jueves, 27 de agosto de 2009

LA GLORIA Y EL BACALAO



Un día, mientras paseábamos por la ribera del Duero, en Oporto, esa ciudad tobogán, mezcla rara y fascinante de siglo XVIII y de años 50, bajo nubarrones que parecían ectoplasmas de plomo, el escritor Enrique Vila-Matas, coleccionista de rarezas metafísicas y de azares pintorescos –en el caso de que exista algún azar que no merezca la calificación de pintoresco-, nos señaló a Jorge Edwards y a mí una lápida de mármol colocada sobre el dintel de un portón y, con esa forma suya de sonreír que parece basarse en una sonrisa indefinidamente postergada, nos dijo: “Leed lo que pone”, y lo que leímos fue lo siguiente: “Aquí nació Josè Luis Gomes de Sá (1851-1926), que inventó para el mundo el bacalao al gomes de sá, gloria de la cocina portuguesa. Homenaje de sus admiradores de Portugal y de Brasil. 1988”.

Está bien, ¿no? Inventas una receta de bacalao y tus admiradores perpetúan en mármol tu memoria, por si alguien cometiese la imprudencia de olvidarse de ti, pues suele tener mala memoria la Humanidad no sólo para los inventores de recetas de bacalao, sino también para los inventores en general: ¿qué lápida de mármol o qué monumento de bronce conmemora al inventor de la compresa con alas, pongamos por caso, o al de la gamuza mágica para limpiar metales? ¿Qué estatua ecuestre glorifica el paso por este mundo del inventor de las espuelas? ¿Qué monolito eterniza al filántropo que tuvo la ocurrencia de concebir el turrón para diabéticos?

El género humano es desagradecido, según parece, pues nada resultaría más sencillo que el hecho de llenar nuestras ciudades de monumentos dedicados a la memoria de la gente inventora, a la que tantos prodigios debemos: el exprimidor de zumo, el cuchillo eléctrico, el edredón de pluma, los huevos a la flamenca, el ensartador automático de hilo de coser, el gazpacho, la mortadela con aceitunas, las bolas chinas vaginales, el sacapuntas de manivela… Qué sé yo. Iría uno por la calle absorto en la contemplación de monumentos y en la lectura de lápidas, y se admiraría del ingenio ajeno, lo que siempre constituye un ejercicio moral excelente, pues nada consuela más que la certeza de que existen congéneres nuestros que se toman la molestia de inventar para que el prójimo obtenga beneficio cotidiano de esa invención, así se trate de un matamoscas eléctrico o de una bayeta antiadherente.

Gomes de Sá, inventor del bacalao al gomes de sá, murió hace muchos años, pero aún hay gente en Portugal y en Brasil que admira a Gomes de Sá propiamente dicho y que degusta el bacalao al gomes de sá, gloria de la cocina portuguesa. Un hombre con suerte, sin duda, este Gomes. Porque la mayoría de los inventores, ya digo, se va de este mundo sin dejar estelas de admiración, a no ser que su invento consista en la luz eléctrica o en la bomba atómica. Y se pregunta uno: ¿cuánto puede costar una lápida que eternice el nombre del inventor de la campana extractora o el del creador del helado de chocolate blanco con chocofriskis de Illinois? Cuatro duros. Y por esos cuatro duros ningún inventor sería menos que Gomes de Sá, que, a fin de cuentas, le debe su inmortalidad al bacalao, esa sustancia alquímica de los portugueses.

sábado, 22 de agosto de 2009

PALABRAS DIFUNTAS



En virtud de su tradicional prudencia filológica, interpretada por algunos suspicaces como rasgo de carcundia y de afición a la retaguardia, la Real Academia Española de la Lengua aún no da cabida en su diccionario a bastantes palabras que utilizamos cotidianamente, pues temen con razón los académicos que se trate en su mayoría de términos volanderos, muletillas y neologismos de vida breve, pero recoge en cambio palabras que nadie utiliza jamás… aunque digamos mejor casi nadie, en fin, por no apostar de manera arriesgada por la universalidad de la afirmación, ya que son escasas las afirmaciones que afectan al total del universo, incluida tal vez esta afirmación misma.

Imaginemos que alguien nos pregunta, qué sé yo, por un pariente o conocido y que le respondemos algo así como: “Le sentó mal el conducho de cámaros y está en cama y camariento, de modo que distrae las horas haciendo esquicios de esquientas en el fundago campés”. Cabe suponer que casi lo mismo le daría a nuestro interrogador una respuesta formulada en una variante argótica del dialecto que emplean los pescadores en el sureste de Groenlandia, por no señalar a nadie en concreto, pues hay ocasiones en que nuestro propio idioma se nos vuelve incógnito y raro, con aires de trabalenguas cómico o de fórmula de hechicería.

El celebrado estilista barbichivesco, gallego y manco que se bautizó a sí mismo como don Ramón María del Valle-Inclán era muy partidario de frases como la siguiente: “El tío Juanes apareja el cuartago bajo el alpende”, o bien como esta otra: “¡Y ese solimán se berrea tanicuanto le aprieten las mancuerdas!” Frases ambas, según se ve, que denotan bizarría, tanto en el sentido francés como en el sentido español de la palabra bizarría: rareza y valor, a más de un poco de empacho de narcisismo estilístico, como es lógico, lo que sería ya cuestión aparte.

Cualquier diccionario está lleno de palabras medio difuntas o difuntas del todo, desusadas, en vías de extinción si no ya extintas, huéspedes de una especie de morgue lexicológica, rígidas ya, acartonadas, sin el calor de unos labios que las pronuncien con ira o con dulzura, porque el camino de cualquier lengua está sembrado de cadáveres verbales, caídos a plomo a la sima del olvido por pura desemantización repentina: ¿quién fue la última persona que pronunció en su conversación la palabra “corrozco” o la palabra “luva”, por ejemplo?

Qué extrañas son las palabras olvidadas, fósiles del idioma, inutilizadas por el tiempo, tan aficionado a arrasar las huellas de lo humano en este mundo.

