sábado, 20 de agosto de 2011

UN POEMA DE T.S. ELIOT


Como aquí el viento de levante anda enloquecido, me acuerdo de este poema de Eliot, de su libro juvenil Prufrock y otras observaciones, que traduje en 2000 para la editorial Pre-Textos.

Es uno de los poemas de Eliot que más me gustan.



RAPSODIA EN NOCHE DE VIENTO

Las doce en punto.


A lo largo de los extremos de la calle

sostenida en una síntesis lunar,

los susurrantes conjuros de la luna

disuelven los sustratos de la memoria

y todas sus claras relaciones,

divisiones y precisiones.


Cada farola que dejo atrás

redobla como un tambor fatalista

y, a través de los dominios de lo oscuro,

la medianoche agita la memoria

como agita un demente el cadáver de un geranio.


La una y media.

La farola chisporroteó,

la farola murmuró,

la farola dijo: "Mira a esa mujer

que titubea ante ti a la luz de la puerta

que se abre ante ella como una mueca.

Puedes ver que la cenefa de su vestido

está hecha jirones y manchada de arena,

que el rabillo de su ojo

se retuerce como un alfiler doblado".


La memoria vomita hasta vaciarse

un enorme tropel de cosas retorcidas;

en la playa una rama retorcida,

sus pulidas aristas devoradas,

como si en ella el mundo revelase

el enigma de su esqueleto,

rígido y blanco.

Un muelle roto en la explanada de una fábrica,

herrumbre que conserva la forma que la antigua fuerza ha dejado

sólida y enroscada y lista para saltar.


Las dos y media,

la farola dijo:

"Observa al gato que, despatarrado junto a la alcantarilla,

saca la lengua con naturalidad

y devora una porción de mantequilla rancia".

Así, la mano automática del niño

se deslizó para apropiarse de un juguete que corría por el puerto.

Nada pude yo ver tras la mirada de ese niño.

He visto ojos por la calle

que intentaban mirar a través de las contraventanas luminosas,

y un cangrejo una tarde en una charca,

un anciano cangrejo con percebes en su caparazón

que se agarró a la punta del palo que le tendí.


Las tres y media,

la farola chisporroteó,

la farola murmuró en la oscuridad.

La farola canturreó:

"Mira la luna,

la lune ne garde aucune rancune,

que guiña un ojo feble,

que ríe en los rincones

y que alisa el cabello de la hierba.

La luna ya ha perdido su memoria.

Una lechosa viruela le agrieta la cara,

con su mano retuerce una rosa de papel

que huele a polvo y agua de colonia,

está sola

con todos los antiguos olores nocturnales

que una vez y otra vez recorren su cerebro".


Llega la reminiscencia

de los secos geranios sin sol

y del polvo en las grietas,

el olor a castañas en las calles,

los olores de hembra en los cuartos cerrados,

un olor a tabaco en los pasillos

y a cóctel en los bares.


La farola dijo:

"Las cuatro.

He aquí el número de la puerta.

¡Memoria!

Tú tienes la llave,

el farolillo expande un círculo en la escalera.


Sube.

La cama está destapada; el cepillo de dientes cuelga de la pared,

deja tus zapatos a la puerta, duerme, prepárate para vivir".


El último retorcimiento del cuchillo.


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miércoles, 17 de agosto de 2011

OTRA NOTICIA

Del mismo corresponsal que redactó la noticia de la entrada anterior:

Agentes de la Guardia Civil de Los Barrios han detenido a una persona como presunta autora de dos delitos con fuerza en las cosas. En la madrugada del 31 de julio, un agente fuera de servicio sorprendió a una persona saliendo de los bajos de un turismo estacionado con un reciepiente de plástico lleno de gasolina. Tras llamarle la atención, huyó y tuvo que interceptarlo. Finalmente se le intervinieron dos garrafas llenas de combustible, presuntamente robado. El detenido tiene como iniciales B.R.S.

domingo, 14 de agosto de 2011

NOTICIA INSONDABLE


(Digresión previa.) Una noticia es, en gran medida, la narración de una noticia, más que la noticia en sí. Pasa igual con las novelas: una novela no es una historia, sino la narración de una historia, y la historia será buena si su narración es buena, y será una mala novela si su narración es mala, por buena que sea la historia de la que parte o en que se sustenta. (Fin -afortunadamente- de la digresión.)

