martes, 24 de mayo de 2022

UNA ENTREVISTA

 ABC. Sevilla

23 DE MAYO DE 2022



 



El escritor de Rota recupera una de sus primeras novelas, La propiedad del paraíso, sobre el final de la infancia

La reedita El Paseo con un prólogo de Caballero Bonald, un epílogo del autor y una selección de poemas afines

 

JESÚS MORILLO

Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) es uno de los autores esenciales de la literatura andaluza y, por extensión, española, gracias a una obra que discurre sin altibajos por géneros literarios tan diferentes como la novela, la poesía, el relato, el ensayo o el articulismo. En narrativa es autor de novelas tan sorprendentes como hilarantes, entre las que El novio del mundo (1998) resulta ejemplar y protagonizada por Walter Arias, uno de los personajes más admirados y con más fans de la literatura española actual.

 Mientras que sus poemarios, algunos como Vidas improbables, distinguido con el Nacional de Poesía en 1996, lo revelan con uno de los grandes poetas de su generación, por no hablar de ensayos como El intruso honorífico, diccionario de autor que se llevó el premio Manuel Alvar en 2019.

Este último volumen habla también del estupendo momento creativo del escritor gaditano, que cerró 2020 con la hilarante y pandémica novela La conspiración de los conspiranoicos y dio carpetazo al año pasado con el excelente poemario, algo elegiaco y a vueltas con el tiempo, Un mentido color. Libros a los que ahora suma la recuperación por parte de El Paseo de una deliciosa novela inicial, La propiedad del paraíso (1995), sobre la irrupción del deseo que pone fin a la infancia.

 Una narración deslumbrante en la que los juegos de indios y piratas del protagonista con sus hermanos o los superhéroes de los cómics van dejando paso a voluptuosas novias imaginarias salidas de la pista de un circo o la fascinación por el pie desnudo de la profesora particular. Una edición que rescata, junto a la novela, un prólogo de Caballero Bonald, un esclarecedor epílogo del propio Benítez Reyes y una serie de poemas del autor relacionados con el mundo de la infancia. Todo un festín literario.

 -La primera pregunta es para mí evidente. ¿Por qué ha decidido recuperar precisamente ahora La propiedad del paraíso?

-Por nada en especial. El libro estaba descatalogado y encajaba bien en esa colección de la editorial El Paseo. Eso sí, esta edición va con muchos complementos. Se trataba de darle una nueva vida en estos tiempos en que los libros son cada vez más perecederos, por el ritmo vertiginoso de las novedades.

 -¿Y por qué esta novela y no Chistera de duende (1991) o Humo (1995)?

-También ha sido casual. Al editor le pareció bien esta opción.

 -Tanto en su novela como en Los años irreparables de Rafael Montesinos el protagonista da carpetazo a la infancia de la mano del descubrimiento del sexo, ¿realmente ese es el fin de la infancia?

-En buena parte me temo que sí. El despertar del instinto sexual creo que provoca un giro de 180 grados en el pensamiento y en la emocionalidad. Y apenas hay un proceso: un día estás jugando con unos pistoleros y unos indios de plástico y al día siguiente estás pensando en cómo será ver a una mujer desnuda. Los niños de mi pueblo tuvimos suerte en ese particular, porque aquí, a través de la base americana, nos llegaba de vez en cuando algún ejemplar de Playboy.

 -La voz narrativa es uno de los grandes atractivos de la novela, para crearla se valió de experiencias propias y ajenas, ¿es así como suele construir los personajes de sus novelas?

-Más o menos sí. Para mí, la novela es un espacio para la invención, no para el testimonio. No me interesa que sea el espacio de la autobiografía. Lo que me atrae de la literatura es que admita la fantasía total, la ordenación de unas realidades imaginarias. La poesía es otra cosa, se rige por un código distinto. En un poema, normalmente estás hablando desde ti, desde tu conciencia, desde tus percepciones. En una novela eso cambia. Estás construyendo un personaje, configurándole una conciencia que no tiene por qué coincidir con la tuya. Componiendo un muñeco con habilidades, digamos.

