lunes, 13 de abril de 2020
viernes, 10 de abril de 2020
ALFONSO FRANCO SILVA, PROFESOR
Ha muerto Alfonso Franco Silva, catedrático emérito de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz.
En segundo de carrera, tuve la fortuna -fortuita- de ser alumno suyo en una asignatura optativa.
Sólo éramos cuatro en aquella clase y el primer día nos dijo: "Como somos muy poquitos, vamos a saltarnos el temario y hacer lo que más nos apetezca a todos. Vamos a pasarlo bien con la Edad Media, que ya veréis que es muy entretenida".
Y así fuimos leyendo, estudiando y comentando a Chrétien de Troyes, los ensayos El amor y Occidente, de Denis de Rougemont, y La vida literaria en la Edad Media, de Gustave Cohen, la lírica provenzal...
Y, mira por dónde, aquella clase de historia -que yo había elegido al tuntún para evitar otras asignaturas más áridas- se me convirtió en la más fascinante y entretenida de todas, gracias al humor de Alfonso, a su amabilidad, a su capacidad pedagógica para transmitir el entusiasmo por aquello que le entusiasmaba.
Como muestra de su sentido del humor, un día entré con unos amigos en un bar gaditano cercano a la facultad y allí estaba él con un joven. Lo saludé y me presentó a su acompañante: "Es X., que el curso pasado se licenció en historia". Le dije: "¿Sí? ¿Y cómo termina?". Alfonso soltó una carcajada: "Sólo por eso, ya tienes asegurado el sobresaliente en mi asignatura". (Y así fue.)
Un gran medievalista -autor de muchos estudios acreditados por su inteligencia y su erudición- y un gran tipo.
Es curioso cómo, a la vuelta de los años, te das cuenta de lo mucho que han significado para ti algunos profesores, aquellos que te abrieron una senda que acabaría siendo decisiva -así fuese de un modo tangencial- en tu vida.
Ahora el recuerdo, el buen recuerdo, y el debido agradecimiento.
.
miércoles, 8 de abril de 2020
Siguen saliendo comentarios sobre el libro fantasmal.
Gonzalo Grajera en Zenda:
https://www.zendalibros.com/eclosion-literaria-fe
lipe-benitez-reyes/
Gonzalo Grajera en Zenda:
https://www.zendalibros.com/eclosion-literaria-fe
lipe-benitez-reyes/
martes, 7 de abril de 2020
Las librerías cerradas, los periódicos en funcionamiento y los libros en su limbo. Y uno, desde su otro limbo, hablando de un libro fantasmagórico.
https://sevilla.abc.es/cultura/libros/sevi-felipe-benitez-reyes-si-literatura-fuera-mero-juego-no-hubiese-dedicado-casi-toda-vida-202004062111_noticia.html
sábado, 4 de abril de 2020
LA REALIDAD VACÍA
.
Nos preguntamos si nuestro gobierno está gestionando bien o mal esta crisis, aunque se trata de una pregunta estéril, ya que la respuesta no consigue responder nada: está gestionándola como puede, improvisando medidas que simulan un control sobre lo incontrolable, en parte porque ningún gobierno del mundo está preparado para gestionar un dislocamiento total y repentino de las estructuras de nuestra realidad. Como mucho, puede gestionar la incertidumbre, y la gestión de la incertidumbre no ofrece, por definición, demasiadas certezas.
¿Ha
reaccionado tarde? En este caso, la respuesta admite una extrapolación: si en
China o en Italia estrellas un vaso de cristal contra una roca y el vaso se rompe,
quiere decir que si estrellas un vaso de cristal contra una roca en cualquier
otra parte del mundo, el vaso se romperá. En muchos países, incluido el
nuestro, llegamos a pensar que nuestros vasos eran de cristal irrompible.
Quizá, no sé, porque no caímos en la cuenta -y era una deducción de las fáciles- de que, en un mundo globalizado, es
muy probable que una epidemia ascienda en un abrir y cerrar de ojos al grado de pandemia.
Todos,
incluidos los científicos -que aún andan entre el sí y el no al uso generalizado
de mascarillas-, nos movemos entre hipótesis, conjeturas y palos de ciego.
