domingo, 13 de noviembre de 2022
martes, 8 de noviembre de 2022
LOS ABRACADABRAS. Relatos reunidos
Recién llegado a casa. (A librerías llegará el día 28).
Opción de preventa en https://www.editorialrenacimiento.com/los-cuatro-vientos/2787-los-abracadabras.html
domingo, 6 de noviembre de 2022
ENTRETENIMIENTOS GLOBALES
(Publicado en prensa)
Sin comerlo ni beberlo, y sin
tener que ir al frente de batalla, todos nos hemos convertido potencialmente en
carne de cañón. O de misil balístico intercontinental, para ser más exacto. Es
la esencia de la Historia: unos pocos deciden el presente y el futuro de
muchísimos, lo que no quita que muchísimos de esos muchísimos padezcan la
sugestión de ser agentes del destino del mundo mediante el método de alinearse
ideológicamente con las decisiones de esos pocos: hay quien va a una guerra
–pongamos por caso extremo- no con la sospecha de estar haciendo el tonto, sino
con la convicción de ser un héroe.
Los
pocos que mandan en Rusia exportan la imagen de un país enfervorizado de manera
unánime con la invasión de Ucrania, lo que no quita que allí hayan tenido que
hacer reclutamientos forzosos incluso entre la población reclusa, porque una
cosa es jalear desde lejos una guerra y otra muy distinta que te manden a la
guerra. El patriotismo también tiene sus límites, sobre todo cuando deja de ser
un sentimiento confortablemente abstracto.
Por lo demás,
se ve que en eso de las amenazas apocalípticas todo es cuestión de animarse:
ahí tenemos a Kim Jong-un lanzando misiles que sobrevuelan territorios de Japón
y de Corea del Sur, sin duda con algún misterioso afán intimidatorio y estratégico,
dentro de lo misteriosa que puede ser la insensatez, pero sobre todo con la mentalidad
de un idiota que juega a la PlayStation.
En
medio de estas hazañas bélicas, Bolsonaro, tras perder las elecciones, alienta más
o menos veladamente una confrontación civil que podría resolverse felizmente con
la guinda de un golpe de Estado, mientras
que Biden avisa de que en EEUU la democracia está en peligro, hasta el punto de
que cualquier chiflado –canadiense, además- puede entrar en la casa de la
presidenta del Congreso con la intención de romperle las piernas, algo que no logró
la horda trumpista que asaltó el Capitolio, con la frustración politológica que
eso conlleva para cualquier mente iluminada. Dentro del pintoresco ámbito
monárquico o del pintoresquismo a secas, la heredera de la corona belga vive
confinada por la sospecha de que el crimen organizado pretende secuestrarla. Al margen de todo esto, Feijóo, ante la exhumación
de los restos de Queipo de Llano, declara que hay que dejar a los muertos en
paz, aunque resulta curioso que los muertos a los que no quiere causar
molestias póstumas sean siempre del bando de aquel paisano suyo que ascendió a
caudillo.
Entretenidos
estamos, sí.
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lunes, 31 de octubre de 2022
martes, 25 de octubre de 2022
LOS ABRACADABRAS. Relatos reunidos.
Recopilación de mi narrativa breve, con algunos inéditos.
lunes, 24 de octubre de 2022
EL JARDÍN Y LA JUNGLA
(Publicado en prensa)
Lo peor que tiene lo peor es que puede ocurrir. Y ahora estamos en eso, en la posibilidad de que lo peor ocurra en cualquier instante, no ya por la decisión demencial de algún demente en concreto, sino de forma meramente accidental. Nos levantamos, ponemos el televisor o la radio y tememos oír que ya ha sucedido lo peor, pues lo peor ha dejado de ser una conjetura paranoica, una muestra caprichosa de alarmismo, para convertirse en una opción de realidad acorde con los síntomas que presenta nuestra realidad. Lo peor está ahí, pendiente de un hilo.