 -Caballero Bonald señala en el perspicaz prólogo que incluye esta edición que usted se vale "normalmente de su óptimo aparejo de poeta para rebuscar el pasado de su protagonista", ¿su condición de poeta transpira en toda su obra en otros géneros, como la narrativa? ¿Por ese motivo ha incluido en el apéndice final poemas que pueden relacionarse con pasajes de la novela?

-Las novelas consideradas poéticas no me gustan demasiado, sobre todo porque suelen ser falsamente poéticas. Tendemos a pensar que una novela es poética cuando pone en escorzo una sentimentalidad vehemente, amplificada, pero es que la poesía no es eso, o no sólo eso. La poesía es menos vaguedad que precisión, menos evanescencia que intensidad. Por otra parte, el énfasis emocional, en un poema, le resta no solo efectividad, sino también credibilidad, y a un poema le conviene resultar creíble. El lenguaje de la buena poesía suele ser muy exacto, aunque el mensaje admita reverberaciones múltiples. La idea de dar al final del libro una serie de poemas relacionados con la infancia responde al propósito de complementar el contenido de la novela desde un registro diferente.

 -También me parecen muy apreciables todas esas alusiones a la cultura popular, que pueden rastrearse en otras novelas suyas, pero que aquí están tan presentes y que son claves en la formación del niño, de los tebeos a las películas de piratas, ¿cómo ha influido en su obra la cultura popular? ¿Distingue entre alta y baja cultura o es una distinción espuria?

-Así, genéricamente, no soy partidario de hacer distingos, aunque los haya. Hay mucha alta cultura que no vale nada, al ser algo del todo inerte, y hay manifestaciones de la cultura popular que están llenas de vida. Son grados, no sé. Entiende uno que, en un plano de jerarquía artística, un cuadro de Goya está por encima de una maceta de cerámica trianera, pero eso no le resta valor por sí misma a la maceta. Una chirigota gaditana puede estar al mismo nivel de efectividad satírica que Quevedo, por ejemplo. Yo me crie leyendo tebeos, primero infantiles y luego los de Marvel, y escuchando música norteamericana y británica, blues y rock, de modo que me dice más Jimi Hendrix que Wagner, lo que no quiere decir que no aprecie el genio de Wagner, pero mi vínculo emocional y estético con él no ha existido nunca. El mapa de la cultura es siempre algo personal, y depende mucho de los azares, de las casualidades. La cultura se interioriza, y allí dentro las jerarquías no son las convencionales.

 -Echando la vista atrás, usted hace autocrítica en el divertido epílogo que cierra el libro, al calificar la novela de 'demasiado escrita', ¿siente que su obra novelística ha sido desde entonces un proceso de depuración y decantación de estilo?

-No lo sé. El problema de releer cosas propias es que siempre produce insatisfacción, sobre todo porque ahora las escribiría de una manera totalmente distinta. Esa insatisfacción creo que es consustancial a la profesión, y de ahí tal vez que uno siga escribiendo. La insatisfacción con respecto a lo que has escrito es una buena musa.

 -¿Realmente la insatisfacción es su musa dominante y cada vez se siente más inseguro a la hora de ponerse a escribir? ¿El oficio no sirve de nada o es que sencillamente hay que olvidarlo conscientemente cuando se inicia una nueva obra?

-La dominante tal vez no, pero sí una musa muy determinante. Y sí, por mal que esté decirlo, cada vez escribo con mayor inseguridad. No creo que eso sea malo. Un escritor debe desconfiar de sí mismo como tal escritor. En el momento en que te sientes demasiado seguro, lo más normal es que te equivoques. El oficio ayuda, pero no resuelve. Puede servir para evitar errores de bulto, pero no errores de detalle, y la literatura se hace esencialmente con detalles.

