domingo, 27 de junio de 2010

ÚLTIMAS PALABRAS


Queramos o no, tendemos a imaginar el momento de nuestra muerte con cierta solemnidad, porque no se muere uno todos los días.

Pero lo malo de la muerte es que no sólo suele llegar de manera inesperada, y casi siempre inoportuna, sino que también se permite gastar bromas, lo que es ya el colmo, porque hay cosas con las que no debiera jugarse. Qué sé yo: sales a comprar unas azucenas y te cae en la cabeza una maceta de geranios. Coges el coche para irte de vacaciones a la playa y, en vez de pasarte el día comiendo sardinas y bailando rumbas, acabas oyendo la trompetería celestial de los ángeles.


Nadie piensa, en fin, que va a tener una muerte ridícula. Pero…

Werner Fuld se entretuvo en recopilar un Diccionario de últimas palabras, que aquí publicó Seix Barral. Las últimas palabras de personajes más o menos célebres o de meros mindundis, pronunciadas justo antes de quedarse mudos para toda la eternidad -a menos que, por cualquiera sabe qué razón, alguno de ellos haya decidido ejercer más allá de la muerte de espectro ululante.

Ana Bolena, segunda esposa fallida de Enrique VIII de Inglaterra, al subir al cadalso para ser decapitada, le dijo al verdugo: “No os dará ningún trabajo. Tengo el cuello muy fino”. En el mismo trance, al aristócrata francés Henri de Xavière le ofrecieron un vaso de vino, a lo que respondió: “No, gracias. Cuando bebo suelo perder el sentido de la orientación”.

Según quiere la leyenda, las últimas palabras de Humphrey Bogart fueron las siguientes: “No hubiera debido cambiar el whisky escocés por el martini”. También en el ámbito del alcohol, se cuenta que, un segundo antes de caer acribillado a tiros por unos esbirros de Al Capone –o quizá por Al Capone en persona, según la suposición de algunos-, el periodista Jake Lingle pronunció estas soberbias palabras: “¡En esta ciudad soy yo quien fija el precio de la cerveza!”

No faltan las bromas. Luis José Monge, condenado a muerte por el asesinato de su mujer y sus tres hijos, antes de entrar en la cámara de gas preguntó a los guardias: “El gas no será malo para mi asma, ¿verdad?”Según se cuenta, el poeta Walt Whitman consideraba que las últimas palabras de una persona debían ser una especie de síntesis de toda su vida, y se afanó en tener esas palabras previstas y ensayadas, aunque, en el momento de irse al otro mundo, de su boca salió una palabra que no estaba en el guión: “¡Mierda!”

Pero, en resumidas cuentas, ¿qué más da una cosa u otra? Cuando la muerte se nos acerca, todos somos un animal asustado, o perplejo, o confundido. En ese instante, nada nos diferencia del primer homínido que notó cómo el mundo se le desvanecía alrededor, cómo se le nublaba la vista, cómo se iba disolviendo su conciencia en la inmensidad de la nada, por decirlo de alguna manera.

Últimas palabras, en fin, que nunca pueden expresar una verdad, porque no es buen momento para las verdades. Julie de Lespinasse, dama parisina y dieciochesca, por ejemplo, murió preguntando “¿Estoy viva todavía?” Y esa pregunta me temo que sirve como comodín para cualquiera.

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domingo, 20 de junio de 2010

NEOPOBREZA







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Por lo visto, se acabó la fiesta. Todas las fiestas se acaban, claro está, lo que no impide que todo final de fiesta provoque melancolías más o menos inconcretas.

En España, la fiesta de la prosperidad duró lo suficiente como para que nos acostumbrásemos a la vida fácil, de igual modo que ahora tendremos que ir acostumbrándonos a la vida difícil, porque se ve que esto va como los péndulos. Se acabó la fiesta, ya digo, y ahora vienen las melancolías y las nostalgias.

Nostalgias, por ejemplo, de aquellos tiempos irrepetibles en que los bancos te enviaban cheques que podías hacer efectivos al instante, sin necesidad de avales ni de avalistas, e incluso te proporcionaban sugerencias para gastar el importe: la primera comunión de tu hijo, el crucero que siempre quisiste hacer, la reforma de la cocina… Porque en aquel entonces los bancos parecían no sólo entidades filantrópicas, sino incluso paternales: te ofrecían dinero sin tú pedírselo, y llegabas a pensar que en los consejos de administración de los bancos se habían infiltrado los de Cáritas, los de Intermon y los sobrinos nietos de la madre Teresa de Calcuta, porque aquello era un conceder descompasado, y la imaginación -en su inocencia- te susurraba que los bancos tenían tantísimo dinero, que no les cabía en la caja fuerte, de modo que no les quedaba más remedio que echar fuera el excedente cuanto antes, y a espuertas: allá va.

Nostalgias de aquellos tiempos, cómo no, en que los aristócratas y los terratenientes recibían subvenciones para cultivar sus latifundios o para dejarlos en barbecho, porque había subvenciones para ambas modalidades. Nostalgias de aquellos tiempos en que cualquier vicedelegado, subdelegado o infradelegado tenía un coche oficial a la puerta de su casa para llevarlo a cumplir sus misiones peligrosas. Nostalgias de aquella época en que un lehendakari podía alquilar un avión privado con cargo al presupuesto para dar una conferencia en Irlanda, porque se ve que allí no pueden vivir sin eso. Nostalgias de aquella edad de oro de ley en que, después de cualquier acto institucional, llegaban las gambas y la caña de lomo, el jamón y el tinto de reserva, porque habíamos llegado a tal extremo de prosperidad, que cualquier cosa parecía una boda. Nostalgias de aquellas bodas imperiales que se financiaban con los préstamos personales que regalaban los bancos. Nostalgias de aquellas primeras comuniones que parecían bodas imperiales. Nostalgias.

