lunes, 9 de octubre de 2023

lunes, 25 de septiembre de 2023

CARPANTISMO

 (Publicado en prensa)




No es un dato histórico, sino una simple sospecha: todo empezó con la reducción de Pedro Ximénez. Hace años, ibas a un restaurante y los platos estelares de la carta especificaban, como nota de prestigio, ese condimento sometido a un procedimiento novedoso: Pedro, reducción, Ximénez... Un concepto casi alquímico: reducir a Pedro y convertirlo en otra cosa. En un principio, algunos pensábamos –sin pararnos a pensarlo- que se trataba de la jibarización de un particular llamado Pedro Ximénez, al que servían en pequeñas porciones para revolucionar la gastronomía desde la antropofagia, pero aquello no pasaba de ser una suposición absurda, claro está. Otros suponían que lo de la reducción afectaba al tamaño de las raciones. Solo los conocedores de la enología acertaban.

         Hoy por hoy, da la impresión de que a Pedro Ximénez ya no lo reducen en los restaurantes, sino que lo dejan en su estado natural, dado que el arte culinario, que además de un arte es una ciencia, anda en una fase vanguardista extrema y aquella reducción se verá entre los nuevos maestros cocineros como un intento prehistórico de experimentación culinaria, igual que los adolescentes ven hoy los radiocasetes.

         Enciendes el televisor a la hora de la comida y allí tienes un programa de cocina que, extrañamente, te quita el apetito, ya que comparas lo que tienes en tu plato con las recetas floridas que da el chef y te sientes un pobre hombre que ni siquiera se ha animado a reducir a Pedro Ximénez para alegrar un poco sus guisos caseros. Enciendes el televisor de madrugada para aliviarte el insomnio y allí tienes un concurso de cocina en el que unos famosos pugnan por preparar un trozo de pescado del tamaño de una ficha de dominó que desprenda ante el comensal un humo parecido al de las antiguas actuaciones de Pink Floyd. Enciendes el televisor a cualquier hora, en fin, y raro es que no te topes con un mago de los fogones que, magias aparte, está convencido de que la gente en general dispone de tres o cuatro horas diarias para preparar un plato.

         Por su parte, la portada de la edición digital de los periódicos dan un espacio preferente a sucesos extraños: cómo preparar un gazpacho de arándanos y berenjenas, un guacamole con endivias hidrolizadas, un potaje de garbanzos al curry con pulpo desecado o una salsa de cacahuete a la manera de los pueblos Mandinka.

         Hay hambre, ¿no?

         La carta de los restaurantes, incluidos los modestos, se ha convertido en una pieza de literatura barroca: algo bonito de leer, eufónico, pero con metáforas complicadas, hasta el punto de que el metre se ve obligado a hacerte la glosa previa y, una vez servido el plato, la glosa posterior, como quien explica el uso del hipérbaton en la poesía de Góngora, pongamos por caso, aunque el cliente tema que, con tanto discurso, el plato se le enfríe y pierda sus propiedades, o al menos que se le disipe el humillo y se quede sin catar sus sabores gaseosos.

         La que ha liado, en fin, Pedro. (Me refiero a Ximénez, claro está).  


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lunes, 31 de julio de 2023

NOCHES DE PRODIGIOS

 (Publicado en prensa)



El verano es una estación más apropiada para la celebración que para el ejercicio de la nostalgia, pero llega un momento en que el pasado acaba pesando más que el presente y nos da por añorar.

Con respecto a mis veranos de infancia, lo primero que se me impone en la memoria no es la playa, sino los cines de verano, que fueron algo así como nuestra cervantina Cueva de Montesinos, el recinto de los encantamientos. En mi pueblo llegó a haber seis, de modo que un día podíamos pasar un poco de miedo gracias a Christopher Lee haciendo de conde Drácula y, al día siguiente, hacer un esfuerzo metafísico para reírnos con los enfurruñamientos sobreactuados de Louis de Funes. Ahí teníamos a Santo, el Enmascarado de Plata, aquella estrella mexicana de la lucha libre que se enfrentaba a las mujeres vampiro, a Cerebro Diabólico, a los villanos del ring o a las momias de Guanajuato, entre otros engendros y prodigios, y de todos aquellos peligrosos lances salía con bien. Por su parte, con Paul Naschy, el Hombre Lobo por excelencia, disfrutábamos de la transformación de la apacible noche veraniega en una espeluznante noche de Walpurgis, y luego aquello se nos colaba en los sueños, de los que despertábamos sudorosos y agitados, viendo licántropos incluso debajo de la almohada.

