(Publicado en prensa a través de la Agencia Colpisa)
En Andalucía, como en otras
comunidades autónomas, el PP ha pactado con Vox, con lo que el talante moderado
de Moreno Bonilla no queda tanto en entredicho como más bien contradicho, lo
que tiene su lado de injusticia, ya que quien menos deseaba ese pacto era él, y
en esa preocupación basó gran parte de su campaña electoral, por saber mejor
que nadie la pesadilla que finalmente se le ha venido encima.
El
hecho de que el PP esté reconociendo a Vox como su único socio posible para
formar gobiernos es responsabilidad y culpa del PP, claro está, de su sumisión desprejuiciada
a los principios de la derecha dura, de su asunción dócil de las exigencias
involutivas de los involucionistas vocacionales, pero no nos engañemos: también
es responsabilidad y culpa colateral de quienes de ningún modo están dispuestos
no ya a pactar con el PP, porque tampoco vamos a ser ingenuos, sino ni siquiera
a permitirle gobernar en minoría y someterlo así a una disciplina de acuerdos
continuos, que es lo que en esencia define un régimen democrático: armonizar criterios
divergentes con el fin de llegar a soluciones razonables y favorables para
quienes ponen a los políticos en el lugar en que están no para que ejerzan de
rivales pandilleros, sino para que gestionen y solucionen problemas en vez de
convertirse ellos mismos en el problema.
El PSOE moderno
puede pactar con la izquierda que le queda a menudo demasiado a su izquierda, con
la derecha supremacista e independentista catalana, con la tenebrosa izquierda
abertzale, con la egotista derecha vasca, con los santones laicos de ERC e
incluso con Coalición Canaria, pero no puede tolerar que dos diputados suyos se
abstengan en la votación para investir presidente a un contrario y evitar así
que la ultraderecha toque poder, porque eso es como abrir la puerta de tu
casa a quien pretende meterle fuego.
“Un pacto
infame”, se queja un dirigente de la izquierda desunida. “Perjudicial para todos los andaluces y andaluzas”, se
lamenta la víctima del síndrome de la virreina destronada.
¿Y qué hacemos
entonces? ¿Nos resignamos durante cuatro años, a la espera de tiempos mejores
para… quién?
El Gobierno
central se resiste a convocar elecciones generales porque sabe que va a
perderlas, pero resulta curioso que el argumento para no convocarlas sea el de
promover el miedo a la llegada al poder de la ultraderecha, ese fantasma que recorre la Europa de hoy
y que es tan peligroso como el otro fantasma que la recorrió a principios del
siglo XX.
“Hay que
impedir que la ultraderecha gobierne”, sí, lo que no es impedimento para que,
por pasiva, se le permita gobernar aun cuando sea perjudicial para la
ciudadanía, pero ventajoso para los partidos.
El ala
andaluza de Vox es agresiva, dura de pelar, aparte de dura de mollera, y nadie duda de
que su entrada en el Gobierno andaluz va a suponer un retroceso en cuestiones
sociales que ha llevado décadas establecer y normalizar, pero eso parece ser lo
de menos.
No sabe uno
cómo van a implementar aquí ese concepto inquietante de “prioridad nacional”.
Lo que sí sabemos de sobra es cuál es la prioridad de los partidos: los propios
partidos, sus estrategias para desgastar al adversario, así sea a costa de la
gente.
Y nosotros, la
gente, viendo el teatrillo.
Y viéndolas
venir.
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