De ser nuevos ricos, hemos pasado a convertirnos en nuevos pobres. Y cada cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes: ser un nuevo rico es una catetada, pero ser un nuevo pobre es una putada, sobre todo si ya ha pasado uno por la experiencia inenarrable de ser un nuevo rico.
Se acabó la fiesta, en fin, y hemos vuelto a la realidad. Y ante la realidad, cuando viene cruda, no se fantasea: se sobrevive. Y en eso estamos.

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lunes, 14 de junio de 2010

EXCUSAS


El hecho de excusarse por una fatalidad resulta tan raro, que mucho me temo que la mayoría de las veces deberíamos excusarnos por presentar excusas.

Nos vemos obligados, no sé, a aplazar una cita y nos enredamos en explicaciones complicadas, a menudo incomprensibles para su destinatario, que lo que menos suele necesitar en este mundo son explicaciones, porque todos andamos un poco saturados de epopeyas ajenas: “Es que, justo a esa hora, tengo que llevar a mi tía Remedios al cardiólogo y…” ¿Y qué? Allá tú con tu tía Remedios, camarada, y allá tu tía Remedios con su corazón, que es el más privado de todos los músculos. “No puedo ir”, y ya vale, porque la excusa no sólo es siempre divagatoria, y a menudo falsa, sino que implica además una especie de arrogancia rebelde con respecto al azar: si conciertas una cita con alguien, lo normal es que algo acabe impidiéndola, porque el azar es una máquina incesante de contratiempos.

Lo milagroso es que podamos acudir puntualmente a una cita fijada con una quincena de antelación, pongamos por caso, porque en 15 días pueden ocurrir muchas cosas, demasiadas tal vez: desde un dislocamiento de tobillo hasta una invasión extraterrestre. En la fijación de una cita hay, en fin, una dosis imprudente de optimismo, en buena medida porque cualquier actitud optimista con respecto al futuro conlleva una imprudencia: “Nos vemos el viernes para comer”, dices un lunes, sin tener en cuenta la cantidad de imprevistos que pueden surgir entre un lunes y un viernes, porque el fluir del tiempo viene a ser la chistera de un mago burlón y diabólico.

La excusa es una forma de cortesía, pero hay quien comete la descortesía de exigirnos la exégesis de la excusa. “¿Por qué no puedes ir?” Y ahí empieza la vacilación, pues todo el que se excusa de forma detallada titubea, tal vez porque las excusas están hechas de una materia lógica muy frágil: ¿quién puede comprender que anules una cita porque tienes que llevar el perro a la peluquería de perros, en la que tardan más en darte número que en la sanidad pública y humana?, ¿quién va a tomarse en serio la excusa de que tienes un ataque de ciática justo el día en que se casa un pariente tuyo en un cortijo decorado al estilo vienés que está a más de 200 kilómetros de tu casa?, ¿quién va a creerse que te ha salido un flemón justo una hora antes de la gala de fin de curso de tus sobrinos?

Todo el que se excusa, en definitiva, miente, por más que diga la verdad. No existen las excusas convincentes: todas son sospechosas. Si no puedes acudir a una comida de negocios o a una cena romántica porque te has muerto, mejor que tus familiares lleven el ataúd al restaurante, porque de lo contrario quedarás fatal.

Cuando nos excusamos por algo, por nimio que sea ese algo, nos sentimos despreciables y débiles, unos antihéroes del destino, unos seres incapaces de sujetar con dominio y valentía las riendas de la realidad, que se nos va de las manos a la mínima, como me ha ocurrido, sin ir más lejos, con esta entrada, en la que pensaba hablar de lo raro que está este mes de junio, aunque luego ha tomado esta deriva absurda, por lo que les presento mis excusas más desconsoladas, aun sabiendo de sobra la efectividad que tienen las excusas.


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lunes, 7 de junio de 2010

FORMULACIONES TAUTOLÓGICAS



Formulaciones tautológicas.
ZUT EDICIONES. Málaga, 2010.
104 páginas. Interior a 2 tintas.
Impreso en papel Gardapat Kyara de 135 gramos.
Formato: 24 x 17
Precio: 18 euros.




NUEVO LIBRO

Acaba de salir en ZUT EDICIONES mi libro Formulaciones tautológicas, una serie de 21 collages no sé si absurdos o tangencialmente surrealistas -o tal vez inevitablemente surrealistas- que me distraigo en componer con recortes de revistas del XIX, acompañados de una especie de microrrelatos (que he preferido denominar "informes") sugeridos por las imágenes.

Perdón por la autopromoción, pero la tirada es corta (para subrayar su condición de libro anómalo y más o menos para coleccionistas... de quién sabe qué, digamos, o para... incondicionales, si los hubiera) y no estará disponible en demasiadas librerías. Si alguien tiene interés, puede pedir información a: zut-ediciones@zut-ediciones.com

Va una muestra:

E L . M A R



Como todos los niños bicéfalos de Baltimore, Leopold, hijo único del magnate Dowson, era un lector empedernido de ficciones. El problema radicaba en que una de sus cabezas era incondicional de Herman Melville, mientras que la otra lo era de Joseph Conrad. De todas formas, ambas cabezas coincidían en su fascinación por la vida marítima y, al cumplir 14 años, Leopold le reveló a su padre su intención innegociable de embarcarse en el primer pesquero que partiese de los muelles.