 -Su novela fue calificada como obra maestra por un poeta y editor famoso, y hubo editoriales que la rechazaron por 'overbooking', ¿cree que de alguna manera, y no piense solo en su novela, la literatura no siempre encuentra su editor en el mundo editorial actual?

-Es raro que un buen libro no acabe encontrando editor. Hay precedentes históricos de rechazos editoriales muy sonados. No se libraron ni Joyce ni Proust ni Nabokov, por ejemplo. Pero eso no tiene importancia, porque las valoraciones de una obra pueden ser muy caprichosas, sometidas no sólo a criterios estéticos, sino también comerciales. Un punto de incomprensión por parte de la industria editorial puede ser incluso un buen síntoma.

 

P O E S Í A

“Nuestra memoria no pasa de ser una fantasía basada en hechos reales”

 -Recientemente publicó un estupendo libro de poemas, Un mentido color, que relaciono con La propiedad del paraíso en cuestiones que tienen que ver con la memoria, la volatilidad de las identidades y el mantenimiento de una cierta perplejidad frente al mundo. ¿El tiempo y la memoria son dos de los grandes temas de su poesía?

-Creo que sí. Nuestra idea del tiempo, de su fluir por nosotros, es bastante enigmática, muy rara. Somos una sucesión, pero a la vez tenemos que convencernos de que somos una unidad coherente y permanente. De que tenemos una identidad estable. Y eso estaría por ver. Es posible que la persona que nos resulta más incomprensible de todo el mundo seamos nosotros mismos. Nuestra memoria no pasa de ser una pura fantasía basada en hechos reales.

 -En este libro también plantea el tema del desdoblamiento del autor o de la identidad, en un largo poema con referencias a Pessoa, ¿a veces hay que desdoblarse en otro, como Pessoa en Bernardo Soares, para llegar a una verdad literaria?

-Quién sabe. Como le decía, más que una unidad, cada persona es una multitud. Somos entes inestables. Si nos acogemos al pensamiento, puede traicionarnos la emoción, o viceversa.

 -En el poema 'Las artes y las ciencias' escribe: 'Los artesanos /de todo lo palpable y lo invisible. / Siendo, afanosamente, en lo que hacemos. / Escultores de humo y fugitivos”. ¿Esa sería una buena definición para un poeta?

-Tal vez. Pero no solo para un poeta, sino también para cualquiera. Tenga en cuenta que todos estamos obligados a una tarea titánica, que no es otra que la de inventarnos una vida. Para asentarnos en el mundo. Para que la convivencia con nosotros mismos no acabe convertida en una pesadilla.

 

 

 

 

 


lunes, 23 de mayo de 2022

LA CRISPACIÓN

 (Publicado en prensa)


Según una encuesta del CIS, el 90,4 de los españoles está harto de la crispación política. Cabe suponer que el 9,6 restante tiene la suerte de pertenecer a la clase política, que, lejos de estar harta de su crispación interna, parece adicta a los mecanismos de distorsión de la realidad mediante el recurso a la disputa enconada y permanente, cualidad que comparte con las bandas juveniles.

         Da la impresión de que los políticos, desde su invención histórica como tales políticos, han optado por teatralizar la divergencia desde el registro de la sobreactuación, partiendo tal vez del principio pintoresco de que el entendimiento con el adversario sería un síntoma de debilidad ideológica: mientras se pueda llegar a posiciones irreconciliables, ¿para qué perder el tiempo en conciliar, si al fin y al cabo lo único que se pierde por el camino es el interés público?

