ABC. Sevilla
23 DE MAYO DE 2022
El
escritor de Rota recupera una de sus primeras novelas, La propiedad del
paraíso, sobre el final de la infancia
La
reedita El Paseo con un prólogo de Caballero Bonald, un epílogo del autor y una
selección de poemas afines
JESÚS MORILLO
Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960)
es uno de los autores esenciales de la literatura andaluza y, por extensión,
española, gracias a una obra que discurre sin altibajos por géneros literarios
tan diferentes como la novela, la poesía, el relato, el ensayo o el
articulismo. En narrativa es autor de novelas tan sorprendentes como
hilarantes, entre las que El novio del
mundo (1998) resulta ejemplar y protagonizada por Walter Arias, uno de los
personajes más admirados y con más fans de la literatura española actual.
Mientras que sus poemarios,
algunos como Vidas improbables,
distinguido con el Nacional de Poesía en 1996, lo revelan con uno de los
grandes poetas de su generación, por no hablar de ensayos como El intruso
honorífico, diccionario de autor que se llevó el premio Manuel Alvar en 2019.
Este último volumen habla también
del estupendo momento creativo del escritor gaditano, que cerró 2020 con la
hilarante y pandémica novela La
conspiración de los conspiranoicos y dio carpetazo al año pasado con el
excelente poemario, algo elegiaco y a vueltas con el tiempo, Un mentido color.
Libros a los que ahora suma la recuperación por parte de El Paseo de una
deliciosa novela inicial, La propiedad
del paraíso (1995), sobre la irrupción del deseo que pone fin a la
infancia.
Una narración deslumbrante en la
que los juegos de indios y piratas del protagonista con sus hermanos o los
superhéroes de los cómics van dejando paso a voluptuosas novias imaginarias
salidas de la pista de un circo o la fascinación por el pie desnudo de la
profesora particular. Una edición que rescata, junto a la novela, un prólogo de
Caballero Bonald, un esclarecedor epílogo del propio Benítez Reyes y una serie
de poemas del autor relacionados con el mundo de la infancia. Todo un festín
literario.
-La primera pregunta es
para mí evidente. ¿Por qué ha decidido recuperar precisamente ahora La propiedad del paraíso?
-Por nada en especial. El libro estaba descatalogado y encajaba bien en
esa colección de la editorial El Paseo. Eso sí, esta edición va con muchos
complementos. Se trataba de darle una nueva vida en estos tiempos en que los
libros son cada vez más perecederos, por el ritmo vertiginoso de las novedades.
-¿Y por qué esta novela y
no Chistera de duende
(1991) o Humo (1995)?
-También ha sido casual. Al editor le pareció bien esta opción.
-Tanto en su novela como
en Los años
irreparables de Rafael Montesinos el
protagonista da carpetazo a la infancia de la mano del descubrimiento del sexo,
¿realmente ese es el fin de la infancia?
-En buena parte me temo que sí. El despertar del instinto sexual creo
que provoca un giro de 180 grados en el pensamiento y en la emocionalidad. Y
apenas hay un proceso: un día estás jugando con unos pistoleros y unos indios
de plástico y al día siguiente estás pensando en cómo será ver a una mujer
desnuda. Los niños de mi pueblo tuvimos suerte en ese particular, porque aquí,
a través de la base americana, nos llegaba de vez en cuando algún ejemplar de Playboy.
-La voz narrativa es uno
de los grandes atractivos de la novela, para crearla se valió de experiencias
propias y ajenas, ¿es así como suele construir los personajes de sus novelas?
-Más o menos sí. Para mí, la novela es un espacio para la invención, no
para el testimonio. No me interesa que sea el espacio de la autobiografía. Lo
que me atrae de la literatura es que admita la fantasía total, la ordenación de
unas realidades imaginarias. La poesía es otra cosa, se rige por un código
distinto. En un poema, normalmente estás hablando desde ti, desde tu
conciencia, desde tus percepciones. En una novela eso cambia. Estás
construyendo un personaje, configurándole una conciencia que no tiene por qué
coincidir con la tuya. Componiendo un muñeco con habilidades, digamos.
-Caballero Bonald señala
en el perspicaz prólogo que incluye esta edición que usted se vale
"normalmente de su óptimo aparejo de poeta para rebuscar el pasado de su protagonista",
¿su condición de poeta transpira en toda su obra en otros géneros, como la
narrativa? ¿Por ese motivo ha incluido en el apéndice final poemas que pueden
relacionarse con pasajes de la novela?
-Las novelas consideradas poéticas no me gustan demasiado, sobre todo
porque suelen ser falsamente poéticas. Tendemos a pensar que una novela es
poética cuando pone en escorzo una sentimentalidad vehemente, amplificada, pero
es que la poesía no es eso, o no sólo eso. La poesía es menos vaguedad que precisión,
menos evanescencia que intensidad. Por otra parte, el énfasis emocional, en un
poema, le resta no solo efectividad, sino también credibilidad, y a un poema le
conviene resultar creíble. El lenguaje de la buena poesía suele ser muy exacto,
aunque el mensaje admita reverberaciones múltiples. La idea de dar al final del
libro una serie de poemas relacionados con la infancia responde al propósito de
complementar el contenido de la novela desde un registro diferente.
