jueves, 5 de abril de 2018
lunes, 26 de marzo de 2018
UN EXPERIMENTO
(Este artículo se publicó el sábado en prensa... Los detalles han cambiado. La realidad no tanto.)
El conflicto catalán ha tenido la
virtud de ofrecernos un espectáculo basado en el contraste, con sus aspectos
dramáticos y sus consecuencias cómicas, con sus sinsentidos de forma en nombre
del sentido de fondo, con sus continuas reducciones al absurdo en beneficio de
una lógica emocional que tiene más de emocional que de lógica, la sacralización
de la ley de Ohm frente al descrédito de los porcentajes reales de voto.
Etcétera.
Sin
menospreciar a ninguno de los muchos actores de esa desconcertante
tragicomedia, todos esos componentes contradictorios entre sí se han
quintaesenciado en la figura de Carles Puigdemont, cuya deriva espontáneamente cómica
nunca podrá igualar tal vez ni siquiera su mayor antagonista cómico, el cómico
profesional Boadella. Incluso la situación de Puigdemont consiente la dualidad:
unos lo ven como un exiliado, en tanto que otros lo consideran un fugado. La
apreciación heroica, en fin, frente a la consideración jurídica. Sea como sea,
nadie podrá quitarle el mérito de ser un pionero: un político elegido
democráticamente que, por su exceso de espíritu democrático, se ve obligado a
salir por pies de un extravagante país democrático en el que algunos ensueños
se consideran antidemocráticos y en el que el incumplimiento de la ley se
considera ilegal y punible.
En
su novela El barón rampante, Italo
Calvino da vida a un personaje que un día, tras una discusión familiar, se
subió a un árbol y juró no volver a pisar el suelo, de modo que se pasó el
resto de su vida de árbol en árbol. No sabemos si Puigdemont se pasará el resto
de su vida de país extraño en país exótico, y ojalá que no sea así de no ser
ese su deseo, pues un patriota necesita patria tangible, pero se me ocurre que
tampoco es una mala idea el hecho de que un país –y más si se trata de un país
que sólo existe en la esfera de los arquetipos platónicos- tenga a un
presidente fugado, lo que presenta al menos dos ventajas, a saber: que el país
se libra de tener un presidente y que el presidente se libra de tener un país.
Y
es que la tarea de un presidente tiene algo de condena: simular que se gestiona
eficazmente desde el conocimiento íntimo de estar llevando a cabo una gestión
desastrosa, ya sea por imperativo de la realidad o por impericia suya y de los
suyos; prometer la realización inducida de milagros, de por sí tan improbables
como fortuitos; fingir optimismo ante los desastres y recomendar pesimismo ante
las ilusiones colectivas, y así sucesivamente. Evitarle a un congénere esa cruz
puede entenderse, en suma, como un gesto de buena humanidad.
De modo que
tal vez sería conveniente que Rajoy se fugase también a Bruselas y que desde
allí jugase, vía plasma -tan de su agrado-, a ser presidente de nuestra nación
de naciones, a ver qué pasa. No creo que esa fuga tuviese mucha repercusión en
la vida de todos, ya que, aparte de otras consideraciones más matizadas, el
hecho de que un país alimente la esperanza de que los políticos pueden arreglar
el país suele ser el síntoma más claro de que ese país no tiene arreglo.
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domingo, 25 de marzo de 2018
LA HORA ELÍPTICA
Hemos tenido que adelantar una hora los
relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones
políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado ovino o
vacuno o bien seamos abstracciones.
No puedo presumir de ser lo que se dice un
especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo
que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como
estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas:
las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos
den la contraorden de atrasar los relojes,
allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el
anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía
sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las
estaciones frías.
Vive
uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta
habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, borrada por decreto y de un
plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar
en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día
cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de
ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su
lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos
con las horas. También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de
pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el
cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún
día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha
averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y
pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj
cimarrón con sus colegas vanguardistas.
Los
relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las
manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar
siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron
nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo
que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de
instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el
manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el
manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”,
dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y,
al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por
la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación
taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a
Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas
clandestina de un turcumano.
Y es que con el tiempo, en
fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por jugar
a correr más aprisa.
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jueves, 22 de marzo de 2018
miércoles, 21 de marzo de 2018
¿DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA?..
(Bueno, pues un poema del próximo libro.)
