domingo, 7 de agosto de 2016

EL SUSPENSE



 (Publicado ayer en prensa)

El hecho de que estemos viviendo una situación política especialmente absurda no supone que se trate de una situación carente de una lógica interna bastante sólida. Es incluso posible que, más que a la exhibición de un comportamiento disparatado por parte de nuestros aspirantes a poderosos, estemos asistiendo a un ejercicio modélico de coherencia, al menos en el ámbito desconcertante de la paradoja. Intentemos dilucidar, en fin, ese misterio en el que nada es lo que parece y en el que todo es con exactitud lo que parece…

            El PP ganó las segundas elecciones con un resultado de mejora con respecto a las primeras, aunque con la peculiaridad de que se trató de una derrota más rotunda que la precedente, en tanto que el incremento de su mayoría simple no ha hecho sino acentuar su aislamiento y su imposibilidad de formar un gobierno consensuado. El PSOE, por su parte, ha recurrido a una estrategia pintoresca: adoptar el papel de ganador moral tras su catástrofe electoral, hasta el punto de que el candidato Sánchez parece no tener una conciencia clara de en qué consiste un candidato: un ente necesariamente renovable en el caso de que los votantes no se dejen seducir por su candidatura, a no ser que pensemos que el candidato idóneo de un partido es ese mártir que va perdiendo votos a cada día que pasa. En cuanto a Unidos Podemos, se ha demostrado que una alianza no conlleva necesariamente un mayor cupo de poder, sino en cualquier caso una mayor codicia estratégica, con ese inconveniente tan molesto que tienen las estrategias: el de acabar siendo fallidas. Y es que a veces la suma resta, ya que estamos en el territorio, como dije, de la paradoja. El caso de Ciudadanos, por su parte, resulta peculiar: una derecha moderada que procura promover el discurso del ultraliberalismo como una ideología filantrópica e incompatible con cualquier tipo de corrupción. No lo tiene fácil, claro está, lo que no impide que su distanciamiento enfático con respecto al PP, para evitar que se los considere intercambiables, le haga moverse, a falta de tierra propia, en tierra de nadie, en funciones de comodín potencial de quien se preste a alquilarle su partitura para violín y oboe. 

            Pintado quede el cuadro, en fin, con brocha gorda.

            Salvo que los políticos en pleno decidan que el gobierno idóneo es el de la ingobernabilidad, lo mejor está por venir. El PP difícilmente podrá redimirse de su condición de aliado tóxico para cualquiera. El PSOE, si decide no abstenerse en la investidura, estaría obligado a pactar con quienes lo ven no como socio, sino como presa. Podemos mantendrá su actitud de paciencia impaciente, a la espera de asaltar los cielos. Ciudadanos seguirá moviendo el bolso en la esquina. Las minorías nacionalistas, como siempre: al mejor postor. Y nosotros entre estupefactos y pasmados ante el misterio.

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1 comentario:

Miguel Ángel Santamaría dijo...

Y qué voy a comentar que describa mejor la situación. Que el gobierno ideal es el de la ingobernabilidad no me atrevería a afirmarlo por miedo a ser etiquetado, saltarán todas las alarmas cada vez que me deslice insensato e ingenuo ante quienes lo tienen un discurso claro afianzados en la reiteración del mantra del noticiario. Bien es cierto, a pesar de todos, y también veo de manera clara y distinta que del gobierno ideal nunca deberían formar parte estos quiero-gobernarte. Y rondando las conciencias estará el voto útil que acabará llevándonos al punto de partida. Cambiarlo todo para que nada cambie. La Historia se repite y por tanto una vez más no habremos aprendido nada.