Al hilo de la entrada anterior, reproduzco una noticia leída ayer en un periódico provincial, por si alguien es capaz de descifrar su secuencia narrativa, sobre todo en lo que se refiere a los aspectos geográficos. Yo me declaro incapaz.

SE DA A LA FUGA CON UN TURISMO QUE PROBABA

La Policía Local de La Línea ha esclarecido la apropiación indebida de un vehículo de lujo, un Spider, de un concesionario de Marbella. Los hechos ocurrieron el pasado 14 de julio. El ahora detenido (F.M.M.) retiró el coche, valorado en 300.000 euros, de la tienda junto a su propietario. Juntos, decidieron un pequeño viaje para probarlo. Una vez en Ceuta, el presunto comprador y conductor aprovechó que el acompañante y vendedor se bajó para desaparecer con el vehículo. Tras la denuncia, ha sido localizado en el municipio linense.



(¿Hicieron "un pequeño viaje", en coche, de Marbella a Ceuta? ¿Es el Spider un coche acuático? Y siguen -a la carta- los signos de interrogación...)


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sábado, 13 de agosto de 2011

UN PERIÓDICO ABANDONADO


Se sube uno, de mañana, a un tren, ocupa su asiento y se encuentra con el ejemplar de un periódico que un viajero madrugador ha abandonado allí, como si ya se lo hubiese aprendido de memoria. Un periódico abandonado tiene siempre algo de misterioso, de inquietante, de objeto profanado, sin esa rigidez crujiente del periódico aún sin abrir. Los pliegos están un poco dislocados, su textura es ya fofa. El viajero más madrugador que tú viene de otra provincia, y ese periódico que encuentras ofrece, aparte de la información generalista, una información eminentemente provincial, como tiene que ser.

Lees un titular enigmático: “La banda del Carmen abrirá el cortejo de Servitas tras la coronación”, y te preguntas qué será Servitas, y te preguntas qué coronación será esa, porque aquí las coronas están ya repartidas. Lees: “La rotación de coches en Santa Brígida aumentó en un 92% de junio a julio”, y te imaginas un carrusel imparable de coches en un lugar que no aciertas a imaginar, porque Santa Brígida te suena a rotonda remota, a avenida periférica, a polígono industrial perdido entre arrozales o entre maizales o entre quién sabe qué, porque los polígonos industriales se elevan siempre en las chimbambas. “Halladas 20 cigüeñas muertas en el Berrocal”, y la imagen te sobrecoge: un cataclismo de plumas, de amasijos yertos de plumas, de cadáveres raros, con sus plumas muertas movidas por el viento, y la fantasía te susurra: “Igual se trata de un suicidio colectivo de cigüeñas”, porque con las cosas de la naturaleza nunca se sabe. A lo mejor -piensa uno- las cigüeñas estaban ya hartas de volar por ahí y llegaron a la conclusión de que lo mejor era morirse, porque la vida errante acaba siendo un incordio, por muy cigüeña que seas. O a lo mejor se suicidaron por el espanto de ser cigüeñas, por el horror de tener plumas, por la humillación de tener que poner huevos, por el vértigo de tener que vivir en las alturas. Y de repente una trama tragicómica: “Una mujer vuelve a su casa y encuentra a tres personas viviendo en ella”. Llevaba fuera varios meses y un amigo de confianza, que tenía las llaves, la había alquilado por su cuenta para ganarse un sobresueldo.

