) algo así como la despensa del dios Neptuno; los pescaderos espolvorean continuamente con hielo picado su mercaduría, y los peces parecen amortajados en montones de diamantes, y sus ojos de pánico se deforman con los prismas del hielo picado, y todo parece una visión caleidoscópica de ojos muertos: mires a donde mires, ves ojos muertos que te miran.

Lo mismo ocurre en el mercado de pescado de Tokio, que huele a abismo submarino, y parece aquello –la verdad- un holocausto, con esos obreros que arrastran cadáveres plateados, aunque luego el género llega a los mostradores de los minoristas en envases de plástico, troceado, listo para ser transformado en sushi. ¿Y quién no está dispuesto a perder una mañana en el romano Campo de las Flores, mirando verduras en vez de monumentos?

Bueno, no sé, lo que les decía al principio: que está bien eso de merodear por los mercados, sentirse un turista despreocupado entre la gente que resuelve su rutina. Y no sacar conclusiones. Y dejarse llevar. Y santas pascuas.
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viernes, 13 de noviembre de 2009

PANADERÍAS


La memoria crea sus asociaciones caprichosas, sus espirales aleatorias y volubles. Es posible, quién sabe, que, bajo su apariencia de gran acontecimiento psicológico, la memoria sea apenas eso: una frecuencia de asociaciones caprichosas y fortuitas entre el presente y la nada, esa nada confusa y minuciosa del tiempo que se fue.

A causa de ese mecanismo veleidoso de la memoria, cada vez que entro en una panadería hago un viaje rápido a mi infancia, y me encamino al mostrador con la sensación de haber resucitado a aquel niño que tenía menos altura que el mostrador y que veía al panadero, en escorzo, como a un gigante vestido de blanco. Cada vez que entro en la panadería, tengo siete años y llueve, porque la infancia es un paraíso con tormenta.

La verdad es que en las panaderías parece que están cociendo ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones, en vez de masa de harina. Huele aquello a cadáver angélico, a humo de sacrificio celestial, a horno de magia potagia. Incluso tiene uno la impresión narcótica de que revolotean por allí angelillos enharinados, espectrales y bulliciosos, jugando a tirarse migas, porque las panaderías siempre parecen tener una pátina blanca, un ambiente de limbo evanescente. Llega uno a pensar, ya puesto a los delirios, que los dependientes de las panaderías deberían ser ángeles, con sus alas y demás, para que cada mañana fuésemos testigos de un milagro: el ángel proletario de la aurora detrás de un mostrador, metiendo el pan en bolsas.

El ocurrente Salvador Dalí decía que el pan siempre había sido una de sus fascinaciones iconográficas, hasta el punto de presentarse en una corrida de toros con un enorme pan payés a modo de sombrero. Uno, por suerte, no llega a tanto, pero es cierto que hay algo misterioso en el pan, que lo mismo sirve como símbolo litúrgico que como ingrediente espesante del gazpacho. Resulta exótico, además, el nombre de los panes: fabiola, chusco, boba, mollete, chapata… Y cosmopolita a veces: “Póngame usted dos barras de pan de Viena”.

Hay gente que dice que no puede cortar el pan con un cuchillo, porque le parece aquello una especie de asesinato, o como poco una profanación. Como si el pan fuese un ser vivo. Como si una pieza de pan fuese, en efecto, el alma cocida de un querube.

“El pan nuestro de cada día”, reza la gente en la penumbra de sus templos. “Con el sudor de tu frente comerás el pan”, castiga Dios a Adán en pleno drama. “Más largo que un día sin pan”, decimos cuando vemos pasar a un larguirucho.

Resulta curioso, en fin, que la memoria se refugie en cualquier parte, en el primer hueco que encuentra, lo mismo que la multitud sorprendida por un bombardeo o por un chaparrón. Hasta una panadería le sirve a la memoria para subsistir, para aferrarse al tiempo, para no morir de olvido: llega uno allí, compra dos piezas de pan y le tiembla el pasado dentro, y se siente como el fantasma de sí mismo. Saca unas monedas del bolsillo y de pronto el mostrador le parece muy alto, y llueve, y sus padres le esperan para comer.




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sábado, 7 de noviembre de 2009

LOS ATERRADOS


Llegan al hospital muy de mañana, cuando el cielo aún se esfuerza en amanecer, cuando todavía se ven luces encendidas a través de las ventanas, a esa hora indecisa en que la noche no se ha muerto del todo, en que los demás salimos en un repente brusco del submundo desvaído de los sueños y nos disponemos a ingresar en la realidad con pasos presurosos, porque los relojes tienen mucho poder marcial por la mañana.

Llegan al hospital con ojos desesperanzados, con andares de pesadumbre, con el nerviosismo de quien espera una mala noticia.
Son los enfermos imaginarios, los enfermos que sólo padecen la enfermedad de temer que están enfermos, de que sus días en la tierra pueden contarse con los dedos de una mano, de que algo por dentro les falla, les está corroyendo, les está asesinando.

