viernes, 21 de octubre de 2011

LEONARD COHEN


Leonard Cohen ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.

Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.

Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas.

Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad.

Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca. Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.


(Publicado hoy en EL CULTURAL del diario EL MUNDO)

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Y a mí que me parece este Cohen un maravilloso impostor.
Sr. Benítez, magistral artículo







Uno de la Judería

Ferrán Blasco dijo...

Hola Felipe,
Es precioso ese retrato del maestro discreto que es Cohen, me identifico con la imagen de los adolescentes de los setenta, porque por entonces lo era y las noches entre humos que pasé apaciguado por sus dos primeros vinilos forman parte de mi imaginario más querido. Su discurso de aceptación me ha parecido muy bello y refuerza un poco más la admiración que me despierta.
Saludos

Paco Principiante dijo...

Yo, tal como vd. cuenta Sr. Benitez, de la misma quinta que vd., la primera vez que escuche una canción de Cohen, pensé, esto lo sé hacer yo: acordes no muy complicados, sin necesidad de una voz brillante, despacito, lento... Así que agarré mi guitarra y empecé.
Pero amigo, me faltaban vidas para comunicar eso que él hace de forma insconciente (me siguen faltando). Quizá es que no llevo brillantes en mi catálogo, o no tengo cara de honrado, pero de lo que yo hago, a lo que él hace, o cómo lo hace...

Aunque no niego que disfruto. Disfruto con mi guitarra tocando Aleluya, Suzanne, take this waltz... susurrando, con la puerta cerrada y en secreto.
Eso si me lo permito, siempre guardándome de que el violín no prenda en mi casa, e incendie la manzana.

Genial artículo.

L.N.J. dijo...

Decía: "La poesía viene de un lugar que nadie controla".
Parecía una pluma suave entre palabras mágicas.

Felipe, un texto muy sutil y bien definido. Diría que con esa chispa de la vida que a veces nos hace falta.

Saludos.

Marian dijo...

La belleza de Cohen sólo se puede entender con una prosa tan bella como este artículo, Felipe.
Los que somos de una misma quinta nos unimos para celebrar el premio, para recordar nuestra adolescencia y para disfrutar con la belleza de sus poesías, de sus canciones y de tu artículo.

Gracias mil, mi querido Felipe.
MArian

José Luis Martínez Clares dijo...

Cohen es un personaje en sí mismo. Pocos autores son capaces de crear sus personajes literarios con tan escasos artificialismos, de forma tan auténtica, tan austera. Ver andar a Cohen por una calle de Oviedo es como empezar un relato de Bukovsky, como seguir discretamente la silueta que se esconde en los primeros fotogramas cualquier película de Wilder. Saludos cordiales

Sombrerero dijo...

Mr. Cohen. Me pongo sombrero para poder quitármelo.

Ángel Cerviño dijo...

Emocionado y emocionante artículo sobre el señor Cohen. Pude verlo en directo en Vigo el año pasado y fue sin duda uno de los conciertos del año. Me hizo pensar en Miles Davis, por sus condiciones físicas soplaba despacito, así que inventó el cool jazz y cambió la música.

YoNi LoKato dijo...

Si el Sr. Cohen leyera esta entrada, se quitaría su sombrero de aquella manera... De nuevo ¡¡¡Gracias Felipe!!!

Centola dijo...

Tus palabras son de una plasticidad exquisita. Transmiten a la perfección la esencia de Cohen.

Simplemente, genial.

Mis felicitaciones y un saludo emocionado.

Microalgo dijo...

Pero es que, precisamente, es eso lo que vende.

Diamantes.

Guido Finzi dijo...

No sé de nadie que le sienten tan bien los abrigos largos, como a Leonard Cohen. Es fácil imaginarlo en el ghetto de Varsovia con caftán negro y sombrero, como cualquier personaje de Isaac Bashevis Singer.

Anónimo dijo...

Es un grande, se alojaba en el hotel Chelsea , como : Dylan, Capote, Sid Vicius, D. Thomas , Warhol o el extraordinario Mark Twain. Hay un video muy bueno en Youtube , en el que Leonard canta el " no nos moverán " en Israel cuando la policía entra a censurar su concierto. Saludos, Manuel bt