Palabras y palabras que nuestros antepasados pronunciaban para expresar sus zozobras y venturas, para designar un apero o para describir una loma, para cantar con pena los ojos desdeñosos de una amante o para ensalzar el pelaje de un carnero, que no todo podía ser lirismo ni laúd. Palabras expulsadas de la realidad, flotantes en el limbo de los diccionarios, extravagantes y disecadas, degradadas a pintoresquismo de escritor arcaizante las de mayor fortuna… Palabras y palabras, en fin. Palabras en el tiempo sin el tiempo.


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domingo, 16 de agosto de 2009

LES PAUL






Ha muerto Les Paul. A los 94.

A principios de los 90, le vi tocar en un club neoyorkino, con dos guitarristas de acompañamiento.

Silvia y yo vimos el anuncio a última hora en Village Voice y salimos corriendo para allá. No había entradas. El portero se prestó a remediar el desastre. Habló con una pareja que ocupaba una de las mesas y le preguntó si no le importaba compartirla con nosotros. No le importó. Y, de vernos en la calle, nos vimos en primera fila.

Más que su música, me atraía de Les Paul su condición de diseñador de guitarras, en su trono compartido con Leo Fender. Cuando yo tocaba en grupos, tuve una Les Paul de principios de los 70 que le compré por muy poco a un militar americano que andaba por la Base de aquí. Había soñado con tener una desde los 12 años. Pero -lo que son las cosas- no me entendía con ella, y con las guitarras hay que entenderse muy bien. Para los solos resultaba magnífica, con una pastilla de agudos de mucho mordiente y con una pastilla de graves muy densa, muy solemne y aterciopelada. Pero para las partes rítmicas era imposible: formaba una nube confusa, y no me veía capaz de ecualizar aquella especie de tormenta. Ante la insistencia de un amigo con más afán domeñador que yo, acabé -qué tontería- vendiéndosela.

La música de Les Paul, cursi y maravillosa, solía sonar con frecuencia alarmante en los ascensores y en el piano-bar de los hoteles en los años 6o y 70, y de ahí su inmerecido descrédito: mera música ambiental, esa aberración contemporánea: la música quieras o no quieras.

A Les Paul, en fin, se le podía oír tocar a dos metros de tu mesa por veinte dólares, en un pequeño club de la Tercera Avenida en el que cabían apenas cincuenta personas.

Un hijo suyo con aspecto de poca desenvoltura manejaba una cámara de vídeo para grabar la actuación. Les Paul pidió un aplauso para él: "My son", dijo, señalándolo con la misma prosopopeya con que hubiese señalado, no sé, a Alfred Hitchcock o a John Huston.

Al término de la actuación, Les Paul firmó varias guitarras de sus modelos a algunos mitómanos que andaban por allí.

En la puerta del club, su hijo, con gesto cándido de no enterarse de gran cosa, sostenía con las dos manos un cartelón en el que podía leerse: "La verdadera historia de Les Paul. Sólo dos dólares"; a su lado, encima de un taburete, había una pila de pliegos con la verdadera historia del hombre mítico que en ese instante se tomaba un vaso de agua en la barra.

"The dreams that you dare to dream..."

Hoy lo recuerdo tocando, sonriente, "Over the Rainbow", allí, a apenas dos metros de la mesa que compartíamos con unos desconocidos, en un tiempo que su muerte convierte ahora en legendario o tal vez en fantasmal, quién sabe, desconcertante y fugaz como todos los arco iris.

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lunes, 10 de agosto de 2009

EL ENMASCARADO DE PLATA



La memoria de mi infancia es un verano infinito, una playa fantasmagórica habitada por figuras de cera, un tiempo circular. El Cine Playa estaba especializado en películas de terror, en sentido amplio: cualquier historia anómala, cualquier descabellada fantasía. Y me acuerdo ahora, con este calor hostil, de Santo, el Enmascarado de Plata, aquel campeón de lucha libre convertido en superhéroe por la industria cinematográfica mexicana y ascendido al rango de ídolo nacional por sus compatriotas.

De batirse en el ring con rivales que se hacían llamar el Lobo Negro, el Murciélago o el Ruso Loco, aquel enmascarado acabó batiéndose en los mundos de ficción con el Rey del Crimen, con el Estrangulador, con Drácula, con el Hombre Lobo, con los cazadores de cabezas, con el doctor Frankenstein y con la hija de Frankenstein, con las mujeres vampiro, con la Momia, con los zombies, con los jinetes del terror, con la Mafia del Vicio y con el barón Brákola. Todos aquellos engendros y villanos más o menos sobrenaturales le hacían perrerías, pero Santo acababa saliendo victorioso, porque el representante de la bondad era él: Rodolfo Guzmán Huerta, nacido en Tulancingo en 1917 y muerto como héroe popular de México D.F. en 1984.

En sus comienzos como luchador, Santo decidió enmascararse, y enmascarado se mantuvo en público hasta pocas semanas antes de su muerte, cuando decidió desvelar en un programa televisivo el enigma de su cara. (A principios de los años 40, un rival consiguió arrancarle la máscara durante una pelea, pero resultó que debajo tenía otra, porque el mismo Santo avisó a los curiosos: “Nadie hay detrás del Enmascarado. Todos y ninguno a la vez”.) No obstante, fue enterrado con la máscara puesta, como gesto simbólico de fidelidad a su secreto, o quizá porque quien en realidad moría no era Rodolfo Guzmán, sino un personaje que pertenecía al supramundo de los seres prodigiosos.

Es muy vago mi recuerdo de sus películas, y busco ahora sus títulos: Santo en el Museo de Cera, Santo en el Hotel de la Muerte, Santo contra la invasión de los marcianos, Santo en el tesoro de Drácula, Las momias de Guanajuato… (Y, de pronto, una desconcertante resonancia metafísica: Santo frente a la muerte.)

De niño, en las noches estáticas de verano, me iba al Cine Playa y la realidad comenzaba a trastornarse: vampiros noctívagos y sedientos, licántropos feroces, campesinas rubicundas convertidas en siervas lascivas del conde de Transilvania, marcianos psicóticos, espectros de templarios que cabalgaban a lomos de bestias fantasmales… Un surtido de horrores, un muestrario de trasmundos.