Los conocen ya de sobra los bedeles, y ellos conocen de sobra a los bedeles: se tutean, se saludan, se desprecian. Los conocen ya los médicos, y los desprecian también por temerosos, porque se han vuelto mendigos de remedios para males ficticios, porque suplican bálsamos para dolores que no existen, porque reclaman fármacos para aliviar lo que no tiene alivio: el terror de tener un cuerpo. El terror derivado de una mente asustadiza obligada a convivir con un cuerpo. Un cuerpo que a diario les tiende trampas mortales, un cuerpo que les causa continuamente dolor, que no les deja vivir, que se les gangrena cada día un poco más.

Llegan al hospital muy de mañana, porque su imaginación sombría sabe que la enfermedad trabaja mejor de noche, y tienen que estar vigilantes, atentos a cualquier síntoma. Llegan muy de mañana porque se han notado una punzada en el hígado, porque han sentido latir el corazón de forma anómala, porque una especie de ejército de hormigas frías les ha recorrido las piernas, porque su orina parecía un poco más oscura de lo normal, porque les duele hasta el iris.

Dan vueltas por el hospital, ansiosos, con la urgencia de los malheridos. Persiguen por los pasillos a los doctores, abordan a las enfermeras, detallan sus males incluso a las limpiadoras, se arrancan a sollozar ante los demás enfermos. Los conocen ya, y los desprecian. Por asustadizos. Por aterrados. Pero ellos mendigan tratamiento: unas pastillas, una radiografía, unos análisis. Porque se sienten mal. Porque tienen un cuerpo, y ese cuerpo es su enemigo, el ente que quiere matarlos.

Llegan al hospital muy de mañana, y allí se pasan la mitad del día dando tumbos, a la espera de un chequeo, de un diagnóstico, de algo que confirme sus sospechas heladoras, porque se notan algo en el hígado, en un pulmón, en la rodilla. Porque el cuerpo no les deja vivir. Porque el cuerpo les aterra. Porque ellos quisieran ser espíritus, ángeles alegres, descorporeizados, ectoplasmas sin vísceras. Porque no soportan el terror de tener cuerpo. Y llegan al hospital, en fin, muy de mañana, cuando el cielo aún se esfuerza en amanecer, como quien regresa a su casa verdadera.

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lunes, 2 de noviembre de 2009

ASTAROTH


La teología católica no sólo nos sugiere creer en Dios, sino también en el diablo, lo cual no deja de constituir una incitación a una especie de politeísmo paradójico. “No se puede creer en el diablo sin creer también en Dios”, según señala el filósofo alemán Rüdiger Safranski, historiador del mal.

Así las cosas, el exorcista oficial de la diócesis de Barcelona llegó a afirmar en cierta ocasión que jugar a la ouija, aun tratándose –según él- de un juego del todo fraudulento, acrecienta el riesgo de ser víctima de una posesión diabólica, riesgo que al parecer no presentan el parchís ni el tute, pongamos por caso, cuyo grado de fraude depende de las malas intenciones de los jugadores, pero no del juego en sí.
De todas formas, a modo de contrapunto optimista y tranquilizador, el exorcista catalán nos informaba de que “El demonio está atado muy corto en nuestro país, que es católico”. Una noticia excelente, sin duda, porque resultaría preocupante la certeza de que el demonio anda sin rienda por nuestras diferentes autonomías.

Existen determinados indicios, no obstante, de que el demonio tiene feudos prósperos en España. En mi pueblo, sin ir más lejos. “¿En Rota?”, me preguntarán ustedes. Pues sí.

Hace años, un erudito local arriesgó la hipótesis de que el nombre de Rota podía derivar de Astaroth, topónimo más o menos fenicio, pues casi todo lo históricamente incierto y nebuloso suelen atribuirlo tales eruditos a los fenicios o a los tartesios, pueblos que flotan en un espacio intermedio entre la historia y la leyenda, que es un espacio muy confortable para determinado tipo de erudición.

Bien. En la Biblia, en el libro de Josué (13.31), se menciona Astaroth como una de las ciudades del reino de Og -allá en Basán- que fueron asignadas a los hijos de Maquir, en tanto que en el libro de los Reyes (11.5) se identifica Astaroth con una diosa de los sidonios, que es casi lo mismo que decir de los fenicios. Por su parte, Antonio de Guevara, en su Relox de príncipes, señala Astaroth como una divinidad adorada por los árabes en general. Etcétera.

Sea como sea y por la razón que sea, el nombre de Astaroth ha llegado hasta nosotros como el de un demonio que, según la Pseudo-Monarchia Demonorum de Joannes Wierus, es muy poderoso en el infierno, pues manda allí cuarenta legiones de espíritus, mientras que en la jerarquía de los ángeles caídos tiene rango de príncipe de los tronos. En el Diccionario infernal (1863) de Collin de Plancy, Astaroth se representa como un demonio coronado, fuerte y feo, que cabalga sobre un dragón y que agarra una víbora con la mano derecha a modo de cetro -aunque en la ilustración de arriba lleva la víbora en la mano izquierda.
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Según el Goetia, libro primero del Lemegeton, al demonio Astaroth conviene mantenerlo a distancia, a pesar de su poder para proporcionar respuestas fiables sobre el pasado, el presente y el porvenir, pues su aliento fétido resulta venenoso.
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Al parecer, el momento idóneo para invocar a Astaroth es un miércoles cualquiera de diez a once de la noche.