Comoquiera que el deseo nace antes que la conciencia del deseo, y como no todo iba a ser ficción irracional, ahí que una noche se nos apareció en la pantalla Raquel Welch, con su bikini de diseño troglodítico, para hacernos sentir una mezcla de confusión y de ansia que hasta entonces nos era desconocida, esa misma mezcla extraña y pecaminosa que sentimos al ver Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra, con aquellas muchachas rubias que iban a ser sacrificadas por los de su tribu como tributo ritual al Sol. Vale que en la prehistoria la gente andaba más preocupada por los ataques de los dinosaurios carnívoros que por echarse una novia guapa, pero aquello del sacrificio nos sentó como un tiro, y salimos del cine con ganas de romper escaparates como acto solidario con las rubias de la antigüedad.

Las funciones empezaban a las 10 de la noche, y allá íbamos con un bocadillo y con la cantidad exacta del precio de un refresco. También –qué raro- con un jersey, por si refrescaba, porque en aquella época se producía ese fenómeno meteorológico, y no había cosa que alarmase más a una madre que un constipado veraniego, por su fama de persistente.

El tiempo pasa, en fin, y nosotros con él. Llega el verano y te pones a recordar tus veranos remotos, cuando la vida estaba por descubrir, cuando aplaudías cuando se apagaban las luces y se iluminaba la pantalla. Como si lo que se iluminaba fuese, en fin, el mundo mismo. El verdadero.


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lunes, 17 de julio de 2023

VERANOS ANTIGUOS

(Publicado en prensa) 


Mucha literatura insiste en la condición paradisiaca de los veranos de la infancia: tiempo de una libertad cercana al adanismo, días sin colegio, trasnoches en los cines, etcétera. Sí. Cómo no. Pero ya lo avisó Cesare Pavese: el considerar poética la infancia no pasa de ser una fantasía de la edad adulta.

Con el propósito de analizar el nivel de fantasía que aplico a mis recuerdos de los veranos infantiles, me he puesto a recordar, que según otro escritor italiano, Giuseppe Ungaretti, es signo de vejez. Y he recordado que los niños de entonces pasábamos una media de 12 horas diarias en la playa, expuestos al sol sin protección alguna, salvo tal vez, y muy de vez en cuando, una gorra que evitaba que la cabeza sobrepasase el grado de cocción, aunque no creo que haya nacido todavía el niño al que le guste llevar una gorra. Cuando nuestras quemaduras alcanzaban el segundo grado, el remedio de entonces oscilaba entre las frotaciones de aceite de oliva y la crema Nivea, lo que no evitaba que durante la noche la sábana te pareciese la parrilla de una barbacoa y te sintieses como un filete a la plancha, en el caso afortunado de que no te sintieses, por lo del aceite, como un boquerón frito. Es decir, a efectos dermatológicos, el recuerdo del paraíso de la infancia no puede empezar peor.

         Por aquel entonces, centenares de familias alquilaban una caseta con toldo durante toda la temporada, lo que suponía una flagrante privatización del espacio público. Por si fuese poco, en dichas casetas, que eran de madera, las madres tenían un infernillo para calentar la comida y el agua del café, con riesgo de originar un incendio de consecuencias aparatosas, ya que las casetas estaban separadas por apenas medio metro: algo así como lo de El coloso en llamas, pero en horizontal. La parte trasera de la hilera de casetas se utilizaba para los vertidos contaminantes, incluidas las aguas menores y mayores, y, por no sé qué motivo, aquello estaba minado de cristales rotos, de manera que solo resultaba accesible para los faquires que venían con el circo, aquellos circos con su manada de animales melancólicos, sometidos al maltrato para divertir a los niños asalvajados.