Ante aquel despropósito, su padre reaccionó como lo haría cualquier padre: encargando la construcción de un mar artificial de tres niveles para disfrute de su hijo.

Leopold se dio por satisfecho y cada tarde, al salir del Liceo Alemán, se disfrazaba de almirante o de patrón de altura, según se sintiera bélico o mercantil, y se entretenía con su juguete líquido.

Hasta que el 3 de febrero de 1914, que fue un año malo para casi todo, se originó en el nivel superior de su mar artificial un maelström artificial y Leopold murió ahogado.

Se le enterró con honores militares artificiales, en atención a su quimera de declararle la guerra a Canadá.






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viernes, 28 de mayo de 2010

MARTÍNEZ Y LOS AZARES


Lo malo es que te señalen, que se fijen en ti. Si te señalan, ya estás perdido. Si se fijan en ti, mala señal.

Imaginemos que llega un día el director general de un “holding” a una de las empresas que tiene bajo su mando y le pregunta al jefe de aquello: “Oiga, Castillo, ¿quién es ese empleado que está metiéndose un clip en la oreja?”, y el jefe Castillo se ve obligado a la delación: “Es Martínez”. (Dicho sea a modo de ejemplo azaroso.) (Porque no tengo nada en contra de ningún Martínez.) (Al menos de momento.) El director general lo ha preguntado por una razón muy sencilla y muy secreta: porque le gusta hurgarse la oreja con un clip cuando está solo en su despacho. Pero Castillo, el siempre servil Castillo, piensa: “Lo que el director general ha querido darme a entender, de modo subliminal, es que incluya a Martínez en el lote de la reducción de plantilla prevista para diciembre”. Así que, nada más llegar diciembre, Martínez recibe una carta que lee con dedos temblorosos. Porque lo señalaron. (Martínez el eficiente, el abnegado Martínez, que amaba a su empresa como si fuese uno de sus cuatro hijos…) (A la calle.) (Por un clip.)

En su deambular de parado, Martínez entra una tarde en un cine para entretener sus pesares: una película que sucede en una galaxia remota, con ingenios voladores y con seres mutantes que luchan entre sí por la posesión de un asteroide de platino macizo o similar. Durante un par de horas, Martínez ha llevado su imaginación de paseo por regiones impensables, y ese paseo sideral le ha servido de bálsamo, pero lo peor que tienen las películas entretenidas es que se hacen muy cortas. De modo que Martínez sale del cine y emprende rumbo a casa.

A la altura de la calle Ingeniero Ochoa (por así decir), un individuo se fija en la bufanda blanca que envuelve el cuello aterido de Martínez y piensa: “Aquel julai de la bufanda blanca va a ser mi alma caritativa de hoy. Le pondré la navaja bajo la barbilla y le sacaré la plata y el reloj”. (Verbigracia.) (Aunque maldita la verbigracia que tiene la cosa.) Y Martínez se queda sin plata y sin reloj, aunque el chori se fijó no exactamente en Martínez, sino en la bufanda blanca de Martínez. (Aquella bufanda que Martínez, el mismo día en que salió para siempre de la empresa, le robó a un compañero con el que se llevaba mal, porque hacía esa tarde mucho frío, y él estaba desolado, y quiso sentirse delincuente por una vez en su vida.) Sin dinero y sin reloj, Martínez llega a casa. “Aguilera te ha traído esto”, le dice su mujer. Lo que Aguilera le ha llevado a Martínez es una entrada para la ópera. (“Il trovatore”, nada menos.) “Dice Aguilera que para que te distraigas”.

Y, al día siguiente, ya tenemos al ocioso Martínez en la ópera, intimidado ante aquella parafernalia cantarina. En el descanso, nota que una mujer se fija intensamente en él, hasta que lo aborda: “Perdona, ¿eres Arroyo?” Pero no, Martínez no es Arroyo, evidentemente. De todas formas, a causa del malentendido, Martínez y la mujer van juntos a tomarse algo a la salida de la ópera. Hablan de asuntos cotidianos y etéreos, a partes iguales. Se ríen. Ella le confiesa que sabía que no era Arroyo, que la equivocación fue fingida. Quedan para el día siguiente. Al día siguiente, Martínez y la mujer están en una misma cama. Un mes más tarde, Martínez abandona a su mujer y a sus cuatro hijos. Dos años después, la nueva mujer de Martínez le dice a Martínez: “Maldita sea la hora en que me fijé en ti”.


Porque lo malo es que te señalen, que se fijen en ti. Porque la vida es rara. Porque todo es un lío. Porque todo puede depender de un clip metido en una oreja.

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viernes, 21 de mayo de 2010

REALIDADES






Uno de los conceptos que menos respeto nos merecen es sin duda el de realidad. “¿Qué es la realidad?”, nos preguntan o nos preguntamos, y casi todas las respuestas tienden a la devaluación o incluso a la degradación de ese concepto, quizá porque la realidad es en el fondo algo tan real, que no podemos comprender en qué consiste con exactitud, y finalmente, por la ley de la paradoja, acabamos dispensándole la misma consideración que solemos dispensar a las fantasmagorías, a las especulaciones ociosas en torno a materias etéreas: un fu ni fa metafísico.

