domingo, 19 de febrero de 2017

HABLA Y TEOLOGÍA



(Publicado ayer en prensa)


En Salamanca se ha formado un enredo entre teológico y lingüístico que no sabe uno si resulta más pintoresco por lo que afecta a la teología o por lo que atañe a la lingüística, esas dos ciencias que aspiran a ser exactas, aunque en cada caso con fortuna variable.

            La cosa es que ha circulado en algunos medios una carta atribuida al obispo de allí en la que, entre otras amonestaciones y consejos, se recrimina a los 17 hermanos mayores de las cofradías salmantinas el acento andaluz que, al parecer, los capataces charros emplean para jalear a su cuadrilla de costaleros, con el inconveniente de que, al no ofrecer ejemplos concretos de esa fonética contra natura, tiende uno a imaginarse esa deformación mimética del habla como algo de veras luciferino, pues es probable –y se trata de una mera conjetura- que el acento andaluz se transforme en boca de un salmantino en algo que no es andaluz ni es salmantino, que es lo peor que puede pasarle a un acento: no ser de ninguna parte. 

            "Como no es el nuestro, y por consiguiente, no estamos acostumbrados a ello, lógicamente suena incluso mal", según dicha carta. Y es que, en el intento de imitar el acento andaluz, cabe la posibilidad de que a un salmantino le salga algo parecido a una de esas lenguas arcaicas en que acostumbran expresarse los poseídos por el demonio, al menos si hemos de dar crédito a determinadas películas, y de ahí la pertinencia de la presunta mediación obispal, ya que se supone que una de las tareas de un obispo consiste en mantener lo más a raya posible al Maligno y en poner coto a sus manifestaciones cotidianas. 

Claro que hablar de “acento andaluz” como concepto genérico viene a ser como hablar del pesimismo valenciano, de la caligrafía gallega o de los andares extremeños, pues acentos andaluces hay muchos, y es más que probable –aunque es asunto que confieso no haber estudiado en profundidad- que incluso entre los capataces andaluces de pasos de Semana Santa haya variedad de modalidades de habla, igual que la hay en el gremio sevillano de carniceros o entre los vecinos sevillanos de un mismo bloque, por esa manía que tiene el habla regional de admitir variantes en función del nivel sociocultural y no sólo por la determinación geográfica. Sea como sea, mi recomendación es que se someta a los capataces intoxicados por el acento andaluz a unas sesiones con un logopeda, salvo que el problema pueda solucionarse por mano de santo, milagro mediante, que sería desde luego lo idóneo y más expeditivo.

       Pero ahora viene lo mejor: una vez aireado el conflicto teológico-lingüístico, resulta que la carta no la escribió el obispo, sino el presidente de la Junta de Semana Santa de Salamanca, que ha reconocido que el obispo no tiene ni arte ni parte en dicha carta. No puede decirse que el asunto alcance la dimensión de los evangelios apócrifos ni los niveles escalofriantes de las intrigas eclesiásticas que dan celebridad al novelista Dan Brown, pero tampoco está mal, tanto si la anécdota se cuenta con acento andaluz o salmantino, o mejor aún: con una mezcla multicultural de ambos. 

         En cualquier caso, “Ar sielo con ella”, y que sea lo que Dios disponga.

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