En mi pueblo, el demonio Astaroth ha prestado su nombre a una autoescuela, a un muelle pesquero-deportivo, a una calle, a un colegio, a una gestoría, a una empresa de alquiler de coches (Astarothrent) y a un premio destinado a reconocer trayectorias individuales marcadas por la ejemplaridad.

Y supongo, no sé, que si el exorcista oficial de la diócesis de Barcelona viene alguna vez por aquí, debería traerse el hisopo bien cargado.

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sábado, 24 de octubre de 2009

CACHARROS



Las urracas sienten fascinación por los objetos que brillan. Si amaestras a una y la dejas suelta por la casa, te robará las llaves, el reloj, los gemelos, las joyas que no pongas a resguardo, porque son ladronzuelas de fulgores.

No sé cómo a nadie no le ha dado todavía por amaestrar una bandada de urracas y soltarlas en una tienda de Tiffany´s o de Cartier: aquello sería como el saqueo de Roma por Carlos V. “Un atraco alado”, “El gran golpe de las joyas volantes”, dirían los periódicos.

Tenemos en común con las urracas ese gusto por las cosas relucientes. Hasta el siglo pasado, por ejemplo, el sistema monetario internacional estuvo regido por el patrón oro. Ni patrón plata ni patrón patata: patrón oro. Del que le gustaba a Tutankamón. Del que le gusta a la gente de las barriadas marginales de cualquier parte del mundo, dispuesta a llevar oro hasta en los dientes, porque llevar oro encima es como proclamar que uno no es un muerto de hambre, así esté muerto de hambre. Te cuelgas una cadena de oro del cuello y eres el rey del lumpen, el sultán del hampa, el monarca quimérico del barrio, el emperador del bloque o el gran visir del polígono.

Salimos a la calle y nos atrae el resplandor de los escaparates, las mercancías rutilantes que nos tientan con su hermosura inútil, porque esa inutilidad forma parte de su hechizo: lo hermoso sin porqué. Vamos de viaje a cualquier sitio exótico y volvemos cargados de cacharros que no sabemos dónde colocar, en buena medida porque nuestra casa parece ya un bazar atiborrado, de modo que nos ponemos a regalar cosas a las amistades, esas amistades que tampoco tienen dónde colocar nada, con la agravante de que ellos, cuando les toca viajar a lugares remotos, nos traen, por corresponder a nuestro detalle, o quién sabe si como venganza, algún adorno étnico que tampoco sabemos dónde poner, de modo que va creándose una cadena de transmisión de chirimbolos que dormitan en cajas y cajones con el desorden patético de la chatarra. Un rebujo informe de metal, de cristal, de azófar y de bronce, de plástico y de papel, de seda y barro: nuestra despensa de fantasmagorías decorativas.

Los objetos tienen un componente mágico: nada más verlos, pueden deslumbrarnos y despertar en nosotros el afán incontrolable de poseerlos, de tenerlos para siempre cerca. Se convierten en una necesidad innecesaria, aunque irrenunciable. Hay quien roba y hay quien mata para poseer. Hay quien sólo vive para poseer cosas.

Pero, una vez que logramos adueñarnos de un objeto ansiado, resulta que se vuelve invisible: está ahí y no lo vemos. Pasamos 20 veces al día por delante de él como quien pasa por delante de un hueco vacío, porque ese objeto codiciado ya no existe: el hecho de poseerlo lo anula, lo convierte en una pieza indistinta de nuestro teatro doméstico. Ese pequeño teatro repleto de utilería inservible, de cosas que dejan de existir a fuerza de convivir con ellas, de verlas, de quitarles el polvo. Ese pequeño teatro en el que, al final, acabamos como Hamlet, con una calavera sonriente en la mano, haciéndonos quién sabe qué preguntas.

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sábado, 17 de octubre de 2009

EL ESPECTÁCULO DE LA VENTANA


El mundo es muy grande, y viajar por él puede resultar fascinante o terrible, ameno o tedioso, inolvidable para bien o para mal. De todas formas, y dejando de lado el ancho mundo, nos basta una ventana, una simple ventana, para que la realidad se manifieste en todo su esplendor misterioso.

Te acodas en la ventana y te pones a observar a la gente que pasa. Y ahí empieza una gran historia. Ves a una viejecilla que lleva una cesta de enea. "¿Qué llevará en la cesta?" Por la forma que se adivina, puede ser un melón. Pero, ¿y si fuese una de esas cabezas parlantes que aparecen en los cuentos añejos, una cabeza prodigiosa y mágica que, por quién sabe qué expediente de hechicería, tiene la facultad de hablar? Porque has notado que la viejecilla masculla, y es probable que ande en coloquios con esa cabeza parlanchina que transporta en la cesta. ¿De qué hablará la viejecilla, en fin, con la cabeza portentosa?

Ves pasar a un hombre con la bolsa de una farmacia. ¿De qué estará enfermo? Es posible que le anden mal los riñones, o que padezca insomnio y sus noches sean infinitas. Y te fijas en el color de su piel, y no le aprecias un tono saludable, porque es el suyo el tono de la cera antigua, amarillenta y transparente. Y el hombre pasa, con su bolsa de alivio, y le deseas en silencio buena suerte.