         Al tratarse de una profesión muy antigua, los políticos han ido adquiriendo algunos resortes peculiares, entre los que se cuenta el de dar por hecho que la gente considera un acto de civismo democrático el que los políticos se digan barbaridades entre sí, y que lo hagan desde el extraño convencimiento de que ese clima de pendencia afianza la afición atávica de la ciudadanía por el pasatiempo de la discordia. La identificación popular de la actividad política con la desavenencia continuada entre rivales no sabe uno a quién beneficiará, pero, visto lo visto, parece ser que a quienes más vociferan, que acaban siendo los más peligrosos, ya que son quienes mejor saben aprovechar lo que los partidos supuestamente moderados deberían moderar: la irritación como argumento, la algarabía como fundamento y la demagogia como estrategia de seducción de masas.

         Nadie es lo suficientemente ingenuo como para aspirar a que la política sea –nunca lo ha sido- un ejercicio de armonización entre contrarios, pero nadie es tampoco lo suficientemente pesimista como para resignarse a que los políticos se comporten como diablos de Tasmania. Deberían comprender, en fin, que no les pedimos que sean ingeniosos, malévolos o sarcásticos, porque nos conformaríamos con que fuesen eficientes, decentes y discretos y que, de paso, entendieran que los gobernados no esperamos de los gobernantes un espectáculo, sino una gestión. Quizá deberían caer también en la cuenta de que son ellos quienes copan los informativos, seguidos a corta distancia por el fútbol, de modo que corren el riesgo de que, a este paso, acabemos viéndolos como títeres de cachiporra, lo que no deja de ser un destino laboral manifiestamente mejorable. Pero ellos sabrán.

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UN MENTIDO COLOR

 


Álvaro Valverde escribe sobre este libro en EL CULTURALFelipe Benítez Reyes, contra el tiempo y la fugacidad (elespanol.com)

jueves, 19 de mayo de 2022

CABALLERO BONALD


Puede descargarse gratuitamente en este enlace:
https://www.juntadeandalucia.es/cultura/caletras/libros/caballero-bonald-entre-el-mito-y-el-verbo?fbclid=IwAR11HnfiwCCY2nmJkDSSRD6VFJRq1xvFaahywoRJfMdxygW0Fp0ZbNx05Sg

Quien lo prefiera en papel (la edición, diseñada por Juan Vida, es muy bonita, en papel verjurado e interior a dos tintas), lo tiene disponible aquí al precio entre ridículo y simbólico de 4 euros: https://www.tiendasculturalesdeandalucia.es/cultura/tiendas-culturales/web/guest/articulos/-/articulo/35106?fbclid=IwAR20r75183JME1LLv1l_z6gGhKT4QBo9FoFRk_qD7AwTlwzm8xI-vbRN53M

miércoles, 18 de mayo de 2022

martes, 10 de mayo de 2022

LOS VACÍOS

 (Publicado en prensa)



Quien se siente con derecho a destruir la casa de alguien no es raro que se sienta con derecho a destruir el mundo, porque en ese caso la escala no admite mucha gradación: entre una cosa y otra apenas hay distancia moral, precisamente por tratarse de un vacío moral.

Vemos a diario cómo las tropas rusas destruyen ciudades ucranianas, y nuestros ojos se habitúan, con estupor e incredulidad, a ese proceso irracional de devastación, a esa escenografía de escombros y de estructuras metálicas retorcidas, a esos planos con cadáveres en escorzo, a esas secuencias de personas que huyen de su lugar en el mundo con un gesto que mezcla la fatalidad con el espanto.

         Una casa debería ser un lugar sagrado: el espacio en que cada cual desarrolla su intimidad y su soledad, en que concibe sus espejismos y en que afronta sus adversidades. El espacio, en suma, en que todos nos sentimos refugiados de la realidad y a la vez integrados en ella. Una casa puede tener las ventanas abiertas de par en par o ser por el contrario, y a la vez, un baluarte: es nuestro sitio. La geopolítica no debería entrar allí sin nuestro consentimiento.

