sábado, 30 de enero de 2010

ESCALAFONES



Vas por la calle y un tipo te tiende una octavilla publicitaria.
La coges, asientes en señal de agradecimiento y te la guardas en el bolsillo sin mirarla siquiera, porque, sea lo que sea lo que esa octavilla pretenda vender, estás seguro de que no lo necesitas para nada, a pesar de que no pase un día sin que compres algo, porque casi todo el mundo tiene que comprar algo cada día: el pan, una cajetilla de tabaco, el periódico, una bombilla, un sofá, alpiste para los canarios o tal vez un coche. Quién sabe. Algo. El privilegio y la servidumbre de las sociedades capitalistas del primer mundo, como si dijéramos.
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Llegas a casa y, al vaciarte los bolsillos, reaparece la octavilla, en la que se ve a un tipo con pajarita que toca, circunspecto, una guitarra. “El mejor guitarrista español”, se lee en español propiamente dicho, en inglés, en italiano y en francés. El mejor. No un buen guitarrista. No uno de los mejores. No. El mejor. El guitarrista Antonio Martínez. El mejor.
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En la radio, una locutora comenta el libro de un paisano suyo al que, según confiesa, le une una vieja amistad. “No hay quien adjetive mejor en todo el mundo”, asegura. En todo el mundo. No sólo en Europa y en Asia, no sólo en América del Norte y en el Polo Sur. No. En todo el mundo. Los adjetivos. Los mejores adjetivos del mundo da la casualidad que los utiliza mejor que nadie su paisano y amigo. Y se queda tan ancha. Y el adjetivador prodigioso cabe suponer que se fuma un puro.
El mejor guitarrista español. El mejor adjetivador del mundo. Eso sí que es suerte. Y es que las disciplinas artísticas tienen eso: que su escalafón es mágico a fuerza de ser inexistente, aparte de discutible: una controvertida entelequia. Un corredor de fondo que llega siempre el último a la meta tiene la desgracia de no poder poner en sus tarjetas de visita “El mejor corredor de fondo del mundo”. Porque no. A ningún pescadero se le ocurre poner un letrero que diga “Vendo la mejor merluza congelada del mundo”. Porque no. A ninguna persona que mide 1,70 se le ocurre proclamar que es un gigante. Porque no. Pero en las cosas de arte cabe la esplendidez. Antonio Martínez, guitarrista turístico que actúa en bares turísticos para deleitar con flamenco turístico a la clientela turística, manda a la imprenta una octavilla publicitaria y él mismo se adjudica la corona: “El mejor guitarrista español”. Una locutora dicharachera que emplea adjetivos vulgares e imprecisos cada vez que abre la boca decide que su paisano y amigo es el genio mundial de la adjetivación artística, y le otorga ese título estilístico ante miles de oyentes.
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Y la vida sigue. Al fin y al cabo, hay miles de guitarristas que, por una cosa o por otra, son el mejor guitarrista del mundo, por malos que sean: basta con ir a una imprenta. Hay miles y miles de escritores del montón que, al menos durante un rato, son los mejores escritores del mundo: basta que una locutora lo proclame. Incluso el peor guitarrista español tiene el derecho de poder anunciarse como el mejor guitarrista español. Incluso el más gris de los escritores puede pasar por ser durante un instante el mejor adjetivador mundial gracias a las artes publicitarias de una locutora aficionada a los juicios estéticos temerarios.
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Y así nos divertimos todos un poco: el guitarrista Antonio Martínez, el adjetivador pasmoso, ustedes e incluso yo, el mejor articulista de variedades del mundo, incluida Oceanía. Y olé.
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viernes, 22 de enero de 2010

ECHANDO EL RATO










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Los libros pueden ser el reino natural de la fantasía, aunque su propósito último tal vez consista en convertirse en una interpretación de la realidad, así se apoyen en ensueños y en quimerismos, en patrañas y en leyendas, cuando no en puros disparates.

Collin de Plancy publicó en 1826 su Diccionario infernal, un recuento de seres diabólicos, prodigiosos, sorprendentes, venerables o sobrenaturales, según el caso. Una especie de Gotha de los inframundos. Una suerte de vademécum de anomalías celestiales, infernales y terrestres.

El autor puso al frente de su catálogo de portentos la siguiente apreciación de Plutarco: “El hombre supersticioso teme la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el silencio y el ruido. Tiene miedo incluso de sus sueños”.

En una tarde ociosa, abre uno ese compendio de sobrenaturalezas y se deja llevar: “Cavadrio: pájaro inmundo, según el Deuteronomio. Nosotros no tenemos conocimiento de él, pero los rabinos aseguran que se trata de un ave maravillosa cuya mirada curaba la tiricia. Para ello, era necesario que el enfermo y el pájaro se mirasen fijamente, porque, en caso de apartar Cavadrio sus ojos, el enfermo moriría en el acto”. Y cambiamos de tercio: “Belaam: demonio de quien sólo se sabe que el 8 de diciembre de 1632 entró en el cuerpo de la hermana Juana de los Ángeles, religiosa de Lodoun”. (Escaso currículo para un demonio, en fin: una sola posesión.)
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Poco después nos encontramos con la biografía de Belfegor, demonio de los descubrimientos y de las invenciones ingeniosas, aunque algunos rabinos lo consideran el demonio del pedo. Behemoth, por su parte, sería un demonio pesado y estúpido, glotón y lujurioso, que desempeñaría en el infierno el cargo de sumiller, en tanto que el bello Belial, aparte de ser uno de los más altos jerarcas infernales, ostentaría el rango de demonio de la sodomía, lo que no fue obstáculo para que Salomón lo pusiera cautivo dentro de una botella junto a todas sus legiones, compuestas por 522.200 diablos, de modo que pueden ustedes imaginarse el tamaño de la botella, aunque en asuntos de magia las cosas suceden al margen de las proporciones lógicas.