Y es que la historia
de la humanidad nos avisa de que las grandes catástrofes inducidas no necesitan
grandes detonantes ni grandes pretextos: basta una chispa. (Por ejemplo, no sé,
que a alguien se le ocurra asesinar en Sarajevo a un archiduque de opereta y
que el cadáver del archiduque produzca millones de cadáveres). Lo peor se
conforma, en definitiva, con muy poco. Barajemos opciones posibles: que un
misil defectuosamente programado impacte donde no debe o que un soldado decida
escribir por sí solo la Historia y, en un trance de iluminación épica, decida
cambiar la trayectoria de un dron. Por ejemplo. Las situaciones complejas
admiten la paradoja de ser en el fondo muy simples.
Estamos
viviendo una guerra ajena y lejana que no deja de ser una guerra propia y
próxima: basta con ir al supermercado para apreciar que la leche o el aceite se
han convertido en armas de intimidación, basta con mirar la factura de la luz
para comprender que la energía es un ejército enemigo, basta con seguir las
noticias para hacerse cargo de que la guerra se ha convertido en un arma
psicológica de destrucción masiva.
La humanidad ha sido siempre un ente insensato, una bomba de relojería para sí misma. Progresamos un poco y al poco estallamos, echando por tierra lo conseguido, pues se ve que nuestra mente está programada para estallar. Josep Borrell ha comparado Europa con un jardín rodeado por la jungla, lo que, sin dejar de ser un despropósito diplomático, es una metáfora certera. Y se acuerda uno de aquellas palabras con que Malcolm Lowry cerró su novela Bajo el volcán: “¿Le gusta su jardín? Asegúrese de que sus hijos no lo destruyan”.
Los hijos no creo que tengan
interés en destruir el jardín de sus progenitores, pero cabe la posibilidad de
que sus progenitores les dejen en herencia un jardín destruido. Aparte de eso,
la ocurrencia de Borrell admitiría tal vez una matización que tiene algo de
refutación: si en nuestro mundo globalizado hay un jardín exclusivo rodeado de
jungla, es que el jardín también es parte de la jungla.
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domingo, 9 de octubre de 2022
NOTICIAS MUTANTES
(Publicado en prensa)
Estamos en un momento en que no
podemos saber si una noticia que en apariencia es mala puede acabar resultando
una buena noticia, y al contrario: tampoco podemos saber si una noticia
aparentemente buena puede convertirse en una noticia pésima.
Por
ejemplo: Corea del Norte lanza un misil que sobrevuela territorio japonés y,
como es lógico, lo interpretamos como una noticia preocupante, pero al momento
decidimos transformarla en una noticia tranquilizadora: al menos el misil no
impactó en Japón. Nos conformamos con eso: con que la chaladura belicista se
quede en un amago. Claro que no tardamos en reconvertir esa noticia
tranquilizadora en una noticia preocupante: ¿qué demonios hace Corea del Norte
lanzando misiles que sobrevuelan territorio extranjero? Por lo demás, resulta
difícil saber con precisión si es una noticia buena o mala el que Corea del Sur
y EEUU respondan a ese alarde temerario con otro alarde temerario, lanzando
misiles sin ton ni son, hasta el punto de que uno de ellos ha impactado en las
cercanías de una base militar surcoreana, aunque en ese punto –quién lo diría-
la noticia se hace inmejorable: más vale no imaginar lo que hubiese ocurrido si
ese misil defectuoso llega a impactar por error en suelo norcoreano.
Leemos la noticia de que las tropas ucranianas avanzan sin resistencia por zonas ocupadas por los rusos y, en principio, nos decimos que se trata de una buena noticia, pero al instante caemos en la cuenta de que Rusia tiene en su mano, y en cualquier momento, la posibilidad de detener en seco ese avance en teoría victorioso. (He escrito “Rusia tiene en su mano”, pero sería más exacto haber escrito “Putin tiene en su dedo”, ya que le bastaría con pulsar un botón para destruir no ya Ucrania entera, sino media Europa). Es curioso: cuantas más batallas gane Ucrania, en fin, más cerca estará de perder la guerra, por la sencilla razón de que Rusia se comporta como el gato que juega con el pájaro antes de darle el zarpazo de gracia.
Joe Biden, que se ha revelado como un
hombre de un nivel de prudencia mejorable, avisa a las claras de la posibilidad
de un Armagedón, lo que sin duda es la peor de las noticias, lo que no quita
que nuestro subconsciente la transforme en una conjetura catastrofista y sin
fundamento, más propia de un guionista de películas de ciencia-ficción que del presidente
de una gran potencia.