Los periódicos, por ejemplo, serían un buen índice de realidad si no fuesen manipuladores de realidades, creadores más o menos interesados de realidades, ya afecte esa realidad a la conjetura de una guerra planetaria o ya se refiera a la detención por hurto en unos grandes almacenes de una actriz holliwoodense de segunda fila, pues de todo hay, y todo acaba formando parte del entramado de la realidad diaria gracias a su mera divulgación, ya que la más insignificante de las anécdotas acaba ascendiendo al rango de noticia en cuanto la roza la varilla mágica del periodismo.

Y se pregunta uno: “¿Por qué no democratizar la condición de noticiable?” Que fuésemos al kiosco y leyésemos en la primera página de un periódico de difusión nacional, en grandes titulares, algo así como: “ESCÁNDALO EN VALDEPEÑAS”, y que, atraídos por esa circunstancia insólita (¿un escándalo en Valdepeñas?), leyésemos con dedos temblorosos la entradilla: “Ayer, sobre las seis de la tarde, José Menéndez Arroyo entró en el bar El Jamón de Oro y, nada más tomarse el primer vaso de vino, se aplicó de inmediato a la tarea de insultar a toda la clientela, hasta que fue desalojado del establecimiento gracias a la colaboración de Matilde Vargas Olmedilla, esposa del metepata.” Y que, tras una narración pormenorizada de los hechos, se reprodujesen opiniones sobre el particular recabadas entre personalidades variopintas: el director de la Real Academia Española, algún psiquiatra de escuela vienesa y algún senador manchego, pongamos por caso, para que de ese modo el lector alcanzase una visión caleidoscópica y contrastada del escándalo de Valdepeñas.


Para los lectores de prensa, la realidad, en fin, es algo que siempre les ocurre a los otros, aquello que deciden los otros, aquello que los otros determinan. Algo así como el 99 % de la población mundial se va al otro mundo sin jamás haber sido noticia en este, a menos que, por la vanidad de ver su nombre en un periódico, decida meterse a asesino o como poco a concejal, o a menos que pague una esquela, y eso desanima mucho, qué duda cabe, porque la gente acaba pensando que la suya es una existencia intrascendente y anodina, una aventura intercambiable, un tarea sin relieve.

Habría que reajustar, en definitiva, el concepto periodístico de realidad, y que ese reajuste se reflejase en los titulares: “MANUEL HEREDIA LE VENDE UN SOFÁ DE SEGUNDA MANO A SU CUÑADO, EL CÉLEBRE CHURRERO MARINETTI”, o bien: “OPERADO CON ÉXITO DE VESÍCULA JUAN ORTEGA, EL AMABLE PORTERO DEL CINE CALIPSO”. Porque la realidad es cosa de todos, por más que los distribuidores de realidades nos ninguneen.



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sábado, 15 de mayo de 2010

AÑOS DOBLES



















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Los años se van volando. En un visto y no visto. A fuerza de costumbre, uno aprende a no lamentarse de esa velocidad, aunque no puede evitar sorprenderse de ella, de esa prisa incorregible del tiempo, que es nuestra gran abstracción y nuestra gran paradoja: lo que nos hace y lo que nos destruye, lo que nos da todo para al instante quitarnos todo. Cada momento futuro es un espacio vacío. Cada momento pasado es una nebulosa.

En nuestro afán por ordenar el tiempo, por darle una lógica a su progresión, hemos inventado las milésimas de segundo, los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, los siglos, los milenios… Visto así, el tiempo parece un mecanismo, aunque en realidad se trata de un magma extraño: algo que fluye en torno a sí mismo, eterno y fugaz, inamovible y cambiante, perceptible y fantasmagórico… Creo yo, no sé, que nos hemos quedado cortos en la medida de los años. A fin de cuentas, 365 días no son nada, porque, entre cosa y cosa, entre deberes y ocios, entre horas de sueño y horas muertas, entre días de lluvia y de especial ajetreo, se nos van de las manos como el agua misma.

Habría que modificar ese error de cálculo y al menos duplicar la duración de los años, de modo que durasen 730 días, que es ya una cantidad respetables de jornadas, lo que nos evitaría el tener que quejarnos cada año de lo rápido que se van los años, de lo rápido que se nos va la vida. Habría también que eliminar los años bisiestos, como es lógico, porque no está la cosa como para perder ni un solo día, esos días espectrales de los febreros mutilados.

Con esos años de doble duración, las fiestas navideñas, pongamos por caso, resultarían más llevaderas: una indigestión el 48 de diciembre, una resaca motivada por las celebraciones del 62 de diciembre y un ataque de angustia por los regalos que aún te faltan por comprar a la altura del 12 de enero por la mañana, porque has dejado esa pesadilla ilusionante para última hora. Pero ya no tendrías que repetir hasta 24 meses después, que es un plazo prudente para que un organismo adulto se recupere de la ingestión de las grasas animales que sirven de base a los polvorones y mantecados, de los gases del cava, del ácido úrico que aporta el marisco y del chute de glucemia que provocan las 12 uvas tomadas a toda prisa, como si en vez de acabarse el año se fuese a acabar el mundo.