No faltan en el diccionario de Collin de Plancy las vidas ejemplares, como antídoto contra tanta diablura. La de san Salvio, obispo de Albi, pongamos por caso, que, tras padecer unas descompasadas calenturas y ser dado por muerto, sanó milagrosamente, extremo que le entristeció: “¡Ay, Señor! ¿Por qué me habéis devuelto a este lugar tenebroso?” Tampoco escasean los poseedores de habilidades utilísimas, como por ejemplo el cirujano y alquimista medieval Leonardo Fioravanti, que se jactaba de pegar las narices mutiladas.

También hay lugar para el relato de competiciones pintorescas, como la que sostuvo la bruja Dominguina Maletuna con una rival: saltar desde lo alto de una montaña de los Pirineos y salir con vida de la prueba. (No hace falta decir que Dominguina resultó vencedora.)

Quimeras y quimeras y quimeras. Pasatiempos sombríos de la imaginación. Supersticiones miedosas. Cuentos para dormir con un ojo abierto y el otro cerrado, mientras la luna espectraliza la tiniebla, y el subconsciente aúlla, y la razón se da por vencida. O algo así.



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lunes, 18 de enero de 2010

REBELIÓN EN LA GRANJA


Estamos ya en lo crudo del invierno y no se han cumplido nuestras imaginaciones más apocalípticas con respecto a la gripe A.
Con arreglo a las alarmas puestas en circulación por los expertos sanitarios y por los políticos expertos en sí mismos, nos habíamos hecho a la idea de que las calles amanecerían repletas de cadáveres y unos obreros disfrazados de enterradores de la Edad Media se dedicarían a recoger a las víctimas, que serían trasladadas en un carromato tirado por una mula a una fosa común. Imaginábamos ya procesiones con flagelantes y con curillas milagreros, en petición de súplica a las alturas. Imaginábamos cerrados los lugares públicos, con una X pintada en la puerta como señal de núcleo infeccioso. De momento, en película se queda, por fortuna, la película.

A la gripe A la conocimos en un principio por una denominación más rústica: gripe porcina, lo que añadía a las molestias propias de toda patología viral un componente de ruralismo inelegante, y tampoco se trataba de eso, de modo que enseguida dispusimos no sólo de una vacuna surgida por sorpresa, sino también de una denominación más decorosa.

Ya nos llevamos un sobresalto con la gripe aviar, con la que tampoco llegó la sangre al río. Primeros los pollos, en fin, y luego los cerdos. Creo, no sé, que los científicos deberían tener en cuenta un dato a la hora de analizar el origen de esos amagos pintorescos de pandemia: ¿no resulta sospechoso que sean precisamente los pollos y los cerdos los animales que más devoramos, aparte de darles muy mala vida? Ahí tiene que haber un elemento de venganza. Llevamos siglos matando pollos y cerdos para poder comer alitas de pollo en salsa picante o jamón de bellota, y todo tiene un límite. Mi hipótesis científica al respecto es que tanto los pollos como los cerdos han montado unos laboratorios secretos en los que cultivan virus dañinos para sus verdugos humanos. Es verdad que matamos a cualquier bicho viviente, y que por comer nos comemos hasta las ranas, pero me temo que la peor parte se la llevan los pollos y los cerdos, de ahí que no sea casual que estas dos pandemias ficticias hayan tenido su origen en esas dos especies sometidas a un continuo holocausto.

¿Qué es lo que ha fallado para que los pollos y los cerdos no acaben con el género humano? Muy sencillo: sus laboratorios clandestinos no disponen de la tecnología ni de la experiencia de nuestras grandes empresas farmacéuticas, empresas filantrópicas que llevan años defendiéndonos no sólo de amenazas mortales, sino incluso de nuestras indigestiones de pollo o de cerdo, que podemos paliar con una pequeña dosis de sales de fruta o de simple bicarbonato. Y esas empresas se han hecho tan ricas con los productos antigripales, que me temo que van a hartarse de comer pollo y jamón. Porque está visto que aquí siempre pierden los mismos.
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martes, 12 de enero de 2010

SALUDOS



En las ciudades no sé, pero, en los pueblos, cuando dos desconocidos se cruzan por la calle muy de mañana (a esa hora en que la claridad es aún una fantasmagoría indecisa y el mundo parece un prodigio inacabado) se dan los buenos días, por lo general mediante un tímido susurro articulado sólo a medias, porque nadie se levanta con la lengua ágil, a menos que se haya pasado la noche hablando en sueños, que ya son ganas de hablar, o a menos que se trate de un barítono o de un pastor de ovejas, oficios uno y otro que requieren buena voz, aunque cada cual para lo suyo, como es lógico: para ponerles los vellos de punta a los melómanos o para hacer entrar en razón a una cordera trotona, respectivamente.
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Es la cortesía, en fin, de los extraños, como si entre sí quisieran darse la bienvenida a la realidad de un día nuevo, tras esa expedición psicodélica por las regiones hipnóticas que nos organiza a su antojo el subconsciente.