Ahora, con este calor, se acuerda uno de cosas, porque la infancia habita un verano eterno. Santo contra las lobas, Santo contra el Cerebro Diabólico, Santo contra la magia negra… El Enmascarado de Plata luchaba, en definitiva, contra casi todo, porque su misión consistía en poner un poco de orden en un planeta amenazado por toda clase de seres impensables.

Jubilado del ring y de los platós, el Enmascarado trabajó durante un tiempo como escapista junto al mago Yeo, hasta que un día se escapó del mundo para no volver. Su féretro lo cargaron Blue Demon y Black Shadow, sus antiguos rivales deportivos.

De vez en cuando, en fin, con la llegada del calor, el caprichoso recuerdo trae la imagen enmascarada de Santo, huésped excepcional de mi memoria de la infancia, ese neblinoso verano que no acaba jamás.

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viernes, 7 de agosto de 2009

ALMOHADAS


El relleno de una almohada puede ser de diversos materiales, incluida la pluma de aves desplumadas. Como suena: existe gente que duerme sobre los restos mortales de seres voladores. Hay que tener valor, desde luego, para apoyar la cabeza en una almohada de pluma y dejar que la cabeza en cuestión planee a su aire por las regiones ondulantes de los sueños: lo mismo sueñas, no sé, que eres un pato al que persigue el punto de mira de una escopeta, o que eres un ángel aterrado de tener alas en la espalda, porque te duelen, de modo que, en un mal día, maldices a Dios y te conviertes en un ángel caído, fétido y pérfido, allá en las regiones infernales, agitando alas negras, tintadas por las tenebrosidades de tu alma echada a perder. O qué sé yo: apoyas la cabeza en una almohada de pluma y lo mismo sueñas que eres el jefe de una tribu apache, y en la mayoría de las ficciones los apaches tienen todas las papeletas de la tómbola de la desdicha, así que vas a descansar poco, porque los desdichados viven instalados en el desasosiego.

Si las almohadas hablasen, nos quedaríamos de piedra. La única ventaja de los sueños es que se olvidan casi a la vez que se conciben, aunque es probable que nuestra almohada lleve un registro de todos nuestros sueños, ya sean amables o atroces. En el interior de una almohada es posible que se tejan laberintos minuciosos, con muros hechos con los despojos de la razón, y eso está ahí, ¿verdad?

Cuando cambiamos de almohada, nos pasamos dos o tres días sin soñar gran cosa, porque nuestra cabeza duerme sobre una materia impoluta. Pero, a partir del cuarto día, vuelven los sueños, con todo su vodevil de sinsentidos, con su circo freudiano, con su guiñol de alucinaciones: nuestra almohada se ha manchado con los vertidos invisibles de nuestra mente, y es ya un elemento tóxico del menaje doméstico.

Cuando dormimos en un hotel, jamás logramos descansar del todo, porque se nos cuelan en la cabeza los sueños confusos de los miles de viajeros que nos han antecedido en el uso de la almohada en cuestión, y no es raro que, en mitad de la madrugada, se despierte uno sobresaltado, sudando, aterrado de sí mismo: te has contagiado de un sueño ajeno, demasiado exótico para tu conciencia; un sueño quizá inacabado que andaba errante por el tejido del relleno de la almohada, buscando una víctima anónima y fortuita para cumplirse, porque a los sueños no les gusta que se les deje por la mitad, al saber de sobra que por ese flanco les viene su desprestigio histórico: ser el territorio natural de la inconsecuencia, a pesar del optimismo de algunos psicoanalistas.

Sólo añadir que la almohada de un enfermo viene a ser parte de su enfermedad: esa blancura sucia que esponja el sudor y la fiebre, que sirve de bosque encantado para la microfauna bacteriológica o vírica y de apoyo para una cabeza despeinada, con ojos visionarios, ardientes y rojizos, como si estuviesen sufriendo una visión anticipada de los trasmundos, que es adonde nos iremos todos cuando nos llegue la hora, como no hace falta decir.


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lunes, 3 de agosto de 2009

MEDITACIONES OCIOSAS





Los alegres hedonistas ensalzan el ocio, como no hace falta ni decir. Los severos moralistas, en cambio, lo censuran y condenan. Ambos, al fin y al cabo, por el mismo motivo: porque el ocio es fuente potencial de placer, y hay quien ve placer en el placer y hay quien ve en el placer un peligro para la pureza del alma, que ya son ganas de ver cosas invisibles.

Sea como sea, el caso es que ayer tenía yo el espíritu ocioso, alejado de ocupaciones y de preocupaciones, flotante en el mismísimo nirvana, como quien dice, y me dio por pensar en el primer ser humano que se comió una alcachofa.

Después de un rato dedicado a pensar en esa circunstancia escalofriante, acabé casi temblando, si les soy sincero: muy desesperado debía de estar aquel lejano antepasado nuestro para ver una alcachofa y llegar a la conclusión de que aquello podía ser comestible, porque lo cierto es que, así al pronto, una alcachofa se parece un poco al casco de un power-ranger, y nadie se traga eso, ni siquiera los niños, que son fakires natos, aficionados a tragarse todo, en especial lo que no debieran, porque con los potitos hay veces en que se ponen rebeldes.

Comerse una alcachofa cruda, cielo santo: con esas hojas duras y punzantes, con ese aspecto de granada de mano paleolítica, con esa tonalidad de verde militar… Cosa distinta es que aquel antepasado nuestro se hubiese encontrado –por la vía del milagro divino, no sé- una olla con un guiso humeante de alcachofas con chícharos, porque eso está muy bueno, o que se hubiese topado con un lago repleto de corazones flotantes de alcachofas, llevadas allí por el azar o por un vendaval antediluviano, pero ¿una alcachofa cruda?

Y así, en fin, pasé el rato, con un nudo alcachofero en la garganta, como si tuviese una alcachofa de diez centímetros de diámetro atascada en la traquea, en actitud solidaria con el pionero de la ingestión de alcachofas, que tiene un mérito.