Pasa un joven con una pala recién comprada. ¿Qué irá a cavar, qué irá a enterrar? Y piensas, ya puesto, que la imagen de alguien con una pala es una imagen sospechosa, sospechosa y aterradora, porque puede tratarse de un asesino de mente fría que tiene escondido un cadáver y se dispone a darle sepultura. “Ahí va un muchacho con una pala”, decimos, sin caer en la cuenta de que esa pala puede ser el instrumento de una aventura atroz.

De repente, pasa un anciano con una bolsa de plástico en la que asoma la cabeza de un pescado de ojos detenidos en el horror, ese horror que les entra a los peces cuando descubren que existe un mundo que no es de agua. Y te preguntas entonces cuántos tesoros submarinos no habrá visto ese pescado antes de caer en el laberinto invisible de una red, cuántas maravillas sumergidas, cuántos amaneceres grandiosos filtrados por el prisma inconstante de las aguas.

Pasa una muchacha con un ramo de flores, como una alucinación primaveral en este otoño que sigue por aquí veraniego, y pasa también un perro que lleva un hueso en la boca, y va el perro a paso ligero, nervioso y clandestino, temeroso de que aparezca por allí un perro mayor y le arrebate el hueso.

Ves entonces al mendigo del barrio, que busca por el suelo una colilla, que mete luego la mano en una papelera y la remueve sin mirar lo que remueve, fiado al tacto y a la benevolencia de los azares, igual que quien escarba ilusionado en la cesta de papeletas de una tómbola.

Cierras la ventana y te ves reflejado en el cristal. “¿Quién será ese?” Pero dejas la pregunta sin respuesta, porque de sobra sabes que la respuesta sería otra pregunta, y así hasta el infinito. Como infinita es la realidad que se despliega ante ti cuando abres la ventana, una mañana cualquiera, cualquier tarde, y empiezas a jugar, contigo, a los enigmas.


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lunes, 12 de octubre de 2009

EL LEVANTE


No puede decirse que sea traicionero ni que venga de improviso, porque su presencia se siente antes de llegar, se barrunta, y en eso se parece mucho a un mal presentimiento. El viento de levante. El viento malhumorado, el viento del malhumor. Un viento que manda por delante su fantasma antes de romper, antes de ulular, antes de trastornar las vidas y las cosas. Salta el levante y nos convertimos en Mister Hyde, porque nuestro carácter se crispa y se ensombrece. Nos volvemos susceptibles, irritables y hoscos, arrastrando una jaqueca sin alivio posible, porque ese viento malhechor se nos mete en la cabeza y nos corroe la mente, igual que esos animales maléficos venidos de otra galaxia en las películas de ciencia-ficción.

Y qué flojo y de trapo se pone uno, con esa sensación de gran reseca, de una resaca sin fiesta previa, que es lo peor de todo. Y qué rara se pone la luz, oleosa y densa, de color oro sucio. Y qué grávido el cielo, en el que las gaviotas planean estáticas, lo mismo que cometas, sin mover las alas, como si las hubiesen disecado en pleno vuelo. Y cuánta arena volandera que busca ojos desprevenidos. Y qué turbio el mar, verdoso y encrespado. Y si es verano, qué calor.

No entiende uno cómo a ningún laboratorio farmacéutico le ha dado todavía por comercializar un medicamento que palie los efectos del levante. Unas pastillas. Un jarabe siquiera. Un supositorio. O una lavativa incluso, porque uno estaría dispuesto a cualquier cosa con tal de librarse de la sintomatología de las levanteras apocalípticas que nos azotan en sentido literal, porque es un viento con vocación de látigo. Sería estupendo llegar a la farmacia y pedir un bote de Levantex, o una caja de Levantrox, o un frasco de Levantur, o de Levantinell, o de Levantalgin, o de algo parecido, porque mucho me temo que los encargados de poner nombres a las medicinas son lectores entusiastas de Tolkein.

No sé yo por qué ningún organismo de la Junta de Andalucía otorga becas para la investigación de un remedio contra los daños colaterales que provoca el levante entre la población, entre los que tal vez no se cuente el del absentismo laboral, pero sí desde luego el del encabronamiento laboral: a ver quién tiene el valor de ir en un día de levante fuerte a la oficina de la Gerencia de Urbanismo de mi pueblo, pongamos por caso, para tramitar una licencia de obras con un funcionario que yo me sé. Y así en todas partes, supongo, porque el levante no es sólo un viento, sino también una epidemia moral de malas pulgas, de abatimiento metafísico, de decaimiento físico, de amargura caprichosa, de cefaleas agudas y de schopenhauerismo.

¿Cómo sería la vida sin levante? Ah, qué quimera. Qué ganas de soñar un paraíso imposible, qué ganas de fantasear a costa de lo inverosímil. Estás sentado en la terraza, disfrutando del poniente, que es aquí un viento civilizado, dentro de lo civilizado que puede ser un viento, y de repente todo se calma, y algo empieza a resonar dentro de tu cabeza como una música de agujas. “Mañana, levante”. Porque esa calma es su tarjeta de visita, el aviso de una hecatombe invisible. Y vete preparando.


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viernes, 2 de octubre de 2009

CASTAÑAS


Vienen con el otoño, y dan al otoño sureño un toque de espectralidad centroeuropea. Los castañeros.