A medida que las calles van llenándose, ya sólo se saludan los conocidos, porque a los desconocidos ni los miramos, por la cuenta que nos trae, ya que una mirada puede interpretarse de muchas maneras. Ahora bien, ¿quiénes son esos conocidos? Ahí comienza la indecisión.

En los pueblos, el espectro de conocidos puede ser muy amplio. Tienes que saludar durante toda tu vida al fontanero que una vez te arregló un grifo, porque si no lo saludas, puede interpretarlo no ya como un gesto descortés, sino como un acto de ingratitud: te arregló el grifo y ahora haces como si no le conocieras. Tienes que saludar durante toda tu vida al dueño de la zapatería en la que entraste una sola vez y en la que ni siquiera pudiste comprar aquellos mocasines que viste en el escaparate, porque no le quedaba ningún par de tu número, y si no lo saludas, ten por seguro que va a interpretarlo como un acto de venganza.
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Tienes que saludar durante toda tu vida al hombre que salió corriendo de la cafetería para darte aquel paraguas que habías olvidado, porque incluir a ese desconocido en la categoría de los desconocidos sin derecho a saludo sería una falta de respeto al gremio espontáneo de los rescatadores de paraguas. Tienes que saludar durante toda tu vida al camarero que te derramó encima un plato de sopa marinera, porque negarle el saludo sería una muestra indudable de rencor. Tienes que saludar durante toda tu vida a aquella muchacha que una vez te pidió fuego en un bar, porque el hecho de no hacerlo podría interpretarlo como una negativa a darle fuego en el futuro. Tienes que saludar durante toda tu vida al tío del cuñado de la novia de aquel primo tuyo que te invitó a una barbacoa campestre en la que no sólo estaba el tío del cuñado de la novia de tu primo, sino también el suegro del hermano pequeño del cuñado de la novia de tu primo y el yerno de la nuera de la hermana de aquel electricista tan amable que te arregló cuando eras niño el scalextric, y a todos los saludarás a lo largo de toda tu vida, en recuerdo de aquella estupenda barbacoa.

Está bien eso de salir a la calle y saludar a granel a la gente. Gente con la que la comunicación se reduce a frases de una o dos palabras dichas al paso (“Hola”, “Adiós”, “Buenas tardes”…) y que siempre significan otra cosa: “No me olvido de que hace nueve años me arregló usted un grifo”, por ejemplo. Y así sucesivamente.
Buenos días.


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jueves, 7 de enero de 2010

FUMAR SIN PÚBLICO




Fumar es una estupidez. Lo sé de muy buena tinta porque fumo desde los 12 años. Un veterano del humo, como quien dice, con muchas medallas de nicotina y de alquitrán –y quién sabe de qué otros miles de sustancias- en el pecho.
De todas formas, no conozco a ningún fumador que sea tan estúpido como para mostrarse orgulloso de su adicción al tabaco, ni siquiera para manifestarse a favor del tabaco, y por eso me resulta inconsecuente que existan no fumadores que, aunque no les echemos el humo a la cara, estén en contra del consumo de tabaco, cuando los únicos que tendríamos derecho a ser enemigos a muerte del tabaco somos precisamente los fumadores.

Por una cuestión de dignidad corporativa, los fumadores estamos dispuestos a ser considerados apestosos, pero no apestados. Suicidas pero no asesinos. Llegado el momento, comprendimos que era una salvajada fumar en los hospitales, en los centros de enseñanza, en las oficinas, en los transportes públicos… Y creo que la mayoría lo comprendimos no por la fuerza de una ley, sino por la fuerza del sentido común: ni siquiera a los fumadores nos entusiasma fumar, de igual modo que al ludópata no le entusiasma jugarse el sueldo en dos horas. La sociedad tiene capacidad espontánea para crear sus normas de convivencia dentro de unos parámetros de sensatez y de respeto, lo que no quita que los gobernantes caigan en la tentación de la rigidez legislativa para prevenir desmanes que no tienen por qué producirse.

En cualquier momento de este nuevo año, según parece, ya no podremos fumar en lugares públicos, y eso resulta un poco más difícil de comprender, porque se da el caso de que muchos lugares públicos son privados. “Ya que no somos capaces de mantener limpio el planeta, al menos mantengamos limpios de humo los bares”, parecen razonar los políticos. De modo que podremos entrar o no en un bar de alterne, a nuestro libre albedrío. Podremos entrar o no –a nuestro criterio- en un bar gay o en una taberna de hinchas futbolísticos. Podremos entrar o no –a nuestro arbitrio- en un bar cofradiero o grunge. Podremos entrar o no –a nuestro gusto- en una sala de streap tease o en un bingo benéfico. Pero no podremos elegir entrar en un bar de fumadores.

Y es una lástima, porque si la ley permitiese la existencia de bares en exclusividad para fumadores, no sólo seríamos fumadores activos, sino también pasivos, con lo cual nos envenenaríamos el doble en la mitad de tiempo, nos moriríamos mucho antes y le evitaríamos un problema a nuestra celosa administración, veladora de nuestra salud por la vía de la paradoja: legalizar la fabricación del veneno y anatemizar -e incluso penalizar- su consumo.

En medio de todo esto, la vicepresidenta del Gobierno, a propósito del proyecto de prohibición de las corridas de toros en Cataluña, proclama que no hay que prohibir, sino que lo idóneo es que se pueda elegir en libertad. Pues vale.