No sé, sería cuestión de que las autoridades se pusieran de acuerdo en cambiar el calendario, porque así no nos quejaríamos tanto de la velocidad del tiempo, de la fugacidad de la vida, del ilusionismo vertiginoso en que consiste el vivir.Años de 24 meses. Meses de al menos 60 días. Semanas de 336 horas… Qué larga se nos haría la existencia. Qué larga. Un solo cumpleaños cada 24 meses. Una sola declaración de renta cada 24 meses. Un nuevo propósito de dejar de fumar a principios de año cada 24 meses. Un chequeo médico cada 24 meses. Elecciones cada 96 meses. Y así sucesivamente.

“¡Qué largo se me ha hecho este año!”, exclamaríamos entonces, y alimentaríamos de ese modo una vaga ilusión de inmortalidad, de haber domado al tiempo, de haberle dado un parón. Espejismos, sí. Pero, ¿de qué modo combatir un espejismo si no es con otro?

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lunes, 10 de mayo de 2010

EXTRATERRESTRES


Se veía venir. El físico Stephen Hawking ha dicho que la lógica dispone que es más que probable que exista vida extraterrestre. La lógica de la imaginación ya lo dio por sentado hace mucho tiempo, y ahí tenemos a los extraterrestres de las novelas, de los tebeos y de las películas, que constituyen un catálogo de criaturas de apariencia fea y pegajosa y de intenciones aviesas y colonialistas, dispuestas a acabar con los terrícolas por el mero gusto de exterminar, que es algo de lo que los de aquí sabemos un poco.

Indica Hawking que, para su cerebro matemático, los meros números indican que resulta perfectamente racional pensar en formas de vida ultraplanetarias. Uno de matemáticas sabe poco, pero la cosa debe de ser tan clara como una operación del tipo 2 x 2 =
EXTRATERRESTRE, o similar. Es decir, las matemáticas más estrictas en alianza con las fantasías más descabelladas. De todas formas, para que no todo sea exactitud, indica Hawking que “el verdadero desafío consiste en averiguar cómo pueden ser” esos forasteros. Yo me inclino por el tópico del reptil, no sé, más que por el tipo humanoide cabezón. Más tipo lagarto que teletubbie Más verdoso que azulado. Más bien corpulento que menudo. Será cuestión de esperar un poco, y no estaría mal que, mientras sí y mientras no, se organizaran concursos televisivos para definir el fenotipo extraterrestre, aunque el premio no podría entregarse hasta que se produjera la invasión, y todo dependerá de si esto sigue en pie después de que aterricen las naves invasoras.

Avisa Hawking de que no resulta prudente que los humanos mandemos señales al espacio para que sean recibidas por inteligencias extraterrestres, porque más vale dejar las cosas como están. “Si nos visitaran, los resultados serían como cuando Colón llegó a América”, conjetura el científico, y se imagina uno a los extraterrestres cambiándonos nuestras cosas de oro por metales baratos y relucientes de allí, de donde ellos vengan, y practicando un exterminio étnico escalofriante, porque no creo que los extraterrestres se paren a distinguir a un vasco de un extremeño o a un gitano de un chino, y ahí vamos a llevar todos papeletas para el matarile. Como mucho, podrá librarse Venezuela, porque me extrañaría que su presidente dejase pasar por alto la ocasión de chulearles un poco a los foráneos, y no sería raro que nacionalizase de manera automática todos los platillos volantes que aterrizaran con ánimo imperialista en su suelo patrio. Ojalá.

Aquí la cosa sería un poco distinta: les daríamos una subvención para renovar la flota de naves espaciales, les regalaríamos un ordenador para los niños y les mandaríamos a José Blanco para que dialogara con ellos sobre la posibilidad de abrir una línea de alta velocidad entre la Tierra y el planeta que corresponda.

Aunque, al final, ya digo, matarile colectivo, porque ellos van a lo que van. Como cualquiera.

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lunes, 3 de mayo de 2010

UN POEMA











Llega este mercado a los 30.000 visitantes, tras un año y un mes de apertura. Gracias por pasar por aquí. Para variar un poco el género, va este poema escrito hace poco.







F U E N T E S



De utensilios a símbolos:

el agua que ellas surten es el tiempo.


Su piedra se corrompe,

la pule la rutina, la corroen los líquenes,

le da lustre el fluir.


La fuente seca, en sombra y hojarasca,

es la contradicción, en cambio,

del lenguaje que canta cuanto huye:

lo que calla para explicar lo inexpresable,

la lección del vacío.


Brota el agua y son horas.


Corre el agua y son años.


Oyes manar la fuente

y oyes la eternidad,

un murmullo de huida y permanencia,

el espejismo

cristalino de un agua

que corre tras de sí sin alcanzarse.


Eso dicen las fuentes. Y eso callan.




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viernes, 30 de abril de 2010

IDENTIDADES


Tendemos a dar a nuestra identidad un rango de abstracción inviolable y sagrada: somos quienes somos, al margen de lo que seamos y de cómo seamos, y llevamos mal cualquier tipo de suplantación: nuestro nombre es sólo nuestro, porque nuestro nombre nos representa. Si alguien, por la razón o sinrazón que sea, se hace pasar por nosotros, lo interpretamos como una burla a nuestra esencia ontológica, como una impostura que afecta a los cimientos básicos de nuestro ser. (Y no digamos cuando esa impostura consiste en un fraude bancario, por ejemplo: ahí ya sacamos la pistola.)