CICLOS
Entre el momento
en que Dante Alighieri
concibe el
artificio
de que Virgilio
sea su acompañante
en los tres
estratos del trasmundo,
la hora exacta
en que Virgilio
pone música
acentual al primer hexámetro
para cantar al
varón esclarecido de Troya,
el minuto
preciso en que Ovidio
decide recrear
la metamorfosis de Dafne,
el instante en
que Kafka
define la
fantasía de una transformación
y este ahora en
que me acuerdo
más o menos
aleatoriamente de ellos cuatro,
median varios
siglos, varios miles de kilómetros,
varias lenguas,
pero en realidad
todo sucede
dentro de esa
cápsula de anacronía
en que la literatura
se protege del tiempo
desde su
inmortalidad desvalida y estática,
pero más
poderosa que la vida,
ese concepto
oscilante
en cuyo fluir
sucumben los imperios,
pero no las
ficciones;
nosotros, por
supuesto, pero nunca jamás
la herencia de
los embaucadores prodigiosos
que nos llevan
de la mano
a ese dominio ilusorio
y sin confines
que al cabo existe
más
que el mundo
mismo, en paralelo
a este ser del
no ser de ser nosotros,
aproximadamente.
F.B.R., del libro Ya la sombra, que se publicará en abril
LA ARAUCARIA ACOGEDORA
.
Esta araucaria es mi vecina desde que nací. Le calculo una altura de
unos 40 metros. Crece en el patinillo de una casa del barrio.
Es una especie de hotel bullicioso de la pajarería: un día se llena de gorriones, otro de vencejos, otro de mirlos melómanos, otro de tórtolas, otro de urracas... Por turnos. Conforme a un método de rotación que no sé interpretar, porque no se rige por el ciclo de las estaciones ni nada de eso, sino -ya digo- por el día a día, e incluso por horas. Sin un patrón estable: llegan las urracas, por ejemplo, y los gorriones pegan el voletío. Y así van.
De vez en cuando aparece un halcón, que se posa, altivo y amenazante, en las ramas de la copa, y todos las demás especies pegan la espantada.
Convertida mi terraza en un observatorio ornitológico, a esta araucaria tan visitada me distraigo en atribuirle, por derivación del ocio, algunas dimensiones simbólicas, todas ellas más o menos difusas y más o menos caprichosas: desde la inestabilidad del vivir -en la frontera imprecisa entre la libertad y la condena de ser libre para nada- hasta la representación -un tanto estrambótica- de la lucha de clases en versión pajarera.
Pero esa sería ya otra historia.
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lunes, 19 de marzo de 2018
UNA FABULILLA DE LUNES LLUVIOSO
En el salón de actos abarrotado, el gran poeta, en un momento de
debilidad, confesó: “Si algún poema mío flaquease un poco, no sería
culpa mía, sino del poema, que no estaría a mi altura”, y en ese
instante descendió del techo una lluvia de polvo de diamante que fue
batido por los aplausos del público.
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jueves, 15 de marzo de 2018
(...Aquellos días interminables en que no paraba de llover, y no ibas al
colegio, y no sabías si sentirte bien o mal por quedarte en casa, porque
por aquel entonces nada estaba en el fondo ni bien ni mal: simplemente era, y mis hermanos y yo mirando llover por la ventana: el espectáculo
monótono de un dragón líquido...)
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miércoles, 14 de marzo de 2018
UN PROYECTO
Comoquiera que parece haber una corriente prestigiosa de libros
encaminados a fomentar la espiritualidad, y dado que uno es vulnerable a
las modas, incluida la de no seguir las modas, acabo de empezar a
escribir uno: "Busca dentro de tu alma la Verdad. Lo más probable es que
pierdas el tiempo tontamente, pero al menos no lo pierdes tontamente en
otra cosa. Por consiguiente, observa al humilde pajarillo que en su
rama...".
(Más o menos.) (Es sólo un borrador.)
martes, 13 de marzo de 2018
lunes, 12 de marzo de 2018
OBSOLESCENCIAS
(Publicado el sábado en prensa)
El de “obsolescencia programada”
es un concepto que nos educa el sentido de la fatalidad, al proporcionarnos la
certeza de que nuestros electrodomésticos, por muy flamantes que luzcan,
morirán de improviso el día menos pensado.
Solemos atribuir a intenciones
malignas de los fabricantes el que programen la defunción súbita de nuestros
utensilios, aunque ellos se defienden con el argumento de que la obsolescencia, toda
vez que obliga al consumo periódico, propicia los avances tecnológicos en sus
productos. A uno, la verdad, le daría lo mismo pasarse toda la vida con las
mismas bombillas, con la misma batidora o con la misma impresora, pero se ve
que eso actúa en contra del progreso, que al parecer exige mártires: la mártir
exprimidora, la mártir aspiradora o el calefactor mártir, que tienen que dar su
vida a cambio de que en el futuro exista una exprimidora más sofisticada que
ella, una aspiradora más aspirante que ella o un calefactor más ecológico que
sus antepasados.