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lunes, 4 de enero de 2010

TRÍO DE REYES


Estamos acostumbrados a identificar a los magos de Oriente con un alcalde o con un concejal con barba postiza, o bien con la cara embadurnada si le toca hacer de Baltasar, pero ¿qué sabemos en realidad –y es un decir- de esos aventureros a los que la tradición popular ha ascendido al rango de reyes? En la Biblia, sólo los menciona san Mateo, y tenemos que recurrir a los evangelios apócrifos para verlos echarse de nuevo a los caminos con una estrella anómala por guía.
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El asunto de la estrella resulta en sí mismo bastante complicado: si hacemos caso a san Mateo, los magos siguieron una estrella que vieron brillar en el este, pero, dado que ellos estaban precisamente en el este, por fuerza tuvieron que seguir una estrella que, al avanzar ellos hacia el oeste, les quedaba a la espalda, que es una manera extraña de seguir algo. Tampoco faltan las hipótesis en torno a la naturaleza de aquel fenómeno: ¿una supernova, el cometa Halley, el cometa Hale-Bopp, un meteoro, la conjunción de Venus y Júpiter…?

Hay quien supone que los magos pudieron ser sacerdotes persas de la religión zoroástrica, de tradición mesiánica, y hay quien los identifica con sacerdotes de Mitra, dios solar. Sea como sea, ni siquiera sabemos el número exacto (en un ámbito de fábula, claro está) de aquellos magos errantes e imaginarios que llegaron a Jerusalén en busca del imaginario rey niño de los judíos. San Mateo no precisa cuántos eran, aunque hay quien deduce por el número de ofrendas (oro, incienso y mirra) que fueron tres, y es el Papa san León, en el siglo V, quien fija ese número, aunque el arte primitivo cristiano nos presenta un número variable de magos: hasta ocho aparecen representados en un jarrón, en tanto que la tradición oriental eleva ese número a la docena.
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Es Beda el Venerable quien primeramente atribuye a Baltasar una tez oscura, aunque hasta el siglo XIV no encontramos la figura del rey negro. Sus nombres también admiten variantes: entre los griegos, se les conocía por Appellicon, Amerín y Damascón; entre los hebreos, por Magalath, Galgalath y Serakin; entre los sirios, por Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph…

La tradición piadosa da por supuesto que los magos, al regresar de la adoración, fueron discípulos de santo Tomás. Otros afirman que se convirtieron en obispos y que murieron martirizados hacia el año 70 de nuestra era.

A principios del siglo IV, santa Elena, madre del emperador Constantino, reunió los despojos de los magos para que fuesen venerados en Constantinopla, y allí estuvieron hasta que los tres fiambres fueron obsequiados a san Eustorgio, que los trasladó a Milán guiado, según la leyenda, por la misma estrella que guió a los magos en su viaje. En el siglo XII, con el saqueo de Milán por parte de Barbarroja, los tres sarcófagos fueron a parar a Colonia, donde aún se veneran. Para compensar a los milaneses de esa pérdida, ya en la frontera del siglo XX, y gracias a las artes diplomáticas del arzobispo de Milán, los alemanes les restituyeron una tibia, un húmero y un esternón de los magos.

Y esos son, así por encima, los misteriosos visitantes que alteran cada año el sueño de los niños impacientes.
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jueves, 31 de diciembre de 2009

FELICITACIONES






En estos días, gracias a esa especie de filantropía universal que se nos instala en el subconsciente (o similar), todos vamos por ahí regalando felicitaciones y buenos deseos, que son regalos que sólo tienen gasto de saliva: “Feliz 2010”, decimos a cualquiera y de manera irresponsable. Porque, veamos: imaginen ustedes que esa felicitación, aparte de una fórmula de cortesía, fuese también un conjuro eficaz, una fórmula mágica que, efectivamente, hace que su destinatario alcance una felicidad mayor que la que le estaba reservada por la conjugación rutinaria de los astros… o de lo que sea.

Imaginemos que le deseamos un año próspero a un desconocido con el que coincidimos en el ascensor y resulta que ese individuo es traficante de armas, pongamos por caso, de manera que, por efecto del embrujo contenido en nuestra frase, el tipo se harta de vender metralletas por quién sabe qué regiones levantiscas del Oriente, y el año 2010 le viene entonces próspero de pura prosperidad en vena, lo que se dice próspero hasta la náusea, que ya es decir.

O imaginemos que le deseamos un feliz año nuevo al dependiente de una ferretería sin saber que se trata de un asesino en serie que colecciona hachas, machetes y sierras mecánicas para trinchar al mayor porcentaje posible de vecindario, con la agravante de que nunca recaerá sobre nuestra conciencia el hecho de haberle proporcionado una dosis mayor de felicidad, cuando su aterradora felicidad consiste en cargarse a congéneres.

Son fechas imprudentes las navideñas, y alcanzan su máximo peligro en las inmediaciones del 31 de diciembre, cuando nos dedicamos a formular deseos de felicidad y de prosperidad tres o cuatro veces por minuto, a cualquiera, a gente desconocida, a personas de las que no sabemos su nombre ni, mucho menos, cuál puede ser su concepto de felicidad y de prosperidad, que son nociones oscilantes: hay quien cifra la felicidad en repartir infelicidad y hay quien considera un síntoma de prosperidad el hecho de que un incauto suscriba una hipoteca, y así sucesivamente.

Digo yo, no sé, que los buenos deseos que de manera tan irresponsable repartimos en estas fechas deberían limitarse al círculo de amistades íntimas, y, aun así, conviene hacer ese reparto con cautela: igual le deseas felicidad al amigo que está intentando quitarte la novia, por ejemplo, porque nunca se sabe.