         Nos pasamos años y años dando forma a nuestra casa, que acaba siendo un reflejo de nosotros. La llenamos de recuerdos, de baratijas que acaban siendo valiosas porque nos gustan, de muebles que aprenden a ser útiles, de sillones que aprenden a resultarnos confortables, de objetos que adquieren la condición de fetiches privados. Pero, de repente, en cuestión de segundos, todo eso puede saltar por los aires y desaparecer, convertido en ceniza y chatarra, por la decisión de un fantoche que ha decidido alimentar en su cabeza delirante un sueño imperial, una fantasía megapatriótica, sin tener en cuenta que la patria esencial de una persona está en su casa, de puertas para adentro, donde cada uno es el emperador de su insignificancia, sí, pero también el gobernante de sus ilusiones, que son las que nos engrandecen.

         Vemos ciudades destruidas que son metáforas desoladoras de la barbarie por la barbarie, del sinsentido por el sinsentido, de la crueldad que se satisface a sí misma.

         Alguien camina por una calle en la que antes bullía la vida y ahora es un páramo desolador, el decorado fantasmagórico de una pesadilla. Alguien se asoma al escaparate destruido de un negocio que alguien se afanó en decorar, mimando los detalles, y ahora es la ruina de un sueño. Alguien mira el vacío en que hasta hace poco había algo. Alguien vuelve a su casa y su casa no existe.


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domingo, 8 de mayo de 2022

viernes, 29 de abril de 2022

REGRESIONES

(Publicado en prensa)



Las epidemias nos sonaban a cosa medieval, pero nos sobrevino una pandemia que nos trasladó en un abrir y cerrar de ojos no solo a un ámbito de incertidumbre y de angustia, de extrañeza y de estupor, sino también al territorio de la pura irrealidad, hasta el punto de vernos cautivos en nuestra casa, temerosos de un mal invisible que nos asediaba como un arma química de expansión aérea.

Pensábamos que las erupciones volcánicas eran algo que pasaba en algunas películas catastrofistas y en algunos países exóticos, pero durante unos meses seguimos en tiempo real el ritmo del fluir de la lava en la isla de La Palma, sobrecogidos por la grandiosidad aterradora de una fuerza destructiva ante la que la acción humana quedaba limitada al papel de espectador, a la espera del aplacamiento espontáneo de aquella voracidad pavorosa que nos brindaba diariamente, en los informativos, un espectáculo propio de la pesadilla.

Creíamos que la Segunda Guerra Mundial sería la última, pero estamos hoy con el alma en vilo ante la posibilidad de una tercera, que podría detonarse por la voluntad del delirante autócrata ruso y por una sencilla y desventurada conjunción de azares imprevistos. Creíamos también que los autócratas delirantes eran  una lacra propia de los países subdesarrollados, pero ahí tenemos de vecino a un gobernante que se comporta menos como tal gobernante que como un patrón del narcotráfico y que se permite amenazar al mundo con una guerra nuclear, mientras destruye un país con estrategias que tienen  menos de militares que de homicidas.

Hay quienes se distraen en suponer que algún día, gracias al perfeccionamiento de nuestros códigos de civilización, el mundo será un lugar sin conflictos ideológicos, sin tensiones internacionales y sin luchas interclasistas, pero es muy probable que ese futurible no pase de ser una utopía demasiado cándida, sobre todo porque el factor determinante para la consecución de esa utopía es el género humano, que tiende por naturaleza al desarrollo afanoso de distopías. Llevamos en la mente ese defecto de fábrica, esa irracionalidad congénita, esa atracción por los abismos. Ahora, cuando deberíamos estar escarmentados por los precedentes históricos, los caudillos de la ultraderecha ganan fuerza en Europa, nostálgica de repente de no sabe uno qué antiguas esencias patrióticas y, a la vez, entusiasta de la ingenuidad colectiva ante los discursos simplificados que mezclan la demagogia chulesca y burda con la promesa de purificación de la clase política como paso previo para purificar la sociedad en pleno.

         Y es que ya no sabe uno si lo que nos corresponde es llevar en la mano un teléfono de última generación o un garrote.