Llegan los castañeros con sus factorías portátiles de niebla, se instalan en una esquina y la tarde diáfana se vuelve fantasmal y algodonosa, fantasma de algodón, un humo errante. De pronto, parece que calle abajo va a aparecer el carromato fúnebre del conde Drácula, sin cochero, guiado por nadie, al albur del Mal, con sus negros caballos desbocados, con penachos de pluma, nictálopes ya por su costumbre de cabalgar de madrugada por los caminos ciegos y tortuosos de Transilvania, huyendo del amanecer. Se envuelve todo en niebla y parece, qué sé yo, que por la calle ronda el Golem. Que va a surgir de la trama de bruma el monstruo del doctor Frankenstein, rígido y atormentado, con su horror metafísico de ser un producto del bricolaje. Parece que allá lejos aúlla el Hombre Lobo, esclavo de los caprichos de la Luna.

Los castañeros vierten niebla, y la noche se hace maga. Vierten oleadas de niebla los castañeros, volutas de humo denso y suntuoso, con corporeidad de duende de una lámpara maravillosa, y la calle parece un escenario de crímenes sin resolución posible, porque nadie vio al asesino. La niebla impedía ver al asesino. El asesino tenía por cómplice a la niebla.

Anuncian el otoño los castañeros, y se hacen presentes con su industria de calima artificial incluso cuando las tardes siguen siendo calurosas y huelen a jazmín y a helado de vainilla, y hay una contradicción melancólica entre esas oleadas de niebla y la indumentaria liviana de la gente que compra cartuchos de castañas asadas, que les queman en las manos como un rescoldo anacrónico aún, porque el otoño no llega, porque el verano se resiste a morirse de frío, porque el frío no se anima a salir de su cripta de hielo.

Con su olla requemada, con su lecho de carbones al rojo, ahí están ya los castañeros otoñales, señores del humo, administradores municipales de la bruma, alquimistas callejeros que convierten el pueblo en un bosque brumoso por el que parece que revolotean las hadas pizpiretas de élitros fulgentes y gruñen los ogros que han tenido la desventura de enamorarse de princesas desdeñosas.

Siguen estando las tardes buenas. Apetece pasear. La gente toma bebidas frías en las terrazas. Pero ahí están ya los castañeros, heraldos puntuales del otoño. Ahí están ya, añadiendo irrealidad a las tardes, enigmatizando las noches con neblina, invocando el espíritu del frío, ese frío de dedos góticos que, de un día para otro, nos tocará la espalda, y sabremos entonces que hay que sacar los jerséis gordos y las camisetas térmicas.

Ahí están los castañeros, mercaderes de otoño, para recordarnos que el verano es ya un sueño, que viene ya el jinete gélido de las espuelas de plata, por así decirlo. Ahí están ya los castañeros para recordarnos, en fin, que la vida pasa, pero también que la vida sigue, envuelta en niebla, volátil como el humo, sin rumbo y sin razón, tan fugitiva.
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sábado, 26 de septiembre de 2009

ANIMALES EN GENERAL




El género humano es aficionado a realizar documentales sobre el mundo animal, documentales que luego las cadenas televisivas tienden a programar a la hora de la siesta, quizá porque en esos documentales se come mucho: el guepardo, por ejemplo, se come en cuanto puede a una gacela Thompson, ese herbívoro que puede alcanzar una velocidad punta de 100 kilómetros por hora para no acabar convertido en un improvisado steak tartare y que apenas duerme una hora al día, supongo que por el mismo motivo. Y así sucesivamente: en el reino animal no sólo tienes que preocuparte de a quién te vas a comer, sino también de quién puede comerte.

Vemos un documental sobre, qué sé yo, los escarabajos, y nos decimos: “¡Qué curiosos son esos bichos! ¡Qué listos son estos coleópteros!”, porque estamos predispuestos a sentir admiración por las destrezas de los animales, sin pararnos a pensar que son precisamente esas destrezas las que les permiten perdurar como especie. Imagínense, no sé, que los leones no tuvieran dientes o que las hormigas fuesen criaturas individualistas. Tres días les echaba yo sobre la tierra, a no ser que los leones se convirtiesen a la dieta vegetariana y que las hormigas adoptasen el relajado plan de vida de las cigarras cantoras, al menos en la medida de lo posible, porque nunca han tenido las hormigas afición al canto, que yo sepa.

Pero imaginemos que hubiese otra especie animal en nuestro planeta con capacidad y medios para realizar documentales televisivos y que dedicara uno de ellos a la especie humana. Oh, Dios mío. Más vale no pensarlo siquiera: “Durante la época de calor, un buen número de humanos emigra a las zonas cálidas y se recubre el cuerpo con aceites vegetales para protegerse de las radiaciones solares”. (“¡Qué listos son estos humanos!”, exclamarían los telespectadores del reino animal.)

“Cuando tienen vacío el frigorífico, los humanos acuden a un supermercado para proveerse de víveres. Una vez elegidos los productos con arreglo a su precio y a sus virtudes nutricionales, los humanos hambrientos pasan por un control que está gobernado por una hembra llamada cajera y regresan a sus hogares con alimentos que les durarán al menos una semana, que es la previsión media de sus incursiones a la despensa comunal de víveres. Los restos alimenticios son metidos en bolsas y, de noche, unos ejemplares macho revestidos de tejido reflectante recogen esos desperdicios y los acumulan en zonas alejadas de los habitáculos. Tales desperdicios pueden consistir incluso en recipientes de metal de cierre hermético, ya que el género humano, para poder mantener los alimentos en condiciones higiénicas durante el mayor tiempo posible, ha desarrollado una curiosa técnica que le permite conservar durante años unos mejillones o unos berberechos”. (“¡Qué bichos tan listos!”, dirían los otros bichos, salvo quizá los mejillones y los berberechos.)