En contra de
la opinión de Biden, el camarero de una cafetería de mi barrio me confirma hoy
que Putin no va a usar armas nucleares por un motivo secreto que él, no
obstante, conoce: todo el arsenal nuclear ruso está oxidado y ya no sirve sino
para mandarlo al chatarrero. De modo que la alarma lanzada por Biden queda de
inmediato convertida en una noticia estupenda. Y así vamos tirando.
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miércoles, 5 de octubre de 2022
Y LA NAVE VA
En estos tiempos, el hecho de ser
pesimista supone un ejercicio de optimismo, ya que la cosa podría ser peor: caer
en el catastrofismo, y ahí no deberíamos llegar, al menos de momento, porque
catastrofista se debe ser cuando se ha consumado la catástrofe, no antes,
precisamente para no pecar de catastrofista.
Vivimos en un mundo bastante raro: por ejemplo, Putin tiene un sueño imperial y de repente se dispara el precio del aceite de girasol, lo que establece una relación esotérica entre el acto de freír unos calamares y el patriotismo gansteril de un villano de tebeo. Lo que no acaba uno de entender es que, estando como está el precio del aceite, con qué se ha frito el cerebro la mayoría de los italianos para a) abstenerse o b) votar a una candidata que viene a ser un híbrido de Mussolini y de la niña del exorcista en un momento de subidón.
Supongo,
no sé, que la aspiración popular dominante no es otra que la de remediar la presunta
ineficacia de la política con el antídoto experimental de la antipolítica, basada
en la transmisión asilvestrada y elemental del discurso: donde se ponga una
jeremiada, que se quite un análisis; donde sirva un exabrupto, para qué un
razonamiento; donde pueda pintarse un apocalipsis, qué pinta la realidad.
Históricamente,
cuando las cosas van mal aparecen los fantoches con disfraz de salvapatrias.
Pero para ser un fantoche carismático hay que lograr que un porcentaje elevado
de fantoches anodinos alimente la fantasía de que eres el fantoche prometido,
el rey de los fantoches, el mesías de todos ellos. El fantoche alfa. No es
tarea sencilla, aunque algunos lo consiguen, ya sea en Brasil, en EEUU, en
Rusia, en Bielorrusia, en Hungría o incluso en la comunidad de Madrid, por no
dejar a nuestro querido país sin representación.
En
el lado opuesto, estamos los idiotas que identificábamos la civilización con un
progreso continuado, con una consecución de derechos y valores, con una
prevalencia de la razón sobre la barbarie. Nuestro error ha sido pasar por alto
un detalle decisivo: el factor humano. Las ideas se desenvuelven bien en los
ámbitos de la abstracción, pero luego, a la hora de ponerlas en práctica, nos
sale el hombre de las cavernas y ya las ideas pasan a ser pintoresquismos
ociosos, utopías de mentes blandengues y buenistas.
En
estos momentos, todo da la impresión de ir a la deriva, como la nave de los
locos. Y piensa uno, en su pesimismo transformado desesperadamente en
optimismo, que la única manera de evitar un naufragio consistiría tal vez en
encallar, para al menos quedarnos como estábamos.
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domingo, 18 de septiembre de 2022
LA REINA
(Publicado en prensa)
A estas alturas, la reina de
Inglaterra sigue sin enterrar y se diría que continúa reinando ahora más que
nunca: una presencia fantasmagórica que determina en estos días la cotidianidad
de sus súbditos, aunque no solo de ellos: en otros países no sé, pero aquí en
España parece que se nos ha muerto algo así como la abuela universal, y no hay
cadena televisiva, periódico, revista del corazón o emisora de radio que no
esté empeñada en abocarnos al duelo por la pérdida de una soberana que, a pesar
de los beneficios de la globalización, nos pilla un poco a trasmano.