         Con la bajamar, íbamos a mariscar a una zona rocosa en cuyos charcos quedaban atrapados los cangrejos y esos camarones liliputienses que aquí se emplean en la elaboración de tortillitas, y ahí entramos ya en el territorio del delito ecológico: volvíamos con un cubo repleto de ambos crustáceos, tras haber machacado con un martillo y un cincel la guarida de los cangrejos, que estaban catalogados en dos especies: los moros y los mariquitas, denominaciones ambas que nos trasladan de lleno al ámbito de la incorrección política. Aquello, además, era un drama: dejábamos revueltos en un cubo los cangrejos y los camarones y los cangrejos se comían a los camarones, lo que no evitaba que a las pocas horas los cangrejos acabasen muertos, no sé si por indigestión, por falta de oxígeno o por la pena negra de verse cautivos.

         Nuestro juego recurrente era el del puntillón, que, como el sufijo aumentativo indica, era una puntilla de unos 15 centímetros que clavábamos en la arena mediante diversos malabarismos. Al segundo día de uso, el puntillón estaba oxidado, como si fuese una reliquia fenicia, lo que no era impedimento para que corriésemos el riesgo de clavárnoslo por accidente en un pie o en el pie del prójimo. Por menos de eso, hay gente, en fin, que ha perdido la custodia de sus hijos.

             Eso sí: si jugabas al fútbol o a las paletas en la orilla, que era la única actividad saludable que podías practicar, llegaban los guardias y tenías que salir corriendo, actividad también saludable.

         …Y prefiero no seguir, porque, a este paso, el paraíso pretérito va a acabar en pesadilla presente, y no están los tiempos como para andar liando las cosas.

Buen verano.


F.B.R.


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domingo, 16 de julio de 2023

Un relato: LAS COSAS

 (Publicado en EL CULTURAL)



Yo antes me acordaba de las cosas y ayer entré en un cine.

      Un hombre corría por un túnel, perseguido por otros hombres que disparaban, y creo que el hombre perseguido también disparaba, aunque no tanto, y entonces vinieron a buscarme, que es lo que pasa últimamente porque dicen que doy dinero a los desconocidos y que me pierdo por ahí y que no voy a encontrar el camino de vuelta, aunque ellos, los que vienen a buscarme, también son desconocidos para mí la mayoría de las veces, o a veces sí y otras no del todo, da igual, mi hija, por ejemplo, y me sacan de los sitios y me dicen cosas que solo ellos entienden y les pregunto que quiénes son y qué quieren y me dicen: venga, vamos a casa.

Yo antes me acordaba de las cosas y sabía distinguirlas, hasta que las cosas empezaron a ser misterios, cosas que de repente se convertían en un enigma sorprendente. Ahora te preguntas qué es esto y lo sabes y a la vez no lo sabes o no quieres saberlo, porque todo se convierte en un enigma sorprendente. Cosas sorprendentes. Un vaso de agua que antes estaba lleno y ahora está vacío es un enigma sorprendente y no sabes quién se ha bebido el agua que estaba en el vaso que ahora está vacío y antes estaba lleno. Una calle es un enigma sorprendente. Y quien te para por esa calle convertida en un enigma sorprendente es también un enigma sorprendente y te pregunta: ¿cómo estás?, y se trata de alguien sorprendente que te habla de cosas sorprendentes. Cosas sorprendentes que dejan de serlo en cuanto te olvidas de ellas porque nada permanece y eso es de esa manera y siempre será así.

El médico que me ve me pregunta cosas sobre las cosas. No estoy seguro, pero creo que siempre me pregunta lo mismo, las mismas cosas, y a veces le respondo y otras no o le digo que me encuentro bien y qué quiere que le diga, a pesar de que reconozco que hay veces en que se me olvidan algunas cosas, como por ejemplo… No sé… Esas cosas –algunas, otras no- que no son lo que eran y eso no es culpa mía ni de nadie sino de las cosas, que tampoco tienen la culpa de ser como son.

Anoche, cuando me dieron una pastilla y decidieron acostarme muy temprano porque habían invitado a cenar a una gente, me dije: hoy no voy a dormir porque tengo muchas cosas que hacer. Y salí al pasillo para espiar. Hablaban de cosas y de mí. Decía uno: está al principio, lo que venga será peor. Decía otra: ya no se acuerda de las cosas.

