(Publicado en prensa)
El vicepresidente de EEUU, J.D. Vance, viajó a Hungría para apoyar a Orban en las elecciones, aunque hizo el viaje en vano: después de ejercer durante 16 años de sátrapa, Orban las perdió estrepitosamente, lo que ha supuesto un alivio para muchos y un escalofrío para algunos, incluido en estos últimos el épico Abascal, líder absolutista de VOX, partido en el que han encontrado refugio y consuelo los españoles muy españoles y muy de España.
De Orban se
podrá decir lo que se quiera, y casi todo malo, pero nadie podrá negarle el
mérito de haber conseguido algo muy parecido a la conciliación del yin y el
yang: ser lacayo de Putin y a la vez sirviente de Trump, sin por ello dejar de
ser un autócrata europeo de mentalidad antieuropea en funciones de caballo de
Troya o de mulo de Budapest, según se mire.
No creo que
por esa conciliación vayan a darle el Nobel de la Paz, pero igual Trump, que va
camino de especializarse en la movilidad de presidentes, lo manda a Venezuela
como sucesor de Maduro, con la ventaja de que allí no correría el riesgo de que
se produzca esa “invasión islámica” que el referido Abascal ha pronosticado
para Hungría, donde, sin la vigilancia étnica de Orban, no sería raro que las
iglesias acaben transformadas en mezquitas.
Y
hablando de iglesias… Como ustedes saben, durante el último cónclave, Trump
divulgó una imagen suya disfrazado de papa de Roma, postulándose como el
candidato idóneo para el puesto. Hace unos días, decidió ascenderse en la
jerarquía y se presentó como un equivalente de Jesucristo, sanador mediante la
imposición de manos, una técnica médica que, por su bajo coste, vendría muy
bien a la mayoría de estadounidenses, condenados a la contratación de gravosos seguros
médicos que, como todos los seguros, acaban siendo laberínticamente inseguros
cuando hay que reclamar sus servicios.
Según
era de esperar, alguien que cree ser una reencarnación de Jesucristo y no
cuenta con asistencia psiquiátrica acaba liando un poco las cosas, sobre todo
si resulta que la gente lo ha sentado en el Despacho Oval. En consecuencia, el
nuevo enemigo de Trump es el papa, pues donde esté el hijo de Dios que se quite
su vicario en la Tierra, elegido al fin y al cabo por meros cardenales.
Por su parte,
el vicepresidente Vance, católico fervoroso y fervoroso amante de las armas de
fuego, ha instado al papa a que no se enfrente a Trump y que tenga mucho cuidado
a la hora de hablar de asuntos teológicos. Claro que sí. Estaría bueno que el
papa le llevase la contraria a alguien a quien Dios en persona salvó la vida
haciendo que el tiro le diese en la oreja y no en otra zona más delicada.
Por
internet circula ya una broma: “Trump afirma que la CIA ha advertido de que el
Vaticano podría desarrollar pronto una bomba nuclear”.
Pues
eso.
.
1 comentario:
Amén
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