“Que tenga usted un feliz año”, podemos decirle al caballero amable que nos cede un hueco en la barra de una cafetería abarrotada, sin saber que ese caballero es el inspector de Hacienda que va a visitarnos con peores modales y con peores intenciones durante el mes de julio de 2010, poco más o menos. Y es que igual somos magos sin saberlo y nos dedicamos a propagar hechizos y abracadabras que acaban volviéndose contra nosotros, porque cosas más raras se han visto… De todas formas, que tengan todos ustedes un feliz año. Feliz y próspero. Pase lo que pase.

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sábado, 26 de diciembre de 2009

UNA ELEGÍA


Tenía pensado publicar esto el día 24, pero no pudo ser. Va ahora, cuando ya es demasiado tarde para muchos de ellos.



Hoy es un mal día para los pavos. El peor. A estas alturas, son muchos los pavos que han caído ya y que reposan boca arriba, desplumados y decapitados, en el frigorífico, a la espera de que los trufen, de que les coloquen una naranja en el lugar en que tuvieron siempre la cabeza, de que los aderecen con salsas barrocas, de que los horneen para dorarles el pellejo fantasmagórico y para reblandecer su carne prieta, que siempre acaba teniendo una textura de corcho y caucho. Hoy es un día malo para ellos. El peor. Aunque no tanto como para los pavos que siguen vivos, vivos pero aterrados, alzando plegarias urgentes al dios emplumado de los pavos para que su amable providencia detenga en el último momento la mano ejecutora. Ahí están ellos, a la espera de que los suban al patíbulo de la encimera de granito y les corten el cuello con un cuchillo asiático. Los pavos, los pobres pavos.

Nada más lejos de mi intención que el promover un debate científico en estas fechas entrañables, pero estoy convencido de que llega un momento en la vida de todo pavo en que adivina que nos lo vamos a comer. Es posible que en su infancia el pavo vea a los humanos como unos seres generosos que le alimentan y le ofrecen cobijo, pero el pavo adulto, al desarrollar su capacidad de raciocinio, comprende que es el elemento de un sacrificio ritual. De ahí que el pavo adulto se comporte de manera esquiva y recelosa, evasiva y suspicaz, como si en vez de un pavo adulto fuese un pavo que estuviese aún en la edad del pavo. Y los pronósticos del pavo se cumplen, por supuesto, y eso va creando una especie de memoria genética en la especie. Un pavo oye un villancico flamenco y es como si oyera una marcha fúnebre polaca.

Los nuevos usos sociales están desplazando al pavo del menú navideño en beneficio de manjares más exóticos, y eso que sale ganando el pavo. Sé de pavos que llegan a la víspera de la Navidad con la esperanza de que sus dueños cenen unos carabineros en salsa de piña o unas endivias rellenas de sesos de ánade al aroma de estoraque con muselina de arándanos. Pero suele tratarse de una esperanza vana: si eres pavo, lo normal es que te coman. Antes, el pavo podía librarse del asesinato navideño gracias al cordero o al besugo. Hoy, la salvación puede llegarle gracias a un libro de recetas vanguardistas, circunstancia que me alegra, porque les confieso que no hay cosa que me estremezca más que la mirada de pavor de un pavo durante la segunda quincena de diciembre, que es el mes de los difuntos para esas aves de corral, conocidas en terminología científica como meleagris gallipavo, aunque en realidad, y en atención a las circunstancias, deberían llamarse morituri te salutant.

Conocí una vez a un pavo que llegó a cumplir los 15 años. Era un pavo sosegado, de vuelta ya de todo, incluso de la tradicional envidia que los pavos comunes profesan a los vanagloriosos pavos reales. “¿Sabes una cosa, Felipe?”, me dijo el pavo. “Preferiría que me hubieran asado cuando era joven, porque te juro que no pasa un día sin que alimente la sospecha angustiosa de que me van a asar”. Es lo que se conoce como el síndrome del pavo viejo. Pero, en fin, con pavo o sin él, felices fiestas.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

VILLANCICOS

Hace varios años escribí estos villancicos levemente humorísticos y vagamente melancólicos para felicitar a algunos amigos.

Como las navidades son algo así como el eterno retorno de lo idéntico, van ahora.





VILLANCICO PEQUINÉS

Ni manjares palestinos
ni comida israelí.

Ni delicias de bovino
ni pato a la bengalí.

Mucho menos calamares.
Mucho menos colibrí.
No medusas de los mares.

Junto a la mula y el buey,
san José come chop-suey.


VILLANCICO ESQUIMAL

A Belén van cuatro focas.

(Para una foca
loca
cualquier distancia es poca.)

Cuatro focas más gordas que una foca
van a Belén.

“Pues muy bien”.

No.

Pues muy mal.

Si a Belén se van las focas,
¿qué comerá el esquimal?



VILLANCICO MEDIO SEFARDÍ DE DALLAS

¿Qué serad de mibi?
Meu habibi do estarad.
Habibi meu, Billy Cow.
Ay, qué solas quedarán
las vacas sin Billy Cow.




VILLANCICO BALCÁNICO


Pasaban tanta hambre
a veces
los pastorcicos
que sólo se sustentaban
de peces,
nueces y estambres.

Del hambre que pasaban
los pastorcicos.




VILLANCICO MARROQUÍ

A Belén llegó un morito.

Nunca lo hiciera.

Que preso lo cogieron,
fuese a galeras.

Bravo morito,
que ahora rema que rema
triste y contrito.

