domingo, 20 de junio de 2010

NEOPOBREZA







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Por lo visto, se acabó la fiesta. Todas las fiestas se acaban, claro está, lo que no impide que todo final de fiesta provoque melancolías más o menos inconcretas.

En España, la fiesta de la prosperidad duró lo suficiente como para que nos acostumbrásemos a la vida fácil, de igual modo que ahora tendremos que ir acostumbrándonos a la vida difícil, porque se ve que esto va como los péndulos. Se acabó la fiesta, ya digo, y ahora vienen las melancolías y las nostalgias.

Nostalgias, por ejemplo, de aquellos tiempos irrepetibles en que los bancos te enviaban cheques que podías hacer efectivos al instante, sin necesidad de avales ni de avalistas, e incluso te proporcionaban sugerencias para gastar el importe: la primera comunión de tu hijo, el crucero que siempre quisiste hacer, la reforma de la cocina… Porque en aquel entonces los bancos parecían no sólo entidades filantrópicas, sino incluso paternales: te ofrecían dinero sin tú pedírselo, y llegabas a pensar que en los consejos de administración de los bancos se habían infiltrado los de Cáritas, los de Intermon y los sobrinos nietos de la madre Teresa de Calcuta, porque aquello era un conceder descompasado, y la imaginación -en su inocencia- te susurraba que los bancos tenían tantísimo dinero, que no les cabía en la caja fuerte, de modo que no les quedaba más remedio que echar fuera el excedente cuanto antes, y a espuertas: allá va.

Nostalgias de aquellos tiempos, cómo no, en que los aristócratas y los terratenientes recibían subvenciones para cultivar sus latifundios o para dejarlos en barbecho, porque había subvenciones para ambas modalidades. Nostalgias de aquellos tiempos en que cualquier vicedelegado, subdelegado o infradelegado tenía un coche oficial a la puerta de su casa para llevarlo a cumplir sus misiones peligrosas. Nostalgias de aquella época en que un lehendakari podía alquilar un avión privado con cargo al presupuesto para dar una conferencia en Irlanda, porque se ve que allí no pueden vivir sin eso. Nostalgias de aquella edad de oro de ley en que, después de cualquier acto institucional, llegaban las gambas y la caña de lomo, el jamón y el tinto de reserva, porque habíamos llegado a tal extremo de prosperidad, que cualquier cosa parecía una boda. Nostalgias de aquellas bodas imperiales que se financiaban con los préstamos personales que regalaban los bancos. Nostalgias de aquellas primeras comuniones que parecían bodas imperiales. Nostalgias.

De ser nuevos ricos, hemos pasado a convertirnos en nuevos pobres. Y cada cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes: ser un nuevo rico es una catetada, pero ser un nuevo pobre es una putada, sobre todo si ya ha pasado uno por la experiencia inenarrable de ser un nuevo rico.
Se acabó la fiesta, en fin, y hemos vuelto a la realidad. Y ante la realidad, cuando viene cruda, no se fantasea: se sobrevive. Y en eso estamos.

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12 comentarios:

Javithink dijo...

Gran entrada.
el problema de los neopobres es que perderán la voz que como neoricos un día creyeron tener, y pasarán a formar parte de esos "nadies" tan Galeánicos... un pasito más hacia la uniformidad de las voces escuchadas.

Enhorabuena por las palabras

Hiparco dijo...

¿Y con ello el fracaso psicológico del wellfare state o del american way of life? no en todas partes y menos a la vez; pero quizás sí en determinados ámbitos donde los vividores tengan que abandonar como ratas el barco en llamas, lanzándose al mar. Hay una canción de Morrissey que empieza así "It´s the same S.O.S. but with the brand new broken fortunes".

Caruano dijo...

Los que tenemos una edad... -vamos a dejarlo- y hemos pasado por varios mareantes centrifugados, no nos asombramos mucho viendo catetos y puteados. Y, además, sospechamos que la centrifugadora volverá a zarandearnos sin piedad. Pobrecitos ricos pobres que volverán a ser pobres ricos (qué mareo). Animalicos, todos nos.

Genial su escrito, Don Felipe.

Mcartney dijo...

Felipe:
Vamos bajando la cuesta.

L.N.J. dijo...

Nunca he sido rica, así que siempre he tocado esa realidad con mis manos. Tampoco he sido pobre, sobrevivo a ciertas circunstancias.

Tengo nostalgia por otros motivos.

He tenido amigos viviendo por todo lo alto, su vivienda pagada y no supieron valorar lo que tenían; la ambición rompe el saco. Y el hombre del saco, en este caso, era el banco ...

En fin, el cuento de la buena pipa; ahora como dices, viene cruda.

Besos.

Casiano dijo...

Joder, joder, donde hemos llegado.

Emilio Fernández dijo...

Ser nuevo rico es una catetada, pero yo quiero ser cateto, porque la hipoteca me aprieta...
Antes hasta el folgar estaba remunerado: el cheque-bebé se acabó...

Microalgo dijo...

Y bueno. Citemos. A un amigo, esta vez.

El dinero mueve el mundo, pero el azar hace la historia (Juan José Téllez: Main Street).

Atentos a futuros azares. La palabra, en Portugal, siempre implica mala suerte...

FELIPE BENÍTEZ REYES dijo...

Gracias por los comentarios.

víctor (el gato estepario) dijo...

Me veo de nuevo comiendo pan con aceite y azúcar y removiendo el braseo de cisco. Un sólo baño semanal -los sábados- y paseando en manada por la calle principal los fines de semana. Aquella infancia que tanto añorábamos, regresa. ¡Ojo! :)

Saludos. Mi admiración.

Ángeles Hernández dijo...

Esta crisis (y otras) siempre me han recordado a los sueños del Faraon que interpretara José: siete espigas flacas que se comen a siete espigas gordas. Siete vacas flacas que se comen a siete vacas gordas.

Nos ha faltado un José -o un faraón que soñara en metáfora economica- para contener el gasto en la abundancia (ahorro, arcas no vacias) y fomentar el consumo en la escasez ( movimiento de dinero y puestos de trabajo).

La próxima vez que seamos nuevos ricos catetos ( o nuestros nietos) habrá que estar pendientes y releer la sagrada escritura.
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Siempre encantador leer sus artículos. La sonrisa asegurada y la reflexión a punto.

José Antonio Fernández dijo...

La cuestión es que cuando se define algo siempre puede dar pie a subdividir. Hay feos y feos de solemnidad. El feo si se compara con el otro más feo, dirá pues no está tan mal la cosa.
El pobre, cada vez hay más, verá que hay pobres de solemnidad y lo peor es que hasta puede que esté contento pues dirá no soy tan pobre.
En fin, el peligroso conformismo.