Parece ser que lo fundamental de esto son las cosas.

Yo antes me acordaba de las cosas y me sigo acordando, pero el desorden de las cosas no está tanto en mí como en las cosas. Habría que estudiar si lo que ha cambiado son las cosas o yo, porque a mí lo de las cosas me da igual. Si las cosas se convierten en misterios, en enigmas sorprendentes, ¿quién tiene el problema, las cosas o yo? Está claro.

Cuando yo era chico había menos gente.

        Ahora además la gente se ha hecho vieja y eso es como si cada uno fuesen muchos y quién los diferencia y te preguntan si sabes quiénes son y cómo vas a saberlo. Nadie es el mismo y antes yo salía mucho a la calle y la gente todavía era quien había sido, pero ahora también han cambiado mucho las calles.

       Por ejemplo: nunca me había fijado en que mi piso tiene dos balcones. Con uno ya era suficiente, pero ahora tiene dos, aunque siempre me asomo al mismo y desde allí veo a la gente. La gente cambia. Yo antes conocía a la gente pero la gente cambia y en mi balcón tengo una maceta con un cactus que no sé de dónde ha salido y en mis sueños veo caballos dorados que galopan por un campo de oro.

Ya no me dejan ir al cine. Yo antes sabía los nombres de los directores y de los actores y hasta del peluquero de las artistas y me acordaba. Pero de pronto hubo un día en que no supe qué película estaba viendo, y eso me preocupó un poco, claro está, por esa cosa de que el miedo está siempre ahí, pero no se lo dije a nadie, porque me gustaba entrar en la sala, quedarme a oscuras y ver aquello sin entender nada de lo que estaba pasando, pero ellos se preocuparon cuando supieron por el portero del cine que yo invitaba a todos los que estaban haciendo cola en la taquilla. Yo de eso no me acuerdo ni creo que sea verdad. Y entonces me llevaron al médico que me pregunta. Empiezo a sospechar que el médico es siempre el mismo médico, no sé. Eso es raro, porque lo normal es que ningún médico sepa de todo y es mejor que te vean muchos médicos en vez de un mismo médico. Si es el mismo o no, el caso es que una vez me metió en un tubo que hacía mucho ruido y yo dije: eh, esto hace mucho ruido, y me dijeron que aguantara un poco y entonces me meé y me salí. Del tubo.

Hace un rato vino mi padre a verme, pero al momento mi padre era mi hermano, el que vende cosas. Me dijo: no soy padre, soy yo, y le dije que sabía que era él, el que vende cosas, aunque un momento antes mi hermano era mi padre, porque mi padre ya murió y mi hermano se parece a mi padre y también va a morirse cualquier día.

Antes, cuando yo iba al cine y no me sacaban de allí a la fuerza, las cosas que pasaban en la pantalla tenían un fundamento, hasta que caí en la cuenta de que aquello era todo mentira y me daba por reírme si mataban a alguien. Había espectadores que me chistaban para que no me riese pero yo no podía remediarlo y después de reírme me entraba mucho miedo.

Me han quitado las llaves y la cartera y ya no tengo el coche porque dicen que no me hacen falta y resulta que ahora no tengo esas cosas y eso es peor y no puedo ir al cine porque el portero dice que no puede dejarme entrar gratis y le digo que llevo muchos años pagando entradas y que todo lo que pasa allí dentro es una mentira muy grande y que las mentiras se regalan y el portero me dice: no se ponga usted violento. ¿Yo? Yo creo que le han dicho al portero que no me deje entrar porque el médico recomendó una vez a quien me acompañaba que me evitasen el contacto con los mundos ficticios porque eso podía agravar las pesadillas esas en las que ellos dicen que grito por las noches como si me estuvieran matando igual que matan a la gente en el cine. Una muerte de mentira. Pero ayer cogí dinero, me escapé y fui al cine, a otro cine.

Yo antes me acordaba de las cosas en la medida en que uno se acuerda de las cosas y ahora no es que no las recuerde, sino que las cosas ya no son lo mismo que antes. Ahora las cosas parecen tener vida propia y suceden fuera de mí y yo las entiendo hasta donde pueden entenderse, porque todo esto es imaginario y no sé qué pinto en medio de todas esas cosas que ni siquiera se entienden a sí mismas. La gente también son cosas, por supuesto. Me preguntan: ¿me conoces, sabes quién soy? Claro que sí: no eres nadie.