También entre paradojas: por ejemplo, que el hecho de que en España mueran casi
mil personas al día a causa del coronavirus sea una noticia esperanzadora con respecto
a la famosa curva, que, a pesar de ser ascendente, resulta ser estable, según
los analistas..
Con los
políticos podemos ser comprensivos: nos hacemos cargo de que saben poco o nada
de este asunto e incluso de los asuntos derivados de él, pero el hecho de que
los científicos reconozcan su incapacidad para neutralizar de momento esta
pandemia es algo que intranquiliza un poco más: el desbarajuste socioeconómico
es algo que todo el mundo asume con un grado variable de fatalismo; en cambio,
la indefensión ante una amenaza vírica es algo que percibimos como un factor de
alarmismo que no entra en conflicto con la racionalidad.
Por no saber, no
sabemos aún si esto es el principio del final de la crisis o el principio de
una crisis mayor, pues el día de mañana se nos ha convertido en una caja de
sorpresas, de momento tan inquietantes como desoladoras. Estamos en un momento
en el que cualquier persona sana es consciente de que, con un poco de mala
suerte, puede morir en cuestión de días, y no estamos acostumbrados a
plantearnos de manera tan categórica nuestra fragilidad, de ahí que la huella psicológica
que va a dejarnos esta coyuntura resulte tal vez incalculable.
No hace falta
ser un paranoico para intuir que no están contándonos toda la verdad, y no
porque nuestros gobernantes hayan decidido mentirnos, sino porque no tienen más
remedio que mentirnos: si anunciaran que nuestro sistema puede derrumbarse y
que millones de personas irán directas a la ruina de aquí a unos meses, la
crisis ascendería a la categoría de caos. ¿Hasta qué punto podrán paliar el
Estado y la UE una quiebra social globalizada? De esa prueba de fuerza
dependerán muchas cosas. Tal vez demasiadas.
Ojalá nuestros
cálculos pesimistas se vean desmentidos por el curso de los acontecimientos. Pero,
hoy por hoy, y por desgracia, el optimismo es un lujo que no nos podemos
permitir.
.
miércoles, 1 de abril de 2020
RESIDENCIA DE ANCIANOS
Una condensación de tiempo inerte.
Un olor a cerrado y a morfina.
La memoria oscilante. Las manos
temblorosas.
El grito que recorre los pasillos.
Un olor a pasado y a morfina.
La muerte que recorre los pasillos.
Los ojos que no miran lo que miran.
La mano temblorosa que modela
recuerdos temblorosos en el aire.
-Y ese olor a penumbra y a morfina...
Un olor a colonia y a morfina.
La boca que se mueve sin palabras.
El miedo que recorre los pasillos.
El ángel que recorre los pasillos
con sus alas de muerte desplegadas.
El ángel depredador.
El tiempo que ha dejado de ser vida.
(F.B.R. del libro Ya la sombra, 2018)
sábado, 28 de marzo de 2020
UN FUTURO INESPERADO
Escribo esto sin ganas de
escribir y usted lo leerá, si lo lee, sin ganas de leerlo, porque todos andamos
con una inquietud de fondo que nos promueve la apatía justo cuando disponemos
de más opciones de ocio. Todos en casa, en fin, extrañados ante esta suspensión
repentina de la realidad, matando el tiempo para procurar que no nos mate el
virus.
Esta
calamidad que se nos ha venido encima estaba anunciada por los científicos: no
se trataba de una conjetura, sino de una evidencia sin fechar, de igual modo
que vienen avisando de las consecuencias del cambio climático. Ante ambas
advertencias, los gobernantes mundiales suelen responder con recortes en
sanidad e investigación o, en el mejor de los casos, con un encogimiento de
hombros: el fatalismo de Estado, por así decir.
Hay
epidemiólogos y virólogos que, repartidos por el mundo, vigilan la aparición de
nuevos patógenos, aunque resulta imposible combatir lo desconocido hasta que se
dé a conocer, de modo que la ciencia está obligada a mantenerse –con recursos
por lo general precarios- en una alerta continua, pero no puede saber con
exactitud ante qué. De ahí la inevitabilidad de pandemias como la presente y –sí-
las venideras. De ahí nuestra fragilidad en esta época de globalización, de la
que solemos cantar más sus alabanzas que sus peligros.