(Paisas que vais a Rabat,
rezadle por él a Alá.)

(Os lo pide Mustafá,
ex alfaquí de Alcalá.)


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jueves, 17 de diciembre de 2009

BLUES CON MIGUEL RÍOS

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Como no todo en la vida puede ser literatura, ahí va este enlace musical.

http://www.youtube.com/watch?v=i7tI_VS40TU


Fue en un programa de televisión. No habíamos ensayado, yo llevaba años sin tocar en un grupo y me encuentro de repente en un escenario inmenso, con una banda magnífica, con un público expectante, con las cámaras... y con Miguel Ríos.

Miguel se empeñó en que yo hiciera el solo de guitarra. Empezamos a tocar. Nervios por mi parte, como es lógico, temiendo equivocarme y tener que repetir la toma por mi culpa. Llega el momento del solo. No sé si me sale bien, pero al menos me queda cuadrado. "Uf, menos mal", me digo. Casi al final de la canción, Miguel interrumpe: tiene problemas con los monitores. De modo que a repetir. Me quedaba poca adrenalina, y en esa segunda ocasión el solo me salió regular, tirando a mal.

Luego, como fin de fiesta -whisky mediante, y con pitos carnavalescos- tocamos con Joaquín Sabina la gamberrada que podéis ver en este otro enlance.

http://www.youtube.com/watch?v=uoi9qeFfEeU

Se trata, en fin, de echar el rato.
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martes, 15 de diciembre de 2009

EL FRÍO


Llega el frío y nos impone hábitos.
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Llega el frío y, venciendo la pereza, desenrollamos las alfombras, que se han pasado varios meses de letargo cilíndrico, y la casa se vuelve más silenciosa y mullida, y los dueños de alfombras orientales entornan los ojos y se imaginan que están subidos a una alfombra mágica que sobrevuela el mundo, el mundo calentito del salón. Las alfombras absorben el ruido de los pasos y andamos sigilosos, como si fuésemos los fantasmas errabundos de una mansión encantada.
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Este frío se ha hecho de rogar, pero aquí lo tenemos. Y cómo: stalinista y siberiano.

Llega el frío -el de verdad- y la ropa que abriga invade el espacio que ocupaba la ropa ligera de los veranos (y la ropa casi inútil de la primavera), esa ropa que apenas es ropa, una ropa reducida a su mínima expresión, porque el verano nos hace sentirnos como Adán y Eva, casi desnudos en el paraíso convencional de los pueblos turísticos. Llega el frío -el de verdad- y tocamos de nuevo la lana de los jerséis, porque a ver quién tiene el valor de siquiera tocar un jersey de lana en pleno verano.
Llega el frío -el verdadero: este- y sacamos por fin el edredón de pluma bajo el que dormiremos sepultados, en sustitución del edredón más ligero de entretiempo -¿aunque qué era eso?-, y alguna que otra noche nos despertará, digo yo, la lluvia, que golpeará con sus nudillos cristalinos las ventanas, como si quisiera meterse también debajo del edredón, porque la lluvia debe de pasar muchísimo frío. (La lluvia: ya casi un exotismo.)

Llega el frío y te pones a releer el manual de funcionamiento de los radiadores, porque ya no te acuerdas de cómo se fijaba el termostato y todo ese tipo de habilidades que tienen los radiadores. ¿Para qué va a perder el tiempo la memoria recordando durante los meses cálidos cómo funciona un radiador? Hay que dar vacaciones de vez en cuando a las neuronas, y las neuronas encargadas de custodiar el secreto del funcionamiento de los radiadores se han tomado sus vacaciones estivales tan a pecho, que se han olvidado incluso de que existen artefactos llamados radiadores, de modo que hay que refrescarles la memoria.

Llega el frío y en nuestra vida se instala el concepto de calcetín de lana. Qué artilugio tan raro es un calcetín. Los calcetines negros hacen que nuestros pies parezcan verdugos encapuchados. Los calcetines de cuadros hacen que nuestros pies parezcan gaiteros escoceses. Los calcetines blancos hacen que parezcan espectros. Si mueves los dedos dentro del calcetín, tu pie parece una marioneta.

Llega el frío y las mujeres sacan su colección de medias, esas medias que fingen una piel tersa de escultura, de carnalidad velada. Medias negras de luto y deseo. Medias de color carne para simular la desnudez de la carne. Medias de calados fantasiosos para hacer de las piernas una especie de tótem ambulante.

Llega el frío y sacamos los guantes, esos guantes de lana que dan un aire dickensiano a los niños y esos guantes de cuero que dan a los adultos un aire criminal. Llega el frío y sacamos las bufandas, esas bufandas que acabamos mordiendo cuando el viento sopla gélido y feroz, silbante y loco, y nos salta las lágrimas. Llega el frío y llegan los castañeros, con sus factorías de humo. Llega el frío y la luna se pone borrosa. Llega el frío, en fin, y nos encogemos un poco, camino adentro de nosotros mismos, para buscar allí el valor con que afrontar la helada, la metáfora evidente de la nieve.


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domingo, 13 de diciembre de 2009

EL BELÉN





Los dioses se nos pueden morir entre las manos, porque son entelequias muy frágiles, pero persiste en nosotros el recuerdo del trato que mantuvimos con ellos allá en la edad de oro, en aquel tiempo poblado de deidades portentosas, de hadas y de duendes, de seres luminosos y pequeños, entrevistos en la oscuridad con los ojos aterrados de la fantasía.