“En las épocas de frío, los animales humanos se revisten con prendas elaboradas con materiales provenientes de otros animales, ya sean ovejas, conejos o visones, dependiendo de la casta a la que el humano en cuestión pertenezca, y sus conversaciones giran fundamentalmente en torno al frío que hace, que es su tema recurrente cuando hace mucho frío, así como lo es el calor cuando hace mucho calor”.

En fin, eso: que están muy bien los documentales.
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domingo, 20 de septiembre de 2009

ELEPÉS


De vez en cuando, apetece hacer listas, esas aliadas metódicas de los recuerdos caóticos.

Hoy me apetece hacer (¿¿¿???) la de los discos fundamentales de mi adolescencia.

Discos que por una razón o por otra -por una razón y por otra, generalmente- fueron decisivos en aquella época de confusiones y de deslumbramientos.

La música tiene una capacidad prodigiosa de rememoración: oyes por azar las notas iniciales de una canción olvidada desde hace décadas y, de repente, el pasado se reconstruye: revives con precisión un estado emocional, un estado de conciencia, unos olores, unas sensaciones específicas, unas asociaciones sentimentales que ya no tienen nada que ver con el que ahora eres.

La música, en fin, da oxígeno a los fantasmas, por decirlo de algún modo.

Nick Hornby (recomendable su libro 30 canciones, en Anagrama) opina que no se debe juzgar la música por sus repercusiones emocionales en nuestra historia personal, sino por su valía musical intrínseca. Bueno, sí, pero ¿cómo se hace eso?

La música se enreda con los enredos propios de la memoria y entra a formar parte de su catálogo de nebulosas nostálgicas.

Pero va ya la lista. La hago sin repasar los discos que tengo en las estanterías, confiando en la memoria, que suele ser poco de fiar para asuntos de memoria. Es decir, que algún olvido importante habrá.

Como se ve, las referencias son bastante previsibles. (Como la adolescencia misma.)


-JIMI HENDRIX, Band of Gypsys

-DEEP PURPLE, Machine Head

-ALLMAN BROTHERS, Live at Fillmore East

-PINK FLOYD, The Dark Side of the Moon

-CREAM, Live Cream

-STEPHEN STILLS, M. BLOOMFIELD, AL KOOPER, Supersession

-THE BEATLES, Let it Be

-SANTANA, Abraxas

-DAVID BOWIE, Ziggy Stardust

-URIAP HEEP, Look at Yourself

-CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL, Pendulum

-EMERSON, LAKE & PALMER, Pictures at an Exhibition

-JETHRO TULL, Aqualung

-GRAN FUNK RAILROAD, E Pluribus Funk

-TRAFFIC, On the Road

-JEFFERSON AIRPLANE, Surrealistic Pillow

-GEORGE HARRISON, All Things Must Pass

-BLIND FAITH, Blind Faith

-CAT STEVENS, Foreigner

-LYNARD SKYNYARD, Second Helping

-KING CRIMSON, In the Court of the Crimson King
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(El tiempo ha pasado -y cómo-, pero todos siguen pareciéndome maravillosos, por emplear un adjetivo entusiasta y de contornos difusos.)
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P.D. Ahora empieza la lista de los olvidos:
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-THE ROLLING STONES, Sticky Fingers
-MAHAVISHNU ORCHESTRA, Birds of Fire
-ERIC CLAPTON (et allii), Rainbow Concert
-LEONARD COHEN, Songs from a Room
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Habrá más, supongo.

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lunes, 14 de septiembre de 2009

CORRUPCIONES


Una de las virtudes más sólidas de los políticos corruptos es su capacidad de resistencia ante lo evidente: los pillan con las manos en la masa -o con la masa en las manos- y niegan las manos y la masa. Una buena lección, sin duda, de cómo debemos tratar a la realidad en el preciso instante en que la realidad se ponga impertinente.

Creo que todos estaremos de acuerdo en que a nadie le gusta ser un político corrupto. A nadie. Nadie, en la flor de la edad y de las ilusiones, proclama: “Mi meta en la vida consiste en llegar a convertirme en un gran político corrupto”, porque eso sería como aspirar a convertirse en el Hombre Lobo o en Fu-Manchú, y las aspiraciones humanas suelen tener un vuelo más angelical y más heroico: todos entretenemos la quimera de ser el tipo que liquida al licántropo asesino con una bala de plata o el que frustra los planes aniquiladores del canalla asiático. Entre ser el honrado concejal de Alcantarillado y Fosas Sépticas de una aldea y ser ministro corrupto, todos nos decidiríamos con firmeza y con golpes de pecho por la primera de las dos opciones, aunque luego el curso de la vida modifique la opción y podamos llegar a convertirnos en concejal corrupto de Alcantarillado y Fosas Sépticas, porque con la conciencia nunca se sabe, y con las alcantarillas mucho menos.