Como el pensamiento ocioso es derivativo y errabundo, al rato estaba pensando yo en el primer humano que vio una vaca y decidió devorarla. (Allí, en pleno campo prehistórico, sin cuchillos adecuados, desperdiciando sin duda el solomillo, ignorante del arte de la salazón, etcétera.) Hay algo terrible en eso, ¿no? Ver una vaca pastando en paz y ponerte a segregar jugos gástricos, y acabar matando la vaca. Hoy vemos una vaca y no vemos propiamente una vaca, sino más bien una humeante parrilla argentina, porque una vaca es ya para nosotros un referente cultural de orden culinario, pero, allá en el amanecer de las civilizaciones, había que ser un genio para ver una vaca prehistorica y adivinar que de aquel animal de aspecto melancólico podían obtenerse chuletas, costillas, entrecots al punto, solomillos a la pimienta y huesos para el puchero.

En definitiva: no sé si el ocio resulta favorable o perjudicial, pero el caso es que pasé una mala tarde, pensando en disparates y vainerías, que es de lo que se trata a fin de cuentas, porque el disparate nos exime de comprender la realidad, en el caso de que la realidad pueda ser comprensible, extremo del que me permito dudar con la conciencia muy tranquila.

A causa de esas meditaciones antropológicas, me entró hambre, así que fui a la cocina, abrí una cerveza y me preparé un pincho de tortilla. Hasta que me dio por pensar en la angustia que debe de suponer para las gallinas el hecho de poner un huevo. Y allí se quedó el pincho de tortilla. Y ya veremos en qué acaba todo este lío.
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jueves, 30 de julio de 2009

PIZZA URGENTE


Tal vez no seamos conscientes del complejo mecanismo que ponemos en funcionamiento cuando pedimos por teléfono una pizza.

Llamas a la pizzería y dices algo así como: “Quiero una pizza gigante de masa fina y muy hecha, con extras de atún, cebolla, langostinos, chorizo, doble queso y alcaparras”, pongamos por caso, pues la pizza es uno de los pocos lugares del mundo en que pueden armonizarse las sustancias heteróclitas, sin duda gracias a la colaboración de la mozzarella, que todo lo integra sobre su lecho fundido.

Pides una pizza, en fin, y al instante se activa una secuencia urgente de acontecimientos: masa extendida mediante rodillos expertos y veloces, condimentos esparcidos con dedos de ilusionista que arroja polvos mágicos dentro de una chistera, horno candente de Vulcano… Pero lo mejor viene cuando la pizza sale de su infierno, en su exacto punto de fundición, con su sabroso aspecto de muñeca de goma derretida. “Lista la número 24”, grita el pizzero en jefe, y ahí entra en acción un elemento fundamental en el jerarquizado mundo de la pizza: el motorista, cuya misión consiste en llevar a nuestro domicilio la pizza ansiada.

El código deontológico del repartidor de pizzas está inspirado en dos conceptos: la velocidad y la temperatura, pues a toda mecha tiene él que ir para que la pizza no llegue fría, ya que una pizza enfriada suele ser motivo sobrado de devolución, quizá porque no existe cosa más nauseabunda que una pizza a temperatura ambiente. Por este motivo, el motopizzero ha desarrollado una mentalidad de espermatozoide: importa llegar cuanto antes, por el camino más rápido, sin pensar en otra cosa, con diligencia de marine en territorio vietnamita.

Nada más colocar la pizza en el cajón de su motillo a escape libre, el repartidor fija en su mente las coordenadas precisas de su destino y allá va, con una especie de piloto automático activado dentro de su diencéfalo, dejando cualquier camino por coger cualquier vereda, con la lengua apretada entre los dientes, con los ojos fijos en el caleidoscopio del horizonte urbano, sorteando vehículos y transeúntes, por calles sin asfaltar, por calles peatonales, en dirección prohibida o por encima de las aceras, esquivando con rápidos zigzags los veladores de las terrazas y los cochecitos de los bebés, urgente y diligente, ansioso y presuroso, heroico y paranoico, como si le persiguiera el demonio enemigo de las pizzas. Uf. Allá va él, capaz de dejar atónita a la Hormiga Atómica y acomplejado al Correcaminos, veloz como un torpedo nuclear de mozzarella, con su metralla de pepinillos, aceitunas o alcaparras. Allá va.

Suena el interfono: “Pizza”, dice el repartidor, prestándole así su voz a la pizza misma. Con el casco ladeado, con los ojos avivados por el riesgo, con la bilis derramada por la cadena imprevista de audacias acrobáticas y de acrobacias audaces, el repartidor te entrega tu extravagante pizza personalizada y tú, como movimiento reflejo de burgués resabiado, palpas el fondo de la caja de cartón. Y sí, está caliente. “Misión cumplida, camarada repartidor”, le dices. Y le das de propina un euro, cuando lo que en realidad se merece no es otra cosa, en fin, que una medalla.

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lunes, 27 de julio de 2009

ZOO VECINAL




Un vecino mío se compró hace meses un perro, un cachorro de dogo de Burdeos que responde por el nombre de Odín, en recuerdo del supremo dios escandinavo.

Odín ya no es cachorro, porque el tiempo corre muy aprisa para los perros, y tiene en la actualidad la estatura de un poni. Como el perro está en edad de correr y de encontrar gusto en las expansiones territoriales, mi vecino lo sube a la azotea, y puede decirse que en la azotea vive Odín, pues allí se pasa la noche y el día.

A Odín le ha dado por ladrar, que es afición frecuente entre los perros, aunque con la peculiaridad de que él no necesita destinatario palpable para su ladrido, pues lo mismo les ladra a los pájaros que al viento, lo mismo a las nubes que a las almas en pena. Odín, para ejercer su derecho al ladrido, no distingue, en suma, entre lo visible y lo invisible, lo cual dice mucho a favor de su capacidad de pensamiento abstracto: si Odín no tiene a quién ladrar, se lo imagina.

Hasta ahí todo bien. El problema es que a los que hemos cogido la costumbre de dormir nos cae más mal que bien el hecho de que un perro se pase la noche entera ladrándole a la luna, por no señalar a nadie. De modo que, como el ser humano alimenta un fondo de alma vengativo, me compré la semana pasada un mono.

“¿Para qué se compró usted un mono?” Muy fácil: para desacreditar a Odín ante sus dueños. Cuando Odín está despistado, azuzo al mono para que salte a la azotea de mi vecino, y confieso que me provoca un placer malsano el hecho de verlo reguincharse en los tendederos, hacer acrobacias y revolear a discreción la ropa tendida, porque está el simio en edad de ensayar diabluras.

