viernes, 6 de agosto de 2010

VERANO EN SEPIA
















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La memoria infantil de los veranos constituye una nebulosa específica dentro de la memoria, una entelequia emocional muy definida, un territorio etéreo que podemos pisar con paso firme.


Decía el poeta Ungaretti que recordar es un signo de vejez. Bueno, sí. Depende. Si anda uno optimista con respecto al paso del tiempo, puede llegar a la conclusión de que recordar es un signo de haber vivido, que es lo mismo que lo del poeta, aunque dulcificado por una formulación eufemística. Creo yo, no sé, que el recuerdo es signo de vejez cuando los recuerdos inciden sobre unas realidades anacrónicas que están ya fuera -para siempre- de la realidad.


Los veranos de la década de los sesenta, pongamos por caso...


Llegaban al pueblo unos cuantos forasteros, siempre los mismos, puntuales como aves migratorias, y formaban una pequeña comunidad de extraños habituales. Año tras año, ibas viendo envejecer a los mayores y crecer a los pequeños, renovarse las muchachas del servicio, si se casaban, o convertirse en solteronas a aquellas que se acogían a las tareas de servidumbre como si se tratase de un voto eclesiástico.


Los abuelos podían estar fumándose un habano bajo el toldo, con guayabera blanca, jugando al dominó, y al verano siguiente llegar en una silla de ruedas, con la mirada perdida en algún limbo. Las ancianas aligeraban el luto perpetuo con blusones negros estampados con tímidas geometrías blancas. Veías cómo una joven madre se convertía de un año para otro en una señora de pelo cano, cómo las niñas se transformaban en mujeres pudorosas de su esplendor repentino, cómo los niños que iban a las rocas a coger camarones y cangrejos se transfiguraban de repente en muchachos que fumaban a escondidas y que hablaban del sexo quimérico de los ángeles con faldas, con el aplomo de unos catedráticos de angeología.


A la caída de la tarde, las calles olían a colonia y a helado de tuttifrutti y los sedentarios se sentaban a la puerta de la casa en butacas de enea para ver desfilar a los paseantes, y todos se saludaban con una parsimonia decimonónica y atenta, en tanto que los niños salíamos para el cine con un bocadillo envuelto en papel parafinado y con un jersey sobre los hombros, así quemara el aire, para ver una película del Enmascarado de Plata, de vampiros sedientos o de Louis de Funes, o lo que echaran.


Las playas de la infancia son infinitas, como infinito era el tiempo. Por la tarde, llegaban los pescadores con sus cajas de boquerones palpitantes, con su pregón ronco de muecín, y allí vendían aquella plata efímera, mientras que las mujeres buscaban por la orilla, con fondo barroco de crepúsculo, las llamadas habitas de la India para engastarlas en oro inmortal.


Las madrugadas eran un silencio sosegado, y se oía el rompeolas a través de los balcones abiertos, o el viento si soplaba, con esa cosa de crujido de crujía de galeón que tiene el sonido del viento cuando le da por romper. Las mañanas templadas eran de café y de churros. Y eran aceras baldeadas con un cubo metálico. Y el guardia municipal, con uniforme blanco y salacot, dirigiendo el tráfico desde su podio con sombrilla, con ademanes de mimo: los cuatro o cinco coches…


Y es que al final va a ser cierto que recordar es un signo de vejez.


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11 comentarios:

Mcartney dijo...

Philippe:
Bienvenida madurez, aunque sea teñida de canas.

Ramón C dijo...

Muy bonita entrada.

Anónimo dijo...

Ay aquellos veranos civilizados...

L.N.J. dijo...

Cumplo 42 a finales de Agosto, y hay que cumplirlos cueste lo que cueste. Al menos a mí, me encantaría por dos motivos: el primero, por la satisfacción de haber nacido; y el otro , por ser mujer.

Dicen que uno se hace mayor cuando pesan más los recuerdos que las esperanzas.
Creo que depende de tantas cosas, porque la esperanza de una persona de 90 años, puede ser, de un día para otro en detalles sencillos, como los pudo tener a sus 35 años : Un pequeño regalo, sentarse relajado en un jardín, leer un libro...

... eso sí, con unos pocos años más. Pero llevándolos bien.

Besos.

Felisa Moreno dijo...

No sé si es signo de vejez, pero esta entrada a mí me ha transportado a ese verano en sepia que, de repente, se ha llenado de colores gracias a tu memoria. A veces pienso, con ilusión, que cuando envejezca recuperaré los recuerdos perdidos, la infancia que ahora se me escapa entre el ajetreo de vivir. Puede ser una compensación al resto de inconvenientes que conlleva ser anciano.
Gracias por compartir tus palabras, siempre tan hermosas.

Microalgo dijo...

Somos de la misma quinta, L.N.J. El 68 fue un buen año, qué duda cabe.

A mí el verano de la infancia me llega, como al magdalénico Proust, por un olor: el del agua salada sobre el cemento poroso, junto al antiguo hotel Playa Victoria y bajo las "olitas", el techo ondulado que cubría la hilera de casetas de la playa frente a Isecotel.

Pero cuidado. Dice (canta) María José Hernández (y no sin razón) que el recuerdo es un campo minado. Hay que andar con ojo para no acercarse demasiado al estampado de leopardo del bikini de la primera novia que...

Vaya. Demasiado tarde.

L.N.J. dijo...

Pues claro Microalgo, es una suerte haber nacido ¿ no te parece ?.

Mi padre trabajaba en la cruz campo e iba de vuelta para el pueblo, en la entrada de éste me contaba que la gente le levantaba la mano con dos dedos victoriosos. No sabía que le decían, cuando paró el camión preguntó a un amigo y le dijo: ¿ porqué la gente me hace eso con los dedos ?, y el amigo le respondió, porque tu mujer acaba de tener mellizos, niño y niña (mi madre no visitó jamás un ginecólogo).

Se reía cuando me lo contaba, pero dice que cruzó la acera, dejó allí el camión y se quedó atónito, sin respiración. Ya eran cuatro hijos y el sueldo muy pequeño.

Y ahí empezó otra etapa de su vida.

Felipe, ese color sepia es muy bonito. ¿Mi infancia? ! Mi infancia!, ah, la infancia...., jeje. No quiero volver atrás.

Besos.

YoNi LoKato dijo...

Este último año que llevo enganchado a tu blog ha sido estupendo, deseo, siempre que conecto, una entrada nueva, ya sea para pensar, ya sea para gozar... Felipe eres un gran mago.

YoNi LoKato

Emilio Fernández dijo...

Muy bonito texto, que me evoca mi infancia. Creo que recordar no es signo de vejez, sino de madurez. Dormimos para poder recordar. Vivimos paa aprender cada día más. Signo de vejez es, inexorablemente, olvidar.

Anónimo dijo...

No se si es hacerse viejo, aunque a mi se me han saltado las lagrimas.

Su admirador profundo.

Ciro

Anónimo dijo...

Paisana de este brillante escritor,hasta este momento para mi , era solo un escritor del pueblo, pero no podía imaginar, la brillantez que tienen sus palabras.
desde estos momentos, querido paisano, roteño, tienes una seguidora de tus palabras,.
FELICIDADES.