Yo también me hacía la ilusión de ser alguien hasta que las cosas cambiaron y me di cuenta de que ni tú tienes nada que ver con el mundo ni el mundo contigo. No hay punto de contacto entre una cosa y otra. El mundo está en una dimensión y tú estás en una dimensión diferente y no hay punto de intersección entre esas dimensiones ni nada.

Por ejemplo: ayer me hice un corte cuando me afeitaba y me han comprado una maquinilla eléctrica. Eso no había pasado nunca.

Yo antes me acordaba de las cosas, pero ya las cosas son las mismas mentiras que en el cine y ayer entré en un cine.


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sábado, 8 de julio de 2023

RELATO

 En el nº de esta semana publico un relato: LAS COSAS.



martes, 4 de julio de 2023

VICENTE NÚÑEZ

 En el nº de verano de TINTA LIBRE escribo una semblanza de Vicente Núñez, singularísimo y casi secreto poeta cordobés y el personaje más rutilante -como tal personaje- de cuantos he conocido.

(Retrato: Toño Benavides)



domingo, 2 de julio de 2023

NO MEZCLAR

 (Publicado en prensa)



Aplicar las convicciones religiosas a la política implica la comisión de al menos dos pecados, no sé si mortales o veniales: rebajar la vida espiritual al ámbito de lo público y elevar lo público a la esfera celestial, cuando lo prudente sería que cada cosa se mantuviese en su sitio: no es lo mismo estar convencido del disfrute de una ultravida en el paraíso de los justos que defender la justicia social en este valle de lágrimas, pongamos por caso. No existe incompatibilidad entre lo primero y lo segundo, claro está, aunque la prevalencia de lo uno sobre lo otro determinará nuestra cosmovisión: los que viven preocupados por esquivar el infierno teológico y los que viven preocupados por remediar el infierno social. 

       El problema suele detonarse cuando se confunde la moral religiosa con la moral cívica, que pueden ir en paralelo, pero no de la mano, ya que una creencia religiosa tiene una utilidad privada, en tanto que una creencia cívica tiene una aplicación –y una repercusión- colectiva. No sé: si alguien considera que la homosexualidad es una aberración, resulta normal que se escandalice con el desfile del Orgullo, pero la verdadera aberración de fondo es que se oponga a su celebración. Y aquí no queda más remedio que recurrir a la argumentación simplista: ¿qué derecho o razón asiste a alguien para imponer a otro lo que puede hacer o no, siempre y cuando lo que haga no suponga un quebrantamiento del contrato social, en el que la religión consta como fantasía optativa? Si una sociedad no logra armonizar su diversidad, mal iremos. Si pretendemos reprimir al diferente en nombre de un credo dogmático, es posible que no hayamos entendido de qué va este asunto tan complejo que es la vida.

         Estamos asistiendo al despliegue de movimientos ideológicos que prometen la rectificación de la realidad común -de por sí poliédrica- mediante el método de imponer una realidad única, acorde con una doctrina proteccionista del alma inmortal frente a los peligros terrenales, que al parecer son muy variados: la inmigración, el feminismo, la bandera gay e incluso el carril bici, entre otros.

         La Historia nos enseña, no obstante, que esos movimientos que prometen la reinstauración del orden frente a un supuesto caos y que pregonan la redención de una sociedad mediante la aplicación universal de la moralina acaban en grandes desórdenes sociales, entre otras cosas porque ir en contra de la realidad mediante la implantación de realidades artificiales y excluyentes no deja de ser un experimento tradicionalmente desastroso. De modo que casi mejor si nos tomamos las cosas con un poco de serenidad.


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jueves, 22 de junio de 2023

 En imprenta la 2ª edición.