Mi vecino culpa a Odín de aquel desbarajuste, de modo que las sospechas no recaen en mi mono, al que he bautizado como Jumpy Dingo de Mozambique, por parecerme un nombre de reverberaciones aristocráticas.

Las cosas comenzaron a complicarse cuando Jumpy Dingo (etcétera) saltó a la azotea de otro vecino y le estranguló al loro, que, en el instante del crimen, tomaba el sol en su barra de cautivo. El dueño del loro asesinado dio en atribuir aquella fechoría a manos humanas, de manera que, para hacerse respetar por el vecindario, se compró anteayer un cocodrilo, al que puso de nombre Lagartón.

Dicho cocodrilo se pasa las horas flotando como un tronco macabro en una piscina hinchable instalada en la azotea, mientras que Odín le ladra al universo y que Jumpy Dingo se dedica a estrangular palomas, canarios y volatería en general, porque reconozco que ese mono me ha salido psicópata, hasta el punto de que mi único deseo con respecto a él consiste en que se lo coma Lagartón.

Y así están las cosas: Odín ladrando más y mejor que nunca, yo sin poder dormir, Jumpy Dingo convertido en el asesino en serie de todas las azoteas de la manzana y el cocodrilo aguardando la hora de hacer presa.

Se rumorea que una vecina ha encontrado a su gato ahorcado en la parabólica. Muchos vecinos se quejan de que su ropa tendida aparece desgarrada y tirada por el suelo. Hay quien asegura que ha visto el rabo de su perrita caniche flotando en la piscina del sigiloso Lagartón. Y así día tras día.

Por lo que a mí respecta, estoy barajando opciones para deshacerme del mono, y la que me parece más expeditiva consiste en comprarme un tigre.

Ya veremos.


(Ilustración: "Jumpy Dingo en los carnavales de Cádiz" (2009), por J. E. Bartolomé)

jueves, 23 de julio de 2009

ALMAS AMBULANTES




Pitágoras fue un tipo raro: matemático puro y profeta religioso, filósofo y santón. Según algunos, fue hijo del dios Apolo; según otros, lo fue del rico Mnesarcos. (Una cuestión, en fin, que convendría dejar en manos de genealogistas expertos y prudentes.) Según otros, ni siquiera existió.

Se le atribuyó a Pitágoras la facultad de llevar a cabo milagros y la posesión de poderes sobrenaturales, lo que no constituyó un impedimento para que afirmase que todas las cosas son números ni para que formulara la proposición de los triángulos rectángulos. En virtud de esta dualidad psicológica (la magia y la ciencia, el abracadabra y las especulaciones en torno a la hipotenusa y similares), fundó una escuela de matemáticos y una orden religiosa entre cuyas reglas se contaban las siguientes: no comer alubias, no romper el pan, no comer de una hogaza de pan entera (es decir, ni pan troceado ni pan entero; ¿rayado tal vez?), no comer corazón y hacer desaparecer la huella del cuerpo en las sábanas al levantarse, entre otros preceptos no menos desconcertantes que pintorescos, aunque fáciles de observar, en fin, por los devotos.

Andaba Pitágoras convencido de que el alma no sólo es inmortal, sino además reciclable, de manera que iría transmigrándose de forma indefinida, insospechada y a veces un poco deshonrosa: el alma de un emperador soberbio podía ir a parar al cuerpo multicolor de un guacamayo, por ejemplo. El jonio Jenófanes se burlaba de esta teoría mediante un chiste: decía que, al pasar por una calle en que se maltrataba a un perro, Pitágoras gritó: “¡Alto, no le hagan daño! Es el alma de un amigo mío. Lo supe en cuanto oí su voz”. (Aunque igual acabó el alma burlona de Jenófanes dentro de una perrita marilín, porque con estas cosas nunca se sabe.) Shakespeare, en su obra La noche duodécima (también conocida como Noche de Reyes), puso en boca de sus personajes un parlamento cómico sobre la idea pitagórica de la transmigración: “El alma de nuestra abuela puede pervivir en ave”, dice Malvolio.

Hay contemporáneos nuestros que alardean de creer en la transmigración pitagórica, en la reencarnación budista y en la metempsícosis de andar por casa. Una suerte, desde luego, si se piensa, porque de ese modo se evitan muchas zozobras derivadas de la conciencia de inutilidad de los afanes humanos: nada acaba con la muerte, sino todo lo contrario más bien, pues se inaugura con ella la tómbola de las almas ambulantes.
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Lo que resulta curioso es que todos los partidarios de esas teorías se instalen siempre a un buen nivel jerárquico: “En una vida anterior debí de ser violinista”, “Creo que en otra vida fui zar de Rusia”, “Creo que he sido ruiseñor”, “Estoy convencido de que soy la reencarnación de un vampiro”, oímos de vez en cuando. Nunca oímos decir a nadie que en una vida anterior fue la carcoma instalada en la caja de un violín, un pato ciego devorado por un zorro, el mamporrero de las caballerizas del último zar de Rusia o la bisagra mohosa del ataúd del conde Drácula, esa bisagra chirriante que, a las doce en punto de la noche, desgarra el silencio en la cripta gótica de un castillo neblinoso, allá en la neblinosa –imagino- Transilvania. Nadie ha sido el alma de una rata asustadiza, de un eunuco persa ni de una gamba enferma de los ojos, errabunda por un mar contaminado.

Los nuevos ricos metafísicos, en fin, con sus antepasados ilustres, apócrifos y etéreos… No como servidor de ustedes, reencarnación legítima de una neurona averiada de Pitágoras, como pueden apreciar.
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lunes, 20 de julio de 2009

CICLOS DE SUEÑO



















Todo en este mundo, absolutamente todo, parece estar sujeto a la controversia. Incluso el horario de sueño, y ya es decir. No dudamos en otorgar la categoría de perezosa a la persona que se levanta en torno al mediodía, pongamos por caso, así se haya acostado a las 6 de la mañana, y, sin embargo, consideramos diligente a la persona que se levanta a las 7 de la mañana, así se haya ido a la cama a las 10 de la noche.