En la sección de entrevistas, un cantaor flamenco declara: “Me encanta cantarle a la tragedia y al amor e incluso al surrealismo. Yo soy muy cubista”. Una joven presentadora televisiva, por su parte, se confiesa: “Aunque pueda parecer raro o chocante, tengo la obsesión de fijarme, antes que nada, en los gemelos de los chicos. Luego alzo la vista y me detengo en los ojos”. Será, piensa uno, que la muchacha conoce a los chicos ya desnudos, o como poco en la playa, o tal vez ocurra que sólo conoce a chicos que llevan pantalón corto.

Llega uno a su destino, en fin, y deja el periódico en el asiento, para que siga la ronda.

miércoles, 10 de agosto de 2011

AFORISMOS UN TANTO ANAFÓRICOS


Un estilo literario puede venir dado no tanto por elecciones como por prejuicios.

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La paradoja es una verdad que hasta parece mentira.

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Para una ficción: no exactamente la realidad, sino ese espacio que existe entre la realidad y la intuición de otra realidad.

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Etimologías: el noble snob (valga la paradoja), el innoble snob (valga la redundancia).

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El guepardo es el dandy de la sabana.


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viernes, 5 de agosto de 2011

EL MES DE LA FUGA


Agosto es un mes difícil. Un mes en el que medio mundo –y es un modo de hablar- se plantea la huida de su mundo. Un mes en el que medio mundo se prepara para recibir la invasión del otro medio.

Sale uno por la puerta cargado de maletas y con la cabeza llena de ilusiones, porque el viaje tiene eso: que te hace esperar mucho de la vida. Luego, como es lógico, la vida da de sí lo que da, que puede ser mucho o poco, según ande uno consigo (con su conciencia y con ese tipo de cosas), porque el factor principal de un viaje no es tanto el estado del punto de llegada como el estado del punto de partida, y ese punto de partida es siempre uno mismo. Viajar consiste en una fuga, pero hay quien lleva la prisión por dentro. Viajar es olvidarse un poco, pero hay quien no puede dejar atrás la memoria. Viajar supone una aventura, pero hay quien lleva por dentro la desventura. Por el contrario, quien lleva consigo la alegría camina siempre en dirección al paraíso.

Sea como sea, ya estamos en agosto, el mes por excelencia de la evasión. El mes en que uno se echa por encima una camiseta de estampaciones casi impensables, se calza unas chanclas, se embute en unas bermudas, se pone una gorra… y a vivir, disfrazado de no se sabe qué, aunque sepamos en el fondo de qué: de quien no eres. Porque las vacaciones activan la rebeldía de la identidad: te niegas a ser durante unas semanas ese individuo trajeado y madrugador que está obligado a atender a los clientes con una sonrisa, así lleguen los clientes con cara de perro peleón; te niegas a ser durante unos días esa ama de casa condenada a la puntualidad de las comidas y de la hora de salida del colegio, esclavizada por la pila de ropa sin planchar y por la pila de ropa pendiente de lavar; te niegas a ser el estudiante abrumado por las trampas imprevisibles de la mnemotecnia… Te niegas.

Llega el mes de agosto y procuras hacer una especie de viaje astral, una salida de ti mismo a fin de convertirte en una persona exótica para ti mismo: alguien que se levanta cuando le parece, que come sardinas de pie en un chiringuito, que se acuesta a las tantas y con unos centilitros de alcohol en la sangre, con la sugestión de vivir en un sábado eterno. Llega agosto y los aeropuertos se convierten en ferias, los bares en manifestaciones multitudinarias, las playas en cuadros de El Bosco y los supermercados en un hormiguero. Llega agosto y a todo el mundo le entra la nostalgia del Edén, de la edad de la inocencia, de la edad sin edades. Y todo parece, no sé, una representación teatral masiva, un festival de imposturas, porque se trata de eso: de despistar un poco la memoria, de hacerse un poco el tonto con respecto a la propia vida, de hacerse un poco el longuis con respecto al destino.

Llega agosto, en fin, y muchos hacen la maleta, dejando atrás una casa, una rutina, una ocupación y un fantasma. Ese fantasma que, durante el resto del año, está obligado a vestirse de una manera específica, a comportarse de un modo invariable, a pensar de manera ineludible en determinados asuntos siempre urgentes. Ese fantasma que se queda cautivo en una mazmorra durante todo el mes de agosto, ululando. Esperando.