¿Aprenderemos
algo de esta lección severa? Tal vez no. Tal vez algo. A esta crisis sanitaria
seguirá una crisis económica, y no estaría mal que entrásemos también en una
crisis de conciencia individual con respecto a nuestra inconsciencia colectiva:
la revisión de nuestra forma de vida, basada en gran parte en una frívola
despreocupación por las causas comunes, incluida en esas causas –como
principal- nuestro planeta, para el que somos el virus más peligroso. Nos
alarman los microorganismos que nos
atacan, pero nos desentendemos de todo aquello a lo que atacamos, sin
importarnos que al atacarlo nos ataquemos de rebote a nosotros mismos.
Como agentes
preponderantes que somos del envenenamiento de nuestro planeta, podríamos plantearnos,
no sé, que no es necesario irnos de vacaciones a 6.000 kilómetros de nuestra
casa, a veces sin conocer lo que hay a 200 kilómetros de ella, ya que, gracias en
parte a ese espíritu aventurero, son más de 100.00 los aviones que vuelan a
diario en todo el mundo. Que no hace falta ir al supermercado en un coche del
tamaño de un tanque. Que no es lógico que patatas cultivadas en Almería se
consuman en Bélgica, que aquí consumamos las cultivadas en Francia, que en
Italia se vendan bananas provenientes de Brasil y que en Brasil se venda queso
parmesano. Que no es imprescindible que en Copenhague coman piña tropical ni que
en Cádiz comamos salmón noruego, porque esos caprichos gastronómicos tienen un
coste de contaminación insostenible: un solo carguero de gran tamaño emite, con
su quema de fuelóleo, casi las mismas partículas tóxicas que 50 millones de
coches, y se calcula que sólo en Europa el tráfico marítimo ocasiona 50.000
muertes anuales y 60.000 millones de euros en gasto sanitario.
Tampoco es
ineludible que la confección de un pantalón vaquero requiera el consumo de
3.000 litros de agua ni que llenemos nuestro armario con ropa de buen precio
tras la que hay una mano de obra semiesclavizada. Y sin duda debería ser
prioritario el invertir en investigación terrícola y no en el sueño megalómano
de viajar a Marte, por ejemplo. Y etcétera.
La vida es
metafísicamente complicada de por sí, de acuerdo, pero sus rutinas cotidianas
pueden simplificarse, a no ser que estemos convencidos de que este sistema de
hábitos delirantes por el que hemos
optado resulte compatible con nuestra sostenibilidad no ya como sociedad, sino
como especie.
No se trata de
reclamar una vuelta a la aldea ni a la autarquía, sino de fomentar la sensatez y
la prudencia, en fin, entre la especie amenazada por sí misma en que nos hemos
convertido.
Y
es que quizá nos hemos pasado de optimismo con respecto al progreso. Creíamos
estar instalados en el futuro y, de la noche a la mañana, nos vemos en una
especie de Edad Media tan hipertecnologizada como sombría.
Porque si un
pequeño virus tiene la capacidad de dislocar los engranajes de nuestra civilización,
más vale no imaginar lo que puede ocurrir cuando nuestro planeta se ponga en
contra de nosotros.
.
miércoles, 25 de marzo de 2020
ENTRE VIRUS Y ALUCINACIONES

DOUG SHULTZ
(NETFLIX)
WORMWOOD
ERROL MORRIS
(NETFLIX)
PANDEMIC
La serie documental Pandemic (How to Prevent an Outbreak),
estrenada justo antes de la identificación y propagación de la Covid-19, ha
tenido el mérito de ser tristemente –e inminentemente- profética: la
advertencia por parte de los científicos de una pandemia provocada por un
agente infeccioso desconocido. No tenían duda alguna de que esa pandemia se
produciría. La única duda era la de dónde y cuándo. No se trataba, en fin, de
una conjetura, sino de una certeza sin fechar. (Y ahora comprobamos que las
películas catastrofistas en torno al efecto masivo de unos virus malignos
podían ser poca cosa como tales películas, pero que no eran del todo ciencia-ficción:
ya estamos dentro de una de esas películas, en calidad de figurantes atónitos.)
