sábado, 4 de noviembre de 2017

SIN SALIDA



(Publicado hoy en la prensa)


A estas alturas, sobre el conflicto catalán se ha dicho todo. Incluso más que todo: lo que había que decir y lo que mejor hubiese sido callar, por esa facultad ambivalente que tienen las palabras de clarificar las cosas o de enredarlas. Ese exceso retórico ha acabado resonando en el vacío, que es lo habitual cuando los argumentos polarizados no pretenden el consenso, sino la imposición. La controversia no sólo ha traspasado las fronteras de la realidad, sino también las de la fantasía, de modo que estamos en el territorio no ya del realismo mágico, sino más bien en el del surrealismo esotérico.

        Todos tenemos una solución para el problema. Soluciones que pasan por la política o por el juzgado, por el sentido común o por el delirio, por la razón o por la emoción, por el gesto heroico o por el agravio paranoico… Y ninguna sirve de gran cosa: cuando un problema está fuera de la realidad, el problema de fondo es la realidad misma; cuando la realidad se queda sin soporte, se impone el “todo vale”; cuando se impone el “todo vale”, es señal de que nada vale nada.

         Atónitos, hemos asistido a una sistematización de la reducción al absurdo, lo que no deja de tener su gracia, aunque también sus peligros: si el gobierno central acusaba al catalán de dar un golpe de estado, el catalán le devolvía la acusación con el argumento de la aplicación del 155; si el gobierno central acusaba al catalán de incumplir las reglas del juego democrático, el govern lo tildaba de franquista; si el fiscal general adoptaba medidas contra el govern por la aprobación de leyes inconstitucionales, el govern solicitaba el amparo del Tribunal Constitucional, a la vez que presentaba una querella contra el fiscal en cuestión por impedir la celebración de un referéndum ilegal… Para coronar el disparate, hemos asistido al nacimiento de una república catalana en cuya sede presidencial siguió ondeando la bandera española. Para continuarlo, hemos oído a Puigdemont y a Colau reclamar que el gobierno -¡el gobierno!- excarcele de inmediato a los presos del “procés”.

            Más allá de esta espiral de argucias y fullerías, el problema, lejos de hallarse en vías de solución, se manifiesta como irresoluble: cualquier solución posible resultaría problemática. ¿Una solución política? Sí: bastaría con poner al frente del Código Civil y del Código Penal este prefacio: "Del cumplimiento de las leyes que siguen quedan eximidos los políticos, que no obstante quedarán sujetos a las soluciones políticas que los propios políticos consideren ajustadas a política".

            Sea como sea, el sentir nacionalista juega con ventaja: su reino no es de este mundo. (Su república, al parecer, tampoco.) Se sustenta en un factor difusamente sagrado. Y a ver cómo se soluciona un conflicto político que se origina en la teología.

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2 comentarios:

Isidoro Macarena dijo...

qué bueno, me parece un punto de vista muy literario, muy lúcido felipe y muy imaginativo y en tu lenguaje tan sutil. Da gusto leerte. Un abrazo

Francisco José Martínez Marín dijo...

Tampoco das una solución, pero al menos respondes al desconcertante comportamiento de los políticos estos; ahora resulta que la ex-presidenta del Parlament acata la Constitución y dice que la DUI fue eso, algo esotérica; claro está, lo dice bajo la espada de Damocles de la Justicia para tratar de librarse de la prisión preventiva; para ellos las palabras, las declaraciones, las resoluciones, las Leyes, etc... son meras pompas de jabón, palabrería difusa, sin referentes bien definidos y acaban arrastrando a la sociedad en ese abismo de indefinición e inseguridad; de todas las afrentas que la mentira es capaz de cometer la peor es la destrucción palpable de la realidad o de parte de ella. Una verdadera Revolución habría consistido en un componente ideológico novedoso y reconocido por la generalidad o una buena parte de la sociedad europea; lo que han pretendido es una involución de tamaña repercusión como lo es la corrupción, bajo una excusa de querer alejarse de ella cuando en su seno y origen hay una escandalosa cuadrilla investigada. La lucidez estará en dar soluciones generales al ejercicio de la política a nivel nacional y europeo y hacerles ver que el desapasionamiento -Ay!- es la única vía para comprender todo esto.