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miércoles, 3 de agosto de 2011

ANDRÉ BRETON


Mark Polizzotti, La vida de André Breton, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2009


Resultaría difícil sostener que André Breton fue un gran escritor, pero resultaría difícil negarle su condición de gran figura literaria. Vehemente y despótico, sectario y testarudo, repulsivo y fascinante, caprichoso, purista y estratega impuro, el llamado Papa del Surrealismo tuvo una vida que se adivina más agitada en su narración que en su cotidianidad, ya que al fin y al cabo una biografía incide sobre lo extraordinario.

De esa narración se encarga Mark Polizzotti con muy buen tino para ofrecer no sólo el relato de las vicisitudes personales y artísticas vividas por Breton, sino –como no podía ser de otra manera- por todo el voluble grupo de los surrealistas, que solían ser tipos de cuidado, dispuestos a partirse la cara –en sentido literal- para defender sus premisas estéticas, ya que el surrealismo tuvo mucho de fe basada en dogmas, y de ahí quizá la proliferación de apóstatas en su seno... por no decir en su cubo de cangrejos, que tal vez sea una imagen más acorde con el asunto.

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sábado, 30 de julio de 2011

EL NACIMIENTO DE UN IDIOMA

Dice el periódico que le han dado un premio en Austria a Javier Marías. Según el jurado, "será honrado un autor que narra desde el centro de la historia europea del siglo XX y cuyas obras están escritas en europeo".

Pues mejor así...

martes, 26 de julio de 2011

VASOS


Un vaso es un objeto pequeño y muy simple, y para colmo suele ser transparente, a pesar de lo cual ocupa bastante espacio en el diccionario de la Academia, en el que encontramos acepciones que no tienen nada que ver con lo que entendemos por lo común por vaso: “Conducto por el que circula en el vegetal la savia o el látex”, por ejemplo. O bien el concepto que esconde la expresión figurada “vaso de elección”, a saber: “Sujeto especialmente escogido por Dios para un ministerio singular”.

En otro diccionario más añejo, el de Sebastián de Covarrubias, se nos informa de que la expresión “no tener vaso” significa “no ser capaz para recibir doctrina y enseñanza”, lo cual dice muy poco de la virtud intelectual de quien padeciera esa carencia metafórica, y se nos precisa también la existencia de los llamados “vasos de honor”, que eran los que se exhibían en mesas y aparadores de casas principales, en contraposición a los que sólo eran aptos para uso de cocina y “para las cosas inmundas, y estos son contumeliosos y retirados de la presencia del señor”, al igual que ocurre con el alma de los justos y de los pecadores, según precisa Covarrubias.

Un vaso de cristal incoloro lleno de agua es quizá la cosa más misteriosa que pueda uno ver, pues es de visión difícil, al estar más pendiente uno de lo que se transparenta a través del vaso que del vaso en sí. Observar un vaso de agua exige, en definitiva, un proceso parejo de abstracción y de concentración, gracias al cual llegaremos a la visión de lo casi invisible, lo que es un gran malabarismo óptico.

Cuando contienen vino o licor, los vasos se convierten en utensilios de magia, ya que habrán de proporcionar delirios alegres o atroces a todo el que se aventure en los azares de los encantamientos de artificio, que son de suyo imprevisibles, al actuar sobre la inestabilidad de la conciencia.

En proporción a su tamaño y a la cantidad de vidrio empleado en su fabricación, la rotura de un vaso resulta inesperadamente estrepitosa, y hasta mentira parece que un utensilio tan liviano atesore dentro de sí esa especie de tormenta. Hecho pedazos, el vaso se convierte en un objeto aterrador y peligroso, con aristas traicioneras, y mucha habilidad ha de tener una persona para recoger las esquirlas de un vaso roto sin cortarse. Es cierto que se da el caso de personas que logran recoger dichas esquirlas y salir ilesos, aunque la experiencia nos advierte de que suele tratarse de un espejismo: a los pocos minutos de recoger toda esa metralla traslúcida, la persona en cuestión se mira la mano y ve una herida sangrante, una herida levísima, como provocada por el roce con una espina de aire del aire mismo, se diría por lo poético, pero el caso es que ahí está. Y es que todo cristal roto ansía herir, y sabe cómo hacerlo.