Al igual que con respecto al cambio climático, los políticos mundiales llevan
décadas sobre aviso, aunque suelen optar por darse por enterados a medias,
cuando no con el fatalismo de un encogimiento de hombros.
No creo que
pueda decirse que Pandemic sea un
trabajo resuelto con brillantez, pues es de ritmo algo lento, con un montaje un
tanto desordenado y con tramos inertes, aunque sí muy didáctico, a la vez que
desalentador: nuestra vulnerabilidad individual ante un patógeno emergente y
nuestra incapacidad colectiva para afrontar una crisis sanitaria desmesurada.
Quizá no sea
el momento de promovernos la angustia, de la que vamos sobrado, pero esta docuserie
resulta muy útil para que los legos en ciencia no andemos hablando por boca de
ganso ante esta pandemia que no sólo ha puesto de manifiesto lo mejor, lo regular
y lo peor de la condición humana, sino también las muchas fragilidades de
nuestro sistema, así como las consecuencias imprevisibles de la globalización,
de la que tendemos a cantar más sus alabanzas que sus peligros. ¿Qué lección
aprenderemos de esta especie de suspensión transitoria de nuestra realidad? Tal
vez ninguna: que la vida siga su curso. Y hasta la próxima.
Como no podía
ser de otra manera, hay quienes dan por hecho que este coronavirus es un arma
biológica creada en un laboratorio de EEUU para exterminar a la población
mundial -y cabe suponer que de paso a ellos mismos-, un invento del gobierno chino
para paliar un poco su superpoblación o incluso una guerra biológica emprendida
por Rusia para desestabilizar Europa. Vale. Bien. Las conspiranoias tienen el privilegio
de poder ir en vuelo libre. Pero para ese tipo de conspiraciones devastadoras tendríamos
que irnos un poco hacia atrás en el tiempo…
En el caso de
que la dejasen ustedes correr cuando se estrenó, me arriesgo a recomendarles Wormwood, un docudrama centrado en la
extrañísima muerte de Frank Olson, un bioquímico del ejército de EEUU que fue
reclutado por la CIA. En 1953, Olson cayó –digámoslo así- desde la ventana del décimo
piso de un hotel de Manhattan. La versión oficial fue concluyente: suicidio. (Como
dato curioso, cabe señalar que el manual para los agentes de la CIA de aquella
época especificaba el siguiente protocolo: “El accidente más eficaz para un
asesinato sencillo es el de una caída desde al menos unos 23 metros de altura
sobre una superficie dura”.)
Durante los
días previos a la muerte de Olson, sus superiores le administraron, sin su
conocimiento, unas altas dosis de LSD como parte de un experimento encaminado a
calcular el efecto de las drogas como elementos de uso para el control mental,
en una época en que los ensayos psicológicos ocultaban bajo su barniz
científico una metodología casi nigromántica. Aquella experiencia psicodélica
no consentida le produjo paranoia y una crisis nerviosa severa, imagina uno que
porque pensó que estaba perdiendo la razón y que el mundo se le había
transformado en una pesadilla multicolor y cambiante, de modo que fue enviado
por sus superiores a la consulta de un psiquiatra -que no era tal psiquiatra,
sino un pediatra alergólogo aficionado a las fantasías experimentales con la
mente humana- que colaboraba con la CIA en el estudio de los efectos psicotrópicos
de determinadas sustancias. A falta de mejor remedio, aquel psiquiatra
espontáneo y aventurero prescribió a Olson el ingreso inmediato en un manicomio.
En contra de
lo que suele ser habitual, la parte dramatizada de Wormwood es excelente, acogida a un inquietante registro sombrío
con toques expresionistas. La parte estrictamente documental tiene como
protagonista a Eric, hijo de Frank Olson, que traza un coherente relato retrospectivo,
fruto de su afán por aclarar -a lo largo
de varias décadas- los motivos, detalles y circunstancias de la muerte de su
padre. Él mismo reconoce que ese afán derivó en obsesión, hasta el punto de
sacrificar su vida profesional -y buena parte de su salud mental- en beneficio
de ese esclarecimiento.
