domingo, 16 de febrero de 2020

BUEN MORIR


(Publicado ayer en prensa)


Resulta tan desconcertante como preocupante el hecho de que un debate parlamentario sobre la eutanasia acabe pareciendo un concilio Vaticano. Entiende uno que algunas ideologías políticas tienen una base religiosa, pero los representantes de esas ideologías deben entender también que, en un estado laico, aunque aún con rescoldos del nacionalcatolicismo, las devociones no son ecuménicas, sino privadas, mientras que los derechos civiles conviene que sean universales, se haga uso de ellos o no por motivos de conciencia o de lo que corresponda.

La legalización de la eutanasia no convierte al Estado en una “máquina de matar”, según la apocalíptica VOX. Tampoco se trata, según quiere el PP, que en este caso ha optado por trivializar los dramas ajenos en beneficio de la demagogia propia, de una “solución final” para ir asesinando poco a poco a la población adulta y, de ese modo, ahorrar en gasto sanitario y en pensiones. Oír esas barbaridades en boca de unos parlamentarios provocaría risa si no provocase estupor, por lo que tienen de argumentos tan sórdidos como desproporcionados: no se trata de romper los frenos de los autobuses del Inserso, sino de la regulación garantista de una cuestión humanitaria, como no haría falta decir.

            Una ley de eutanasia no  implica –como tampoco haría falta decir- una invitación al suicidio, entre otras razones porque el suicida no necesita leyes para suicidarse. Hay un matiz: no todos quienes deciden dejar de vivir son en rigor suicidas, sino personas que, sobrepasadas por el sufrimiento, renuncian a vivir porque consideran que su vida está fuera de la vida. No es exactamente lo mismo decidir matarse que tener derecho a decidir la propia muerte. Aparte de eso, el deseo de morir puede ir unido, paradójicamente, a un gran apego a la vida: la renuncia a la existencia desde la añoranza de una existencia que mereciera ese nombre.

            Oponerse a un derecho en el que entra en juego la dignidad de la condición humana es oponerse a la realidad misma en beneficio de una religiosidad intrusiva, ya que ningún dios pasa por las urnas. La hipótesis de un orden divino, en suma, frente a unos hechos constatables. La moral derivada de un supuesto supramundo frente a los dramas cotidianos de este mundo. Hay quienes encuentran en la oración un consuelo para su desdicha, pero hay quienes no, y, en una sociedad plural, ambas opciones deberían convivir sin interferencias. Al fin y al cabo, muchos hemos vivido desde nuestra infancia con la amenaza del infierno teológico, de modo que no estaría mal que los promulgadores de esa amenaza reconocieran que hay quienes padecen el infierno en vida. Y, de paso, que la vida consiste en gran parte en huir de los infiernos, porque nacemos para vivir, no para morir día tras día sin más esperanza que morir del todo.

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