Hay quien acierta a componer música con vasos, y se trata de una música rudimentaria y un tanto sonámbula, hecha, no sé, como de burbujas, y piensa uno que así debe de ser la música que suena en el país de los juguetes. Por lo demás, no queda más remedio que reconocer que el ser humano entra en las cristalerías con el miedo metido en los huesos, aterrado ante la posibilidad de romper algo, y ese miedo nos armoniza, en fin, con los elefantes.


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miércoles, 20 de julio de 2011

PALABRAS MUTANTES


Divaguemos hoy, si les parece, sobre la deriva de algunas palabras…

Hasta anteayer mismo, “mercado”, por ejemplo, era una palabra inocente. Íbamos al mercado a comprar frutas o verduras, carne o pescado, y no sentíamos otra presión que la de nuestro antojo o la de nuestro presupuesto. Los precios en el mercado podían subir, claro está, porque para algo son precios, con ese afán de superación que ellos tienen sin necesidad de apoyo psicológico alguno, y exclamábamos entonces: “¡Hay que ver lo caras que están este año las cerezas del Jerte!”, o bien “La ventresca de atún se ha puesto imposible”. Aun así, ya digo, “mercado” no era una palabra que diese miedo. Hoy, sin embargo, es una palabra que nos echa a temblar, porque resulta que el mercado no es el sitio al que íbamos a llenar la cesta, sino un monstruo anónimo y abstracto que, si se lo propone, puede dejarnos con la cesta vacía.

Hasta hace no mucho, si uno se metía a político y, por cualquier razón, aspiraba a convertirse en corrupto, debía tener claro que, en el caso de ser pillado, iba a merecer el desprecio de la sociedad, que se supone que le confió un cargo para la defensa y gestión de los intereses públicos, no para que metiera la mano. Hoy, en cambio, la condición de corrupto se ha convertido en algunos casos en un aval para la reelección, porque se ve que, a fuerza de convivir con corruptelas, la gente tiene el olfato moral atrofiado y no percibe el hedor, de modo y manera que el hecho de que alguien sea un político corrupto no sólo no daña el prestigio personal del corrompido, sino que en ocasiones representa una garantía de éxito electoral, y no faltará quien diga: “Voy a votar a ese candidato porque me parece un corrupto intachable”. Vista esa neutralización semántica, propongo desde esta alta tribuna que, de ahora en adelante, llamemos “podridos” y no “corruptos” a los políticos en estado de putrefacción moral, a ver si de ese modo nos paramos a meditar en la extravagancia que supone el hecho de mantener en los órganos públicos del Estado a personajes en mal estado. “Ese político está podrido”, diríamos, porque lo de “corrupto” suena a cultismo, a puro latín, y tampoco hay que ir regalando prestigios etimológicos a lo maloliente.

En estos tiempos de prevalencia macroeconómica, otra palabra que ha dado muchas vueltas es “congelación”. Hasta hace poco, congelábamos una merluza, un solomillo o unos guisantes. Hoy, en cambio, nos hemos vuelto ilusionistas y congelamos salarios, congelamos pensiones, congelamos inversiones… Estas congelaciones metafóricas dan el mismo frío que una congelación real, y esperemos que este afán congelador no nos lleve a congelar la conciencia, a congelar la razón, a congelar los sentimientos, porque entonces podemos quedarnos helados en lo hondo, a pesar de estos calores.