Da la impresión, no sé, de que identificamos la tiniebla con la disipación, con el vicio, con las malas costumbres, con el crapuleo y el hampa. Le dices a alguien que sueles acostarte cuando clarea el día y lo menos que sospecha de ti es que eres un vampiro.


A los diurnos les inquietan los noctámbulos, mientras que los noctámbulos suelen considerar seres desdichados a los diurnos, muertos siempre de sueño, arrojados de la cama al amanecer por el pitido agresivo y marciano del despertador.


Hay quienes encuentran en la madrugada un espacio de sosiego, un paréntesis de la realidad agitada, un tiempo fuera del tiempo. Es la hora de los gatos, de las ratas, de las salamanquesas, de los búhos y de ese tipo de bestias, y digo yo que de ahí debe de venirles la mala fama a los trasnochadores, esa fauna lunar que merodea y vigila mientras los demás duermen.


La mañana, en cambio, es el reino natural de los colibríes o, como poco, de los jilgueros, de casi toda la pajarería canora, de los inocentes colegiales, de los adultos que acuden al trabajo con el pelo húmedo y con los ojos un poco perdidos aún en las lejanías alucinadas y oscilantes de la soñera. La mañana nos parece una cosa limpia y la noche una cosa turbia. La mañana nos parece el reino de las hadas y la noche la gruta de los monstruos. La mañana nos otorga respetabilidad y la noche nos vuelve sospechosos.


Los madrugadores tienen un raro prestigio de personas honradas y laboriosas, así vayan a una oficina bancaria a extorsionar a los hipotecados morosos, así vayan a un organismo público a malversar fondos igualmente públicos o así vayan a un negociado municipal a pasarse la mañana dormitando, tomando café con los cofrades de condena y tratando con la punta del zapato a quienes se dejen ver por allí para incordiarles con problemas mezquinos y pequeñoburgueses.


Los noctámbulos, por su parte, tienen un igualmente raro prestigio de gente disipada y canallesca, cabaretera y juerguista, así se pasen la noche leyendo a Homero o a quién sabe qué filósofo pesimista y tal vez algo abstruso, así se pasen las horas de oscuridad escribiendo agradables novelas infantiles o redactando áridos informes comerciales, así empleen ese tiempo silencioso en montar maquetas de barcos o en resolver crucigramas, mientras los demás deambulan perdidos por sus sueños amables o por sus pesadillas atroces, a la espera de que la luz del día les depare una nueva aventura rutinaria, una dosis cíclica de realidad.


Cada cual pactando, en definitiva, con sus fantasmagorías, que es de lo que se trata al fin y al cabo. Buscándole un sentido a todo esto. A la hora que sea, porque eso es lo de menos.


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Ilustración: R: DUFY, Ventana en Niza (1927)

viernes, 17 de julio de 2009

JUGUETES






Hay en Ronda una juguetería que tiene un nombre sorprendente y hermoso: el Pensamiento. Nombre que suena a Ilustración dieciochesca, a afán racionalista. Tal vez a cosa de francmasones, quién sabe. El Pensamiento, en fin.

“Voy a comprar un juguete al Pensamiento”, dice la gente, y ese propósito consumista adquiere de pronto una dimensión filosófica y también desde luego un poco surrealista… O quizá no tanto, ya que, a fin de cuentas, nuestro pensamiento necesita muchos juguetes para distraerse: el concepto desesperado de la divinidad, por ejemplo, y el concepto optimista de la inmortalidad del alma, el contradictorio del amor y el inexorable de la muerte, y así hasta casi el infinito, pues cualquier pensamiento es un bazar muy surtido de abstracciones.

Entras en el Pensamiento, la juguetería rondeña, y hay flores que cantan, soldados que desfilan, muñecas de parpadeo melancólico, balones y aeroplanos. La cueva de Alí Babá para los niños, el pensamiento anhelante y codicioso de la infancia.

Estaría bien, digo yo, que los negocios tuviesen nombres menos rutinarios y previsibles que los que suelen tener. Que no se llamasen Mercería Mari o Carpintería San José, pongamos por caso, porque eso es casi lo mismo que andarse por el limbo nominal de las marcas comerciales. Estaría bien que una tienda de ultramarinos se llamase, qué sé yo, La Nostalgia de las Indias, por ejemplo, o que una funeraria se llamase La Duda Razonable. Estaría bien, en fin, que los comerciantes forzaran un poco la imaginación.

Imagínense los rótulos: Seguros El Azar Malhumorado, Panadería La Ceniza de los Ángeles, Carpintería El Clavo Ardiendo, Ferretería La Conciencia Constructiva, Hostal de las Pesadillas Llevaderas, Herrería Nietos y Sobrinos de Vulcano, Parador Nacional de los Espectros Sangrantes, Mármoles El Emperador Megalómano, Librería Las Hadas Metafóricas, Imprenta Los Duendes Tipográficos, y así.

Esto lo han llevado mejor, de siempre, los británicos, que tienen la costumbre de bautizar sus tabernas y hospederías con nombres un poco misteriosos y otro poco absurdos: cosas por el estilo de El Cisne Estrangulado o El Cuervo del Príncipe Tuerto. ¿A quién no le apetece tomarse un par de pintas en un bar llamado La Cabeza del Rey, como aquel que visitaba el disoluto y diligente caballero Samuel Pepys? ¿Quién no pernoctaría en el Jabalí Azul como homenaje a Dickens?

Los niños entran en la juguetería el Pensamiento con ojos asombrados, con el ánimo confuso por la variedad de la oferta. El sueño principal de cualquier niño consiste en vivir dentro de una tienda de juguetes: que sus padres lo olviden allí, que lo dejen disfrutar sin horario de esos ingenios prodigiosos que se mueven, que botan, que parlotean. Hasta que llegue el Tiempo y le pase una mano fría por la frente para darle a entender que el tiempo de la magia ya pasó, que ya toca otra cosa, que los juegos son otros. Que su juguete es ahora el pensamiento.
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miércoles, 15 de julio de 2009

SUEÑOS Y CURACIONES








Hasta hace poco, manejábamos el concepto de sueño reparador en un sentido equivocado, ya que identificábamos esa tarea pasiva de reparación con el hecho de dormir ocho o nueve horas seguidas, y alardeábamos de esas proezas hipnóticas sin saber que en realidad nos estaban matando: “Anoche dormí doce horas”, y lo decíamos con orgullo irresponsable, en el caso de que todas las manifestaciones del orgullo no constituyan una irresponsabilidad en sí mismas.