De niños, cuando llegaban estas fechas, desembalábamos las figuras de barro: pastores, hilanderas hacendosas, herreros ante el yunque, ángeles anunciadores… Año tras año, aquellas figuras, al desenvolverlas, nos parecían nunca vistas y a la vez muy familiares, como si fuesen parientes venidos sólo por Navidad, tras su letargo en el interior de una caja sellada, embalsamados en hojas de periódico.

Y allí estaba el temeroso rey Herodes, a quien esclavos barbudos, reverentes y terribles, mostraban unas bandejas repletas de cabezas sangrantes de recién nacidos. Y el batallón de soldados de capa escarlata, rígidos y muy serios, con sus lanzas de alambre. De los envoltorios iba saliendo el durmiente bajo la palmera, la vieja que azuzaba unos cerdos, la buñolera ante su perol con aceite, y un gato atigrado a sus pies; el muchacho del torso desnudo que cargaba en sus hombros un carnero. Y luego el zoológico: las ovejas con lana fingida, las bandadas de gallinas policromas, los patos que flotaban, las cabras ventrudas, los polluelos y lechones, las palomas colgadas con tanza….

Llegaba el momento estelar con la aparición de los Magos de Oriente, suntuosos y exóticos, a lomos de caballos y camellos cuajados de atalajes, portadores de cofres que guardaban el oro, el incienso y la mirra. Aquellas majestades errantes por desiertos y por valles frondosos en pos de una alta estrella, brújula hipnótica de la Divinidad…

Hacíamos una excursión a los pinares para cortar lentisco -y para arrancar algo de musgo también si era húmedo el año- y otra excursión a la carpintería para pedir un poco de serrín. Y, luego, tras las labores paternas de electricidad y de carpintería, allí nos congregábamos todos, los niños enredando y los mayores pidiendo disciplina, y el belén, poco a poco, iba adquiriendo el aspecto de un bosque mágico, con sus grutas de corcho, con su nieve incoherente, con el fondo de papel que simulaba constelaciones del color de la plata recién limpia, con su río fluyente y rumoroso, movido por un motorcillo siempre dispuesto a averiarse. El serrín expandía su perfume a madera viva, y el calor de las luces hacía que el corcho evaporase sus humedades, y el lentisco de suave aroma y el musgo de blando olor parecían teñir de fragancia verde el aire, y la habitación en que estaba el belén olía de repente a campo abierto, y mirábamos el tornasol de las bombillas, su juego espectral de sombras, el crepitar de la hoguera simulada, todo color de luces de verbena y todo a la vez sombrío, envuelto en densa noche, pues suelen ser nocturnos los misterios.

Los dioses pueden morir, y de hecho mueren. Pero viaja uno en el tiempo, hacia atrás, hacia lo que ya no existe, y le conmueve la memoria de aquellos momentos en que montaba esos teatrillos con la inocencia de quien levanta un altar a un dios nacido para morir.


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martes, 8 de diciembre de 2009

NOMBRES COMERCIALES



Igual que existe en los ayuntamientos un negociado que revisa los proyectos de los comercios que tramitan su apertura, creo que debería existir también un negociado que inspeccionara el nomenclátor de tales comercios, para evitar en lo posible los bautismos anodinos, ya que, a fin de cuentas, todos los comercios inciden en lo que ahora se llama el paisaje urbano: a lo mejor no entramos en nuestra vida en la Mercería Merchi, pero igual tenemos que pasar veinte veces al día por delante del letrero que la anuncia. Pues bien, y a eso iba: si existiera ese negociado, Merchi, titular de la Mercería Merchi, recibiría un escrito municipal en estos términos: “Señora Merchi, una vez revisado su expediente, le proponemos que su comercio pase a llamarse El Botón Diligente o, en su defecto, La Hebilla Versallesca. Contra esta resolución cabe recurso en el plazo de quince días hábiles”.

La abundancia de franquicias ha uniformado una buena proporción del comercio, de modo que no hay cosa que se parezca más a una calle comercial de Cádiz que una calle comercial de Londres. Y, dado que cualquier síntoma de globalización resulta alarmante para los partidarios de los hechos diferenciales, deberíamos extremar el celo, ya digo, en la singularización nominal del pequeño comercio.

Podríamos empezar por las funerarias, que tienden por rutina al simbolismo lúgubre en su denominación. Se le ocurren a uno marcas diversas para estos negocios que tienen la particularidad exclusiva de que sus clientes sean difuntos: Funeraria la Sorpresa Póstuma, o incluso, si se es partidario de las acuñaciones humorísticas, Funeraria el Hasta Luego, Lucas. Podríamos seguir por las panaderías, ya que no es lo mismo una Panadería Martínez que una Panadería la Levadura Hechizada, no es lo mismo una Panadería Santa Catalina que una Panadería la Blancura Etérea. Y con las confiterías lo mismo: algo que sugiera lujuria y dulzura, capricho y pecado venial… No sé: Confitería el Cuello de Azúcar, o bien Pastelería la Perla Secreta.

Las pescaderías son de los negocios que menos se preocupan por la búsqueda de una marca, y casi todos los pescaderos recurren a su apellido, como si los peces fuesen parte de la familia. No sé por qué, ya que hay bastante campo: Pescadería el Escualo Sigiloso, Pescadería la Caracola Meditabunda, Pescadería la Gamba en Fuga… Las fruterías tampoco van mucho más allá, y es una lástima, porque toda fruta tiene algo de producto venido directamente del Jardín del Edén antes de que las cosas se torcieran allí por una simple manzana.