En el fondo del fondo, los políticos corruptos deben de pasarlo mal, porque resulta duro levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y decirse: “Ea, a ver si hoy nos corrompemos mejor que ayer”. Y luego padecer la incomprensión de todos, porque la corrupción tiene mala prensa. Existen muchos prejuicios en torno a la corrupción. Y mucho desconocimiento. Y mucha hipocresía, hasta el punto de que nadie puede llegar por la noche a casa, cansado de corromperse, y decirle con orgullo a la familia: “Hoy vengo deslomado de tanto corromperme por vosotros”. Porque eso es lo malo que tiene la corrupción: que está obligada a ser secreta, que no puedes compartir la gloria de tu corrupción ni con tus íntimos, que te pasas la vida corrompiéndote sin poder alardear de ser un corrupto magistral. El político corrupto sabe mucho, en fin, de soledades.

Lo que no parece comprender la gente es que el político corrupto, al ser aventurero, está expuesto a muchos peligros. No ya sólo al peligro de que lo pillen, que eso es a fin de cuentas lo de menos, sino al de la manipulación por parte de la prensa, por ejemplo, que puede cebarse con él y ocasionar un daño irreparable al buen nombre de su familia. Y eso no. El buen nombre de la familia no. Que uno ha estado corrompiéndose precisamente para que la familia tenga un buen nombre. En ese punto, el político corrupto se muestra intransigente, y hace bien.

Se mete uno en política por pura filantropía, por ganas de luchar por el bien común y toda esa serenata, pero luego aparecen los encantadores, los ilusionistas corruptores que te abren un maletín y te muestran una nueva forma de vida, un futuro menos incierto, un sueño palpable, un espejismo de redención personal, unos trajes a medida e incluso un chalet. Y ya estás perdido, camarada. Porque ni siquiera puedes contarlo, y eso es el colmo de los colmos.

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martes, 8 de septiembre de 2009

INVENTOS



Nos pasamos la vida inventando excusas para inventar cosas. Y en eso, como en todo, hay jerarquías. Hay quien inventa el submarino, pongamos por caso, y quien inventa el cepillo de dientes eléctrico, hay quien inventa un líquido quitamanchas y quien inventa el telescopio. Pero, en general, casi nadie se va de este mundo sin inventar algo, así sea una receta insólita de tortilla, porque la historia del género humano es, en buena parte, la historia de sus inventos.

Algunos inventos resultan muy prácticos, como por ejemplo el frigorífico, esa especie de ataúd del Yeti que ronronea por las noches, aunque otros resultan preocupantes, como por ejemplo la bomba de hidrógeno, que viene a ser el antídoto contra todos los demás inventos de la humanidad, incluido el concepto mismo de humanidad. Pero no voy a hablarles hoy de inventos materiales, sino de algunos inventos abstractos, no menos sorprendentes y prodigiosos que los que encontramos en las tiendas de electrodomésticos o en los archivos históricos del registro de marcas y patentes.

Hemos inventado, qué sé yo, el alma y, de paso, hemos inventado la inmortalidad del alma, al margen de haber inventado previamente la noción de inmortalidad, que es uno de los inventos metafísicos más aterradores, porque nos obliga a imaginar algo que excede nuestra imaginación: un tiempo infinito para una conciencia inestable y fugitiva.
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Hemos inventado la verdad, que nunca sabemos del todo en qué consiste, y hemos inventado la mentira, que interpretamos como una ofensa a la verdad, cuando lo cierto, y lo melancólico, es que hay verdades que hasta mentira parece que sean verdad y que hay mentiras que hasta mentira parece que no sean verdades.
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Hemos inventado la música para dignificar nuestra condición de seres ruidosos y hemos inventado la literatura para que alguien nos hable de nosotros mismos cuando nos habla de gente que no tiene nada que ver con nosotros, porque se trata, en esencia, de un mercado de quimeras: alguien te cuenta una historia y te presta un disfraz para tu destino.
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Hemos inventado la astrología para consolarnos de nuestra incapacidad para inventar los astros, que para muchos son invento de Dios, ese otro invento portentoso: unos seres insignificantes imaginan a un ser insomne y omnipresente, omnipotente y perpetuo. Hemos visto en la luna cambiante el rostro frío de una hechicera. Hemos inventado dioses, semidioses, náyades, dragones y héroes ficticios que decapitan dragones.
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Hemos imaginado geografías míticas: Eldorado y la Atlántida, la isla de las sirenas fatales y el Paraíso Terrenal. Hemos echado a trotar por un bosque de niebla al unicornio. Hemos inventado los relojes y hemos inventado la prisa. Hemos inventado la ortografía y las faltas de ortografía, el concepto de azar y los juegos de azar, el whisky y la aspirina. Hemos alimentado el sueño de volar y el miedo a volar en los aviones.

Este es nuestro circo etéreo, nuestra rutina mágica. Y la vida se nos va mientras inventamos la vida, porque ese invento, en fin, es el que cuenta.

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jueves, 3 de septiembre de 2009

SEPTIEMBRE



Aún vendrán semanas de calor, aún quedan por llegar noches densas y mágicas de balcones abiertos, pero el verano, el concepto social de verano, terminó el 1 de septiembre, ese siempre extraño día primero de septiembre, con su aire de verbena concluida, con su repentina quietud.