(Gracias a quienes...)



lunes, 19 de junio de 2023

SOBREEXPOSICIÓN

 (Publicado en prensa)



Si tenemos un problema de fontanería, llamamos al fontanero, como es lógico, y no al veterinario o al electricista. Cada problema tiene su especialista y cada especialista tiene un problema complementario cuando no da con la causa del problema, lo que puede actuar en su descrédito, en parte por nuestra tendencia a pensar que todos los problemas tienen solución, en claro desprecio por lo irresoluble. Hay cosas, en fin, que no tienen solución posible, y en esos casos es cuando el especialista en resolver problemas específicos se ve obligado a recurrir a la frase más desoladora (“Esto no tiene arreglo”) de su repertorio de frases desoladoras, cuyo grado de desolación es variable: no es lo mismo que en el taller te digan que tienes que cambiar la tapa del delco que un médico te diga que tienen que trasplantarte un hígado.

         Pero desplacémonos al territorio de la fábula…

     Llamamos al fontanero porque un grifo nos gotea. Llega el hombre con su maletín, esparce el instrumental, tan abundante y variado que serviría para ensamblar un avión, y, al cabo de un rato, te dice que listo, aunque no puede asegurarte que el problema esté solucionado del todo, pues se trata de un grifo viejo que tiene desgastadas las piezas internas y lo suyo sería cambiarlo por uno nuevo. (Pero de momento, en fin, hay esperanza). Imaginemos que, al salir a la calle, al fontanero lo esperan quince o veinte periodistas y le preguntan: “¿Cómo ha ido la cosa?”. Y el fontanero, como es su obligación cívica, les atiende: “He tenido que cambiar el anillo de retención, pero el cartucho está calcificado y acabará dando problemas. Aunque soy optimista: hay grifo para dos o tres meses”. Imaginemos que las declaraciones del fontanero las retransmiten las televisiones y las emisoras de radio y que las publican todos los periódicos. Imaginemos que al poco comparece en rueda de prensa otro fontanero para informarnos de que no está de acuerdo con la reparación llevada a cabo por su colega, ya que el problema principal del grifo estaba en el disco de asiento, que no asentaba bien, y que todo ha sido una chapuza. Y ya se forma el lío entre los partidarios de uno y de otro, cada cual con su opinión sobre el problema del grifo.

     En política pasa un poco lo mismo: la realidad, que viene defectuosa de fábrica, se convierte en un grifo que hay que reparar, aunque cada cual disiente en cómo repararlo. Nos pasamos la vida, domingos incluidos, oyendo a nuestros políticos, aunque, por efecto de su sobreexposición, es como si oyésemos llover... cuando llovía. Y digo yo: ¿no sería más prudente que las campañas electorales consistieran en una quincena de silencio mediático por parte de los políticos y que, en cambio, durante la jornada de reflexión se dedicaran libremente a su guirigay habitual? Porque, se mire como se mire, tanto grifo ya cansa.


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martes, 13 de junio de 2023

domingo, 4 de junio de 2023

EL CUPO DE LOS CALLADOS

 (Publicado en prensa)




Tras unas elecciones vienen no solo las interpretaciones de las elecciones, sino también las controvertidas interpretaciones de las interpretaciones de las elecciones. Es unos de los privilegios o una de las servidumbres –según se quiera entender- de la política: ser un misterio insondable en el que todo el mundo se anima a sondear. Da la impresión, no sé, de que en política no importa tanto lo que pasa como lo que cada cual interpreta que ha pasado, y se hacen ahí más verdad que nunca aquellos versos de Ramón de Campoamor que han ascendido a dicho popular: todo es según del color del cristal con que se mira.

Cristales los hay de todos los colores y cada cual tiene el suyo, incluidos los cristales de aumento que magnifican las victorias y los cristales opacos que anublan un poco las derrotas, aunque en esto último parece ser que hemos avanzado desde aquellos tiempos en que, tras el recuento de votos, todos los partidos políticos se presentaban como ganadores morales, a pesar de que la moral fuese por un lado y los números por otro. Hoy, para variar, los políticos que pierden se resignan a haber perdido, lo que no deja de ser un gesto de respeto hacia la lógica, que es algo que los del vulgo agradecemos no saben ellos cuánto, pues no hay nada que nos descoloque y descorazone más que la pérdida del sentido de la realidad particular por parte de quienes aspiran a asumir la gestión de la realidad común.