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martes, 22 de marzo de 2022

EL TRÁNSITO

 (Publicado el viernes en EL CULTURAL)




Una paloma ha elegido mi terraza para su agonía.

El encuentro inesperado nos sobresalta a ambos,

pero ella al instante parece comprender:

yo no soy el heraldo de su muerte,

y sigue, indiferente, en un rincón,

con el plumaje hinchado.

 

Diré lo previsible: en sus ojos creo leer

una súplica, un desvalimiento

ante lo para ella incomprensible:

¿qué es la muerte,

la enemiga de su vuelo,

esa cosa invisible que la postra

en territorio extraño?

 

Hace un momento se ha mudado a una zona de sol,

buscando alivio al frío que sin duda le invade,

el bálsamo de luz que ahuyente el mal.

 

Sé que dentro de unas horas

tendré que recoger su cadáver

y escribo esto por no poder decirle:

“Tranquila, pasará pronto.

Lo peor de la muerte es conocerla

desde mucho tiempo antes de morir.

Tú pudiste volar y fuiste eterna”.


F.B.R. 2021

lunes, 21 de marzo de 2022

domingo, 20 de marzo de 2022

LA GENTE

 (Publicado en prensa)



Los analistas geopolíticos se afanan en desentrañar las causas de la invasión de Ucrania, pues no hay sinsentido que no admita un examen razonado, pero lo que resulta difícil es encontrarle -con geopolítica o sin ella- la más mínima justificación, en especial si partimos de la convicción de que una guerra, la gane quien la gane, la perdemos todos, al ser cualquier solución bélica un fracaso no sólo de nuestro concepto de civilización, sino también de nuestro concepto de mera humanidad.

A estas alturas de la Historia, con su cúmulo de escarmientos, una guerra degrada al género humano y lo sitúa a la altura del salvajismo, de la sinrazón y del delirio. Hoy por hoy, la barbarie es más barbarie que nunca, entre otras cosas porque parece comprobado que el recurso a la fuerza para solucionar un conflicto deriva en una paradoja: la solución acaba siendo el problema.

Putin ni siquiera se ha molestado en apoyar su guerra en un discurso acogido a la lógica de la irracionalidad, ya que le han bastado los simples pretextos. Entre otros, el de evitar un presunto genocidio en las zonas prorrusas del este de Ucrania, aunque ha optado por evitarlo de una manera un tanto extravagante: llevando a cabo un genocidio en el resto del país invadido, y a costa además de la vida de un número considerable de soldados rusos, que han muerto o van a morir para satisfacer el sueño megalómano de una mente criminal.

Nadie ignora que la OTAN no se rige por el mismo código que un santuario budista ni que EEUU tiene un largo historial de hipocresía y de vandalismo en su política exterior, pero no parece oportuno en este momento recurrir al memorial de infamias propias, sobre todo a partir del instante en que Putin, un narcisista embriagado de poder y de sí mismo, ordenó activar el estado de alerta en el arsenal nuclear ruso o, lo que es lo mismo, a amenazar al mundo con una destrucción a gran escala. Dar ese paso supone cruzar la frontera del infierno. Resulta complicado, en fin, aplicar parámetros de estrategia geopolítica a una estrategia de apariencia meramente psicótica.

La enseñanza más desoladora que nos proporciona esta guerra es la de la fragilidad de nuestro mundo, de nuestra forma de vida y de nosotros, los espectadores de este juego macabro en cuyo desencadenamiento y solución no pintamos nada y en el que estamos implicados de lleno por vía tangencial. Tendemos a confiar nuestro destino común en manos peligrosas y somos esos entes abstractos que votan de vez en cuando como quien juega a la ruleta, incluida la rusa. Somos los extras que padecen o mueren en medio de una obra teatral que escriben otros. Somos “la gente”. Es decir, nadie.