Esta
celebración fúnebre, tan teatral como maratoniana, tiene un componente de
cuento gótico, de fasto faraónico y de ceremonia tribal: el espíritu supremo y
mágico que, tras su muerte, permanece en el mundo de los vivos como una
presencia sobrenatural y prodigiosa. La muerta que no ha muerto. La difunta que
sigue en la realidad y en la realeza, que, bien mirado, son dos términos
antagónicos, ya que el sustento básico de la realeza no es la realidad, sino la
irrealidad, la pura fantasía.
Ese
despliegue de irrealidad en torno a la realeza sabe disponerlo la casa real
británica con una profesionalidad casi inigualable, o solo igualada por la
parafernalia que despliegan algunas tribus salvajes en torno a sus monarcas. La
reina Isabel entendió como nadie que la monarquía no soporta un relato acogido
al patrón del realismo, sino que tiene que convertirse en un cuento de hadas, con
carroza dorada incluida, y en eso anduvo durante su largo reinado, proyectando
una imagen de ente mutante: lo mismo aparecía en público caracterizada como una
anciana que acaba de arreglarse para ir a tomar el té con unas amigas que
disfrazada de reina pomposa a la que le hubiesen puesto encima todo el vestuario
de un teatro de variedades.
Se trataba tal
vez de jugar con dos tiempos: el pasado y el presente. Pero sobre todo con el
pasado, por esa necesidad que parece tener el pueblo de que le regalen
espejismos retrospectivos de fastuosidad y de feudalismo.
Lee
uno las semblanzas que se publican en estos días y llega a la conclusión de que
lo más elogiable de la reina Isabel fue el acertar a no meterse en política,
que es lo mismo de lo que al parecer presumía Franco, otro muerto que tardó
mucho en morir, en el caso optimista de que haya muerto del todo.
La
serie televisiva The Crown nos
ofreció un relato de la intimidad de la familia real británica. No puedo saber
si se trata de un retrato fidedigno, pero sí que se trata de un retrato
convincente: una familia real que, en el fondo, es una familia vulgar, con sus
problemas vulgares, con sus aficiones vulgares, con sus mentes vulgares. Porque
puedes ponerte una corona, pero lo importante no acaba siendo la corona, sino
la cabeza sobre la que se sostiene, y ahí el asunto se complica un poco. Si no,
que se lo pregunten a Miss Mundo, por ejemplo.
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domingo, 4 de septiembre de 2022
LA CORBATA
(Publicado en prensa)
Tras la tregua veraniega, incluso
los más optimistas auguran un otoño conflictivo y un invierno potencialmente
catastrófico si la conjunción de adversidades presentes no se corrige, ya sea
por la acción humana o por un milagro divino. Visto lo visto, la segunda
posibilidad parece la más razonable.
De
todas formas, hay espacio para la esperanza: las cosas van mal, pero podrían ir
peor, lo que no deja de ser un consuelo, aunque triste, como lo son todos los
consuelos. Eso sí: el hecho de que las cosas vayan mal –y de que puedan ir
peor- es algo que preocupa más a la gente que a un sector significativo de la
clase política, que se supone que está ahí para solucionar problemas, no para agravarlos.
En momentos de crisis, uno espera que los consensos se impongan a las
divergencias, los entendimientos a las trifulcas habituales y el sentido común
a la estrategia partidista. Pero se ve que es esperar demasiado de quienes ya
esperamos, en el fondo, muy poca cosa.
El
espectador de la contienda política está acostumbrado a admitir las trapacerías
que se traen entre sí los valedores del bien común, pero no sé si podrá
acostumbrarse del todo a admitir el infantilismo como método de pensamiento y
de acción. Ante la crisis energética, pongamos por caso, el PP se empeña en
reducir el problema a la corbata de Sánchez, que en realidad es la no-corbata
de Sánchez. Una crisis global sintetizada en un producto textil: vamos bien. De
acuerdo en que lo de la corbata fue una tontería, pero se da el caso curioso de
que hay ocasiones en que las tonterías, a pesar de ser tonterías, no dejan de
ser sensatas, en el caso de que la auténtica tontería no sea el llevar corbata,
esa prenda ornamental que para algunos simboliza –a estas alturas- la formalidad,
la decencia y el decoro: te pones una corbata y ya estás en condiciones de
gobernar, de prevaricar o de casarte, al tratarse de una prenda multiuso.