Hace un par de semanas, en una búsqueda a través de Google, me encontré con una discusión extraña en el chat de un blog. Un amigo mío ridiculizaba el libro que acaba de publicar otro amigo mío, con la agravante de que ellos son amigos entre sí. De todas formas, la experiencia nos ofrece una enseñanza melancólica: la emocionalidad puede dar muchas vueltas, y no siempre para bien. Los sentimientos se enredan. Los afectos fluctúan, o se deforman, o se derrumban. Llamé al amigo que ridiculizaba al otro amigo, porque el asunto me entristecía. Por suerte para mi ánimo, todo era una impostura: alguien había suplantado la identidad de uno para agredir al otro, sabiendo que ambos eran amigos antiguos y bien avenidos, supongo que con el propósito –tal vez demasiado optimista- de que iba a minar esa amistad, a pesar de que el malentendido malévolo resultaba fácilmente desmontable. Todo quedó, en fin, en el susto.

Pero la realidad tiende a ser bromista. Ayer mismo me llamó otro amigo para avisarme de que en ese mismo chat de ese mismo blog andaba yo opinando agresivamente sobre cualquier cuestión divina o humana, incluida en esas cuestiones el propio amigo que me avisaba. Me fui a la página y allí estaba yo, metiéndome con medio universo, porfiando destempladamente con los demás chateadores, empleando palabras que jamás empleo y reconociendo públicamente -sin complejos- que tengo un pene de dimensiones ridículas. Para rizar el rizo, alguien ponía en duda que el impostor fuese yo, pero el impostor le resolvía esa duda razonable: él era yo, sin duda posible, y de paso se acordaba feamente de la madre del otro por haber dudado de que él era yo.

Pero el juego de espejos continuaba: otro charlatán cibernético salió a escena para decir que el tipo que se hacía pasar por mí era un farsante, porque quien era yo era él, y le afeaba al otro el haber suplantado su personalidad, que no era otra que la mía. A partir de entonces, ambos se pasaron varias horas discutiendo si el primero era yo o si lo era el segundo, mientras que algunos terceros en discordia aportaban sus hipótesis y arriesgaban apuestas: algunos sospechaban que yo era el primer impostor, mientras que otros estaban seguros de que yo era el segundo impostor, el advenedizo.

¿Resulta divertido hacerse pasar por otro? Supongo que sí. Yo mismo me hago pasar por mí mismo cuando no tengo más remedio, ya que siempre será mejor eso que mostrarte realmente como eres: un fantasma desconcertado que no sabe muy bien del todo quién es, porque toda identidad es un espejismo de la conciencia, un apaño de la razón para ir tirando. Hasta que un día nos morimos y quedamos a la espera de que alguien se haga pasar por nosotros en la ouija.

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viernes, 23 de abril de 2010

VERGÜENZA AJENA


Todos los sentimientos son raros y desconcertantes, cada cual a su modo, entre otras razones porque suponen una anomalía del ánimo, que anda más en sí desde la serenidad que desde la turbulencia. De todas formas, creo que estaremos de acuerdo en que, entre todos los sentimientos que podemos padecer o disfrutar, el más raro de todos es el de la vergüenza ajena.

Si bien se mira, el hecho de sentir vergüenza ajena es algo tan prodigioso como lo sería la capacidad de sentir el dolor de muelas que padece tu vecino o como contagiarte del tartamudeo de alguien que te para por la calle para preguntarte la hora. La vergüenza ajena es un extrañísimo sentimiento extrañísimamente solidario, ya que asumes una vergüenza que ni siquiera quien la provoca la siente, de modo que cargas con una vergüenza ajena sin tener el apoyo moral de la persona que está provocándote la vergüenza en cuestión, esa persona, en fin, que está haciendo el ridículo sin saberlo y sin sospechar que eres tú quien está sufriendo los inconvenientes que trae consigo el sentimiento de vergüenza.


Se podría suponer que la vergüenza ajena no es en el fondo tan ajena, ya que a veces sentimos vergüenza ajena a causa de personas allegadas a nosotros, de modo que, en determinada medida, se trataría de una vergüenza propia. Pero hay ocasiones en que uno llega a padecer vergüenza ajena a causa de personas del todo desconocidas, y ahí se nos derrumba el argumento de la vergüenza ajena como sentimiento dependiente de la cercanía con el estimulador de dicha vergüenza. Y eso resulta lo más injusto de todo, pues lo lógico y razonable sería que cada persona cargase en este mundo tormentoso con sus vergüenzas propias y exclusivas, sin tener que verse obligada a asumir las del prójimo, que casi nunca es un ente que merezca demasiada fiabilidad psicológica.


Esa condición transferible de la vergüenza la convierte en un peligro social soterrado, ya que no existe cosa que dé más vergüenza que el sentir vergüenza ajena, en buena parte porque nos da vergüenza del otro y, a la vez, nos da vergüenza de que nos dé vergüenza asumir la vergüenza de quien ni siquiera se toma la molestia de asumir su propia vergüenza. Esta suma de circunstancias hace que el carácter del vergonzoso ajeno vaya escorándose a la misantropía, a la cerrazón social, al anacoretismo, lo que en ocasiones se ha traducido en depresión y en absentismo laboral.