-También me parecen muy
apreciables todas esas alusiones a la cultura popular, que pueden rastrearse en
otras novelas suyas, pero que aquí están tan presentes y que son claves en la
formación del niño, de los tebeos a las películas de piratas, ¿cómo ha influido
en su obra la cultura popular? ¿Distingue entre alta y baja cultura o es una
distinción espuria?
-Así, genéricamente, no soy partidario de hacer distingos, aunque los
haya. Hay mucha alta cultura que no vale nada, al ser algo del todo inerte, y
hay manifestaciones de la cultura popular que están llenas de vida. Son grados,
no sé. Entiende uno que, en un plano de jerarquía artística, un cuadro de Goya
está por encima de una maceta de cerámica trianera, pero eso no le resta valor
por sí misma a la maceta. Una chirigota gaditana puede estar al mismo nivel de
efectividad satírica que Quevedo, por ejemplo. Yo me crie leyendo tebeos,
primero infantiles y luego los de Marvel, y escuchando música norteamericana y
británica, blues y rock, de modo que me dice más Jimi Hendrix que Wagner, lo
que no quiere decir que no aprecie el genio de Wagner, pero mi vínculo
emocional y estético con él no ha existido nunca. El mapa de la cultura es
siempre algo personal, y depende mucho de los azares, de las casualidades. La
cultura se interioriza, y allí dentro las jerarquías no son las convencionales.
-Echando la vista atrás,
usted hace autocrítica en el divertido epílogo que cierra el libro, al
calificar la novela de 'demasiado escrita', ¿siente que su obra novelística ha
sido desde entonces un proceso de depuración y decantación de estilo?
-No lo sé. El problema de releer cosas propias es que siempre produce
insatisfacción, sobre todo porque ahora las escribiría de una manera totalmente
distinta. Esa insatisfacción creo que es consustancial a la profesión, y de ahí
tal vez que uno siga escribiendo. La insatisfacción con respecto a lo que has
escrito es una buena musa.
-¿Realmente la
insatisfacción es su musa dominante y cada vez se siente más inseguro a la hora
de ponerse a escribir? ¿El oficio no sirve de nada o es que sencillamente hay
que olvidarlo conscientemente cuando se inicia una nueva obra?
-La dominante tal vez no, pero sí una musa muy determinante. Y sí, por
mal que esté decirlo, cada vez escribo con mayor inseguridad. No creo que eso
sea malo. Un escritor debe desconfiar de sí mismo como tal escritor. En el
momento en que te sientes demasiado seguro, lo más normal es que te equivoques.
El oficio ayuda, pero no resuelve. Puede servir para evitar errores de bulto,
pero no errores de detalle, y la literatura se hace esencialmente con detalles.
-Su novela fue calificada
como obra maestra por un poeta y editor famoso, y hubo editoriales que la
rechazaron por 'overbooking', ¿cree que de alguna manera, y no piense solo en
su novela, la literatura no siempre encuentra su editor en el mundo editorial
actual?
-Es raro que un buen libro no acabe encontrando editor. Hay precedentes
históricos de rechazos editoriales muy sonados. No se libraron ni Joyce ni
Proust ni Nabokov, por ejemplo. Pero eso no tiene importancia, porque las
valoraciones de una obra pueden ser muy caprichosas, sometidas no sólo a
criterios estéticos, sino también comerciales. Un punto de incomprensión por
parte de la industria editorial puede ser incluso un buen síntoma.
P O E S Í A
“Nuestra memoria no pasa de
ser una fantasía basada en hechos reales”
-Recientemente publicó un
estupendo libro de poemas, Un mentido color, que relaciono
con La propiedad del paraíso en
cuestiones que tienen que ver con la memoria, la volatilidad de las identidades
y el mantenimiento de una cierta perplejidad frente al mundo. ¿El tiempo y la
memoria son dos de los grandes temas de su poesía?
-Creo que sí. Nuestra idea del tiempo, de su fluir por nosotros, es
bastante enigmática, muy rara. Somos una sucesión, pero a la vez tenemos que
convencernos de que somos una unidad coherente y permanente. De que tenemos una
identidad estable. Y eso estaría por ver. Es posible que la persona que nos
resulta más incomprensible de todo el mundo seamos nosotros mismos. Nuestra
memoria no pasa de ser una pura fantasía basada en hechos reales.
-En este libro también
plantea el tema del desdoblamiento del autor o de la identidad, en un largo
poema con referencias a Pessoa, ¿a veces hay que desdoblarse en otro, como
Pessoa en Bernardo Soares, para llegar a una verdad literaria?
-Quién sabe. Como le decía, más que una unidad, cada persona es una
multitud. Somos entes inestables. Si nos acogemos al pensamiento, puede
traicionarnos la emoción, o viceversa.
-En el poema 'Las artes y
las ciencias' escribe: 'Los artesanos /de todo lo palpable y lo invisible. /
Siendo, afanosamente, en lo que hacemos. / Escultores de humo y fugitivos”.
¿Esa sería una buena definición para un poeta?
-Tal vez. Pero no solo para un poeta, sino también para cualquiera.
Tenga en cuenta que todos estamos obligados a una tarea titánica, que no es
otra que la de inventarnos una vida. Para asentarnos en el mundo. Para que la
convivencia con nosotros mismos no acabe convertida en una pesadilla.