Doctores
tiene la Iglesia y asesores tienen en Génova, pero no acierta uno a interpretar
la estrategia misteriosa que ha adoptado la cúpula del PP, que no es otra que
la práctica continuada del gamberrismo político, cercano a posiciones
antisistema: todo es un desastre y todo hay que cambiarlo de raíz. No recuerda
uno que los periodos de gobierno del PP estuviesen marcados por las grandes revoluciones,
pero, en fin, igual la memoria nos falla o se queda únicamente con lo peor: la
Gürtel, Bárcenas, Villajero y otras fatalidades de ese tipo.
No
hace falta decir que los diputados de la derecha siguen llevando corbata. Como
símbolo, tal vez, de su martirio. O como un emblema del progreso. O de la
rebeldía. O quién sabe.
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sábado, 3 de septiembre de 2022
domingo, 28 de agosto de 2022
DE FIESTA
(Publicado en prensa)
Una noticia ha eclipsado la
guerra en Ucrania, la sequía, la crisis energética, la inflación, el riesgo de
una catástrofe nuclear en Zaporiyia, los incendios, las olas de calor, la
amenaza china a Taiwán y la viruela del mono, por no seguir. Esa noticia
estelar y neutralizadora de todas las restantes se ha presentado con tintes
apocalípticos: la primera ministra de Finlandia, de 36 años de edad, estuvo de
fiesta con unos amigos. Bailando, cantando y riéndose. Nada menos. ¿Cuándo se
ha visto un escándalo semejante? Habría que remontarse a los tiempos del
emperador Calígula, que era muy fiestero, para encontrar un parangón. No solo el
neopuritanismo internacional se ha rasgado las vestiduras, sino que incluso
algunos miembros de su partido se han echado las manos a la cabeza con el
argumento de que pueden perder el voto de las personas mayores que ya no tienen
el cuerpo para fiestas.
Según
algunos, la conducta de la primera ministra no admite disculpa: una mandataria puede
emplear su ocio en rezar el rosario, en practicar la meditación trascendental a
la manera tibetana o, como poco, en distraerse con la jardinería. Pero ¿asistir
a una fiesta? ¿Eso es tener sentido de Estado? Porque luego pasa lo que pasa:
que los politólogos amarillistas te comparan con Boris Johnson y alegan que
estás amparándote en los privilegios del feminismo para hacerte la víctima,
aunque pasan por alto un pequeño detalle: que al primer ministro británico no
se le afeó el que organizara fiestas, sino que las celebrase cuando el resto de
la población estaba confinada en virtud de un decreto firmado por él.
Tal
vez, no sé, digo yo, no debería preocuparnos el que una mandataria cante, beba
y baile con unos amigos, y sí el que algunos mandatarios ocupen su tiempo libre
en planear invasiones, en cobrar comisiones o en planificar corrupciones. Por
decir algo, ¿eh? (Y sin señalar a nadie).
A
partir del vídeo de la fiesta de la primera ministra, surgió –cómo no- la
sospecha del consumo de drogas, dando por hecho que la alegría solo puede ser
artificial. Es el signo de los tiempos: tienes derecho a conjeturar sin
fundamento, o con el solo fundamento de la insidia, y a obligar al inocente a
demostrar su inocencia con respecto a una culpabilidad imaginaria. (Hay por ahí
alguna que otra presidenta que parece vivir en el mundo alucinatorio de la
Alicia de Carroll, pero no por eso vamos a suponer que desayuna LSD).
Conclusión
generalizada: si una joven se va un día de fiesta, significa que está
incapacitada para gobernar un país. No sé… Yo mismo estuve ayer en la fiesta de
despedida veraniega de unos amigos y es posible que me haya salido un artículo
repleto de faltas de ortografía. Por decirlo de una manera regia: “Lo siento
mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”.