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sábado, 19 de marzo de 2022

LA PROPIEDAD DEL PARAÍSO


Hasta el 28 de marzo está disponible la opción de reservar un ejemplar con dedicatoria y recibirlo a principios de abril.

En la web de El Paseo Editorial se indican los pasos:

http://elpaseoeditorial.com/es/inicio/103-la-propiedad-del-paraiso-9788419188021.html?fbclid=IwAR0BFCQFYthvwXn6p_KW-8BFN56dxdZJE3-fXv5ztvM-aIYKDoEjOxw_WJk

En librerías, a partir de la tercera semana de abril.

miércoles, 9 de marzo de 2022

LA PIEL

 



LA PIEL

Directora: Liliana Cavani

(1981)

FILMIN

40 años después, he vuelto a ver esta película, basada en el libro homónimo de Curzio Malaparte, aquel personaje escurridizo, acomodaticio, narcisista y sumamente turbio que fue protegido de Mussolini y a quien Mussolini acabó encarcelando, aunque no porque el escritor derivase en antifascista, sino más bien porque fue un ultrafascista que se enfrentó, desde su vanidad intelectual, a jerarcas más poderosos que él. Tuvo suerte: aquellas detenciones le sirvieron a la larga para blanquear su pasado.

Tanto Kaputt (fruto de su tarea como corresponsal en el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial) como La piel (sobre la vida en Nápoles tras la llegada de las tropas de liberación norteamericanas) me parecen libros magníficos, tanto por lo que cuentan como por cómo lo cuentan... aunque en Malaparte nunca se sabe si cuenta una media verdad o una media mentira. (Se sospecha, por ejemplo, que la primera versión de Kaputt era germanófila, hasta que se dio cuenta de que los alemanes iban a perder la guerra y la modificó).

Estilista barroco, tendente al efectismo -incluso al tremendismo-, vanaglorioso y de principios morales sospechosamente variables, esos dos libros suyos resultan, en fin, fascinantes, aunque tal vez más como literatura que como testimonio, por lo dicho de su volubilidad moral.

Liliana Cavani, en su película, que en esta revisión me ha parecido bastante buena, pone el acento en los aspectos más grotescos y macabros del libro, y lo hace a mi entender, en fin, con muy buen pulso -no era fácil- y con muy buen resultado.

domingo, 6 de marzo de 2022

LA FRAGILIDAD

 









La pandemia puso a prueba nuestra capacidad para enfrentarnos a un dislocamiento repentino de la realidad. Por una cosa o por otra, todos nos convertimos en epidemiólogos, en virólogos y en vacunólogos espontáneos. Ahora hemos pasado de la fatiga pandémica al estupor bélico: Rusia invade Ucrania y de repente nos vemos obligados a añadir a nuestro currículo el título de experto en geopolítica, a pesar de que el punto de partida no es el idóneo: incluso algunos de nuestros cargos públicos siguen convencidos de que el de Rusia es un régimen comunista, lo que no deja de ser tan exacto como suponer que la Junta de Andalucía está en manos de caudillos musulmanes.

         Puesto que la ultraderecha española se ha concedido el derecho a legitimar todos los disparates que se les pasen por la cabeza a sus histriónicos representantes, no duda en achacar a los socios del Gobierno central una complicidad ideológica con el dirigente ruso, lo que no deja de resultar un poco desconcertante, dada la simpatía recíproca –más estratégica que estrictamente emocional- entre Putin y los líderes de las ultraderechas europeas, a las que se sospecha –y algo más- que financia, en parte por sintonía ideológica y en gran parte por su afán de desestabilizar desde dentro las democracias occidentales.