         En una noche dominical de elecciones, ni siquiera la más trepidante de las películas puede competir con esas tertulias televisivas en las que analistas acreditados en el arte de la floritura politológica nos revelan a los votantes las razones ocultas –ocultas incluso para nosotros mismos- de nuestro voto. Gracias a eso, nos enteramos de por qué hemos votado a uno y no a otro, y así podemos dormir más tranquilos…o no, porque igual nos demuestran que hemos errado en la elección y la mala conciencia nos desvela.

         De lo que no habla casi nadie, al menos que yo sepa, es del porcentaje creciente de la abstención, lo que también admite una interpretación no diré que catastrofista, pero sí tal vez preocupante: en una democracia que damos por consolidada, un tercio del censo electoral vive en una especie de régimen anárquico, gracias al cual le trae sin cuidado quién gobierne y quién se encargue de fiscalizar desde la oposición a los gobernantes. ¿Desinformación, desideologización, desidia, desencanto? De todo habrá. Lo curioso es que se trata de un factor no diré que tabú, pero sí tácitamente silenciado, a pesar de que ese cupo de inhibidos representa un riesgo latente, especialmente –y paradójicamente- si alguna vez le diese en masa por votar.

lunes, 8 de mayo de 2023

LA NOVELA DE PUTIN

 (Publicado en prensa)



Excluidas las ficciones protagonizadas por James Bond, que iban a su aire, las novelas y películas centradas en las tensiones de la Guerra Fría se basaban en tejemanejes rocambolescos y en intrigas artificiosas que aspiraban a una verosimilitud preocupante y un tanto apocalíptica. Espías que envenenaban y espías envenenados. Agentes dobles y desertores. Delatores y confidentes. Mujeres fatales y agentes impasibles. Amenaza nuclear y gerifaltes rusos que salían de una borrachera para entrar en otra. Etc.

         La meta básica de cualquier creador de ficciones, así se valga de hechos reales para su tarea, es que el público asienta a su propuesta imaginativa no tanto por resultarle creíble como por resultarle fascinadoramente increíble.

         Nostálgico de la Guerra Fría y aficionado a la guerra en caliente, Vladimir Putin no está escribiendo en el libro de la Historia el equivalente de Guerra y paz, sino una novela de kiosco, en parte porque él mismo viene a ser un personajillo de novela barata. En esa mala novela de Putin no solo no existe verdad alguna, sino ni siquiera un atisbo de verosimilitud, y no existe desde su primera página, en la que planteó una intriga bastante burda: aquel despliegue de tropas en la frontera con Ucrania que justificó como unas maniobras militares tan rutinarias como inocentes, negando cualquier propósito de agresión. 

             Tras muchos capítulos de una narratividad chapucera y de un psicologismo mareante (el agresor como agredido, el verdugo como víctima, la víctima como terrorista…), la novela de Putin anda ahora por un tramo cercano a la ciencia-ficción: el presunto intento de liquidación de su persona por parte de los ucranianos -con el apoyo ineludible de EEUU- mediante unos drones explosivos que sobrevolaron el Kremlin, aunque por fortuna fueron derribados antes de consumar el magnicidio, a pesar de la circunstancia curiosa de que Putin no se hallaba allí en aquel momento, ya que pernocta en otro sitio. ¿A qué novelista medianamente cuerdo se le puede ocurrir un recurso narrativo como ese? A Putin, claro está, que, más que con Tolstoi, parece haberse formado intelectualmente no ya con las novelas de Ian Fleming, sino con las historietas de Mortadelo y Filemón. De todas formas, la novela de Putin se atiene por una vez a la coherencia: sus palmeros condecorados ya piden, como represalia, la cabeza de Zelenski.

         La novela de Putin empezó mal y acabará sin duda peor, aunque es posible que peor para todo el mundo. Y piensa uno, no sé, que, a la hora de elegir asunto para escribir su historia, Putin desvió el tiro: hubiera tenido más éxito popular en Rusia una novela en la que se describiese la orgía homosexual en que vivimos los europeos, por ejemplo, ya que esa es la visión que tiene de Occidente: sexo loco, depravación, atentado a la naturaleza humana…, tal vez porque, en sus visitas oficiales a los países del otro lado de la realidad, acabó, por una cosa o por otra, en los barrios gais. Pero él sabrá.


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