lunes, 19 de mayo de 2014

POLÍTICA Y PHOTOSHOP



Las épocas electorales entusiasman a todo el mundo, salvo quizá al gremio de carteros, por eso de tener que ir llenando de propuestas esperanzadoras todos y cada uno de  los buzones del país. Hoy mismo he recibido una carta circular del presidente del Gobierno –aunque en calidad de presidente pluriempleado de su partido- en la que me dice: “Antes de nada quiero aprovechar para agradecerte personalmente todos los esfuerzos que estás realizando”. Me he apresurado a responderle: “Creo que se equivoca usted de sentimientos, señor presidente: usted no tiene que agradecerme nada, sino en cualquier caso pedirme disculpas”.

Cartas aparte, lo mejor de las épocas electorales es abrir el buzón y encontrarte en efigie a los redentores potenciales de nuestra realidad. Mucha gente se ha rebelado contra la magia esteticista del PhotoShop, por considerar que las cosméticas virtuales desvirtúan tontamente la verdad imperfecta de los cuerpos, así como el poder implacable del paso del tiempo por nosotros, hasta el punto de convertir a los maduros en muchachos, a los ancianos en simples maduros y a las muchachas en diosas artificiales del Olimpo, como si dijésemos. Entre esos rebeldes no se cuentan, por supuesto, los políticos: ves las fotografías de los candidatos y, en vez de ganas de votarles, te dan ganas de preguntarles cuándo les toca hacer la primera comunión, ya que parece que, en vez de envejecer, rejuvenecen por días, como Benjamin Button, aquel personaje que se sacó de la manga Scott Fitzgerald. 

Y es que las épocas electorales traen eso: el remozamiento de la casta política, hasta el punto de que las arrugas se les estiran, de que los ojos se les dulcifican y agrandan, de que las melenas se les ondulan estratégicamente, de que la piel se les pone como de pandereta, de que las canas se les coloran como por hechizo, de que las manchas se les disuelven gracias a una inyección de optimismo democrático y de que las calvas se les pueblan de pelusa institucional.
Los políticos no sólo no tienen nada en contra del PhotoShop, sino que es posible que anden convencidos de que se trata de un aliado indispensable para ganar unas elecciones, ya que resultaría improbable el éxito de un candidato que apareciese en los carteles con un grano en la nariz. La mentira política empieza por la redacción de los programas electorales, que están pasados por el filtro decorativo de la ciencia-ficción, y acaba en eso: en el embellecimiento a golpe de ratón de los candidatos encargados de poner ratoneras para atrapar el voto de la gente.

Ves a un candidato o candidata, en fin, y te preguntas qué hace esa beldad perdiendo el tiempo en unos comicios en vez de competir en un concurso de Miss Mundo o Míster Mundo, según el caso. Aunque nunca faltará quien sospeche que en su despacho, guardado en la caja fuerte, casi todos escondan su retrato de Dorian Gray.

5 comentarios:

Microalgo dijo...

Mi mujer y yo nos divertimos mucho escuchando las proclamas electorales por la radio. Intentamos, antes de que lo digan, saber de qué partido están hablando... y no hay manera.

maría pérez dijo...




Magnífico artículo, recuerdo la foto de las primeras elecciones, donde a Felipe González Pilar Miró le recomendó teñirse las sienes (ponerse canas).Eran otros tiempos,
había que ganarse la credibilidad de un electorado y dar la sensación de madurez.

Francisco José Martínez Marín dijo...

Parece un poco desfasado el formato de la propaganda, deberían hacer como el presidente de Uruguay, pasarse a lo pobre para después, como Simeone, sudar la propia camiseta y recibir el elogio general, hasta de los contrincantes. El político deja de ser político en campaña, y viene a reformularse como un showman, o una persona corriente, supuestamente, algo en lo que la gente crea; y la gente cree en la pobreza y en el fútbol.

Esteban dijo...

¡Magnífico artículo!
Sólo añadir que esas fotos es la única presencia de los políticos en la calle.

@NEGUS dijo...

Salvad al soldado Cañas
El oráculo de Arias calcula la caducidad del yoghurt
. Me gusta la película de Benjamin Button , no quita para que condene la gerontocracia , a nadie le gusta ver un sexogenario al timón .
En Uruguay un gramo de yerba vale un euro , me parece muy barato , aquí valdría diez euros , es un gran negocio neoliberal , seguro hay cientos de emprendedores dispuestos a dispensar el producto ,