Un estudio científico acaba de revelar que los insensatos que duermen una media de ocho horas diarias viven menos que quienes duermen una media de seis, que es la medida de sueño que asegura la longevidad. Si duermes seis horas al día, te pasas la vida muerto de sueño, con ojeras y abotargado, malhumorado y con el pensamiento espeso, pero duras la intemerata, mientras que si acostumbras dormir a pierna suelta, te mueres antes, porque el mucho dormir es una variante hedonista del suicidio, aunque llegas a la muerte con una cara excelente.

Esto ya se lo vieron venir los griegos antiguos, cuando, en sus complejas genealogías sagradas, hicieron a Hipnos, dios del sueño, hermano gemelo de Tánatos, hijo de la Noche y personificación de la muerte, al que Hesíodo atribuía un corazón de hierro y unas vísceras de bronce.

A nuestro desengaño de las bondades del sueño prolongado debemos sumar ahora otro desengaño alarmante: según un estudio, el 12% de los ingresos hospitalarios están causados por los medicamentos. Te tomas un jarabe para la tos y puedes acabar en urgencias echando baba por la boca, como si fueras la niña de El exorcista. Te tomas un somnífero, porque quieres matarte un poco a fuerza de dormir, y lo mismo acabas metido en una ambulancia con síntomas de infarto cerebral.

El mayor riesgo, no obstante, lo representa la aspirina. Te levantas con dolor de cabeza, porque anoche tuvo lugar la celebración de la boda babilónica de un primo tuyo (pongamos por caso), echas en un vaso una aspirina efervescente y lo mismo acabas con una hemorragia digestiva, porque no tienes unas vísceras de bronce como las de Tánatos.

La vida, en fin, es un lío por sí misma, pero los estudios científicos nos proporcionan estupores complementarios. Lo que ayer teníamos por beneficioso se vuelve hoy dañino. Lo que ayer gozaba del prestigio de la salubridad se transforma en un veneno. Te echas una siesta y resulta que estás matándote un poco. Te tragas un fármaco y lo mismo acabas enchufado a un gotero. Suena el despertador a las seis de la mañana y sueltas por la boca media docena de blasfemias, a pesar de que ese pitido está alargándote la vida. Y así no hay quien se aclare.

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domingo, 12 de julio de 2009

ORTOGRAFÍA

En la librería, veo que un niño se lleva entre sus libros de texto la Breve ortografía escolar, de Manuel Bustos Sousa, aquel librillo que teníamos en la escuela como antídoto contra los titubeos entre la b y la v, como pacificador de nuestros conflictos con la h (que en español es el fantasma en pena del alfabeto), como guía para descifrar el misterio de los diptongos, el enigma volante de los acentos y las simetrías imprevisibles de la homonimia.
La aprobación ministerial del texto es de 1967, y, desde entonces, el autor lo reedita a su costa en la Tipográfica Católica de Córdoba, una imprenta en la que –digo yo- los ángeles vigilan la aparición de posibles erratas, que vienen siempre de mano del diablo. La cubierta del libro sigue inalterada, con su péndola y su rotulación de época.

“Los maestros de primaria lo ponen todos los años”, me aclara el librero, y se extraña uno de esa fidelidad a un libro añejo y de apariencia árida en una época en que los libros de texto –que ya ni siquiera se llaman así, sino material curricular, según creo- aspiran al diseño futurista y al vanguardismo pedagógico.

Bustos Sousa propone dictados para que el alumno se haga con el control de las consonantes más conflictivas: “El viejo veterinario ha visto el viernes una víbora”, o bien: “El viajante iba provisto de suficientes viandas para hacer frente a cualquier vicisitud”, frase esta en la que, por lo que tengo entendido, cualquier alumno medianamente aplicado de la ESO cometería al menos tres faltas de ortografía, al margen de ignorar el significado de al menos tres palabras. Lee uno este libro y le viene al recuerdo la imagen de un cura que dicta -pasillo arriba y pasillo abajo, escrutando con el rabillo del ojo a los galeotes de la caligrafía- un texto con trampas mortales: “Al tirar la piedra en la honda alberca se originaron concéntricas ondas”, y luego, por si faltaba algo: “El pastor lleva su hatajo a abrevar por el atajo del monte”. Y aquello era como acertar la primitiva, porque la h es pura metafísica fonética, al menos en teoría: si se aspira, se disfraza de j, aunque el cura aquel no aspiraba nada, y la h era siempre un lío: “En esta hoya está enterrada una olla con valiosas joyas”. Y así.

En la reciente quinta reimpresión de la quincuagésimoprimera edición de su libro, Bustos Sousa instruye a los niños de hoy en las “abreviaturas más usuales”, a saber: q.b.s.m. (que besa su mano), S.D.M. (Su Divina Majestad), V.S. (Usía), ptas. (pesetas) o S.N. (Servicio Nacional… ¿de qué?), y así sucesivamente. Tampoco se olvida del modo correcto en que hay que escribir en un sobre el nombre del destinatario (con el Sr. D. antepuesto) y sus señas (sin código postal) ni de ofrecer un modelo de rotulación para las letras del abecedario. Las bromas, en fin, del paso del tiempo, que todo tiende a convertirlo en anacronismo. “Sobre el depravado déspota cayó el deshonor y la deshonra”, y vemos al cura, con el libro de Bustos Sousa en la mano, delante de un crucifijo y de una fotografía del déspota.
“El humilde obrero habita en una lóbrega buhardilla”, y niños con los zapatos rotos, y olor a goma de borrar, y la pizarra negra, y el perdón de los pecados, y la leyenda de la vida eterna. Amén.
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jueves, 9 de julio de 2009

COLAS

El género humano está capacitado para soportar una guerra y una posguerra, para sobrellevar una tragedia familiar y un holocausto, para sobrevivir a desastres naturales y artificiales, para resignarse ante la adversidad más atroz, para sufrir con dignidad enfermedades pavorosas, para aguantar humillaciones y para encontrar consuelo en medio del mayor de los espantos.