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domingo, 21 de agosto de 2022
EL TRAMO FINAL
(Publicado en prensa)
La temporada de vacaciones entra
en su tramo final y empieza a definirse en el horizonte mental de los ociosos esa
estación que es menos meteorológica que anímica: el resto del año. En estos
días finales de agosto, la luz parece adquirir un matiz un tanto mustio, con
pátina de oro viejo, sin ese vigor cristalino que hasta hace poco exhibía. Los
amaneceres se retrasan y se adelantan los anocheceres, como si el sol se
hubiese vuelto perezoso y la luna, en cambio, madrugadora. A estas alturas, hay
quienes han vuelto de su fuga veraniega y quienes aún la disfrutan, y todos andarán,
imagino, en una fase emocional marcada por la nostalgia: los que volvieron por
haber vuelto y los que aún están por ver que esto se les acaba. Y es que todos
los paraísos son provisionales, pues no hay paraíso conocido del que el ser humano
no acabe siendo expulsado… dejando al lado el de ultratumba, que parece ser que
permite su disfrute a perpetuidad, aunque quién sabe: se supone que uno accede
a él por méritos propios cuando se muere, pero los teólogos no precisan si un
mal comportamiento en el paraíso conlleva el que te manden al purgatorio… y más
vale que te portes bien allí para no seguir descendiendo de ambiente. Todo
paraíso es, en fin, una ficción transitoria, y con esa condena vivimos desde
los tiempos que se narran en los primeros capítulos del Génesis, libro sagrado
que no soportaría una revisión laica por atribuir a la mujer el grueso de la
culpa de que tengamos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, que
es algo que se agrava bastante a causa de las olas de calor que venimos
padeciendo.
Las
grandes ciudades que se vaciaron durante los meses vacacionales van
repoblándose, y sus avenidas dejan de ser perspectivas fantasmagóricas y con un
ligero aspecto de escenario entre postnuclear y pandémico, mientras que los pueblos
turísticos recuperarán de golpe, el 1 de septiembre, su aire fantasmal y
solitario, perdiendo su banda sonora de música, de cláxones y de gritos
jubilosos en la madrugada.
Algo tiene el
verano de gran festival del nomadismo, de huida a lo desconocido y de
alteración de la realidad en beneficio de una teatralización colectiva en la
que todos vamos disfrazados, procurando profesionalizarnos como seres
despreocupados y dichosos, aunque a contrarreloj, dado que el tiempo de la
felicidad es volandero.
Dentro
de unos días, todo volverá a su ser, como quien dice. La realidad, que tiene
fama de dura, se impondrá a la fantasía, que tiene fama de libre, y el verano
será el recuerdo del verano, a la vez que nosotros vamos siendo cada vez más,
en fin, el recuerdo de nosotros mismos.
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domingo, 14 de agosto de 2022
LA ESPADA
(Publicado en prensa)
En otros países no sé, pero en el
nuestro se percibe la tendencia creciente de los partidos de la oposición a
convertirse en partidos antisistema, transformación que tiene su aplicación
práctica en una postura paradójicamente sistemática: oponerse a cuanto diga el
Gobierno, así diga que el agua del mar es salada. Como fenómeno pintoresco,
contamos ahora en el Gobierno central con una especie de intraoposición
antisistema disfrazada de sistema alternativo, lo que nos depara la emoción de
un ejecutivo bifronte sustentado en la virtud de la desconfianza mutua.
Bien.
Como ustedes saben, el rey de España viajó a Colombia para asistir a la toma de
posesión del presidente Petro, quien dispuso a última hora, al margen del
protocolo fijado para la ceremonia, que se sacase en procesión la espada de
Bolívar, reliquia sagrada para la gente de allí. Se supone que los ocupantes de
la tribuna debían levantarse al paso de la espada, como muestra de respeto,
pero se dio el caso de que nuestro monarca se quedó sentado, supuesto desplante
o presunto despiste que hizo que de inmediato tanto el líder emérito Iglesias
como el portavoz en activo Echenique pusieran el grito no en el cielo, que está
pendiente de asalto, pero sí en Twitter, que es donde los políticos y
politólogos estelares del momento exponen sus ideas para instruir ideológicamente
al vulgo popular, por usar la inspirada acuñación de Lola Flores.
