martes, 5 de junio de 2018

MORAL APLICADA



El ser humano tiende a exigir ejemplaridad al prójimo, al margen del grado de ejemplaridad que cada cual se exija a sí mismo, que es un grado que suele coincidir con el de la absolución plenaria: no hay monstruo que no cuente con argumentos razonados que justifiquen su monstruosidad.

            Comoquiera que estamos en una época marcada por la revisión de algunos patrones tradicionales, lo que no deja de ser una necesidad evolutiva para una convivencia más armoniosa entre actitudes divergentes, hay quienes someten a algunos artistas, tanto del presente como del pasado, a un escrutinio moral severo, cabe suponer que al dar por hecho que la valía de una obra artística debe corresponderse con la valía humana de su creador. Bien, el punto de partida puede ser más o menos razonable –aunque no mucho-, pero el de llegada puede resultar disparatado.

            Se supone que lo importante de una obra artística no es quien la crea, sino la obra en sí, a pesar de que, desde los tiempos en que los artistas dejan de ser anónimos y se convierten en una marca, creador y creación resultan indisociables. Si leemos, qué sé yo, el Quijote, sería un criterio un tanto exótico el de hacerlo con el malestar ético que pudiera provocarnos el hecho de que su autor fuese encarcelado por distraer dinero público o de que ensalzara las gestas militares. El pintor Caravaggio fue un asesino. Beethoven era racista. Inflexiblemente clasista fue Virginia Woolf. A Hemingway le fascinaban las corridas de toros y la caza y tenía 20 armas de fuego. Picasso fue un misógino egolátrico. Hay quien se anima a invalidar la obra poética de Neruda por haberse portado mal con su primera mujer y con la hija enferma que tuvieron. Etcétera. ¿Y bien? Las valoraciones morales retrospectivas no sólo suelen incurrir en el anacronismo, al actuar sobre las convenciones específicas de una época con la mentalidad de otra época, sino que también dislocan un misterio de orden más o menos ontológico: los creadores no tienen por qué estar a la altura de sus obras, sino, en cualquier caso, estar por encima de sí mismos cuando las crean. Las buenas creaciones nos sitúan, ya seamos creadores o consumidores de ellas, por encima de lo que somos, y raro es el lector de una novela, por mezquino o mindundi que sea en su vida privada, que no esté a favor del héroe y no del villano.

            Este propósito de equiparación moral entre el autor y su obra puede propiciar temeridades: suponer que la novela Lolita, por ejemplo, es una exaltación de la pederastia, lo que sería tan razonable como concluir que el Frankenstein de Mary Shelley es un ensalzamiento de la cirugía plástica o que Moby Dick es una apología del maltrato animal.

            Con estas nostalgias inquisitoriales conviene andarse con cuidado, ya que todo tiene su contrapartida: si condenamos obras artísticas y literarias en función de nuestros parámetros morales, estamos abriendo la puerta a la legitimidad de la condena de otras cosas por parte de los defensores de una moral opuesta. Y entonces a ver. Porque el mundo del arte, el de la ficción, ocurre en sí mismo, y en última instancia resulta inofensivo, pero no me atrevería a decir lo mismo de la realidad. 

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1 comentario:

Jose Pedro Moreno Diaz dijo...

La tesis, que comparto, puede extenderse a otros ámbitos de la actividad humana que tienen que ver con la creación, aunque no sea necesariamente artística. Entre los científicos o los pensadores, por ejemplo, hay un buen catálogo de excentricidades, extravagancias y perversidades. Otra cuestión en la que me ha hecho pensar tu artículo ha sido la de los lectores que admiran mucho a un escritor, hasta que le conocen personalmente ("mira qué gracia tiene el tío escribiendo, y lo antipático que es en persona..."). Por cierto, el primer párrafo me ha recordado un refrán que resume bien la cosa: "Quien a sí mismo se capa, buenos cojones se deja". Estupendo artículo.