Lo único para lo que no parece estar hecho el ser humano es para guardar cola.

Estás aguardando turno ante una ventanilla de papeleos variopintos y notas cómo la persona que está detrás de ti va situándose poco a poco a tu lado, porque se ve que el hecho de estar detrás le desazona. Como no estás dispuesto a ceder territorio, avanzas un paso, de modo que te sitúas junto a la persona que tienes delante. Como esa persona que tienes delante tampoco quiere ceder ni un centímetro de territorio conquistado, avanza medio metro, de manera que se sitúa al lado de la persona que la precede. A esas alturas de avanzadilla, la persona que estaba detrás de ti se ha situado ya al lado de la persona que estaba delante de ti. Además, un recién llegado se ha puesto a hablar con el tercero de la cola, que resulta ser su amigo, circunstancia que le permite compartir ese tercer puesto en régimen de gananciales, digamos.

“¿Quién es el último?”, pregunta un advenedizo, pero la respuesta es difícil, porque el último está ya en línea con el antepenúltimo. La cola, en fin, se ha convertido en una estampida sigilosa. Para arreglar el desbarajuste, llega un tipo que se salta la cola entera con una frase mágica: “Sólo voy a hacer una consulta”, sin duda porque da por supuesto que los demás estamos esperando para discutir con el encargado de la ventanilla sobre los orígenes del cante flamenco.

O bien estás en la frutería, soportando con paciencia los titubeos de los clientes, porque no hay sitio en este mundo en que la indecisión se manifieste más que en una frutería, y aparece de pronto una ancianita de aspecto entrañable y galdosiano que pregunta “Niña, ¿a cuánto están los albérchigos?”, interrogante que obliga a la frutera a interrumpir durante dos segundos la tarea de pesar las ciruelas verdes que ha optado por comprar la persona afortunada que ocupaba el primer puesto en la lista de espera. “Niña, ¿esas manzanas son como las que me llevé el otro día?”, y la niña tarda otros segundos en hacer memoria, lo que la obliga a demorar la selección de los melocotones muy maduros que le ha reclamado la persona que es ya propietaria de las ciruelas verdes.

“¿Están ácidos los fresones, niña?”, y la niña frutera, que no es tan niña, emplea otros dos segundos en elaborar una réplica. “Pues entonces voy a llevarme un kilito”, concluye la anciana. En ese instante, los clientes que esperamos turno nos hemos transformado en homicidas potenciales, y elaboramos mentalmente un plan para hacer desaparecer el cadáver de la anciana sin dejar pistas, coyuntura horripilante que se desvanece de forma temporal ante la aparición de un caballero con prisas que le dice a la frutera: “¿Me pone usted dos kilos de manzanas granny smith en un momento?” Y aclara a la concurrencia: “Es que tengo el coche mal aparcado”. De ese modo, los homicidas potenciales ascendemos de rango: ya somos genocidas potenciales.

Y luego ten el valor de ir a la panadería.

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lunes, 6 de julio de 2009

VERANO EN SEPIA







La memoria infantil de los veranos constituye una nebulosa específica dentro de la memoria, una entelequia emocional muy definida, un territorio etéreo que podemos pisar con paso firme. Decía el poeta Ungaretti que recordar es un signo de vejez. Bueno, sí. Depende. Si anda uno optimista con respecto al paso del tiempo, puede llegar a la conclusión de que recordar es un signo de haber vivido, que es lo mismo que lo del poeta, aunque dulcificado por una formulación eufemística. Creo yo, no sé, que el recuerdo es signo de vejez cuando los recuerdos inciden sobre unas realidades anacrónicas que están ya fuera -para siempre- de la realidad.

Los veranos de la década de los sesenta, pongamos por caso... Llegaban al pueblo unos cuantos forasteros, siempre los mismos, puntuales como aves migratorias, y formaban una pequeña comunidad de extraños habituales. Año tras año, ibas viendo envejecer a los mayores y crecer a los pequeños, renovarse las muchachas del servicio, si se casaban, o convertirse en solteronas a aquellas que se acogían a las tareas de servidumbre como si se tratase de un voto eclesiástico. Los abuelos podían estar fumándose un habano bajo el toldo, con guayabera blanca, jugando al dominó, y al verano siguiente llegar en una silla de ruedas, con la mirada perdida en algún limbo. Las ancianas aligeraban el luto perpetuo con blusones negros estampados con tímidas geometrías blancas. Veías cómo una joven madre se convertía de un año para otro en una señora de pelo cano, cómo las niñas se transformaban en mujeres pudorosas de su esplendor repentino, cómo los niños que iban a las rocas a coger camarones y cangrejos se transfiguraban de repente en muchachos que fumaban a escondidas y que hablaban del sexo quimérico de los ángeles con faldas, con el aplomo de unos catedráticos de angeología.
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A la caída de la tarde, las calles olían a colonia y a helado de tuttifrutti y los sedentarios se sentaban a la puerta de la casa en butacas de enea para ver desfilar a los paseantes, y todos se saludaban con una parsimonia decimonónica y atenta, en tanto que los niños salíamos para el cine con un bocadillo envuelto en papel parafinado y con un jersey sobre los hombros, así quemara el aire, para ver una película del Enmascarado de Plata, de vampiros sedientos o de Louis de Funes, o lo que echaran.

Las playas de la infancia son infinitas, como infinito era el tiempo. Por la tarde, llegaban los pescadores con sus cajas de boquerones palpitantes, con su pregón ronco de muecín, y allí vendían aquella plata efímera, mientras que las mujeres buscaban por la orilla, con fondo barroco de crepúsculo, las llamadas habitas de la India para engastarlas en oro inmortal. Las madrugadas eran un silencio sosegado, y se oía el rompeolas a través de los balcones abiertos, o el viento si soplaba, con esa cosa de crujido de crujía de galeón que tiene el sonido del viento cuando le da por romper. Las mañanas templadas eran de café y de churros. Y eran aceras baldeadas con un cubo metálico. Y el guardia municipal, con uniforme blanco y salacot, dirigiendo el tráfico desde su podio con sombrilla, con ademanes de mimo: los cuatro o cinco coches…

Y es que al final va a ser cierto que recordar es un signo de vejez.
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