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sábado, 16 de julio de 2011

LA RESACA



A grandes rasgos, la resaca consiste en un estado en el que estás medio muerto, con la curiosidad de que preferirías estar muerto del todo: morirte y transferir el dolor de tu tránsito a las personas que te aprecian, porque el caso es que te sientes incapaz de sobrellevar la resaca, esa enfermedad mental que dura al menos 24 horas y que tiene la virtud de parecer eterna, sin duda porque el resacoso pierde la capacidad del disfrute de un atisbo siquiera de optimismo, en el caso de que tuviera tal capacidad, tan vulnerable a las derivas del vivir.

Por una razón o por otra, ya digo, el resacoso es un ente que prefiere la defunción al padecimiento de la resaca, a pesar de haberse ganado la resaca a pulso, y generalmente tras un desembolso apreciable: por mucho que te inviten, las resecas nunca son gratuitas, y acabas invirtiendo en ellas una cantidad de dinero que al día siguiente desembolsarías multiplicada por 100 para verte libre de los efectos de la resaca en cuestión, ya que todo resacoso es un hedonista que practica con total sinceridad la apostasía de su hedonismo.

La resaca puede y debe entenderse como un defecto de nuestro organismo para sobrellevar las alegrías de origen artificial, quizá porque se trata de alegrías demasiado intensas y sacadas de la escala razonable de las alegrías que nos depara nuestra condición de bípedos con tendencia a la melancolía depresiva. Sea como sea, lo cierto es que cuesta reconocer al resacoso en esa persona que, apenas unas horas antes, bailaba con tesón de derviche, ensayando equilibrismos complicados; abrazaba a sus congéneres en medio de discursos de tinte filantrópico e invitaba a toda la concurrencia con magnanimidad de jeque, porque así se lo dictaba el corazón.

En esencia, la resaca es una especie de correctivo moral, y debe de tratarse de un invento personal de Dios: te lo pasas bien, de acuerdo, pero luego viene, inexorable, el día siguiente, y ahí las pagas todas juntas. Ninguna diversión, así lo sea de grado sumo, compensa de sentirse un poco más tarde como tu abuelo, ya que la resaca constituye una sensación anticipada de una vejez achacosa, cuando no directamente de la agonía. Para colmo, la resaca otorga un cariz de ridiculez a diversas acciones que la noche antes te parecían sublimes, transgresoras e incluso imprescindibles: subirte a la barra del bar, desabrocharte la camisa, toquetearle el culo a una recién conocida, orinar en plena calle y todo ese repertorio de ocurrencias que suele tener cualquier persona que se pone hasta las orejas de alguna sustancia euforizante de las muchas que circulan tanto por los circuitos legales como por los clandestinos.

No se conoce el caso de una persona que, en mitad de una cuchipanda, se haya visto tentada por la sensatez a causa de la premonición de la resaca: la resaca es la más olvidable de las desgracias humanas, y no hay libertino que se arredre ante el porvenir inmediato, pues la persona que disfruta da en creer que su estado de disfrute será eterno, y no hace falta indicar su porcentaje de razón en este particular.

Por último, señalemos el desdén de la industria farmacológica por este mal, para el que no existe cura, antídoto ni paliativo, a menos que otorguemos al ácido acetilsalicílico o al ibuprofeno unas cualidades mágicas de las que a todas luces carecen.

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domingo, 10 de julio de 2011

LA LÓGICA



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Si decimos: “Andrés Peralta Ramírez se acostó el 8 de septiembre de 2007 con un pijama de cuadros y se levantó el día 9 de septiembre de 2007 con un pijama de cuadros”, estaremos formulando una obviedad y ofreciendo un dato que no tendría interés ni siquiera para Andrés Peralta Ramírez. Ahora bien, si decimos: “Andrés Peralta Ramírez se acostó el 8 de septiembre de 2007 con un pijama de cuadros y se levantó a la mañana siguiente con un pijama de cuadros, pero con los pantalones enfundados en los brazos y la chaqueta de pijama enfundada en las piernas”, la cosa cambia bastante, ya que ahí entra en juego la literatura, la magia, la espiral imprevisible del absurdo o, a un nivel estético un poco más bajo, la capacidad sonambúlica de Andrés Peralta Ramírez de vestirse y desvestirse mientras duerme, habilidad digna de ser mostrada en algún circo prestigioso.

