(Publicado en prensa)
Permítanme que les cuente una
anécdota relacionada con el meñique de mi mano izquierda. Una anécdota que no
aspira a ascender a categoría y un dedo que se me inflama y me duele por causas
aún sin diagnosticar: lo mismo puede ser artritis que artrosis, me dicen. Igual
un proceso reumático que una disfunción del nervio cubital, esté tal nervio
dondequiera que esté, aunque, visto lo visto, mejor que no estuviese en ninguna
parte. Se trata, pues, de un meñique sometido al misterio, extremo que nadie
sospecharía de un meñique, que, por su tamaño, debería ser un ente anatómico
que pasara por este mundo sin pena ni gloria.
Bien.
A causa de un dolor persistente en la rodilla derecha, el médico de familia me derivó
a un traumatólogo. Aquí en mi pueblo somos unas 30000 personas, casi todas
ellas con meñiques y rodillas, y en verano sumamos unas 90000, todas ellas dependientes
de un centro de salud muy básico en el que a veces no hay ningún médico en el
servicio de urgencias, dado que la urgencia es un concepto relativizable. Para
ser atendidos por especialistas, nos vemos obligados a desplazarnos al hospital
de una localidad vecina, con la particularidad de que se trata de un centro
concertado, lo que significa que los especialistas son en su mayoría presuntos,
al tratarse en muchos casos de jóvenes médicos en prácticas que experimentan
con los pacientes sin la supervisión del verdadero especialista, que puede
estar ejerciendo, a varios cientos de kilómetros, en otro hospital de la misma
empresa. ¿Telepatía? Es posible.
Pero
a lo que iba: al cabo de un par de meses de la petición, entro en la consulta
del presunto especialista. Le entrego el informe de mi médico de familia, que él
mira con la displicencia con que se ojea el poema que algunos buscavidas
líricos depositan en las mesas de los bares. En el informe se indica que se me
deriva por gonalgia, que suena a enfermedad de transmisión sexual, pero que
significa “dolor de rodilla”.
Le comento que
se supone que es artrosis o artritis y le muestro, a modo de ejemplo, mi meñique
inflamado. Me deriva entonces a radiología para que me hagan una prueba de
imagen del dedo. “Qué profesional tan meticuloso”, me digo. Me hacen la
radiografía y vuelvo a la sala de espera. Al rato, compruebo que nadie entra ni
sale de allí, de modo que, a pesar del cartel que prohíbe llamar a la puerta,
llamo y, al no tener respuesta, la abro tímidamente y con una dolorosa
conciencia de invasor. “Soy el del meñique”. El médico me franquea la entrada. “No se ve
nada anómalo”, me dice. “Estupendo entonces”, y añado: “¿Vemos ahora lo de la
rodilla?”. Me mira extrañado: “¿La rodilla? No, yo solo le miro hoy el dedo.
Para que le mire la rodilla pida usted cita de nuevo con su médico de familia”.
Hay quienes pierden los nervios ante estas situaciones que concilian la
medicina con el surrealismo. A mí me dio por reírme.
Y
así vamos: cuando la sanidad se degrada a negocio, cada cita cuenta… en
concreto ¿cuenta en la cuenta bancaria de la empresa que comercia con nuestros
meñiques, con nuestras rodillas y con nuestra paciencia? Quién sabe. Igual sí o
igual no. Pero como llegue el día en que nuestra salud dependa de nuestro
bolsillo nos vamos a divertir. Mucho.
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