Pero no debo
contarles mucho más. Estando por medio la CIA, las escabrosidades más
impensables están aseguradas, pues son pocas las instituciones públicas que han
alcanzado su grado de criminalidad y de sordidez: un poder descontrolado dentro
del Poder, al margen de la ley y del Poder mismo, con el pretexto sagrado de la
seguridad nacional. Si a eso añadimos el FBI del abominable Hoover, el
macartismo, la guerra de Corea, el cine patriótico y las tensiones de la Guerra
Fría, con sus complejas redes de espionaje, pongamos por caso, nos trasladamos
al escalofriante escenario sociopolítico en que encontró la muerte Frank Olson,
el hombre que quizá sabía demasiado.
.
lunes, 23 de marzo de 2020
OÍDO A DEBIDA DISTANCIA
Hoy no he tenido más remedio que salir a la calle, por aprovisionamiento forzoso.
En el pequeño supermercado del barrio, la cajera le comenta a una anciana: "No hace falta que venga usted. Nos llama, nos dice lo que necesita y se lo llevamos. Gratis".
En la farmacia, a un anciano: "No se tome usted la molestia de venir por su medicación. Nos llama y se la llevamos a casa".
Y piensa uno que sí, que estos gestos son coyunturales, pero que también responden a un fondo solidario y humanitario que está SIEMPRE ahí, en el núcleo más noble de cada cual. El sentido profundo del amparo colectivo.
Y piensa uno también que muchos gobernantes, ensimismados en su bucle metapolítico, no aciertan a oír ese latido, ese fondo de bondad que nos dignifica como sociedad y como individuos. Porque a veces no entienden del todo que el complemento básico de la solidaridad espontánea es una justicia social estable.
Ese es el punto de partida y a la vez la meta.
.
domingo, 15 de marzo de 2020
GLORIAS CATALANAS
(Publicado ayer en la prensa)
El Institut Nova Història lleva a
cabo una labor que no sólo resulta asombrosa por sus conclusiones, sino también
por la aplicación de un componente mágico a la aridez de la investigación
histórica. Según tales conclusiones, Cervantes, Colón, Teresa de Jesús o Hernán
Cortés, entre otras eminencias, fueron catalanes, lo que no deja de ser una
noticia inmejorable para Cataluña, aunque dolorosa para los lugares que tenían
a esos próceres por nativos.
La ilustración
–una batalla naval- que encabeza la página web del INH lleva sobreimpresa una
cita de Cocteau: "La historia es
una combinación de realidad y mentiras. La realidad de la historia llega a ser
una mentira. La irrealidad de la fábula llega a ser la verdad". (Cocteau
nació en la localidad francesa de Maisons-Laffitte,
aunque no debemos perder la esperanza de que en realidad naciera –o de que al
menos fuese concebido- en algún lugar del Ampurdán.) La cita revela el espíritu
que anima al INH: la denuncia de la prevalencia de la fabulación sobre la
verdad. No hace falta decir que, para sus historiadores y parahistoriadores, la
verdad es la suya y la fábula es el relato histórico que España lleva siglos
manipulando para privar a Cataluña del orgullo legítimo de ser cuna de celebridades.
Tras laboriosas pesquisas, hay quien ha
llegado a la conclusión de que el Quijote –al igual que el Lazarillo- fue
escrito originariamente en catalán, aunque la presión españolista –cabe suponer
que llevada a cabo por el CNI de la época- la convirtió en la obra escrita en
castellano por un alcalaíno. Pero hay más: hay quien da por hecho que Cervantes
y Shakespeare no sólo eran catalanes, sino que eran además la misma persona: un
alicantino apellidado Sirvent, políglota.
A este historicismo mágico debemos otra
revelación importantísima: que Leonardo da Vinci tiene orígenes catalanes,
aunque tal vez en este caso la manipulación no se debe a los españoles
encargados de falsear la historia, sino a sus homólogos italianos, de lo que
puede sospecharse una conjura internacional para restar méritos a los países
catalanes como manantial de genios universales. ¿En qué se sustenta la
catalanidad de Leonardo? En un detalle contundente: que en algunos de sus
cuadros se ven al fondo unas montañas que recuerdan a la de Montserrat,
fenómeno orográfico sin igual en el resto del mundo. Por si fuese poco, una
investigadora ha demostrado científicamente que los ropajes de la Gioconda son
de origen valenciano, aunque de momento no se ha animado a afirmar que la
modelo del cuadro fuese asimismo valenciana, extremo que se hubiese dilucidado
de haber tenido Leonardo la ocurrencia de pintarla con el atuendo de fallera
mayor.
