FIESTA CON DJ EN ROTA (Cádiz)
Salvo para los veraneantes, lo
mejor del verano es que se termina.
Quienes vivimos en un pueblo costero tenemos diversiones no menos excitantes que las cada vez más frecuentes olas de calor. No sé, de repente oyes un chimpampún marchoso que traspasa el climalit y te preguntas: “¿Qué es esto?”. La respuesta es sencilla: una verbena en una plaza próxima, amenizada por una orquesta de tres componentes: una cantante y un cantante que desafinan éxitos de los 80 y los 90 (“¡Qué escándalo!”, etc.) y un teclista que desafina solidariamente en los coros.
Comoquiera que la verbena está pensada para el público de la tercera
edad, al que se le presupone dureza de oído, tienen la gentileza de poner el
equipo a un volumen equiparable al de los Rolling Stones en el Bernabeu.
Resulta admirable que tres personas puedan hacer tanto ruido, aunque a la
admiración se suma una preocupación: sometidos a ese volumen, los mayores medio
sordos pueden acabar sordos del todo y los medio sanos de oído acabar medio
sordos. Pero nadie ha dicho que la diversión tenga que ser compatible con la
salud, y menos aún con la salud auditiva. Si te quedas sordo escuchando un
éxito de Karina o de Raphael, disfruta sin rencores de ese privilegio.
Por desgracia,
la música ensordecedora se acaba a las 2 de la madrugada. Por suerte, a esa
hora atruena el relevo: un dj ameniza una fiesta ibicenca en las inmediaciones,
aunque hay personas incívicas que la tildan de macrobotellón. Y, bueno, ya no
es que el sonido de la música traspase el climalit, sino que lo hace vibrar.
Por raro que
resulte, esta actividad sociomusical que en principio pudiera parecer insalubre
tiene su lado saludable: en el barrio hay enfermos crónicos que, gracias a la
música tronante, se mantienen en vela durante toda la noche, lo que les permite
disfrutar de los beneficios curativos de la musicoterapia.
Se trata, en fin, de un evento de gran éxito tanto en su concepción como en su desarrollo, según la valoración imparcial de las autoridades municipales que lo organizan: miles de menores de edad y de adolescentes que se echan unos tragos de refrescos azucarados hasta las 5 de la mañana, que es la hora prevista para que el dj se vaya a dormir.
Algunos festejantes persisten un poco más, pues el
consumo de azúcar les potencia la energía y les retrasa el sueño, de modo que,
entre las 5 y las 7 de la mañana, van desfilando por las calles del pueblo
haciendo las cosas propias de la juventud hiperazucarada e hiperactiva: mearse
en las fachadas, pulsar los telefonillos automáticos, estrellar botellas y
vasos en el suelo o en los muros, cantar a todo pulmón coplas regionales o
himnos deportivos o bien pelearse un poco si se produce una desavenencia de
orden antropológico entre cayetanos y kanis.
En nombre de la
libertad de expansión, la policía tiene la gentileza de no interferir en esos esparcimientos
culturales, hasta el punto de que ni se le ve ni se le espera. Hay vecinos
retrógrados que se quejan de no pegar ojo durante toda la noche, pero ¿qué
quieren? ¿Dormir, soñar acaso, como se preguntaba el meditabundo Hamlet? Para
eso están las épocas de frío.
Por
si fuera poco, disfrutamos del paso –cada 20 minutos- de un alegre trenecito
turístico que anima nuestra monotonía con una sirena de ambulancia y con una
campana tañida con entusiasmo por el conductor, un hombre muy festivo que, a
través de un megáfono, anima a los pasajeros a berrear a la manera prehistórica
cada vez que avista a un transeúnte. Si hay suerte, el transeúnte en cuestión
corresponde a ese geste de afecto con otro berrido.
Y
este viene a ser, en esquema, nuestro paraíso veraniego. ¿Quién da más?
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