La lógica en general, y la lógica de los pijamas en concreto, resulta vulnerable, en fin, a los envites y embates de la falta de lógica.

Tu sobrina de seis años te pregunta de repente: “¿Cuál es el último número, el número más grande?”. La pregunta no puede ser más lógica, y comprendes que lo ilógico es la condición infinita de los números, esa infinitud que hemos otorgado a unas entidades incorpóreas que sólo adquieren realidad cuando se alían con algo tangible: “Tengo 12.456 pelos en mi barba pelirroja”, “A lo largo de mi vida he perdido 745 mecheros y 349 paraguas”, y así sucesivamente. Por sí solos, los números designan vaguedades. Te acercas a un desconocido que toma café en un bar, absorto él en sus divagaciones cotidianas, y le dices al oído “674.828”, y el desconocido enarca las cejas, te mira como solemos mirar a los extraterrestres cuando vienen por aquí y te pregunta: “¿Qué pretende usted, meterme en la cabeza una cifra inútil?” Y tú le contestas: “De ninguna de las maneras, caballero. Sólo pretendía regalarle un número que alguna vez podría serle útil para quién sabe qué. Pero si ese número no le gusta, puedo ofrecerle muchos otros. El 98.999.874.211, por ejemplo, que es un número demasiado alto para resultar práctico, aunque supongo que estará usted de acuerdo conmigo en que conviene tener números para todo. Nunca se sabe cuándo va a hacernos falta un número, por alto que sea”.

Si la lógica fuese lógica, sólo existiría una lógica, pero el caso es que existen múltiples variantes de la lógica, catalogadas con más o menos precisión por los estudiosos de la filosofía: la llamada lógica antigua, la lógica aristotélica, la lógica escolástica, la neoescolástica… Como es lógico, cada cual puede elegir la lógica que mejor se adapte a las características de su temperamento y a su capacidad de ensayar piruetas con la mente.

Volviendo al tema de las peripecias nocturnas del pijama de cuadros de Andrés Peralta Ramírez, termino con un reto a la lógica: “¿Qué pasaría si Peralta se acostase con un pijama de cuadros y se despertase con un camisón estampado con flores tropicales?” No sería la historia terrorífica de Gregor Samsa, pero sería desde luego una historia.


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miércoles, 6 de julio de 2011


Lo dice un personaje de Baroja: "Para ser escritor, lo principal es serlo".

Perogrullada, sí, pero...
quizá no tanto.

lunes, 4 de julio de 2011

PATRICK LEIGH FERMOR


El mes pasado murió Patrick Leigh Fermor. Aunque soy lector diario de periódicos, me entero ahora. (De la muerte de Semprún, por ejemplo, me enteré a lo largo de varios días: la escala de la celebridad, que puede medirse por el número de páginas necrológicas que un periódico esté dispuesto a dispensarte.)

Tusquets publicó hace unos años (en traducción de Silvia Barbero) la única novela de PLF, que se dedicó en especial, como saben ustedes, a la literatura de viajes. La novela se titula
Los violines de Saint-Jacques.

Esta novela -breve: 150 páginas- es un delicioso capricho rococó, a pesar de transcurrir su acción a principios del siglo XX: una dama francesa nos cuenta su juventud, durante la cual desempeñó el oficio de institutriz de unos niños nobles en una isla -imaginaria- del Caribe en la que hay establecida una corte anacrónica y pintoresca, regentada por el conde de Serindan, descendiente de una rama ilegítima del tronco familiar de Richelieu. Este conde vehemente, amigo de las mascaradas y nostálgico de la monarquía, mantiene a su manera el espejismo del antiguo régimen con la complicidad de la oligarquía criolla.

En la isla hay un volcán, amenazante. Y aparecen las pasiones, los equívocos, las excentricidades. Y todo ello con una prosa vibrante y hermosísima, suntuosa y exacta.

Una lectura tal vez inolvidable y sin duda conmovedora. Una obra maestra en miniatura.

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