Todo esto cuesta unos
cuantos millones de dinero público. Pero la verdad es que merece la pena.
.
sábado, 14 de marzo de 2020
No estoy seguro, pero creo que, en estos casos, la misión de los políticos no consiste en tranquilizar a la población, sino en alarmarla un poco más de la cuenta para evitar una pandemia paralela de irresponsabilidad.
(Y de paso para evitar una paradoja: muchos hospitales colapsados y muchos bares también.)
jueves, 12 de marzo de 2020
Si en Milán, pongamos por caso, arrojas una copa de cristal a un suelo de mármol y se rompe la copa, quiere decir que, en cualquier parte del mundo, si arrojas a un suelo de mármol una copa igual, se romperá.
Todo consiste en cuánto se tarde en entenderlo por parte de quienes están obligados a entenderlo.
(Pero aún hay quien cree en el milagro de la copa irrompible y del mármol amortiguador.)
.
miércoles, 11 de marzo de 2020
lunes, 9 de marzo de 2020
domingo, 1 de marzo de 2020
LA PELÍCULA
(Publicado ayer en prensa)
La aparición del coronavirus ha tenido un lado bueno: no
ya el de convertirnos a todos en virólogos repentinos, sino sobre todo el de
habernos convertido en personajes de una película catastrofista, de esas en las
que un patógeno maligno –creado por lo común en el laboratorio de un científico
loco- amenaza con destruir a la humanidad, aunque al final las cosas se arreglen,
al menos si los guionistas andan con un grado aceptable de optimismo.
A estas
alturas, cuando las autoridades sanitarias siguen hablando de epidemia en vez
de pandemia, aun sospechando que el ascenso de categoría parece estar más que
cantado, todos manejamos conjeturas contundentes sobre el origen del virus (esos
menús de carne de murciélago, de perro, etc.), e incluso tenemos soluciones tan
personales como expeditivas para erradicarlo, ya sea mediante el cierre inmediato
de todas las fronteras mundiales o de la interrupción drástica del comercio con
China, según. Sorprende, desde luego, nuestra capacidad de sugestión ante las
palabras: pensamos que todos los problemas se solucionan por la vía retórica, y
mejor si esa retórica se ejerce con el codo apoyado en la barra de un bar.
Andamos,
ya digo, dentro de una película de terrores científicos, con el miedo de que,
cada vez que respiramos, el virus exótico pueda entrarnos por la nariz para,
desde allí, alojarse dondequiera que ese virus se encuentre a sus anchas dentro
de nuestro organismo, pues cada enemigo de nuestra salud tiene sus preferencias
en ese particular. (Para que el terror se amplifique, y ahora que ya nos
habíamos reconciliado con los pollos, están detectándose nuevos casos de gripe
aviaria, que hace unos años nos promovió la aprensión colectiva de morir cacareando.)
En este guirigay paracientífico que nos
traemos los legos en medicina, no faltan los relativistas que, con aplomo de eminencias
sanitarias improvisadas, quitan importancia al coronavirus al comparar su tasa
de mortalidad con la de la gripe común, por ejemplo. Y tienen razón, al menos
relativamente: el hecho de que un cáncer de páncreas sea un diagnóstico pésimo
no resta gravedad al hecho de que tengan que amputarte las piernas por gangrena,
pongamos por caso. Por fortuna, las autoridades políticas actúan como agentes
sedantes: “Nuestro sistema sanitario está de sobra preparado para…”. (Quién lo
duda.)
En una época en la que el destino de
cualquier acontecimiento global es el de acabar siendo materia de memes
chistosos, todos estamos viviendo, según decía, dentro de una ficción, como
personajes de una película coral en que la verdad es mentira y la mentira es
verdad, en que la enfermedad genera risa y a la vez pánico, en que todo es real
y al mismo tiempo fantasía. Y así vamos tirando. Muy entretenidos.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)