Según cuentan, vivía en la localidad sevillana de Écija un talabartero, muy fino en su labor, que no podía cruzar dos palabras con una persona sin sentir al minuto una irresistible vergüenza ajena, hubiese motivo para ese sentimiento o no, lo que le hacía sentir también vergüenza propia. Debido a ese defecto, dejó de hablar con la gente y la gente dejó de hablar con él, hasta el punto de que colocó un torno conventual en la puerta de su negocio y a través de él recibía los encargos y despachaba su esmerada mercancía, entre la que se contaban atalajes de cabalgaduras, zahones y botos. Y en ese régimen de aislamiento se mantuvo hasta la muerte, víctima de las dos modalidades básicas de vergüenza. Descanse en paz.


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lunes, 19 de abril de 2010

POLÍTICOS PORTÁTILES





La vida suele ser corta, al menos para la mayoría de los asuntos relacionados con la vida. A causa de esa brevedad, admiramos que alguien sepa asentarse con diligencia y fundamento en el mundo, adquirir habilidades y saberes, asumir el legado de la tradición en algún ámbito profesional y abrir caminos en ese ámbito, que suele ser limitado y específico, inevitablemente especializado, porque nadie puede saber todo sobre su propia materia de trabajo o de estudio.

De todas formas, los políticos constituyen una raza aparte, circunstancia que proclamo con orgullo y asombro. A lo largo de su vida, un político está capacitado para deambular por territorios diversos sin mengua alguna de su efectividad gestora: puede levantarse como viceconsejero de obras públicas y acostarse como subdelegado provincial de cultura y deportes, lo que en absoluto constituye un impedimento para que la semana próxima sea nombrado director general de innovación y ciencia. Puede darse el caso prodigioso de que un individuo que es médico de profesión acabe como delegado municipal de urbanismo, de igual modo que puede producirse el hecho portentoso de que un arquitecto acabe como delegado municipal de sanidad, porque la tómbola de los cargos no está obligada a someterse a las estrecheces de la lógica. Es la magia, en fin, de la política, donde nadie está obligado a ser quien es, sino un emblema de algo: un abogado puede llegar a convertirse en teniente de alcalde delegado de playas, en tanto que un pastor de ovejas puede transformarse de un día para otro en delegado de tráfico, porque siempre será más fácil pastorear unos coches que un rebaño de seres irracionales. El milagro, en definitiva, de la ciencia infusa.

No faltan lenguas que difunden la malicia de que hay seres con la mente envenenada por el poder, como si llevaran puesto el anillo maléfico del Señor de los Anillos, y que son esos envenenados quienes están dispuestos a aceptar cualquier cargo con tal de no volver a una vida laboral corriente, sin coche oficial, sin dietas, sin tarjeta de crédito con cargo indirecto al contribuyente, sin secretarias, sin uso gratuito del teléfono y sin ociosas comidas de trabajo. No sé yo. Me da a mí que se trata más bien de individuos no sólo dispuestos a sacrificarse por el bien común desde cualquier trinchera (hoy agricultura y pesca y mañana gobernación y justicia, por ejemplo), sino personas que se desviven por mantener vigente la imagen del humanista del Renacimiento.

Dejémonos de una vez de suspicacias y aceptemos, en fin, la condición portátil de nuestros políticos: no importa no saber ni una palabra de algo para ser el representante social y el gestor institucional de ese algo. Ellos manejan razones que el vulgo no puede entender. Ellos están hechos de otra pasta. Exactamente, de la misma pasta que la Barbie, esa muñeca que representa el colmo de la polivalencia.


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lunes, 12 de abril de 2010

HECHO A MANO






Si entras en una tienda y ves que un objeto lleva el letrero de “Hecho a mano”, échate a temblar, porque pueden pedirte por él lo que quieran, así se trate de una cuchara de palo. “Hecho a mano”, nada menos. “¿Con la mano de quién?”, cabría preguntar, porque está claro que no todas las manos valen lo mismo. O mejor dicho: por el hecho de ser mano, toda mano tiene un gran valor, como es lógico, pero un valor como tal mano (es decir, como algo de mucha utilidad para el dueño de la mano en cuestión y tal vez para su pareja), lo que no quiere decir necesariamente que todo cuanto haga esa mano tenga valor de mercado, porque hay manos y manos.


Hay manos habilidosas y manos torpes, manos destrozonas y manos creativas. A la persona que sabe gobernar en sus manos y sacarles un provecho práctico la llamamos “manitas” y a la persona que desbarata cuanto toca la llamamos “manazas”, que son denominaciones con un ligero matiz degradante: el diminutivo de la primera denominación insinúa una especie de habilidad ociosa y dominguera, enfocada a la pura tontería artesanal, mientras que el sufijo de la segunda sugiere una cierta brutalidad inconsciente de elefante en una cristalería, cuando en realidad el manazas puede ser una persona prudente que no se mete en líos manuales de ningún tipo, salvo los básicos. Las categorías intermedias no gozan de denominación, y eso tal vez que salen ganando. (En un plano un poco más tangencial, tendríamos la denominación de “chapuzas”: alguien que no hace las cosas demasiado bien, pero que las hace, incluso a deshora.)


El prestigio de los cachivaches hechos a mano se basa en una superstición de carácter primitivista: la desconfianza ante la máquina. En algún rincón del subconsciente, damos por hecho que todo artesano pone el mayor esmero en la elaboración de un producto, mientras que una máquina se limita a seriar productos sin importarle el resultado. No sé yo. Hay artesanos malísimos y máquinas perfectas. Hay máquinas prodigiosas y artesanos lamentables. En la vida se me ocurriría comprar un bolígrafo hecho a mano, por ejemplo, porque la peor de las máquinas de hacer bolígrafos siempre será más fiable que el mejor de los artesanos dedicados a manufacturar bolígrafos, en el caso de que exista una ocupación tan estrafalaria y tan poco rentable. La mano es decisiva si uno recibe el encargo de pintar a una infanta y se da el caso de que el dueño de la mano se apellida Velázquez, por ejemplo, pero la mano deja de tener importancia si de lo que se trata es de fabricar una sartén antiadherente, creo yo.