Lejos
de mí cualquier fervor monárquico, pero lejos también la afición de algunos de nuestros
prohombres a dar categoría de maremoto al hecho de que un grifo gotee. ¿Es
posible que el rey tuviera jet lag y en ese instante padeciera ese estado de sopor
del que hizo gala su padre? ¿Puede que estuviera en todo su ser, pero, como no
le habían dicho nada de la espada mítica, el hombre la viese pasar ante sí sin
saber de qué se trataba, que es tal vez lo mismo que le pasaría al flamante
presidente colombiano si viniese a España y le pasearan por delante la Tizona
del Cid sin avisarle de que se trata de un glorioso símbolo nacional, equiparable
a la espada del Libertador, ya que podría pensar algo tan simple como que es la
espada con que se corta aquí la tarta en los banquetes de gala?
Claro que
también cabe la posibilidad de que el rey fuese al país americano con la
intención de desairar no solo a Bolívar y a Petro, sino al pueblo colombiano en
su totalidad, con el propósito secreto -siguiendo instrucciones de la OTAN y
con el beneplácito de Sánchez- de detonar una guerra entre España y Colombia,
que es lo que deseamos todos. Es posible, ya digo. Porque en nuestro País de
las Maravillas, repleto de sombrereros que no pueden dejar de hablar, ya no se
extraña uno de nada.
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domingo, 7 de agosto de 2022
LA COMPRENSIÓN
(Publicado en prensa)
Supongo que a causa de la
degeneración neuronal que trae consigo el paso de los años, cada vez tengo un
nivel más bajo de comprensión, de ahí que no alcance a comprender ni la mitad
de las cosas que antes creía comprender, por incomprensibles que fueran a veces.
Tras
haber aplicado la sociedad mundial una especie de amnesia colectiva al covid -a
pesar de que la tasa de incidencia sigue siendo alarmante-, ha venido nuestro
antepasado el mono con su viruela para avisarnos de que esto de las plagas
víricas –a la espera de las bacterianas- va a ser menos una excepción que una
costumbre.
Imagino que
por tratarse de un simple mono, se optó en un principio por quitar importancia
a su viruela, de igual modo que algunos se la quitaron en su momento al
coronavirus, empezando por el añorado doctor Simón, que no era precisamente uno
de esos médicos o paramédicos negacionistas que animaron Youtube con sus pintorescas
teorías conspiranoicas, sino el director del Centro de Coordinación de Alertas
y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, que se dice pronto… o no
tan pronto, ya que el título es largo. Comoquiera que estamos en temporada
turística, da la impresión de que hemos dejado al mono en una jaula y su
viruela en una probeta, lo que no quita que el yo astral del mono deambule ya
por todo el mundo. Es lo que hemos aprendido de la pandemia de Covid-19: que
siempre será mejor curar que prevenir.
Y ahora vienen los aspectos incomprensibles del asunto, al menos para mí, que de ciencia médica sé menos no ya que un mono, sino que una simple ameba. Bien. La ministra de Sanidad se apresuró a aclarar que la viruela del mono no es una enfermedad de transmisión sexual, a pesar de que está transmitiéndose de manera predominante por vía sexual, lo que viene a ser como decir que el asma no es una enfermedad respiratoria, salvo que te empeñes en respirar. No paró ahí: “Es un virus, por tanto no es una enfermedad de transmisión sexual”, aseveró la ministra, licenciada en Derecho, y se pregunta uno, desde la ignorancia: ¿no es también un virus el VIH, pongamos por caso?.
La cuestión nos lleva a un territorio
menos médico que metafísico: ¿no es una enfermedad de transmisión sexual
aquella que puedes contraer al mantener relaciones sexuales, aunque se dé el
caso de que también puedas contraerla practicando taekwondo con una persona
infectada, sin necesidad de acostarte con ella tras el combate?. Por su parte,
la Organización Mundial de la Salud, en vista de que la casi totalidad de los
casos registrados se han dado entre varones homosexuales, recomendó que se
limitasen las relaciones sexuales en ese colectivo, a lo que el colectivo en
cuestión respondió de manera airada, al sentirse estigmatizado y considerarlo
un aviso paternalista de trasfondo homofóbico, aparte de atentatorio contra la libertad de ejercer la
promiscuidad.
En
fin, lo que les decía al principio: que ya no comprendo ni la mitad de las
cosas que antes comprendía, incluidas –ay- las incomprensibles.
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