Y, aparte de estas tonterías, qué frío.
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jueves, 3 de diciembre de 2009

NUEVO LIBRO VIEJO


No creo que los blogs estén para hacerse uno propaganda, pero supongo que, en el fondo, todo queda en familia.
Va la noticia -y es un decir- por si a alguien le interesa: Visor acaba de sacar una nueva edición de mis Vidas improbables, una antología de poetas apócrifos.
El libro se editó por primera vez en 1995. Esta es una edición muy ampliada, con mucho material nuevo y con nuevos poetas fantasmales: un modernista sanluqueño tentado por la vida disipada, un ultraísta que a la vez fue latinista, un surrealista desventurado, un beat...
En algo, en fin, hay que distraerse.
En esta galería de apócrifos hay un individuo, caligráfo versátil, que se dedica a falsificar poemas de celebridades: Keats, Pessoa, Leopardi, Eliot, Auden, Emily Dickinson...
Doy a continuación su falsificación de Borges.
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P L A T Ó N
Jorge Luis Borges


Desde su sueño en vilo un hombre urde
La leyenda del alma y la caverna,
De los dos que son uno y de esa eterna
Abstracción del amor. Nada le aturde:
Su épica es la busca laboriosa
De un espejo perfecto que deforme
La imperfección de sombra de la informe
Figuración del ser, que a cada cosa
Otorga una apariencia engañadora.
Sabe que el universo es una puerta
Que abre otro laberinto. Está desierta
La noche sin su luna. Ve la aurora
A un griego que divaga y que se asombra
De ser entre las sombras otra sombra.




NOTA. Esta tosca falsificación –una de las pocas en lengua española que conocemos de Rogelio Vega- circuló manuscrita con la caligrafía de doña Leonor Acevedo, madre del poeta ciego. Lleva diversas anotaciones, a saber: en el verso 4, “ritmo rígido”; versos 6 y 7, “rima intolerable”; “corregir asonancias versos 9 y 12 con versos 5 y 8 y con versos 13 y 14”.
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sábado, 28 de noviembre de 2009

VIAJES







Hay muchas formas de viajar, entre ellas la que consiste en no moverse uno de casa y darse cuenta de que está muy lejos, perdido por el mundo, incorpóreo y errante, subido a una esterilla voladora, visitando regiones etéreas, paseando por calles espectrales, escrutando espejismos: monumentos de humo, catedrales que están hechas de lo que están hechas las nubes, mares que no se mueven, bares llenos de fantasmas silenciosos, plazas en que hay pájaros de papel y palmeras pequeñas, porque la memoria reduce cualquier ciudad a la escala de un juguete.

Hay, sí, muchas formas de viajar. Coges el atlas, igual que de niño, y paseas el dedo por los mapas a la búsqueda de un topónimo de resonancia fabulosa, porque el nombre de las ciudades es como el nombre de los perfumes: está obligado a definir el matiz de una esencia.

¿Cómo será Erzurum, allá en Turquía? ¿De qué color serán los taxis de Pekan Muara, al norte del Sultanato de Brunei? ¿Cómo estará el tiempo en Mandalay? ¿Qué tonos morados y ambarinos lucirá hoy el ocaso en Timaru?

Si quieres hacer un viaje a lugares que ya conoces, te vas a la página meteorológica del periódico: en Budapest están hoy a cuatro grados bajo cero, y debe de bajar gris el Danubio. En Sevilla tienen cuatro de mínima, y estará verdoso el Guadalquivir. Esta noche en Valencia hará dos grados, y a cero grados estarán en Tokio, lo que significa que habrá poca animación en el barrio festivo de Rapongi. Llueve en Roma, que es una ciudad a la que no le pega la lluvia, porque transforma su grandiosidad en un decorado marchito, como si aquello fuese un almacén de los estudios Cinecittà, y parece que todo va a desplomarse, que todo es de cartón piedra. Los habaneros están bien, a 24 grados, y se ve uno ya en la barra del Floridita, ese bar en el que da la impresión de que va a aparecer en cualquier momento Rita Hayworth en traje de noche a pleno día, dando traspiés sobre tacones inseguros. Cierras los ojos y ya estás, en fin, en La Habana triste y jolgoriosa, con un daiquiri gélido delante en vez de con un frenadol disuelto en agua, que es como andamos casi todos por aquí, intoxicados de antitusivos y de paracetamol.

El viaje verdadero, el que uno hace con un pasaje y con una maleta, tal vez sea la modalidad más molesta de todas las posibles, porque luego resulta que las ciudades extrañas nos quedan demasiado grandes, que el cuerpo se nos cansa, que se nos cansa la curiosidad, y acabamos en el bar del hotel, hablando en un inglés más o menos comanche con el camarero, que nos pregunta sobre Ibiza y sobre los toros.

Uno de los libros más fascinantes que he leído es el de los viajes de Sir John Mandeville, un éxito editorial del siglo XIV. Nadie sabe quién fue este Mandeville, qué autor se ocultó bajo ese nombre. El libro narra viajes portentosos por regiones lejanas del mundo, y el autor tiene la virtud de dar por buena cualquier leyenda descabellada. Lo curioso es que se supone que, fuese quien fuese, Mandeville no se movió jamás de su casa y que su libro es una especie de collage hecho a partir de las crónicas de diversos viajeros.

Porque hay muchas maneras de viajar, ya les digo: esta mañana he desayunado en París. Y ahora me estoy bañando en Maracaibo. ¿Me acompañan?


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