Son raros en el fondo los veranos, porque a todo le infunden un matiz de provisionalidad, y hacen que nuestras rutinas se disloquen, y promueven en nosotros un alegre sentimiento de anomalía frente a la realidad y frente al tiempo, como si fuesen los veranos un espejismo de eternidad volandera, de realidad descoyuntada, de tiempo fuera del tiempo.

En los puertos de mar, las calles se han vaciado de repente, porque, deberes al margen, la gente huye de los lugares veraniegos en cuanto percibe la llegada de esa epidemia psicológica que es el otoño, propiciador de melancolías y de meditaciones en torno a lo sombrío. Y sale uno a la calle y se cruza ya con la gente de siempre, con esos desconocidos habituales con los que comparte pueblo durante diez meses del año, sumido cada cual en sus tareas. Y de repente el mar es más de plata. Y es más tenue la luz, más envolvente, y ya no cae del cielo como una maldición esplendorosa.

Aún se ve a gente por la calle con el curioso disfraz de veraneante, pero de pronto –no sabemos por qué- nos resultan un tanto cómicas las bermudas, las gorras, las sandalias aerodinámicas… Con un poco de vergüenza, con la conciencia del resacoso que no logra explicarse por qué hizo lo que hizo cuando llevaba las copas encima, vamos arrinconando las camisetas de propaganda, las toallas de estampaciones psicodélicas, las prendas de tejido transparente. Con un leve estupor, contemplamos el tono tostado de nuestra piel, y por un instante nos parece estar metidos en el cuerpo de otro, en el de un fakir asiático o en el de un bongosero del Caribe, y nos acordamos entonces de las cosas terribles que se dicen del sol, de ese sol vigoroso que alumbra un planeta enfermo, y nos lamentamos de nuestra imprudencia, y nos invaden las aprensiones.

De la última noche de agosto a la primera mañana de septiembre, las muchachas dejan de ir al supermercado en bikini y pareo, quizá porque se notan de repente desnudas y observadas, igual que nuestra madre Eva cuando las cosas comenzaron a torcerse en el Paraíso Terrenal. Será, no sé yo, que, con la llegada de septiembre, las personas y las cosas van volviendo a su ser, como quien dice, después de haber estado todo muy fuera de sí mismo, huido de sí mismo, despistado de sí, errante en esa especie de Arcadia del tinto con casera que en esencia es el verano.

Aún vendrán días de calor, sin duda. Las terrazas de los bares seguirán abiertas, y habrá en ellas veladores vacantes, y camareros ociosos, y las bebidas y raciones no tardarán media hora en llegar a nuestra mesa. Septiembre vuelve a poner las cosas en su sitio, devuelve realidad a la realidad distorsionada y bulliciosa del verano, rescata del olvido la conciencia de que la vida pasa muy deprisa. Tan deprisa, que, al abrir el armario, llegado ya septiembre, caemos en la cuenta de que no sólo tenemos bañadores, sino también jerséis de entretiempo, porque la vida es eso en cierto modo: un continuo entretiempo que multiplica por cero la existencia.

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martes, 1 de septiembre de 2009

FU-MANCHÚ




Anoche, a modo de despedida oficial -y simbólica- del verano, nos pusimos El castillo de Fu-Manchú, dirigida por Jesús Franco. Es la última en que Christopher Lee prestó su cara al villano asiático ideado por Sax Rohmer.

No estoy seguro, pero creo que puede contarse entre las peores películas que se han filmado jamás. Y sin la gracia, ay, que pueden tener las películas malas, incluidas otras de la serie de Fu-Manchú, sin ir más lejos. ("El mundo volverá a tener noticias de Fu-Manchú", proclamaba aquel psicópata al final de cada película, cuando Nayland Smith, de Scotland Yard, le truncaba sus planes encaminados a esclavizar a la humanidad en pleno, él sabría para qué... y uno, de chaval, se entretenía -qué remedio- con eso.)

Ni siquiera el pobre Ed Wood, que ostenta el título oficioso -e inmerecido- de peor director del mundo, podría competir con este disparate desangelado.

(En los créditos, por ejemplo, se advierte de que las imágenes fueron rodadas en "Estambul y alrededores", aunque en realidad están rodadas en su mayoría en el Parque Güell de Barcelona. Otras muchas están tomadas de retazos de archivo.)

Fue nuestro homenaje, con todo, a los cines de verano -ya desaparecidos los seis que hubo aquí, en el pueblo- en que veíamos ese tipo de películas de condición descabellada. Y un homenaje, también, por qué no, a nuestra adolescencia. (Al fin y al cabo, los homenajes meramente emocionales salen gratis...)
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Por cierto, ¿alguien puede darme alguna pista sobre cómo conseguir la película La máscara de Dimitrios, de Jean Negulesco, basada en la novela homónima -y excelente- de Eric Ambler? La vi en 1992, durante una convalecencia, creo recordar que en Canal Sur, a las 4 de la tarde, y me fascinó. (Casi todas las películas en que sale Peter Lorre suelen fascinarme, no sé por qué: es mi comodín de fascinaciones cinematográficas, digamos.) Llevo años deseando verla de nuevo, pero no la encuentro en ningún circuito comercial. (No sé manejar los programas de descarga de películas.)

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