A
nadie le gusta que se le muera de repente el tostador de pan, pongamos por
caso, pero sabemos que se inmola por una buena causa, y ahí encontramos
consuelo: cuando vayamos a la tienda a comprar otro tostador, tendremos una
oferta mejorada de tostadores, tostadores de tecnología punta, capaces –qué sé
yo- de tostar una rebanada de pan con sólo mirarla, o exponiéndola durante unos
segundos a un dispositivo láser, o similar, ya que las artes industriales van
que vuelan hacia lo prodigioso y nunca visto.
Aun
aceptando la necesidad de que nuestros electrodomésticos pasen a mejor vida en
nombre del avance tecnológico, nos queda una inquietud: la de no vernos venir
su expiración, que, como en el poema barroco, suele llegarles callada. Miras tu
frigorífico, le calculas la edad y te preguntas “¿Cuánto le quedará a este
pobre?”. Sales de viaje con la aprensión de que tu frigorífico muera a solas
durante tu ausencia, sin una mano amiga que lo vacíe de botellas y fiambreras,
y encontrarte a tu regreso con el panorama apocalíptico de todos los alimentos
echados a perder.
Y, aparte de eso, los sobresaltos que te llevas: le das al
interruptor y la bombilla pega un chasquido miserere, como si en vez de morirse
se hubiera suicidado, hastiada de su cautiverio en una lámpara que ni siquiera
es maravillosa, como aquella que concedía tres deseos en el cuento oriental,
sino en una de Ikea. O bien ese temblor que te asalta cuando empiezas a oírle
un ruidillo como de bronquitis al ordenador, y te dices: “Este está ya medio
listo”, y temes que te deje una página por la mitad, y que pierdas además los
archivos que no has tenido la prevención de guardar en otro dispositivo, pues
los ordenadores tienen la elegancia de morirse de golpe y no dar la lata con
agonías.
En
este mundo, en fin, nada es eterno, salvo quizás el ansia de eternidad. Y ahí
vamos todos, humanos y electrodomésticos, distrayendo como podemos, ay, nuestra
obsolescencia.
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sábado, 10 de marzo de 2018
MÚSICO CALLEJERO
Me hace mucha gracia una frase de Tom Waits: “Un caballero es una persona que sabe tocar el acordeón y no lo toca”.
Hoy, sin embargo, un caballero, en la calle comercial del pueblo, interpreta a Bach con su acordeón, a lo que quieran darle.
Y, de
repente, si cierra uno los ojos, no está en una calle comercial
pueblerina, sino en una catedral húmeda, pensando sin pensar en cosas
parecidas a la eternidad y a la muerte o, si hay suerte, en el prodigio
-sin porqué, sin más- de la música.
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viernes, 9 de marzo de 2018
PATERSON
En contra de una difusa prevención -absurda como casi todas-, me ha
gustado mucho esta película de Jarmusch: una visión irónica y a la vez
tierna de la complejidad de las vidas triviales, de la bondad sin
recovecos, de esas ilusiones pequeñas que, aun siendo muy pequeñas,
acaban resultando desmesuradas, dadas las circunstancias.
Eso sí: los poemas que escribe el protagonista son tan malos que incluso podrían tener mucho éxito. (Me gustaría pensar que el director y el guionista optan por el hecho de que los poemas sean espantosos para añadir una dimensión dramática a los anhelos vanos de dicho protagonista, pero me temo que no es así.)
(Para quienes ya la hayan visto, la posibilidad de un título alternativo: Lo que arregló el perro lo estropeó el japonés.)
lunes, 5 de marzo de 2018
RESTOS ROMANOS
En Cádiz, el temporal ha dejado al descubierto, en una playa, restos de la calzada y del acueducto romanos.
A veces, se hace verdad aquel apotegma frívolo de O. Wilde según el cual la naturaleza imita al arte: recuerdo una chirigota que cantaba la historia cómica de un gaditano al que, al retirar los azulejos de su cuarto de baño para poner unos nuevos, le apareció un teatro romano en la pared.
(La
historia, sí, es cíclica: la playa se llenó al instante de gente
que se puso a rebuscar entre los restos por si aparecían monedas de
oro. Como lo de los duros antiguos... pero en versión nueva.)
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