domingo, 14 de junio de 2020

LA PUGNA


Se supone que la política debe girar en torno a las circunstancias, pero tiende a girar en torno a sí misma. De ahí que tengamos la impresión de que el virus ha desaparecido como tal para convertirse en un pretexto para la controversia parlamentaria: el problema sanitario de todos rebajado a un problema retórico de ellos.

         Hemos soportado un confinamiento estricto gracias en parte a lo que tenía de estupor novedoso, de experiencia anómala, de aventura aterradora para muchos. Era todo tan raro que acabamos aceptándolo como algo normal. A estas alturas, no obstante, nuestra tolerancia colectiva a las restricciones empieza a decaer y se traduce en inquietud, en irresponsabilidad e incluso en hastío.

Una sociedad nerviosa puede acabar siendo una sociedad peligrosa, pero resulta que, cuando más necesitábamos una transmisión de serenidad por parte de los políticos, hemos recibido de ellos una dosis extra de crispación, como si estuviesen sujetos a un guion teatral inalterable, al margen del escenario en que lo interpreten.

         Entiende uno que cualquier ideología política es en esencia una creencia sectaria, proclive al dogma e incapacitada en principio -y por principios- para el consenso,  pero hubiésemos preferido que, por la fuerza de la coyuntura, todos los partidos se acogieran al sentido común antes que al sentir disgregado. ¿Ingenuidad? Sin duda, pero no se trata con exactitud de ser ingenuos ante los mecanismos internos de la política, que son los que son y como son, sino de la necesidad de ser ingenuos para no acabar decepcionados de la política.  Ante la dislocación magnífica de la realidad que ha supuesto esta pandemia, las estrategias partidistas podrían haber entrado, en fin, en fase de suspensión transitoria para hacer frente de forma conjunta a un problema que ningún partido llevaba en su programa electoral y que ningún gobierno podría haber gestionado –quién va a engañarse a estas alturas- de manera intachable, porque en todo experimento hay que equivocarse muchas veces para acertar alguna vez, y estábamos -y seguimos- en pleno experimento.

         Reacios a la concertación, la impresión general que nos han dejado nuestros parlamentarios durante esta crisis es parecida a la que nos dejaría alguien que llegase a una casa tras un terremoto y se dedicara a romper los platos que se habían salvado de la catástrofe.

         La aprobación mayoritaria del salario mínimo vital es una muestra de lo que debería ser la política: el acuerdo razonable y razonado, más meritorio por el hecho de que muchos de los apoyos con que ha contado parten del recelo. (Está por ver que ese logro no acabe usándose como un arma arrojadiza en manos de un sector de la oposición, pues el disentimiento vendrá sin duda por la gestión específica de la medida, aunque no adelantemos acontecimientos.)

         Por lo demás, aquí seguimos, entre informaciones científicas que nos resultan confusas y entre el vocerío espontáneo de los profetas conspiranoicos. Necesitados de algunas certezas. Anhelando un poco de serenidad. Esperanzadamente desalentados.

.

1 comentario:

Manuel Caldicot dijo...

Señor Felipe le recomiendo vea vaya semanita y la cuadrilla en youtube , es una producción de la eitv , es humor vasco con algo de humor gitano que lo flipas , ni los hermanos Marx superan a los vascos , yo hacía tiempo que no me reía tanto y no soy de risa fácil, pero esto me supera .