domingo, 20 de septiembre de 2026

EL DIOS VERDADERO

 


 La primera vez que oí hablar de la Inteligencia Artificial, sin saber apenas en qué consistía y sin sospechar cuál sería su alcance, me malicié que podría tratarse de una nueva herramienta que el género humano se apresuraría a utilizar para lo que mejor sabe: hacer el tonto.

         Visto lo visto, solo me equivoqué en aplicarle la condición de “herramienta”, ya que, según explica Yuval Noah Harari, no se trata de eso, sino de un “agente” con autonomía para pensar, para tomar decisiones y para actuar por su cuenta. Una herramienta es un cuchillo, por ejemplo, y la decisión de usarlo para trinchar un pollo o para asesinar al vendedor de pollos es nuestra, no del cuchillo. La IA, en cambio, sería el cuchillo y a la vez la intención de la mano que lo empuña.

         A estas alturas, para la mayoría de la gente, la IA se ha convertido en un juguete que sirve para crear imágenes irreales y vídeos cómicos, para inventar cuerpos esculturales o para escribir cursilerías robóticas, entre otras aplicaciones más o menos inocentes. Algunos –abogados, economistas, arquitectos…- la utilizan para que les haga en unos segundos el trabajo que antes les ocupaba varias horas. No faltan los escritores repentinos que se descuelgan con la autopublicacion de un libro de poemas o de una novela de misterio, cuando nadie les sospechaba esa afición ni esa habilidad. Otros –y ahí viene el peligro- no sabemos aún para qué podrían utilizarla, aunque ponerse en lo peor no sería pecar de pesimistas.

         Bien… Desde los albores de la Humanidad, hemos tenido el empeño de crear dioses y de creer en dioses. Una especie de folclore teológico que varía según en qué zonas del mundo se desarrolle ese anhelo de trascendencia. Históricamente, y sin salir de nuestra civilización occidental, hay quienes se han empeñado en hacer de Dios una presencia viva y hay quienes se han afanado en matarlo. En ambos casos se trata de una pugna metafísica que no puede basarse en ningún fundamento científico, sino puramente retórico, sobre todo si tenemos en cuenta que la teología no es mucho más que literatura de ciencia-ficción protagonizada por entes invisibles. Pero he aquí que de repente aparece la IA y, más allá de la ciencia y de la retórica, se convierte en una deidad tecnológica incuestionable, cuya inexistencia, al contrario que la de cualquier otra deidad, no es debatible, al ser innegable su existencia: no la vemos, pero está ahí.

         Después de muchos siglos de controversias y de guerras religiosas, de proliferación de sectas y de visionarios, de herejías y de dogmas, de santos ilustres y de pecadores condenables, de mesías y de profetas, aparece la IA, en fin, y resulta que se convierte en el Dios verdadero y único, ese Dios que nunca había pasado de ser una entelequia y que, en un abrir y cerrar de ojos, se nos revela como una deidad reverenciada a nivel ecuménico. Un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente –este sí- que conoce todo de nosotros, que custodia la sabiduría universal, que sabe de palabras y de números, de augurios y de análisis. De rebote, cobra sentido la imagen de un Dios vengativo que, según avisan quienes dicen saber de estas cosas, podría acabar con la Humanidad mediante el mítico Armagedón.

         Pero, mientras tanto, sigamos divirtiéndonos con el juguete.


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