         En el frente ideológico contrario, algunos socios gubernamentales se han opuesto a la ayuda militar a Ucrania con el argumento, igualmente desconcertante, de que las armas agravan los conflictos bélicos. (Sin duda, sobre todo si no tienes armamento para defenderte de quienes te atacan). Como alternativa, abogan por agotar la vía diplomática con un dirigente que se ha burlado desde el principio de la diplomacia internacional. Gracias a ese espíritu flower power, se supone, no sé, llevando las cosas al terreno de la caricatura fácil, que España debería enviar a Ucrania un lote de libros de autoayuda, en el que no podrían faltar El arte de no amargarse la vida y Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Por otra parte, renegar de la OTAN en medio de una crisis bélica de alcance potencialmente mundial viene a ser, aparte quizá de inoportuno, tan sensato como beberte el gas de un extintor en mitad de un incendio para no deshidratarte a causa del calor.

         Pero incluso los despropósitos admiten matices… Lejos de representar un ideal comunista (por si alguien sigue empeñado en ignorarlo: el Partido Comunista es minoritario en la Duma Estatal), Putin es hoy un autócrata de facto acogido a la doctrina económica del todo vale -incluidas en ese privilegio las mafias, siempre y cuando no se inmiscuyan en las decisiones políticas-, aunque su figura quizá no puede entenderse sino como una herencia directa del KGB y, por tanto, del espíritu más siniestro de la URSS, aquella utopía humanista que derivó en una pesadilla distópica.

Cayó como tal la URSS, cambió de nombre el KGB, cambiaron de bando ideológico Putin y la mayor parte del pueblo ruso, pero lo que no cambió en su esencia fue el propio Putin, que ha pasado de ser un asesino selectivo a convertirse en un criminal de guerra con aspiraciones de genocida. Podría suponerse que el comunismo ruso acabó siendo una especie de enfermedad mental colectiva que optó por redimirse mediante la adopción de otra enfermedad mental: un capitalismo radicalizado que se avergüenza de serlo. Del “salvémonos todos”, en definitiva, al “sálvese quien pueda”.

         Otro matiz: con respecto al envío de armas a Ucrania, tal vez hay que entenderlo más como un deber moral que como una vía de solución. Por mucho que nos conmueva su discurso heroico de resistencia, Ucrania tiene perdida la guerra de antemano, por la sencilla razón de que Putin no puede permitirse perder esta guerra y tiene además capacidad sobrada para convertir Kiev, en un abrir y cerrar de ojos, en un escenario idéntico al de Berlín en 1945, por ejemplo. A poco que el presidente ruso se tope con un par de contrariedades en su plan de invasión y ocupación, es más que probable que opte por soluciones expeditivas que da escalofrío imaginar. La estrategia de destrucción progresiva puede dar paso, en cuestión de minutos, a una maniobra de destrucción fulminante.

         Los gobernantes ucranios, en su lógica desesperación, suplican la intervención de la OTAN en el conflicto, aun sabiendo de sobra que un simple disparo de un soldado de la OTAN en territorio ucranio magnificaría el conflicto hasta extremos de consecuencias casi inconcebibles, ya que si Putin tiene la habilidad –entre calculada y delirante- de acogerse a pretextos imaginarios para justificar sus acciones, mejor no imaginar nosotros lo que puede ocurrir si el pretexto fuese real.

         El corazón nos susurra que Ucrania debe vencer al invasor, pero la razón concluye que esa victoria es imposible. A lo sumo, una vez ocupada ante la obligada pasividad del resto del mundo para que el mundo siga siendo mundo, le quedaría la opción de la resistencia clandestina, de la escaramuza y el sabotaje, pero me temo que poco más, y tampoco en eso tendría el éxito asegurado, por la larga experiencia rusa en el control implacable de cualquier disidencia.

         Tanto la pandemia como ahora la amenaza bélica global nos han dado, en fin, la medida de nuestras fragilidades como civilización, cuyos cimientos pueden tambalearse por un virus y cuyo edificio puede demolerse por decisión de un megalómano con una mentalidad menos cercana a la politología que a la psicopatología.

Porque lo impensable acaba siendo posible. Porque así se escribe la Historia. Porque así se empeñan algunos en reescribirla.


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