“Hecho a mano”, lee uno en la etiqueta de un producto cualquiera: de una bufanda, de un zapato, de una tinaja, de un bolso, de una alfombra, de una máscara africana o incluso de una barra de pan. Bien, ¿y qué? ¿Qué garantía especial ofrecen esas manos anónimas? ¿Qué virtud extra otorgan esas manos al producto para que nos cueste más caro que un producto industrial? Misterio.


Las máquinas hacen muy bien las cosas no por ser máquinas, claro está, sino por ser fruto del ingenio humano, que prefiere disfrutar de las cosas en vez de pasarse la vida construyéndolas, ya sean esas cosas prácticas o suntuarias, porque todo tiene su utilidad: el jarrón y la espumadera, la perla y tenedor, el ventilador y el broche de diamantes. Y no estaría mal pensar en un nuevo reclamo: “Hecho a máquina con una máquina hecha a mano”.


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lunes, 5 de abril de 2010

GRANDES ACONTECIMIENTOS


















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Con la llegada de la primavera, la gente del Sur no ganamos para sobresaltos antropológicos.


En cuanto guardamos los disfraces de carnaval en el armario, se nos viene encima la Cuaresma y, de repente, nos vemos metidos en Semana Santa, de modo que tenemos que sacar del armario la túnica, el capirote, las alpargatas y, en fin, los distintivos particulares (capas de satén, fajines de seda) de aquella cofradía que sea objeto o cauce de nuestra devoción ritual. En cuanto guardamos el atuendo penitencial en el armario, tenemos que orear el traje corto o el de faralaes, porque se nos viene encima la feria, y el disfraz étnico andaluz para las ocasiones festivas no es poca cosa: botines, zahones, marsellés, sombrero de ala ancha, camisa con chorreras, mantones, mantoncillos, caireles de plata fina, peinetas, gemelos de nácar...

Aún bajo los efectos secundarios propios del etilismo que trae consigo cualquier feria, tenemos que sacar del armario el atuendo rociero, que es muy parecido al utilizado en la feria, aunque no del todo igual, pues cada cosa es lo que es, afortunadamente para los sastres. El armario de un andaluz profesional, en definitiva, suele estar más surtido que la guardarropía de un teatro de provincias. Lástima que el caballo no quepa en el armario. Cuando llega la época de ferias, la sociedad se divide, por cierto, en tres grandes estamentos: los caballos propiamente dichos, los que tienen caballo y los que no tienen caballo. Nadie desea pertenecer al primer estamento, pero todos desearíamos pertenecer al segundo, porque a nadie le gusta que los demás lo miren desde la altura feudal de un caballo. "¿Cuánto costará un caballo?", se pregunta uno. "¿Por cuánto viene a salir una jaca como ésa que monta usted con inigualable dominio y donosura?", le preguntamos al fin al jinete que hace artístico passage sobre una jaca torda por el real de la feria. Cuando nos enteramos del precio del animal, sentimos un crujido dentro del alma, nos agarramos a una botella de vino de la tierra con la misma amargura con que un filósofo existencialista se agarra al concepto de la nada, nos vamos a la calle de las atracciones y nos montamos en un caballo sonriente y multicolor del tiovivo, y sobre él nos ponemos a meditar sobre la injusticia y la desigualdad existentes en el mundo, y comprendemos entonces a la perfección la vigencia de la teoría de la lucha de clases.

Tampoco está barato el jamón, y una feria sin jamón se convierte en algo parecido a una temporada de ayuno ascético. En época de farolillos y de faralaes nadie come mortadela, pongamos por caso, porque la mortadela entra en contradicción metafísica con el concepto popular de diversión a lo grande. Ir a la feria sin caballo es un hecho lamentable en sí mismo, pero ir a la feria y comer mortadela en vez de jamón supone una especie de distorsión antropológica. Y lo mismo ocurre con la bebida: en una feria se bebe manzanilla de Sanlúcar, fino de Jerez o cerveza helada y diurética (lo que tiene como consecuencia la inundación inevitable de los urinarios públicos), pero a nadie se le ocurre beber sangría, por ejemplo, porque esa ocurrencia podría interpretarse como un atentado contra las señas colectivas de identidad. Ni siquiera los extranjeros pueden tomar sangría en las ferias, aun siendo la sangría nuestra bebida más turística, de modo que se ven obligados a beber fino o manzanilla, y luego ocurre lo que ocurre.

La primavera del Sur, en fin, tan complicada…


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lunes, 29 de marzo de 2010

LA HORA ELÍPTICA




Hemos tenido que adelantar una hora los relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado del tipo vacuno o del tipo ovino o bien seamos abstracciones.

No puedo presumir de ser lo que se dice un especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas: las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos den la contraorden de atrasar los relojes, allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las estaciones frías.

Vive uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, a esta hora nonata, borrada por decreto y de un plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos con las horas.

También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj cimarrón con sus colegas vanguardistas.

Los relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”, dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y, al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas clandestina de un turcumano.

Y es que con el tiempo, en fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por jugar a correr más aprisa.


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